viernes, 2 de agosto de 2013

EL SACRIFICIO DE LA MISA (14)

 PARTE I
LA MISA A TRAVES DE LOS SIGLOS
12. Fines de la Edad Media y reforma tridentina 
Otoño de la Edad Media
     171. La expresión «otoño de la Edad Media» (Huizinga) resulta también muy propia para la historia de la liturgia, especialmente de la misa, durante los siglos XIV y XV. Es verdad que, como hemos visto en el canto litúrgico, sigue todavía su florecimiento rico y variado. Pero se trata de un crecimiento superficial, que se complica progresivamente por haber perdido la conexión con sus raíces, lo que le imposibilita producir brotes verdaderamente vigorosos. La teología escolástica no ha inyectado profundidad ni en la liturgia de la misa ni en su mejor inteligencia. Pasadas sus formas el estado de madurez, su vida camina al marchitamiento.
     Estas observaciones, sin embargo, no se refieren al ordinario de la misa, aunque también en él, especialmente fuera de Italia, las oraciones preparatorias, los versículos e invocaciones de las oraciones ante las gradas, las bendiciones del ofertorio y las salutaciones himnicas de la comunión se habían multiplicado desmesuradamente. Pero, como se trataba de oraciones que rezaba el sacerdote en silencio, no saltaba a la vista. Donde se advertían verdaderamente los fenómenos aludidos de decrepitud era en el campo musical religioso y en la proliferación de las prácticas externas de la devoción al Santísimo Sacramento. 


Los «pericula» 
     172. La reverencia hacia el Santísimo Sacramento llevó al extremo de no permitir en ningún caso que manos no consagradas tocasen las especies de pan, aun cuando por esto tuviese que quedar sin viático un moribundo. En el siglo XIV se consideró como un favor especialisimo el que los papas permitiesen en algunos casos a los príncipes tocar el cáliz con la mano en los dias de comunión. El corporal se trataba entonces con una veneración muchas veces supersticiosa. Para el lavado del corporal se compusieron oraciones especiales. De ahí que el capítulo de los pericula et defectus, que pueden ocurrir en la misa, se fuera ampliando continuamente. Ya al principio de la Edad Media se hacía mención de ciertas faltas, por ejemplo, derramar el cáliz, dejar caer una partícula, y se habían fijado para ellas severos castigos. Ahora se discuten tales descuidos y faltas teológicamente desde el punto de vista de las medidas que hay que adoptar para asegurar en cada caso la debida reverencia al Sacramento. Inocencio III había tratado con prudencia algunos casos, y Santo Tomás les dedicó un capitulo especial en la Summa. Pero ahora se registran cada día más pericula y casos imprevistos, como, por ejemplo, el de que el Señor se apareciese in especie carnis vel pueri, dando para cada caso otras correspondientes instrucciones.


Los «frutos de la misa» 
     173. Mientras que estos detalles no manifestaban más que un exceso de celo, consecuencias más delicadas tuvo la consideración unilateral y la vulgarización sin criterio de otro capítulo de la doctrina sobre el sacrificio de la misa, a saber, sus efectos santificadores. Fué ya persuasión de la antigüedad cristiana el que la santa misa no sólo era una glorificación de Dios, sino también un beneficio para vivos y muertos. Esta consideración del sacrificio pasa ahora con más insistencia al primer plano de atención, para convertirse al finalizar la Edad Miedia en el tema principal de la predicación sobre la misa. Surgen enumeraciones estereotipadas de los frutos que se sacan de la misa, aun por la sola asistencia. Las primeras enumeraciones de esta clase aparecen en el siglo XIII, que se contentan con cuatro, cinco o, a lo sumo, seis puntos, entre los que están en primer término los efectos espirituales. Luego son ya diez y, finalmente, doce frutos, que también aparecen en versión alemana, con la particularidad de que tales promesas revisten un tono tanto más materializado cuanto más nos acercamos al final de la Edad Media. Para cada una de ellas se cita un Santo Padre que tiene que avalarlas, por increíbles que fuesen (Asi, por ejemplo. San Agustín tiene que probar la afirmación de que durante el rato en que uno asiste a misa no envejece 'Franz, 51; cf. 57). Otros frutos consisten en que después de la misa aprovecha mejor la comida; que uno no muere repentinamente; que las ánimas no han de sufrir en el purgatorio mientras se oye misa por ellas, etc. Otros insisten de un modo más general en el valor de la misa. En una redacción poética que aparece a fines del siglo XIV se describe el primer fruto de la misa de la manera siguiente: «Aunque alguien poseyera algo que brillase más que el sol y la luna y lo diese a los pobres, y aun cuando peregrinase por todo el mundo con calores y fríos, con hambre y sed, «todo esto no aprovecha tanto a su alma como el mérito de la asistencia a una sola misa» (Franz. 48 f). Semejantes exposiciones de las virtutes missarum circulaban también en Inglaterra; véanse los ejemplos en Simmons, The Layfolks Massbook. I31s 366-371. Con todo, siempre se exige como condición que se diga la misa con dsvoción y en estado de gracia. Una parte de las promesas se atribuye luego a la contemplación de la sagrada hostia; véase más arriba). Aunque la teología contemporánea no defendía técnicamente tales exageraciones, podían, sin embargo, correr sin trabas en la predicación y la literatura piadosa. Verdad es que con esto se le movió poderosamente al pueblo a la frecuentación de la misa, pero también se le llevó a la falsa seguridad de que la salvación del alma se podía obtener por la simple asistencia al sacrificio. 


