domingo, 7 de julio de 2013

PARALELO ENTRE MARÍA Y LA IGLESIA.

Relaciones de semejanza entre la una y la otra en cuanto al doble carácter de Madre y de Virgen.—En este paralelo María sobrepuja excelentemente a la Iglesia.—María, por su cualidad de ejemplar, es para la Iglesia lo que una madre para su hija.

     Hemos expuesto hasta aquí la realidad, los fundamentos y los oficios generales de la maternidad espiritual de María, lo que esta benditísima Virgen ha hecho para merecer el nombre de Madre de los hombres, lo que continúa haciendo para llenar sus deberes y las aptitudes sobrenaturales de que ha sido maravillosamente dotada para responder a una misión tan elevada. Réstanos hablar de sus hijos, según la gracia, es decir, considerar los diferentes grados de su filiación, los deberes que esta misma filiación les impone para con tal Madre, la manera como los han cumplido a través de los siglos, y, finalmente, mostrar, para rechazarlas, las industrias imaginadas por el espíritu del mal para separar a los hijos de la Madre. Tal será la materia de este libro y de los siguientes.
     Comencemos por determinar a quiénes conviene, en diversos grados, el título de hijos de María. Ahora bien, entre los hijos de María, el primer rango pertenece, sin contradicción, a nuestra Madre, la Santa Iglesia. La Madre de Dios es, ante todo, la Madre de la Iglesia. Este es su privilegio y su gloria. He aquí por qué nada hay más común que ver afirmar esta maternidad de la Santísima Virgen. Por consiguiente, nada más natural también que empezar hablando de la Iglesia al tratar de la posteridad de gracia dada por el Salvador a su Divina Madre. Pero, para no tratar incompletamente un asunto de tanta importancia, debemos primeramente examinar con detención las relaciones establecidas por Dios mismo entre la Iglesia y María. Terminado este estudio, comprenderemos mejor en qué sentido, en qué medida y por qué razón es la Iglesia hija, y la hija primera de la Madre de Dios.
     Entremos, siguiendo a los Santos Padres y apoyados sobre los monumentos de la tradición católica, en estas hermosas consideraciones. Ante todo, presentaremos un paralelo entre la Santísima Virgen y la Santa Iglesia.
     María es Madre: Madre de Dios, Madre de los hombres, rescatados por el Verbo Encarnado, Madre Virgen en su doble maternidad. Hay otra madre, virgen como María y madre como Ella de la humanidad regenerada. Es la Iglesia de Dios, la Santa Madre Iglesia, de la cual somos hijos al ser hijos de Dios, porque por su ministerio Dios nos ha regenerado; por su ministerio, también, se conserva y se perfecciona la vida sobrenatural en el alma del cristiano; dos cosas que bastan plenamente a hacer de ella una madre según la gracia.
     Imposible es desconocer las estrechas relaciones que existen entre María, la Madre Virgen, y la Iglesia, segunda madre de los fieles.
     I. La primera relación es una relación de semejanza. Desde el origen del cristianismo, esta relación pareció tan manifiesta a los Padres que muchas veces representaron a la Iglesia bajo los rasgos y nombres de María. ¿Queréis algunos ejemplos de tan notoria verdad? Tomaremos los primeros de los más antiguos monumentos eclesiásticos. Véase primero lo que leemos en Clemente de Alejandría, gloria de una escuela de la cual Orígenes, su discípulo, fué el representante más ilustre: "¡Oh, místico milagro! No hay más que un Padre, un Verbo, un Espíritu Santo. Unica es también la Virgen Madre, y me gusta llamarla con el nombre de Iglesia. Ella sola entre las madres no ha tenido leche, porque sólo Ella no ha sido mujer. Es a un tiempo Virgen y Madre, pura como una Virgen y amante como una Madre" (
Paedag.,, 1. I, c. 6. P. G., VIII, 300). 
     Es de la Iglesia de quien habla el ilustre catequista, y todo el contexto lo prueba hasta la evidencia. ¿Pero es posible fijarse en ese retrato sin ver brillar en él la imagen de María? De tal modo es clara y evidente que hace falta nos adviertan que el autor ha querido pintar otra madre.
     La antigua y elocuentísima Carta donde se refieren las luchas y los triunfos de los mártires de Viena y de Lyón (177), hablando de los cristianos, que, cediendo primero al temor de los tormentos, habían vuelto a Cristo por el ejemplo de sus hermanos: "Nada, dice el citado documento, puede igualarse al gozo de la Virgen Madre cuando le fué permitido abrazar vivos a los que había arrojado de sus entrañas como frutos muertos. Gracias, en efecto, a la abnegación de los mártires, la mayor parte de los que habían renegado de Cristo fueron de nuevo recibidos en su seno, al calor de una nueva vida" (
Ecclesiar. Vienn. et Lugdun. epístola de martyrio S. Pothini, etc., n. 12. P. G., V, 1137).     ¿De quién se trata aquí también? De la Iglesia seguramente, pero de la Iglesia presentada bajo los rasgos característicos de María: la virginidad en la maternidad.
