lunes, 5 de agosto de 2013

LA IGLESIA HIJA DE MARIA

Insístese en la comparación entre las dos Madres, la Iglesia y María, para entender mejor cómo, en las funciones mismas con las cuales continúa la Iglesia la misión de Cristo, María conserva la preeminencia, y es en esto, como en todo lo demás, la Madre de la Iglesia.

     I. Hemos expuesto la preeminencia de la maternidad espiritual de María sobre la maternidad de la Iglesia, preeminencia que principalmente se revela en dos grandes actos: el acto por el cual ha sido superabundantemente llena para nosotros la fuente de vida sobrenatural, de donde mana y manará siempre toda gracia de adopción; el acto por el cual esas mismas gracias y esa misma vida van desarrollándose en el curso de las edades sobre cada hombre en particular para vivificarlo y santificarlo. No tenemos que insistir sobre el primero: sabemos muy bien que María solamente, con exclusión de toda otra criatura, y, por consiguiente, de la Iglesia misma, ha cooperado a este acto, commenzando desde la concepción de Cristo y consumado en el Calvario. Lo que nos resta que exponer más a fondo es el oficio, no ya exclusivo, sino preponderante que desempeña en el segundo acto.
     Podría parecer, a primera vista, que en esta obra de la santificación de los hombres por la aplicación de los méritos del Salvador, la parte principal pertenece a la Esposa de Cristo, la Santa Iglesia. A ella, en efecto, ha confiado singularmente Jesucristo las cuatro funciones que concurren a la preparación, a la formación, al perfeccionamiento de los hijos adoptivos de Dios, esto es, al magisterio doctrinal que propaga y conserva la fe; el ministerio sagrado que santifica por el sacrificio y por los sacramentos; el ministerio no menos augusto ni menos eficaz de la oración universal, que abre las fuentes de la misericordia; en fin, el poder pastoral que promulga las leyes de Cristo y gobierna a los cristianos en nombre y por la autoridad de Cristo. Tal es la misión de la Iglesia sobre la tierra, prolongación y complemento de la de Jesucristo. "Así como mi Padre me envió a mí, así yo os envío a vosotros", decía el Salvador a sus Apóstoles, y, en persona de ellos, a todos los que debían sucederles hasta el fin de los siglos. Ahora bien: en parte alguna leemos que haya confiado a su Madre semejantes funciones. Y como esas funciones se encaminan todas a vivificarnos en Cristo, ¿no debemos deducir que María no tiene ya en el segundo acto la preeminencia que le es propia en el primero?
     Aunque concediéramos esto en todos sentidos, siempre sería María la Madre por excelencia, porque, bien consideradas las cosas, es mucho más prestar su ministerio a la adquisición general de las gracias vivificantes que ser simplemente el órgano de la distribución que se hace de las mismas gracias a través del tiempo y del espacio. Pero es mucho más lo que pretendemos para la Madre de Dios. No en vano la ha honrado siempre la Iglesia, sin restricción, como a su Reina y a su Madre; no en vano clama a Ella desde este valle de lágrimas: "Muestra que eres Madre; Madre de Nuestro Señor y nuestra"; no en vano se le suplica a una voz con sus hijos que vuelva hacia nosotros las miradas de su misericordia y nos admita, después de este destierro, a la visión de su Hijo bendito. Y ¿cómo el derecho de la Virgen Santísima en la repartición de las gracias podría ceder ante el de la Iglesia, cuando Ella tiene por mérito lo que la Iglesia ha recibido de pura gracia?
     ¡No! La Santísima Madre de Dios no posee como la Iglesia y bajo la misma forma los poderes de santificación depositados por Cristo en manos de los Apóstoles. Jamás se la ha visto definiendo auténticamente las creencias, celebrando el sacrificio de la Eucaristía, administrando los sacramentos, imponiendo leyes obligatorias a los fieles, ofreciendo, en fin, ante el altar las oraciones de la Liturgia, aunque nos ha dado al Autor de nuestra fe, al Pontífice de la nueva alianza, a nuestro Supremo Legislador y a nuestro Omnipotente Intercesor cerca del Padre. Pero, sin embargo, lo repetimos, su preeminencia no pierde nada, queda igual, indiscutible, porque sus operaciones son de un orden superior. He aquí lo que nos resta demostrar más explícitamente, recorriendo otra vez las cuatro funciones con las cuales prosigue la Iglesia la misión de Cristo, su Esposo; esta misión cuyo fin y término es la formación completa de los hijos adoptivos del Padre.