Las misas gregorianas
     174. Con estas esperanzas exageradas en los efectos de la misa se relaciona no sólo la aparición, a fines de la Edad Media, de numerosos formularios (Por ejemplo, los formularios contra diversas enfermedades, contra peligros para los derechos y posesiones, contra invasiones de enemigos, y especialmente en honor de santos que se veneraban como patronos; véase Franz, 115-217; numerosos ejemplos también en Ferreres, Historia del Misal Romano, 350-376) de misas votivas, sino también de combinaciones extrañas de las mismas, por las que se pretendía conseguir infaliblemente un efecto determinado. Dieron ocasión a estas colecciones de misas algunos pasajes de los Diálogos de San Gregorio Magno, en los que, sin atribuir todavía un valor especifico al número, leemos que por un difunto en un caso se ofreció el sacrificio durante siete días seguidos, y en otro, durante treinta días (San Gregorio Magno. Dial.. IV. 55: pl 77, 416-421). Esto sirvió de modelo para toda la Edad Media; pero sólo en los últimos siglos llegó a transformarse en una institución que se discutió y reglamentó al detalle. Se recomendaban series de tres, cinco, seis, siete, nueve y treinta misas, y hasta 41, 44 y 45, en sufragio de los difuntos, sin que se olvidaran las intenciones de los vivos. En estas series existían formularios distintos para cada misa, independientes de la del día, y en ellas hasta se fijaba el número concreto de velas y de limosnas (Franz, 218-291: L A. Veit, Volksfrommes Brauclitum una Kirche im deutschen Mittelalter (Friburgo 1936) 26ss. Asi, p. ej. se prescribe en un septenario para el primer dia de Trinitate, con tres velas y tres limosnas; el segundo dia, de angelis, con nueve velas y nueve limosnas, etc (Franz. 254). Otras series de misas escogen ios formularios del propio de tiempo, empezando con adviento o el domingo de Ramos. I c., 248 255 265ss). Lo más cuestionable, sin embargo, en estas series de misas y en otras muchas misas votivas era la frecuente afirmación de su eficacia infalible. Incluso en los misales se podían leer tales afirmaciones; por ejemplo: Si quis positus in aliquo necessitatis periculo, has triginta missas celebraverit vel celebrare petierit, liberabitur sine mora (Misal de St. Lambrecht de 1336: Kóck, 34. Afirmaciones semejantes en otros misales de Estiria, ibid., 27 36s 41s 74 81 83 137ss. Para Hungría véase Radó, 171s.19)