     Las Catacumbas ofrecen más de una pintura en donde la semejanza está tan acentuada, que el observador se pregunta si es la Iglesia o la Madre del Salvador a quien el artista ha querido representar en sus frescos. Cuando vemos una mujer teniendo en sus rodillas al Niño Dios y recibiendo los presentes de los Magos, no dudamos en reconocer en Ella a María, la Virgen Madre.
     Véase a Martigny, Dictionnaire des antiquités chrétiennes, art. la Saint' Vierge. Volveremos a tratar de estas representaciones más adelante. El nombre de María puesto en algunos vasos iluminados quita toda incertidumbre. Otras veces la presencia del Sacerdote que consagra el pan del Sacrificio indica también claramente que la mujer que ora es la Iglesia ofreciendo por ministerio de aquél.
     Pero ante esas Orantes que se ven de pie, con los brazos en cruz y elevados los ojos al cielo, dudamos, inciertos, porque este tipo es a veces la Iglesia y a veces la Virgen María. Para decidirnos hace falta una inscripción, un indicio cualquiera, y donde falta esto, la ciencia misma no se atreve a decir su última palabra.
     Añadiremos que el autor de las Actas de Nereo y Aquileo, deseoso de hacerlas pasar por una obra del siglo I, hace entrar en ellas esta idea de la Iglesia, Virgen Madre, lo que no hubiera intentado si desde los primeros tiempos del cristianismo no hubiera sido reconocida y admitida generalmente la íntima relación entre la Iglesia y María.
     Hasta aquí era la Iglesia la que tomaba los calificativos y atributos de María. Ved ahora el nombre de la Iglesia, atribuido a la Madre de Dios: "Esta castísima Virgen, esta Iglesia inmaculada", dice Manés en las Actas de la controversia entre el obispo Arquelao y este heresiarca. Habla únicamente de María. Es, pues, Ella a quien designa con este título, y nada indica, ni en el texto ni en el contexto, que no fuese comprendido;
tan frecuente debía ser entonces el uso de significar con los mismos títulos a las dos vírgenes madres; la Iglesia y María.
     Los siglos que siguieron al triunfo de la Iglesia sobre el paganismo, lejos de hacer olvidar estas relaciones, las pusieron a más viva luz. Innumerables son los textos en los que nuestros Santos Doctores hablan de la Esposa del Rey de Reyes, del Templo del Espíritu Santo, del Trono del celestial Esposo, del Arca viva de la alianza, etc. ¿Quién dirá (tan comunes son estas calificaciones) sí pretenden designar a María o a la Iglesia, a menos que la intención del autor no se revele por el contexto o por una expresión bien determinada?.
     En las vidrieras de nuestras viejas catedrales se ven dos mujeres de pie junto a la cruz: una a la izquierda, con los ojos vendados; otra a la derecha, en la actitud del dolor y de la contemplación. La primera es manifiestamente la Sinagoga; la otra, la Iglesia, pero la Iglesia bajo el aspecto y en la postura de María. Otras veces, en vez de la Sinagoga se ve a San Juan Evangelista; enfrente, al otro lado, a María. Pero consultad a los sabios arqueólogos religiosos, y os probarán, con hechos y con los textos, que si la representación de los personajes ha variado, la significación simbólica persevera. Juan figura a la Sinagoga, y la Iglesia está personificada en María.
 
     P. Cahier, Monographie de la catehédrale de Bourgues, pp. 116, 199. Por lo demás, según nota el sabio arqueólogo, Juan no simbolizaría ya la Sinagoga como incrédula y deicida; figura, quizá, como rindiendo en . nombre de la Sinagoga un testimonio sacado de entre sus miembros, o como Símbolo de la conversión futura de los judíos. 
     Los primeros poetas cristianos han expresado también con frecuencia esta mutua relación entre la Iglesia y María. Se la ve claramente en los versos de Sedulio, y esta tradición se conservó en la poesía sagrada, como lo atestigua la inscripción que el Papa Sixto III hizo grabar en el baptisterio de San Juan de Letrán, donde puede aún leerse el día de hoy.     He aquí la traducción exacta:
     "Aquí la raza que se ha de consagrar para el cielo nace de una augusta semilla, y el Espíritu Santo la engendra de las aguas fecundadas por su virtud. En esta fuente la Iglesia, nuestra Madre, da a luz de su seno virginal los hijos que ha concebido bajo el soplo de Dios. Esperad el reino del cielo, oh vosotros que renacéis de estas ondas: porque la vida bienaventurada es para aquellos que ellas han regenerado. Es una fuente de vida que, brotando del Costado de Cristo, inunda el Universo entero. Báñate, pues, ¡oh pecador!, en este torrente sagrado, para dejar en él tus manchas; entrarás en él con tu vetustad nativa, y saldrás renovado. Tú que quieres ser inocente, purifícate en este baño, sea que pese sobre ti el crimen de tu primer padre o el tuyo. Entre los regenerados ya no hay distancia: son unos por la unidad de la fuente, la unidad del espíritu, la unidad de la fe. Que nadie se desespere ante el número y la grandeza de sus crímenes: santo será cualquiera que nazca de este agua."