     II. ¿Hablaremos de su oficio en el establecimiento, la propagación y la conservación de la verdadera fe? Se resume en una palabra, en un título: Reina de los Apóstoles; tan elevada, tan profunda y tan incomparable es su influencia en este ministerio del Apostolado. No repetiremos lo que ya dijimos en otro lugar, cómo fue instructora de los mismos Apóstoles de tal modo que si "San Juan Evangelista habló más divinamente de los misterios de Dios que sus otros compañeros de Apostolado, fué, según testimonio de San Ambrosio, porque tuvo muy cerca de él el santuario de los secretos del cielo" (San Ambros., De Instituí. Virg., c. 7, n. 60. P. L., XVI, 319. Véase la 2» parte. 1. V, c. 2).     No recordaremos tampoco que Ella fue la primera en dar a conocer el Salvador Jesús al Precursor, prisionero aún en el seno de su madre; a los judíos, en persona de los pastores; a los gentiles, en persona de los Magos, y que si el Espíritu de verdad descendió con tanta plenitud sobre los Apóstoles el día de Pentecostés, en gran parte se lo debieron a sus oraciones, presagios todos muy claros de su perpetua misión en orden a la fe. Tampoco recordaremos, por haberlo tratado en otro lugar, cómo la fe en Cristo Nuestro Señor se liga y une indisolublemente al reconocimiento de los títulos de esta Señora nuestra, al culto de amor y de veneración que le rendimos (1° parte, 1. I, c. 3).
     Tampoco trataremos del aspecto tan curioso de la historia de las herejías, que nos hace ver, en la mayor parte de ellas, unidos los ataques contra los privilegios de la Madre de Dios a las negaciones dirigidas contra tales o cuales artículos de nuestra fe. Esto se nos muestra más claramente en el Nestorianismo, en los iconoclastas, los albigenses, los husitas, los protestantes de todas las sectas y, finalmente, aunque de manera más velada, en el jansenismo.
     Dejamos, por fin, a otros el cuidado de referir tantos hechos particulares en que María se revela como maestra, ejerciendo este oficio no sólo con las inspiraciones e iluminaciones interiores que obtiene de su Hijo, sino con manifestaciones exteriores y sensibles. La historia de las Misiones está llena de hechos maravillosos. Los hallamos en China, en el Japón, en las dos Américas, en los salvajes del Marañón y de las Montañas Rocosas, en las Indias inglesas y aun en Europa hasta en nuestros días (
Todos conocen la aparición de la Santísima Virgen al P. Alfonso de Ratisbona, y la súbita luz que le proporcionó. Podríamos citar un hecho aún más maravilloso, recientemente acaecido en la India, y de autenticidad indudable).
     Hay un hecho, sin embargo, que merece ser reseñado explícitamente, porque no se trata ya de un alma ignorante o extraviada, sino de un pastor de almas, de un doctor, del cual se hizo María en el siglo III la Maestra visible. Este dichoso discípulo de la Madre de Dios fué el célebre Gregorio de Neocesarea. El santo universalmente conocido bajo el nombre de Taumaturgo, a causa de los numerosos milagros que obró, acababa de recibir la consagración episcopal, a pesar de su resistencia. Se preparaba con el retiro a tomar posesión de la Sede de Neocesarea, ciudad casi del todo pagana, que debía convertir al cristianismo a fuerza de virtudes, de abnegación y de prodigios. Tomamos el relato, palabra por palabra, de San Gregorio de Nisa, que pudo haberlo recibido él mismo de su abuela Macrina, la cual había vivido con los discípulos y los contemporáneos del Taumaturgo, si no con el mismo Taumaturgo.
     Así, pues, Gregorio el Taumaturgo, aunque había seguido durante algunos años las lecciones de Orígenes y quizá por causa de las enseñanzas de aquel ilustre maestro recibidas, sentía la necesidad de ser instruido más exactamente en los misterios del Cristianismo, y particularmente en el gran misterio de la Santísima Trinidad. Por esto, "el recién electo suplicaba al Señor que lo iluminase sobre lo que le tenía perplejo; resuelto, por otra parte, a no entrar en el misterio de la predicación antes que la luz divina hubiese disipado plenamente las nubes de su alma. Y sucedió que habiendo pasado toda la noche en meditar dentro de sí mismo sobre la doctrina de la fe, sin ver bastante claramente lo que debía defender (porque había entonces quienes corrompían con sus sutilezas la sana doctrina y hacían vacilar hasta a los hombres prudentes y doctos), sucedió, digo, que vió aparecer ante sus ojos un personaje, con el aspecto augusto de un anciano, hermoso con una hermosura divina, con un aspecto y unos rasgos que respiraban gracia y santidad. Asustado Gregorio, se arrojó de la cama y preguntó al extraño visitante quién era y por qué había venido. Aquél le serenó con dulce acento, asegurándole que venía de parte de Dios para sacarle de las ansiedades en que fluctuaba tocante a las reglas de la fe.