Aumento del clero
     175. Se explica que los fieles buscasen ávidamente estos procedimientos simplistas, con los que satisfacían su afán de milagros. De ahí que en los últimos siglos de la Edad Media se multiplicasen anormalmente las misas y, como consecuencia, aumentase desmesuradamente el clero, que en gran parte vivía de ellas, a base de prebendas o simplemente por los estipendios (Hacia el final de la Edad Media hubo en todas las ciudades numerosos «altaristas», que no hacían otra cosa que decir la misa y rezar el oficio. Asi, p. ej.. existían el año 1521 en la catedral de Estrasburgo 120 prebendas de misas (L. Pfleger, Kirchengeschichte der Stadt Strassburg. Kolmar 19411 172). Véanse más pormenores en F. Falk. An der Wende des 15. Jh.: «Hist.-pol. Blatter».-112 (1893. II) 545-559. La existencia de aquel proletariado clerical no fué menos concausa que efecto de tales opiniones raras sobre la misa. Conforme demuestra W. Neuss (Das Problem des Mittelalters [Kolmar 19431 26s), el aumento del clero sin ocupación se debía en parte también a la circunstancia de que por los gremios se admitían únicamente un número fijo de menestrales y comerciantes, lo cual dio ocasión a que muchos hijos de ciudadanos buscasen el porvenir en el estado eclesiástico, ya que esto por las muchas fundaciones parecia cosa fácil; pero al mismo tiempo esto fué un motivo de fomentar las creencias populares y aprovecharse de ellas). Apenas si se decían otras misas que las votivas de difuntos, que eran las más solicitadas por el pueblo (El concilio provincial de Florencia del 1517 decretó la multa de dos ducados para los sacerdotes que por avaricia celebrasen aniversarios aun los domingos y días festivos en lugar de decir la misa del dia. Mansi, XXXV, 240). La acumulación de misas no pudo por menos de repercutir en la liturgia. Como parte de estas misas se celebraban todavía con canto y en las iglesias no se pedían cantar simultáneamente más que una misa, dieron con una solución que permitiese un número mayor de misas seguidas; era lo que llamaríamos «misas ensambladas», seguidas de tal manera, que la primera se cantaba solamente hasta el ofertorio o el Sanctus y, mientras en un segundo altar ya empezaba la siguíente, se continuaba en silencio (Bertoldo de Chiemsee menciona esta costumbre como causa de la opinión de muchos de que podían marcharse después de la congración. En algunas parroquias de la archidiócesis de Salzburgo seguia la costumbre hasta nuestro siglo. En la diócesis de Brixen fué suprimida el año 1900). Pero sobre todo influyó este aumento de los estipendios en la multiplicación exagerada de las misas privadas, ya que la mayor parte se decían por intenciones particulares, que podían prescindir de toda solemnidad exterior. Esta tendencia a lo privado y subjetivo, que consagraba las excepciones a la norma general, llevó al extremo de prescindir del año litúrgico, diciendo todos los días misas votivas a propia elección o ateniéndose a lo exigido por las series de misas (Hubo quejas de que se preferían las missae favorabiliores que eran missae obolariae 'Franz. 149ss.) También hay noticias de sacerdotes que siempre celebraban la misa de beata Virgine y de milagros con los que Dios los protegió en su costumbre contra las autoridades eclesiásticas)


Voces de alarma
176. Apenas apuntaba este estado de cosas, cuando ya Petrus Cantor (+ 1197) señaló el abuso que preveía: «Hacen falta menos iglesias, menos altares, menos sacerdotes, pero mejor escogidos». Lo mismo advirtieron poco después algunos místicos alemanes, Juan Gerson atacó públicamente el abuso, afirmando que los predicadores que prometían efectos exagerados para la misa llevaban al pueblo al judaismo y fomentaban la superstición. También en Alemania se elevaron voces de protesta en el mismo sentido. Un ejemplo de intervención enérgica lo dió Nicolás de Cusa, que, como obispo de Brixen, ordenó en 1453 y 1455 que todos los misales de su diócesis se llevasen a determinados sitios para ser corregidos allí a base de ejemplares revisados. El uso de libros no corregidos quedó prohibido bajo severas penas. Pero no en todas partes hubo hombres con semejante energía, con lo que de un modo general siguieron pululando los abusos. Verdad es que el sanctasanctórum de la Iglesia nunca dejó de ser centro de piedad verdadera; pero las nieblas y sombras que le circundaban, junto con otras concausas, dieron ocasión a que la institución eucaristica, fuente de vida de la que la Iglesia se había nutrido durante mil quinientos años, se convirtiese en ludibrio y fuese condenada apasionadamente por pueblos enteros como idolatría abominable.