 
     De todos los Padres, ninguno ha descrito esta semejanza entre las dos vírgenes y las dos madres con tanta insistencia como San Agustín. Lo repite, por decirlo así, en toda ocasión, en sus comentarios sobre los salmos, en los sermones a su pueblo, en sus escritos catequistas y dogmáticos.
     No se contenta con reconocer en la Iglesia la más alta personificación de María, considerada como Madre; su mirada y su enseñanza van más lejos. Con el parecido en la maternidad pone a la vista otra similitud: es que estas dos madres son vírgenes. "A imitación de la Madre de Cristo, la Iglesia engendra diariamente a los miembros de Cristo, y ella es virgen: imitans ejus (Christi) matrem quotidie parit membra ejus, et virgo est" (
S. Agustín, Enchirid.. c. 34. P. L., XL, 249).
     Y en otro lugar: "¿Cómo no habéis nacido de la virginidad, puesto que sois los miembros de Cristo? Vuestra Cabeza ha sido engendrada por María, y vosotros por la Iglesia. Porque ésta es también madre y virgen: madre, por las entrañas de la caridad; virgen, por la integridad de la fe y de la piedad. Ella da a luz los pueblos, y esos pueblos son los miembros del Unigénito, de quien Ella ha sido a la vez el cuerpo y la Esposa; y en esto también lleva la semejanza de la Virgen por excelencia, porque en la misma multiplicidad de sus hijos es madre de la unidad. Etiam in hoc similitudinem gerens illius Virginis, quia et in multis mater est unitatis" (
Idem, serm. 192, de Nativ. Dom., 12, n. 2. P. L., XXXVIII, 1011, 1013. El pensamiento del Santo Doctor es muy claro. La Iglesia da a luz la unidad en la multiplicidad, porque por muy numerosos que sean los hijos que engendra, son uno solo y el mismo Cristo total según el espíritu. Recíprocamente, María da a luz la multiplicidad en la unidad, porque habiendo engendrado al Unico, se ha convertido, consiguientemente, en Madre de innumerables hermanos de este Unico. En otros términos, la iglesia engendra a Cristo, porque engendra a los miembros de Cristo : María engendra a los miembros de Cristo, porque engendra a Cristo, a fin de darles la vida sobrenatural y ser así la Madre de los hombres). 
     Algunas páginas más arriba había dicho en otro sermón para la Natividad del Señor: "Allí (es decir, en el seno virginal de María), el Hijo Unico de Dios se dignó unir a su persona divina la naturaleza humana, a fin de hacer para El, Cabeza inmaculada, una compañera, la Iglesia inmaculada. Esta es la que San Pablo llama virgen, no solamente porque ve en ella vírgenes en el cuerpo, sino porque desea que todos en ella sean vírgenes en el espíritu. Os he desposado, dice, con el Unico Esposo, Cristo, para presentaros a Él como una Virgen pura (II Cor., XI. 2).
     Por consiguiente, la Iglesia, imitando a la Madre del Señor, es madre y virgen de espíritu, no pudiendo serlo del cuerpo. No ha destruido al nacer la virginidad de su Madre Aquel que, rescatando a la Iglesia del poder de los demonios fornicadores, ha hecho de ella una virgen" (
S. Agust., serm. 191, in Nativ. Dom., 8, n. 2. P. L., XXXVIII, 1010).
     Traduzcamos otro hermoso texto. Después de haber demostrado que la Iglesia es virgen por la fe y por la santidad, prosigue el Santo en estos términos: "Es, pues, virgen la Iglesia; que permanezca virgen. Que esté en guardia contra el seductor para no encontrarse con un corruptor. ¡Sí! La Iglesia es virgen. Quizá me preguntéis: Si es virgen, ¿cómo engendra hijos? Y si no los engendra, ¿por qué hemos dado nuestros nombres para nacer de sus entrañas? Respondo: Ella es virgen y engendra. Ella imita a María, que ha dado a luz al Señor. ¿No es acaso Virgen Santa María, y ha parido, no obstante, y se ha quedado Virgen? Así, de la Iglesia: pare y se queda virgen. Y, si lo reflexionáis, da a luz a Cristo, porque los bautizados son los miembros de Cristo. Sois, dice el Apóstol, el cuerpo y los miembros de Cristo (
I Cor., XII, 27). Si, pues, engendra los miembros de Cristo, es por eso mismo el verdadero retrato de María. Si ergo membra Christi parit, Mariae simillima est" (S. Agust. Serm., 213).
     ¿Qué más? El privilegio de la Iglesia puede ser el de cada uno de los hijos de la Iglesia. Es lo que enseña el mismo doctor cuando dice: "Lo que admiráis en la carne virginal de María, reproducidlo en el santuario de vuestra alma. Quien cree de corazón, para la justicia concibe a Cristo; quien le confiesa de boca, para la salud (Rom. X, 10), es decir, quien convierte su fe en obras, da luz a Cristo. ¡Ojalá que una fecundidad siempre creciente se junte así en vuestros corazones a una virginidad siempre constante!" (S. Agust. serm. 191
in Nativ. Dom.).
