lunes, 26 de agosto de 2013

La Caridad y la Limosna

     Todo corazón bien puesto experimenta un misterio atractivo para los debiles, y es felicidad pura la de las almas delicadas socorrer a los que tienen necesidad de apoyo.
     El Señor, a quien todo debe obedecer, nos lo ha ordenado: debemos amarnos entre nosotros mismos, y aquellos a quienes debemos amar sobre todo, son los pequeños y los humildes
     No olvides, hijo mío, ese deber sagrado que te imponen a la vez la humanidad y la Religión, y aprende a practicarlo desde la época de tu juventud.
     Imita a esos jóvenes admirables que te han precedido en la carrera de la vida y que fueron el consuelo y el orgullo de la Iglesia en un siglo lleno de pruebas.
     Como ellos, sacrifica de buena voluntad tu placer al dulce oficio de la caridad fraterna.
     Como ellos, consagra tu día de descanso, al menos en parte, a la visita de familias pobres, de las cuales tú serás el segundo ángel de la guarda.
     Como ellos, anima con tu presencia las reuniones de los aprendices y jóvenes obreros, y procura pasar entre ellos largas horas; mézclate en sus distracciones y en sus oraciones, en sus estudios y en sus juegos.
     Como ellos, recoge, si lo puedes, al niño abandonado, quítale la gruesa capa de ignorancia que lo cubre y poco a poco haz de él un niño de la civilización cristiana.
     Como ellos, penetra en esos barrios en que sólo la abnegación se atreve a entrar; ve y llévales juntamente con buenas palabras, un rayo de verdad, y lleva contigo a la cabeza de los enfermos, al sacerdote, los Sacramentos, la Religión en fin, sin la cual es muy duro sufrir y morir.
     La más bella caridad es la que vigila el bien de las almas jóvenes, expuestas a todas las tentaciones y de antemano abiertas a todos los vicios.
     Hay más: no temas despojarte de algo para los pobres; el oro prometido al placer y sacrificado a la caridad, de todas las simientes de bendiciones es la más segura y la más fecunda.
     Sí, sé bueno; haz limosna, con tus bienes, pues Dios no te ha dado la riqueza para que uses de ella con egoísmo.
     Si te la ha confiado, es para que la repartas a tu alrededor, y para que de tu mano, pródigamente abierta, caiga en las manos de los desheredados.
     Coge, pues, tu oro otra vez más, y ve hacia aquellos que sufren las torturas del hambre y las crueles inquietudes del abandono.
     El rico es el limosnero del pobre, y ¡ay! de él si olvida en las delicias del lujo a los infelices que son sus hermanos.
     Desdichado de ti, hijo mío, si quieres engañar a la Providencia de Dios, y si guardas para ti solo lo que ella te ha dado para ti y los demás.
     Desdichado de ti si amontonas tu dinero para saciar tus pasiones insaciables, cuando el infortunio te pide su parte.
     El Dios del Pesebre es terrible para con el rico malvado, y su misericordia y justicia lo ha maldecido en el Evangelio.
     Si tú eres pobre, no por eso estás dispensado de hacer caridades; haz un servicio, da un consejo, dirige una buena palabra: esta es la limosna del pobre.
     Derrama sobre los pobres los tesoros de la salud, del consuelo, de la alegría y de la vida, y ten compasión de ellos, si es que tienes compasión de ti.
     "Feliz el que piensa en el pobre y en el indigente; el Señor le librará en los tiempos malos", porque "la limosna borra el pecado y salva de la muerte".

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