La Reforma 
       177. Las acusaciones que elevaron los reformadores, sobre todo Lutero, se dirigieron con crítica certera y a la vez despiadada contra los puntos más discutibles de la práctica eclesiástica de la misa: frutos de la misa, valores diferentes atribuidos a las distintas misas votivas, el dinero. Pero exageraron y pasaron los límites. Con el lema de sola la Biblia. Lutero negó el carácter sacrifical de la Eucaristía y creyó haber dado con la raíz del abuso al afirmar que aquel sacramento era únicamente un testamento, un legado y un beneficio para nosotros, y, como tal —ésta fué la conclusión prematura—, no podía ser de modo alguno «beneficio» u obra meritoria que nosotros ofreciésemos a Dios para merecer ante él; por esto la misa no se podía decir ni por los vivos ni por los muertos; todas las oraciones de la liturgia que hablaban de este carácter de la misa, sobre todo del sacrificio, o sea principalmente el canon, eran invenciones malas de los hombres. Un escrito especial de Lutero trata «de la abominación de la misa en silencio que llaman canon» (1524). Estos ataques contra la misa tuvieron especial eficacia en el pueblo, porque la delataban como un timo. El efecto, aun en las regiones que se habían mantenido católicas, fué tal, que en el año 1528 se llegó a afirmar que en la Iglesia de Salzburgo antes se podían mantener con más facilidad cien «sacerdotes de Graciano» (que vivían solamente de estipendios) que ahora uno solo.
     178. La alusión a la avaricia y superstición había hecho mella. Pero, dado el bajo nivel de formación religiosa, la crítica adversaria amenazaba destruir en el corazón del pueblo no sólo los brotes supersticiosos, sino aun el mismo tronco y las raices de la fe. La misa cayó en desprecio. Pronto los medios competentes tuvieron que darse cuenta de que las quejas no remediaban nada. Fué el mérito del concilio de Trento haber distinguido en sus decretos doctrinales la verdad del error y haber profundizado en el carácter objetivo de la misa como sacrificio, que lo elevaba sobre la simple conmemoración del sacrificio de la cruz o sobre un simple rito de comunión, de este modo quedaron asegurados los fundamentos de la liturgia católica. Pero, además, fué necesaria una reforma a fondo de la práctica de la celebración, y no en menor escala del mismo misal, en el que reinaba, por lo general, una verdadera anarquía. 


Intentos de reforma católica
     179. Según el derecho de entonces, tenían autoridad para hacer la reforma las mismas diócesis o provincias eclesiásticas, con tal de que no tocasen el cuerpo tradicional del misal romano, y menos el canon. Asi, determinó el sínodo provincial de Tréveris en 1549 que en cada diócesis debía usarse solamente el misal diocesano; y si tal misal no existía, el de Tréveris. Algo parecido se dispuso en Maguncia, con el mandato de que en cada diócesis debían examinar y corregir el misal hombres competentes, con el fin de hacer una ordenación general para toda la provincia eclesiástica Pero ni en esta ni en otras provincias se llevó a cabo tal programa. Por lo demás, antes de que ningún sínodo pensara en la reforma del misal, ésta ya había sido pedida en 1526 por la dieta de Spira como de necesidad ineludible.
     Por aquella época aumentaron las voces en los más distintos sitios de la cristiandad, primero en Italia, por el año 1546, y luego, con más insistencia, en España y Portugal, pidiendo una unificación del misal, que dejase a las diócesis únicamente la libertad de añadir los propios de sus santos. Tal idea, sin embargo, no era compartida por todos. Las propuestas que de Francia se hicieron al concilio deseaban un arreglo separado en cada país. Parecida fué la opinión en Inglaterra durante el breve período de la Restauración. Las experiencias enseñaron que era necesaria la unificación para la Iglesia universal. 


La comisión nombrada por el concilio tridentino 
     180. Y así, el concilio de Trento, que ya en los años 1546-47, con ocasión de las discusiones sobre el uso y abuso de la Sagrada Escritura, había tocado la cuestión del misal, volvió sobre este asunto en 1562, a propósito de las deliberaciones sobre la doctrina del sacrificio de la misa. Una comisión particular debia reunir los abusus missae. Esta misión no fué difícil, ya que no sólo los innovadores, sino también el concilio, los sínodos, memorias y programas de reforma habían señalado repetidas veces los puntos vulnerables: las secuencias y prefacios de los santos, con sus contenidos de leyenda: oraciones por la paz y por otras necesidades y diversos cantos después de la consagración (Asi se cantaba diariamente en Hipoltstein después de la consagración, por el año 1511 una antífona, generalmente Gaude Dei Genitriz (Gótz, Das Pfarrbuch des stephan May, 28s). Tales costumbres no existían solamente en los países del norte de Europa. El 16 de enero de 1677, la Sagrada Congregación de Ritos tuvo que contestar a una consulta de Sevilla que preguntaba si era lícito interrumpir la misa después de la elevación del cáliz o, como fué costumbre en muchos sitios, delante del Pater noster para intercalar súplicas en que participaba el celebrante. Decreta auth. SRC, número 1588, 9), formularios recientes de procedencia discutible, sobre todo los abusos de las misas votivas y las series de misas y el aumento desmesurado de formularíos particulares, con detrimento del año litúrgico, y la frecuente substitución por los mismos de los dominicales; añádase la diversidad de las ceremonias, que, como se quejaba el cardenal Hosio, había llegado al extremo de que, con escándalo del pueblo, ni siquiera en la misma iglesia seguían todos una misma pauta (Jedin, 34-35. La confusión aumentó aun a partir de la reforma, porque no pocos sacerdotes empezaron a poner la reforma a su antojo. En Austria algunos suprimieron incluso el canon. 1. c., 44).
     Nada de esto se le escapó a la comisión ni al inventario formado por ella, que resultaba la colección más completa de las ideas reformistas sobre liturgia, añadiendo una larga serie de pormenores que debian examinarse desde el punto de vista teológico. Entre ellos se hallan algunas expresiones como hostia immaculata, calix salutaris, empleadas ya en el ofertorio; las cruces después de la consagración, la oración de la conmixtión, que en los misales italianos empezaba con Fiat commixtio; el ofertorio de la misa de difuntos. También se ponían entre los puntos discutibles la simultaneidad de las misas privadas con la solemne, la celebración de misas privadas con asistencia de menos de dos personas. Sin exigir una uniformidad completa, la comisión deseaba, por lo menos para el clero secular, una unificación de las ceremonias del principio y fin de la misa, donde abundaban las mayores diferencias, y una redacción igual de las rúbricas, o sea de las ceremonias externas.