     ¡Qué rico y qué grandioso es este paralelo entre la Iglesia y María! Las dos son madres: la una según la carne y la otra según el espíritu, porque de la una ha nacido la Cabeza y de la otra nacen los miembros. Bien consideradas las cosas, ambas dan a luz a Cristo, porque los miembros pertenecen al cuerpo de Cristo y son, en cierta medida, el mismo Cristo. Y estas dos madres son vírgenes: la una en su carne y la otra por la pureza de una fe santamente viviente. Vírgenes antes del parto, lo son también al dar a luz a sus hijos; porque no es la virtud del hombre, sino la virtud del Espíritu Santo quien las hace fecundas.
     Ahora bien, esta doctrina, tan bellamente expresada por el gran obispo de Hipona, no es una invención de su genio. La hallamos generalmente en los otros Padres, de donde pasó más tarde los escritos de. los autores eclesiásticos de la Edad Media. Es de San Fulgencio (Ep. 3, ad probam), de San Pedro Crisólogo (
serm. 117), de San Epifanio (Av. Haeres., haer. 78, n. 19. P. G. XLII, 730), de San Cesáreo de Arlés ("Hemos sido —dice el Apóstol— sepultados por el bautismo con Cristo en la muerte. Las almas son hundidas en la sima sagrada, donde se encuentran las fronteras de la muerte y la vida. Y esas almas a las que su primer nacimiento había entregado a la perdición, renacen a la verdadera vida en el baño saludable... A veces, cuando nos refieren o cuando leemos del Señor Jesús que nació únicamente de mujer sin el concurso del hombre, nos llena de estupor esta novedad. Y he aquí ahora que por encima de todas las leyes de la Naturaleza, por toda la tierra innumerables multitudes son procreadas en el seno de las aguas como por un parto virginal. 
     "Estremézcase de alegría la Iglesia de Cristo, ella, a quien la operación del Espíritu Santo hace fecunda a semejanza de María, para hacerla Madre de una raza divina. Atrás, pues, el ciego error de los infieles, que pretenden que una mujer no puede permanecer virgen, aunque haya concebido independientemente de toda influencia exterior. Ved cuantos hermanos nos ha dado la Iglesia en una sola noche del seno fecundo de su integridad. Os asombrabais antea de ver a un hombre nacer de la incorrupción; ¿es cosa menos admirable y menos nueva el verlo así renacer?  
     "Comparemos, si os place, estas dos Madres, y la maternidad de la una y de la otra confirmará nuestra creencia en la maternidad de cada una. Conferamus, si placet, has duas matres, ut utriusque generatio fidem nostram in alterutra corroboraba. De una parte, el Espíritu Santo, cubriendo con su sombra a María, la fecundizó por su misteriosa entrada; de la otra, el mismo Espíritu, en la fuente bendita del bautismo, da a la Iglesia la virtud de producir perpetuamente nuevos frutos. María parió a su Hijo sin pecado, y la Iglesia en aquellos que engendra destruye el pecado. De María nació el que era en el principio; de la Iglesia renace lo que había perecido en el principio. Aquélla dió a luz un solo hijo por una multitud de otros, y ésta pueblos enteros. La una, ya lo sabemos, permaneciendo virgen, no ha sido Madre más que una vez; la otra, virgen como es, engendra siempre por su Esposo virgen ..." Hom. 3 de Paschate. P. L., LXVII, 1049), de San Isidoro y de San Ambrosio.
     Es también doctrina del venerable Hildeberto, obispo de Mans, de los bienaventurados Ambrosio Autpert y Alberto Magno
, de Gerhoch, preboste de Reichrsberg, del Misal Mozárabe y de otros monumentos numerosísimos de la tradición.
     Pero como estos testimonios no serían sino repetición de los precedentes, más vale omitirlos para interrogar nuevamente a San Agustín y citar un texto, en el cual ha condensado toda su doctrina sobre las semejanzas entre la Iglesia y la Madre de Dios. Lo tomaremos de una de sus más hermosas obras, el libro de la Santa Virginidad:
     "La Iglesia, dice el Santo Doctor, la Iglesia imita a la Madre de su Esposo y Señor. Ella es también a la vez madre y virgen.
     "¿De quién defendemos la pureza, si no es virgen? A qué hijos hablamos, si no es madre? María ha dado a luz corporalmente a la Cabeza de ese cuerpo, y la Iglesia engendra espiritualmente los miembros de esa Cabeza. Ni en una ni en otro es obstáculo la virginidad a la fecundidad ni en una ni en otra altera en nada la fecundidad a la virginidad..."
     Después de haber citado las palabras tan conocidas del Salvador: "El que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre" (
Matth., XII, 50), prosigue el santo obispo en estos términos: "Su madre es la Iglesia Universal, porque engendra por la gracia de Dios a los miembros de Cristo, es decir, a los fieles. Y su madre es también toda alma piadosa que hace la voluntad del Padre, por esa caridad fecundísima en los que ella da a luz, hasta que Cristo esté formado en ellos (Galat., IV, 19).
     "María, haciendo la voluntad de Dios, no es corporalmente sino la Madre de Cristo, pero espiritualmente es su hermana y su madre. Así, pues, sólo a esta Mujer pertenece el ser de espíritu y de corazón madre y virgen a la vez. Madre por el espíritu, no de nuestra Cabeza, el Señor Jesús, porque más bien nació de Él espiritualmente, puesto que es. del número de los creyentes, es decir, de los hijos del Esposo (
Matth., IX, 15), sino de sus miembros sin excepción, porque Ella ha concurrido por su caridad al nacimiento en la Iglesia de los fieles, miembros de aquella divina Cabeza. Y respecto al cuerpo es Madre de la Cabeza misma. Hacía falta, en efecto, que por el más insigne milagro naciese nuestra Cabeza corporalmente de una Virgerí, a fin de significar que sus miembros nacerían según el espíritu de la Iglesia virgen.
     "Sola, pues, María es, de espíritu como de cuerpo, Madre y Virgen: Madre de Cristo y Virgen de Cristo. En cuanto a la Iglesia, considerada en los Santos que poseerán el reino de Dios, es enteramente por el espíritu Madre de Cristo, toda entera, por el espíritu, virgen de Cristo, pero corporalmente no es Ella del todo ni Virgen, ni Madre, porque en unos es solamente Virgen de Cristo, y en otros es Madre, pero no de Cristo. Las mujeres cristianas en poder de un esposo y las vírgenes consagradas a Dios... que hacen la voluntad del Padre, son espiritualmente unas y otras, madres de Cristo. En cuanto a las que viviendo vida conyugal, paren corporalmente, no es a Cristo a quien paren, sino a Adán; por eso las vemos correr a los sacramentos que transforman su fruto en miembro de Cristo; porque ellas saben por la fe lo que han dado a luz".
     No se crea que porque hemos citado principalmente a nuestros Padres latinos, ignoraban los orientales la personificación de la Iglesia en María. La carta de las iglesisa de Viena y de Lyón que les fué dirigida, los párrafos de Arquelao y de Clemente Alejandrino probarían lo contrario; pero son mucho más numerosos los monumentos en que vemos expuesta esta doctrina. Bien pronto tendremos ocasión de comprobarlo hablando de la célebre visión de la mujer coronada de estrellas, descrita por San Juan en su Apocalipsis. Los Padres griegos no vacilan en interpretar los mismos textos escriturarios de la Iglesia y de María. Citaremos como ejemplo, y sin abreviarlo, este pasaje de San Andrés Cretense en un sermón sobre la Natividad de la Madre de Dios:
     "Si fuera posible medir la tierra y contar la muchedumbre de las estrellas; si se pudieran numerar las gotas de lluvia, las partículas de polvo y los granos de arena, o pesar el peso de los vientos, sería posible también escudriñar hasta el fondo el asunto que tenemos que tratar. Hoy es la fiesta de la Madre de Dios; a esta admirable adolescente celebramos en nuestros cantos; adolescente, digo, y profetisa; adolescente de quien el gran rey y el gran profeta David contemplaba con mirada inspirada los ornamentos reales, y cantaba: "Toda la gloria de la hija del rey es interior, y sus vestidos resplandecen con el oro y los bordados (
Psalm., XLIV, 14).
     "Era esto cantarla desde lejos, bajo el velo de las figuras; cantar el brillo incomparable de belleza que le daban, desde su nacimiento, los dones múltiples y variados del Espíritu de Dios. He aquí, según creo, como todo lector, cuyo juicio no esté falseado por afecto alguno vicioso, interpretará el vestido real y las franjas de oro, adornos de esta princesa. Por eso el mismo profeta, maravillado de las bellezas invisibles, simbolizadas por esos adornos exteriores, decía también de esta Virgen: "Escucha, hija, inclina tu oído, olvídate de tu pueblo y de la casa de tu padre, y codiciará el Rey tu hermosura." No ignoro que estos versos del salmo se dirigen claramente a la Iglesia; pero ¿quién nos impide entenderlos también de Aquella a quien el misterio de la economía divina ha hecho toda entera templo del Esposo de la Iglesia todo entero?".

     No es éste el único lugar de las Escrituras que permite aplicar a la Madre de Dios lo que el Espíritu Santo ha dicho de la Iglesia. "Hay que notar —escribía un sabio teólogo del siglo XVI— que todo lo que hallamos en los Libros Santos sobre la magnificencia, el brillo y la santidad de la Iglesia, se aplica justamente en todas las partes del Universo a la gloriosa Virgen María: porque Ella es el miembro más santo de la Iglesia Católica, a quien Nuestro Señor ha colmado de tantas gracias juntas cuantas ha distribuido entre los demás miembros. He aquí por qué, según la antigua costumbre, cantamos en honor de Nuestra Señora los pasajes de la Escrituró, que, en su sentido natural, deben ser interpretados de la Iglesia de Cristo." Driedo, de Reg. et Dogmat. S. Scripturae, 1. III, tr. 2, c. 4, t. I, p. 121 (Lovan., 1556).