El decreto del concilio 
     181. Era explicable que el concilio, que ya llevaba demasiado tiempo reunido, no pudiera ocuparse de la discusión de tales pormenores, sobre los que podía surgir una diversidad grande de pareceres. La comisión tuvo que reducir su proyecto hasta tres y cuatro veces, para conseguir una redacción que tuviera garantía de aceptación por todos. El Decretum de observandis et evitandis in celebratione missae, que se aprobó en la sesión XXII, del 17 de septiembre de 1562, junto con la doctrina y los cánones sobre el sacrificio de la misa, se ocupa únicamente de los abusos y corruptelas más llamativas, agrupadas bajo los conceptos de avaricia, irreverencia y superstición. Los obispos debian velar sobre la práctica de los estipendios; se debia celebrar misa únicamente en lugares sagrados; había que desterrar toda conducta irreverente y la música ligera, suprimir las arbitrariedades de muchos sacerdotes tocante a ceremonias y oraciones de la misa, y la meticulosidad supersticiosa de los números en las misas (Como es sabido, se permitió solamente la costumbre de las treinta misas seguidas en sufragio de difuntos. En nuestros dias surgió otra serie de cuarenta y cuatro misas con promesas supersticiosas en Polonia. Fué prohibida por un decreto romano Acta Ap. Sedis. 26 [1934] 233). No se habló de la reforma del misal. Lo mismo que la reforma del breviario, fué encomendada al papa por un decreto de la sesión XXV.


El misal de Pío V 
     182. Pió IV emprendió en seguida su realización al nombrar, a lo que parece todavía el año 1564, una comisión, que fué luego ampliada por su sucesor Pió V. Por desgracia, no tenemos de su trabajo noticias más concretas. Unicamente el fruto, el Missale Romanum ex decreto ss. concilii Tridentini restitutum, Pii V Pont. Max. iussu editum, que por bula del 14 de julio del 1570 fué declarado obligatorio para toda la Iglesia, con algunas restricciones, nos permite reconocer el trabajo prestado y los principios que presidieron su composición al compararlo con lo que habia antes. Nos pueden servir, además, algunas observaciones aisladas que se nos han conservado.
     El problema de la reforma no se resolvió, por lo tanto, mediante una serie de decretos y prescripciones que reprobasen los abusos y diesen la norma para la composición de nuevos misales, dejando libertad ilimitada a las variantes regionales y el derecho de los obispos a disponer acerca de ellas, como pretendía un sector del concilio, sino que quedó resuelto per la presentación del misal unificado, como deseaban otros. Este misal único era un misal romano, es decir, como fundamento del nuevo misal se había escogido el Missale secundum consuetudinem Romanae Curiae, el de mayor difusión entonces. Esta elección no fué del todo espontánea, ya que no solamente era dominico el mismo papa Pió V, sino que la orden dominicana, que disponía de un rito propio bien formado, estaba representada en la comisión ya antes de la subida al solio pontificio de Pío V..