     II. Volvamos sobre estas ideas y procuremos resumirlas con orden, en honor de las dos Madres: la Iglesia y María.
     Inútil es el recordar aquí la naturaleza y los privilegios de la doble maternidad virginal de María; cómo, según la carne; es Madre del Hijo Unigénito de Dios; cómo, según el espíritu, es también Madre de nosotros los fieles. La Iglesia no ha dado a luz corporalmente a Cristo, a menos, sin embargo, que no se considere a la Iglesia en su plenitud, en cuanto que comprende en sí a María como el mayor y más santo de sus miembros, porque, mirándolo así, nada nos prohibe el decir que la Iglesia es la madre de Cristo considerado en su carne, pero por María.
     No es bajo este aspecto como concebimos a la Iglesia cuando la comparamos con la Madre de Dios. De una parte, ponemos a la Iglesia sin María; de la otra, a María sin la Iglesia. El Soberano Pontífice forma ciertamente parte de la Iglesia, puesto que es el Jefe visible y su cabeza. Y, sin embargo, ¡cuántas veces no se ha puesto en parangón el Pontífice supremo y la Iglesia para establecer las mutuas relaciones que tienen uno y otra! Por consiguiente, la maternidad de la Iglesia no ha dado a luz a Cristo en Si mismo y en su carne. Dalo a luz, sin embargo, pero en sus miembros. Porque en ella y por ella somos incorporados a Cristo, entramos como parte de su persona mística y llegamos a ser en El hijos adoptivos de Dios.
     ¿Cómo se obra este nacimiento? Por el bautismo, el primero de los sacramentos confiados por Cristo a la Iglesia. Por esta razón lo figuran generalmente los Padres como el seno de la Iglesia. "El agua del bautismo, dice San León, es como un seno virginal, y el mismo Espíritu que descendió sobre la Virgen Santísima llena esta fuente sagrada" (
serm. 4, de Nativ. Dom.. n. 3).
     "Lo que es el seno materno (matrix) para el embrión, es el agua del bautismo para el cristiano, porque en el agua se forma el fiel... Hay, sin embargo, una diferencia: para la formación del hombre en el seno de su madre hace falta tiempo; un momento basta para que el agua termine su obra" (
Hom. 26 (al. 25) in Joan., n. 1. P. G., LIX, 153. "El que descendió con todo su poder sobre Maria para que concibiese y diese a luz al Hijo único de Dios, Él mismo desciende a las aguas y las hace fecundas para hacer renacer en ellas los hijos de Dios, esta fuente material, vivificada por la venida del Espíritu, se convierte en el seno de la Iglesia (uterus Ecclesiae), el seno de la gracia" (Rupert. Tuit., de Oper. Sp. s., 1, III, c. 9. P. L. CLXVII, 1648). 
     No objetéis que se puede ser hijo de Dios fuera del bautismo conferido por la Iglesia, como sucede con los niños bautizados en el cisma o en la herejía. Porque ese bautismo, aunque sea administrado por manos extrañas, pertenece a la Iglesia, es su patrimonio inalienable, y si da la vida sobrenatural a quien lo recibe, es porque es el sacramento del renacimiento depositado por el Señor entre las manos de su única Esposa. Por eso, todos los hijos de adopción que nacen en medio de las sectas heréticas son verdaderamente hijos de la Iglesia, lo mismo que si hubieran sido materialmente bautizados por ella. Esta es la gran verdad, que la Iglesia por sus Pontífices y sus Doctores ha defendido contra los Donatistas del Africa, los cuales juzgaban que todo bautismo administrado fuera de la verdadera Iglesia era esencialmente estéril. Heréticos y cismáticos, aun sin quererlo, ni saberlo, obran por ella, porque no es el mérito del que bautiza lo que obra en el agua bautismal, sino el sacramento que confiere. Y, lo repetimos, ese sacramento no es propiedad suya, sino de la Iglesia, verdadera esposa de Cristo.
     No opongáis tampoco que se puede renacer independiente del bautismo cuando, por ejemplo, un adulto, antes de haberlo recibido, es justificado por la fe y por la contrición perfecta, porque este adulto, entrando así en la familia de Dios, debe tener el deseo, al menos implícito, del bautismo, es decir, del agua regeneradora que los Padres nos representaban hace poco como el seno virginal de la Iglesia. Y por eso todo fiel renace de Cristo, Esposo, y de la Iglesia, esposa. Quitad toda la influencia de ese divino desposorio, y el no bautizado permanece en la muerte.
     La Iglesia es madre, porque engendra los fieles a la vida divina por el bautismo. No es esto, sin embargo, sino una de sus funciones maternales. Es también madre porque da a los nuevamente nacidos todo lo que necesitan para llegar a la plenitud de la edad perfecta en Cristo: luz, fuerza, alimentos, remedios saludables. A esto tienden sus enseñanzas, su disciplina maternal y los sacramentos de que es dispensadora. Así llena el segundo deber de toda verdadera madre, que consiste en conservar, formándolo, al fruto de sus entrañas. Saludemos, pues, a esta madre, amémosla, seamos para ella hijos respetuosos, tiernos y abnegados.
     Por otra parte, no olvidemos que esta maternidad de la Iglesia tiene sus grados. La Iglesia nuestra madre, no es una abstracción; se revela a nosotros por sus Pontífices, por sus ministros, por sus sacerdotes, en una palabra, por todos aquellos que en una medida más o menos amplia y más o menos próxima han recibido la misión legítima de formarnos en la vida de hijos adoptivos de Dios. Por esto son nuestros padres por diferentes títulos y por eso les damos este nombre.
    El Soberano Pontífice, Vicario de Cristo y Cabeza de su Iglesia, es el Padre común, el Padre Santo. Cada obispo es para sus fieles, según una expresión bien conocida, el Reverendísimo Padre en Jesucristo; el párroco es padre también en la parte de la Iglesia encomendada a su celo; todo sacerdote lo es igualmente en el ejercicio del ministerio sagrado; porque todos concurren a perfeccionar nuestra formación en Cristo (Eph., IV, 11-13).
     Ahora bien, esta madre de los fieles, la Santa Iglesia, es doblemente virgen: virgen de espíritu, porque da a luz no por la voluntad de la carne, ni por la operación del hombre, sino por la influencia invisible del Espíritu de su Divino Esposo, Cristo; virgen de espíritu, además, porque es pura y sin corrupción en su fe; pura en su moral, pura en su doctrina, "porque tiene sus pensamientos en las cosas de Dios y no en las del mundo, afanosa únicamente de agradar al celestial Esposo" (I Cor., VII, 34).
     Virgen de cuerpo, no es ciertamente en la totalidad de sus miembros, pero aconseja y favorece la santa virginidad, guarda una vigilancia continua en la pureza de las costumbres, exige una continencia completa a sus ministros y ve con alegría parte de sus hijos abrazar la castidad perfecta, a ejemplo de su divino Esposo y siguiendo sus huellas.
     Tal es nuestra madre, la Santa Iglesia de Cristo. Grande, sin duda, y fecunda en su maternidad, hermosa su virginidad. Pero ¡cuánto más perfecta es una y otra de esas comunes prerrogativas en la Virgen María! La maternidad de María sobrepuja incomparablemente a la maternidad de la Iglesia. La sobrepuja, porque María sola es Madre de Cristo según la carne, sola Ella es Madre de Dios y no hay otra. La sobrepuja también bajo el punto de vista de la maternidad espiritual. Ya lo sabemos; dos cosas eran necesarias para que el hombre pudiese conservar la vida de la gracia y volver a ser lo que era antes de su caída, hijo adoptivo de Dios: primeramente, reparar el ultraje hecho a Dios por el pecado y abrir de nuevo las fuentes de la gracia, cerradas por su justa cólera; segundo, hacer aplicación de los méritos del Salvador y, según el tiempo y las personas, distribuir las riquezas que la Pasión nos había adquirido. Tal es la obra de la Redención, y, por consiguiente, de nuestra regeneración en Cristo.
     María sola, con exclusión de la Iglesia, tiene su parte selectísima cerca del Redentor y por el Redentor en el primer acto de la común regeneración. En el Calvario, donde Cristo pagó con su sangre la redención del mundo, hallamos a María concurriendo a esta obra por la oblación que hizo allí de la excelsa víctima, libremente dada por Ella, y recibiendo por una declaración auténtica el título y la cualidad de Madre. Sin duda que la Iglesia estaba allí también; pero, en vez de cooperar en modo alguno con el Salvador a este primer alumbramiento de los hijos adoptivos de Dios, no estaba allí sino para ser rescatada y para nacer a la vida sobrenatural del Costado abierto a su Divino Esposo. No desempeñó, pues, en aquel lugar, como María, el oficio de madre. Desde este punto de vista, solamente María es Madre de los miembros de Cristo; de tal manera sola y de tal manera Madre, que la Iglesia, según diremos muy pronto, ella misma es su hija, puesto que la Iglesia es del número de los redimidos.
     Si pasamos al segundo acto, es decir, a la aplicación de los méritos de Cristo, que se hace a través de las edades, aunque la Iglesia tiene en esto gran parte, la preeminencia pertenece siempre a María. Sin duda que no es Ella quien administra los sacramentos, como la Iglesia, o predica la doctrina de Cristo; no es Ella tampoco quien por oficio promulga las leyes de Cristo y regula con sus ordenanzas la vida de los cristianos. Este oficio especial lo ha puesto Cristo en manos de su esposa, la Iglesia. Pero esto mismo lo hace la Virgen, Madre de Dios, y lo probaremos con evidencia en el capítulo siguiente; lo hace, no como la Iglesia, sino de un modo más excelente y más elevado. Y, por consiguiente su maternidad sobrepuja de todos modos a la maternidad de la Iglesia.
     ¿Tendremos necesidad de demostrar que la Madre de Dios sobrepuja también sin comparación a la Iglesia desde el punto de vista de la virginidad en la fecundidad? San Agustín lo ha expuesto con tanta claridad que no es necesario añadir nuevas explicaciones. ¿Dónde, pues, está en la Iglesia, fuera de María, la virginidad unida a la maternidad, según la carne, virginidad y maternidad tan perfectas una y otra que es imposible concebir otra más alta y más pura?