Las nuevas «Rubricae generales» 
     183. Por lo que hace al calendario y a cada uno de sus formularios, el nuevo misal coincidía en la oración y el evangelio con el breviario romano, preparado por la misma comisión y publicado dos años antes, armonización que jamás se había visto hasta entonces en los libros anteriores. Además, habían antepuesto al texto del misal las Rubricae generales Missalis y el Ritus servandus, con normas detalladas sobre la elección y la composición de cada formulario y sobre el nspecto ritual de la misa, sirviéndose para ello del Ordo missae del maestro de ceremonias pontificio Juan Burcardo, de Estrasburgo, aparecido en 1502 y muy divulgado en aquella época. Con esto se había restringido además el empleo de las misas votivas. De ellas se salvaba únicamente una pequeña selección, o sea cierto número de formularios en los que ya no había peligro de superstición, y sobre todo aquellos para determinados días de la semana, con exclusión del domingo. Al temor de los abusos por avaricia hay que atribuir seguramente la supresión de la entrega procesional de ofrendas, prevista todavía por Burcardo. Una innovación de carácter práctico fué que en el Commune sanctorum se daban no solamente una serie de textos para el introito, colectas, etc., sino algunos formularios organizados perfectamente.


Supresión de fiestas y secuencias 
     184. Otro punto de vista desde el que la reforma había enfocado su misión se notaba en el calendario de las fiestas del nuevo misal, que presentaba, sin contar las octavas, ciento cincuenta dias libres de fiestas. Como se ve, quedaban suprimidas muchísimas fiestas de santos que en la baja Edad Media se habían multiplicado desmesuradamente. El criterio general seguido en esta eliminación fué el de no admitir más fiestas, de santos que aquellas que hasta el siglo XI se celebraban en Roma. De las numerosas fiestas introducidas posteriormente, sobre todo por influjo de los franciscanos, se conservó sólo una pequeña parte, entre los que se cuentan poquísimos santos no italianos (Alemania estaba representada solamente por Santa Ursula (I. c.. 466). El ideal, pues, que guió a la comisión en sus trabajos, fué el de la vuelta a la liturgia antigua de la ciudad de Roma. Con este criterio concuerda la severa supresión de las secuencias que pululaban abundantemente en los otros misales, pero entre las que, además de las cuatro que se mantenían, había verdaderas joyas poéticas, muy aptas para aumentar el esplendor de las fiestas. Pero se trataba de introducciones recientes que nunca habían podido arraigar en Italia; por otra parte, su falta de ritmo clásico chocaba con el severo criterio del gusto renacentista.


Consultando antiguos manuscritos 
     185. El que en los círculos competentes dominaba el criterio de una verdadera «reforma», es decir, una tendencia al descubrimiento de la forma antigua, sepultada bajo la mole de las añadiduras posteriores, lo conocemos por el hecho de que en el año 1563, cuando el concilio de Trento aun no había emprendido la reforma del misa!, mandó traer de Roma un manuscrito vaticano del sacramentarlo Gregoriano. No fué ésta una tentativa aislada. También la comisión procuró inspirarse en las fuentes antiguas. En la bula de presentación del 14 de julio de 1570, el papa Pío V atestiguó que los sabios de la comisión habían llevado a cabo su obra diligenter collatis ómnibus cum vetustis Nostrae Vaticanae Bibliothecae aliisque undique conquisitis, emendatis atque incorruptis codicibus, necnon veterum consultis ac probatorum auctorum scriptis, y que habían vuelto el misal ad pristinam sanctorum Patrum normam ac ritum. Por otra parte, no les parecía necesario recordar expresamente una verdad tan obvia de que no se podía desechar por completo toda la evolución intermedia que separaba la actualidad de la prístina sanctorum Patrum norma, si no perjudicaba el plan fundamental, antes lo hacía progresar moderadamente. 


Límites de la reforma 
     186. A nadie le puede extrañar que una meta tan alta no se alcanzase sino sólo en proporciones modestas. Aunque hubieran dispuesto de fuentes más abundantes, no se podía esperar de una comisión con personal reducido, congregada para un fin práctico, que en un par de años anticipasen los resultados de la historia litúrgica que habían de dar sus frutos maduros después de siglos y con el trabajo coordinado de muchos. Así, en el ordinario de la misa y en el resto del misal quedó sin alterar, y tal vez sin ser sometido siquiera a examen, mucho de lo que en el periodo francoalemán se había añadido como adorno, sin valor artístico, a las formas austeras de la antigua liturgia de la ciudad de Roma, que en la época del gótico se había incorporado también a los misales secundum usum Romanae Curiae (Sin duda que la comisión no quiso remontarse hasta el culto de las basílicas romanas, según lo había exigido Radulfo de Rivo (+ 1403) (De. canonum observ.. c. 22s [Mohlberg. II, 124-1561) al expresar su disgusto por la propagación del rito de la capilla papal por los franciscanos, sobre todo por su oficio. Por lo que se refiere al misal, el ordinario de la misa del Micrólogo (cf. más arriba 139) le parece el mejor modelo. Cf. Baumstark. Missale Romanum, 148s)).