     Y si hablamos de la virginidad según el espíritu, María se nos presenta también por encima casi infinitamente, por su fe, por su pureza, por su caridad, por todas las virtudes, en una palabra, que constituyen la virginidad en las almas; por encima, decimos, de todos los miembros de la Iglesia y de la Iglesia misma, no sólo sobre la Iglesia militante, en donde la humana flaqueza nos mostrará siempre muchos lunares, sino sobre la Iglesia triunfante, por muy inmaculada que sea.
     En fin, aunque una y otra hayan concebido del Espíritu Santo; aunque este divino Espíritu haya dado a cada una la fecundidad, a María para dar a luz a Cristo y a sus miembros; a la Iglesia para engendrar los hijos adoptivos, no nos atreveríamos, sin temor de ofender a ambas, a atribuir a la Iglesia la inefable plenitud del Espíritu Santo que hemos reconocido en María, porque la Iglesia misma recibe de la plenitud de María, como participa María de la plenitud de Cristo.

     III. Hasta aquí el paralelo entre las dos vírgenes y las dos madres, entre la Iglesia y María, nos ha presentado dos caracteres principales: carácter de semejanza y carácter de superioridad por parte de la Madre de Dios. Esto significa la fórmula tan frecuentemente empleada por los Padres, a saber: La Iglesia imita a la Madre de Cristo: Ecclesia imitatur Matrem Christi. Proposición que no truecan jamás para decir de María que Ella está hecha a semejanza, a imitación de la Iglesia. Esta, guardada la debida proporción, representa a María como Isaac representaba a Jesucristo, como la Jerusalén de la tierra representaba a la Jerusalén celestial. Y es que en esta comunidad de privilegios pertenece a María la preeminencia excelentemente, preeminencia de santidad, preeminencia de unión con el Espíritu Santo, preeminencia de virginidad y preeminencia de maternidad.
     Cuando la áagrada Escritura quiere hablar de la semejanza entre la criatura racional y su Criador, dice que Dios hizo al hombre a su imagen (
La palabra imagen, cuando se trata de expresar la semejanza entre el Creador y su criatura, no se dice sino de la criatura racional. Las otras, aquéllas sobre todo que son puramente materiales, son vestigios o huellas. Véase nuestra obra La Gráce et la Gloire, t. I, 1. I, c. 5, pp. 59 y sigs.).
     Así, el Hijo de Dios ha creado la Iglesia imagen de su propia Madre. Dios no se parece al hombre, sino el hombre a Dios; de igual modo, no es María quien se parece a la Iglesia, sino la Iglesia la que se parece a María.
     Por consiguiente, la Santísima Virgen puede ser considerada como un ejemplar del cual la Esposa de Cristo es la imagen más perfecta. La noción de imagen, en contraste con la de ejemplar, encierra esencialmente dos ideas: la idea de semejanza y la idea de una cierta dependencia respecto al original. La perfección divina es el ejemplar de toda perfección creada, porque toda perfección creada reproduce en una medida más o menos amplia las perfecciones del Creador y porque éstas son la fuente de donde procede aquélla. Ahora bien, esos dos caracteres de la imagen se revelan claramente en la relación de la Iglesia con María. Que hay semejanza lo hemos ampliamente demostrado en este capítulo mismo. Que hay relación de origen es también una verdad innegable; si la Iglesia existe, si es madre y virgen, si el Espíritu Santo habita en ella para hacerla viva, fecunda y santa, es porque María dió a luz libremente, y libremente también entregó a su Hijo por la salud del mundo; es que Ella, poderosa y misericordiosa repartidora de las gracias, hace descender constantemente el rocío celestial sobre el sacerdocio y el pueblo de Cristo.
     De aquí a la conclusión final, a la que deseábamos llegar con todo lo expuesto, no hay más que un paso: la Iglesia es verdaderamente hija, la hija primera de la Madre de Dios. No sólo a sus hijos, sino mucho más a ella le corresponde decir a María: Monstra te esse matrem: Muéstrate como una madre conmigo. Y así, ¿qué más habría que añadir a lo que hasta aquí hemos meditado para saludar en María a la Madre de la Iglesia, lo mismo que la Madre de los hombres o la Madre de los fieles? La Iglesia está hecha a la imagen de María, como un niño tiene en sí el parecido y los rasgos de su madre, y la Iglesia existe, vive, opera con dependencia de María. ¿No es todo esto lo que hace falta para establecer entre ellas la relación de madre a hija y de hija a Madre? Bien lo han visto nuestros Doctores, pues tantas veces han llamado a María la Madre de la Iglesia. Si los miembros de Cristo son hijos de María, según la medida misma de su incorporación a la persona de Cristo, ¿cómo la Iglesia, cuerpo místico de Cristo y prolongación de Cristo a través de los siglos, no pertenecía con el mismo título a Nuestra Señora? Tanto más cuanto que la Iglesia no puede jamás ser separada de Cristo, mientras que nada asegura infaliblemente a los miembros una indefectible incorporación con su persona mística.

 J.B. Terrien S.J.
LA MADRE DE DIOS Y DE LOS HOMBRES

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