Sus principales tendencias 
     Sin embargo, es justo reconozcamos que se consiguió lo que se podía conseguir con los elementos de investigacion de aquella época. Además, no podía menos de imprimir su sello a la obra el carácter de la época humanista. La nueva valoración de los Santos Padres se manifiesta en que, al lado de las fiestas de los cuatro grandes doctores de la Iglesia unicamente conocidos en la Edad Media, se introducen ahora las de los Padres griegos. También quedan limadas con criterio humanista algunas asperezas del estilo literario. Por lo demás, todo el trabajo de limpiar de adornos inútiles el texto del misal entraba de lleno en las tendencias del humanismo, con su predilección por la forma limpia y concisa. Este trabajo de limpieza fué llevado a cabo con notable energía. Ni siquiera se arredraron ante la eliminación de aditamentos que al sentido piadoso de muchos podían parecer intangibles, como, por ejemplo, la antiquísima intercalación mariana en el Gloria in excelsis. Finalmente, fué también una consecuencia del espíritu humanista, abierto al arte, el que el concilio rechazara los ataques contra la polifonía del canto litúrgico, con cierta madurez ya para entonces, quedando despejado asi el camino para las grandes obras maestras de la música eclesiástica (Las composiciones del flamenco Jacobo de Kerle, que se cantaban en las bendiciones durante el último periodo del concilio, parecen haber influido sobre esta decisión; también se conocían ya entonces las primeras obras de Palestrina. Usprung, 182-186).


La cuestión del «cáliz» 
     187. Para una reforma amplia y profunda, en el sentido de restauración de la comunicación más íntima entre el celebrante y el pueblo, hubiera sido necesaria en los fieles otra mentalidad espiritual. Sobre todo se comprende que no podían ceder ante las exigencias desmesuradas del ataque reformatorio, en el que se mezclaban principios heréticos en cosas que en su forma tradicional eran sólidas y tenían un sentido profundo, sobre todo que los representantes de la herejía se habían negado a participar en el concilio (Con todo, algunas de estas cuestiones fueron examinadas en el concilio. Algunos obispos dieron el consejo de no inquietar a los que querían rezar en voz alta el canon (Conc. Tridentinum, ed. Soc. Goerres, VIII, 756, lín. 27; 757, lín. 52; 768, lín. 25; 771, línea 40). Asimismo, algunos no querían que se condenase el uso de la lengua vulgar. 1. c., VIII, 757, lín. 51; 758, lín. 12; 766, lín. 20; 768. lín. 25; cf. 780, lín. 3). Lo urgente entonces fué trazar líneas claras. En la cuestión del cáliz de los legos se quiso hacer una excepción; pero las experiencias no habían sido alentadoras. En cambio, los capítulos dogmáticos del concilio no se limitaron a la reprobación de los errores, sino que se esforzaron por presentar otra vez las grandes verdades del sacrificio cristiano en todo su esplendor, hasta llegar a exhortar a los fieles a que comulgasen cada vez que asistiesen a misa, cosa que tanto distaba de la práctica entonces.


Roma se reserva la iniciativa 
     188. La innovación que tuvo las consecuencias más trascendentales fué, sin duda, la disposición expresada en la bula de presentación de que este misal debía ser la única norma para todas las Iglesias y que no se podía en adelante cambiar nada de él. Unicamente las Iglesias que probasen para su misal una tradición de dos siglos podían seguir conservándola. Esta condición se daba en las órdenes antiguas, que desde el siglo XI se habían formado su propia liturgia a base de la francorromana y la han conservado hasta nuestros días Pero también se dió el mismo caso en algunas diócesis, entre las que se hallaban, además de la de Milán y los restos de la liturgia mozárabe, otras como las de Tréveris, Colonia, Lieja, Braga y Lyón, de la que sólo las dos últimas han conservado su rito particular.


La Sagrada Congregación de Ritos
     189. Una unificación tan amplia y tan severa hubiera sido imposible antes de la invención de la imprenta. Pero aun en la nueva situación fué inevitable que, además de las dificúltades que entraña toda transición, surgiesen bastantes problemas y dudas como consecuencia de las más diversas circunstancias locales. Para atender a ellas, Sixto V creó, por la constitución Immensa, del 22 de enero de 1588, la Sagrada Congregación de Ritos. Su misión es vigilar en todo el área de la Iglesia latina para que se guarde cuidadosamente el modo prescrito para la celebración de la misa y del resto de la liturgia; ella puede decidir las dudas, otorgar dispensas y privilegios y, como siempre quedaba la posibilidad de la introducción de nuevas fiestas, preparar los formularios para ellas. En cambio, queda fuera de sus atribuciones ordinarias el cambiar las rúbricas o el texto de las oraciones. La Congregación no debía ser un órgano para la continuación de la reforma, sino más bien un freno para las fuerzas que, tal vez dentro de un margen muy limitado, podían aún dar señales de alguna dispersión. Su tarea es velar para que el estado fijado por el misal de Pío V no se altere en parte alguna. Esta misión de resolver dudas según la mente de las disposiciones antiguas se cumple por medio de los decretos de la Sagrada Congregación de Ritos, dados a partir del año 1588, de los que casi la mitad se refiere a la liturgia de la misa. Empero, poquísimos de estos decretos dan decisiones acerca del rito mismo de la misa. Las decisiones más progresivas en esta materia se refieren a la reglamentación más minuciosa de algunas reverencias, a la declaración de que el cáliz después de la comunión se debe cubrir de la misma manera que al principio, las reglas casuísticas sobre el orden de inclusión en la oración A cunctis de los distintos patronos, sobre las personas que en el canon pueden mencionarse como antistites. Un número algo mayor de sus decisiones se ocupa de las diversas circunstancias exteriores de la misa, las horas permitidas para la celebración, la influencia que puede tener el lugar sobre la elección del formulario, la applicatio pro populo y la subsanación de los defectos. Muchos decretos se dedican a cuestiones particulares de la misa solemne y de la misa pontifical, a los casos particulares que resultan de la categoría distinta de los celebrantes, como son, por ejemplo, el orden al ofrecer el hisopo o el libro de los evangelios para besarlo o al incensar y al dar la paz; además, se refieren a las funciones del presbítero asistente y de otros ministros, a la regla del coro de la misa conventual, al uso del órgano y del canto. Una parte considerable está dedicada a las diversas clases de misas votivas y de difuntos y a la cuestión de cómo se han de compaginar los deseos de los que hacen una fundación o encargan misas, con las exigencias de la estación del año, y, finalmente, a los cambios a que está sometido el rito de la misa por razón del año litúrgico. Muchísimos decretos se dirigen contra abusos manifiestos o repiten a los consultantes escrupulosos la respuesta serventur riibricae.


Disposiciones pontificias 
     190. Si hubo en algunos casos, desde el siglo XVI, verdaderas innovaciones en las rúbricas o en el texto del misal de Pío V, fué en virtud de disposiciones pontificias. Tales disposiciones se dieron en forma de una nueva edición del misal bajo Clemente VIII (1604). Fué entonces cuando se restableció el texto antiguo de los cantos, que en algunas ediciones se había abandonado a favor de la Vulgata, y reglamentó lo de la bendición final. En una segunda edición del misal rehecha, bajo Urbano VIII (1634), quedó mejorada la redacción de las rúbricas y extendida a los pocos himnos del misal larevisión efectuada en los himnos del breviario. Posteriormente no se ha dado otra reforma hasta el año 1920, con motivo de la reforma iniciada por Pío X. Por lo demás, prescindiendo del aumento de fiestas de santos, son pocas las decisiones que afectan al ordinario de la misa. Así mandó Clemente XIII el prefacio de la Santísima Trinidad para los domingos, y León XIII prescribió las oraciones al final de misa privada. 
     Por otra parte, a pesar de toda la severidad de las prescripciones generales, algunas rúbricas han caído en desuso. En virtud de una costumbre contraria, ya no se enciende al Sanctus una vela especial ni se guarda la prescripción de dar a beber después de la comunión a los comulgantes el agua de la ablución.


Balance 
     En resumen: hemos de confesar que los cambios íntroducidos de este modo en la liturgia de la misa han sido realmente insignificantes. A los mil quinientos años de continua evolución, más o menos supervisada por la autoridad suprema, ha seguido una época de completa inmutabilidad, con lo cual, es cierto, se ha eliminado todo peligro de desviación en el culto esencial, pero al mismo tiempo ha hecho que la iniciativa del pueblo cristiano, siempre viva y activa, se desvíe por otros cauces, los de las devociones particulares y funciones religiosas fuera de la misa, en los que muchas veces encuentra mayor interés que en el culto esencial, por adaptarse mejor a su propio modo de sentir.
 P. Jungmann, S. I.
EL SACRIFICIO DE LA MISA

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