     "Gregorio iba recobrando el sentido y contemplaba al misterioso anciano con un gozo mezclado de asombro, cuando éste, extendiendo la mano, le mostró con un gesto una segunda aparición enfrente de la primera. Era una figura de mujer, pero con una majestad y una excelencia muy superiores a la condición humana. Poseído de nuevo terror, volvía Gregorio los ojos, no sabiendo de nuevo qué pensar de esta visión, cuyo resplandor no podía soportar, porque lo más prodigioso era que brillaba en las tinieblas de la noche como una hacha encendida. Pero he aquí que los dos personajes se pusieron a conferir juntos la doctrina misma objeto de sus ansiosas pesquisas. Y así supo sus nombres, pues se los decían hablándose uno a otro. Oyó al que se había presentado bajo el aspecto de mujer decir al otro, llamándole Juan Evangelista, que explicase a quel joven el misterio de la verdadera piedad, y a Juan responder que estaba dispuesto, en esto como en todo, a obedecer a la Madre del Señor. Ahora bien: después que el Evangelista hubo claramente formulado esta doctrina, la visión se desvaneció. Gregorio, cuando se quedó solo, escribió inmediatamente lo que acababa de aprender; tan bien que enseñó siempre en su Iglesia conforme a la regla recibida y la transmitió a sus sucesores como patrimonio y herencia divina, gracias a la cual se conservó la fe pura de toda herejía" (
S. Gregor. Nyssen., Or. de Vita S. Gregor. Thaumat. P. G., XLVI, 909, sqq.).     Gregorio Niseno afirma que en su tiempo se conservaba aún en Neocesarea el texto original escrito de mano del santo obispo, "y cada cual puede verlo con sus propios ojos en los archivos de esta iglesia", dice también el mismo Gregorio de Niza, después de haber citado el símbolo enseñado milagrosamente por la Madre de Dios.
     Puede verse en la Historia des Auteuru Sacres .... de Dom R. Ceillier (t. III, c. XVII, a. 2, § 3), la larga lista de monumentos eclesiásticos en que está inserto ese símbolo, o al menos citado, con la afirmación del milagro. Este hecho tiene, por consiguiente, todas las garantías deseables de autenticidad. Créese que San Basilio hablaba de este símbolo cuando, en una de sus cartas a los fieles de Neocesarea, les decía: "¿Puede haber una prueba más cierta de mi fe, que la de saber que he sido educado por una abuela de bienaventurada memoria y nacida en vuestra ciudad? Hablo de la ilustre Macrina. Las enseñanzas del bienaventurado Gregorio que ella había recibido como de primera fuente por una fiel tradición, las conservaba dentro de su corazón, y con ellas nos alimentó en cierto modo desde la cuna" San Basil., Ep. 204, od Neocacsar., n. fi. P. G.. XXXII, 752, 763.
     Lo que hizo la Santísima Virgen por el Taumaturgo, ¡de cuántas maneras no lo ha renovado con otros!
     Nos complaceríamos en demostrarlo con una multitud de testimonios y hechos si nuestro gran Pontífice León XIII no hubiese expuesto magistralmente este oficio de María en una Carta Apostólica que dirigía recientemente a toda la Iglesia. El es, pues, quien va a decirnos lo que es la Santísima Virgen y cuál su acción constante en el orden de la fe:
     "Ya lo sabemos: el fundamento y principio de los dones divinos, gracias a los cuales el hombre, saliendo del orden de la naturaleza, se eleva hasta los bienes eternos, es la fe; pero, justamente, también se proclama que nada hay más eficaz para adquirir y perfeccionar esa misma fe que la acción secreta de Aquella que nos ha dado al Autor de la fe; de Aquella que fué llamada bienaventurada a causa de su fe; de Aquella, en fin, de quien se ha dicho: "Nadie, ¡oh, Virgen Santísima!, llega al conocimiento de Dios sino por Ti; ¡oh, Madre de Dios!; nadie consigue un don de misericordia sino por Ti" (
S. Germ. Constant., Or. 2 in Dorm. B. M. V. P. G., XCVIII, 340).
     "Y ciertamente, no parecerá exagerado el afirmar que, principalmente por su asistencia y bajo su dirección, se extendieron tan rápidamente la sabiduría y la ley evangélicas, a través de los innumerables obstáculos y dificultades que encontraban, llevando con ellas a la universalidad de los hombres un orden nuevo de justicia y de paz. Esto inspiraba el alma y la oración de San Cirilo de Alejandría cuando se dirigía a la Virgen bendita en estos términos: "Por Ti los Apóstoles predicaron la salvación de las naciones...; por Ti la santa cruz es celebrada y adorada en todo el universo...; por Ti toda criatura, aprisionada en los errores de la idolatría es llevada al conocimiento de la verdad; por Ti han llegado los fieles al santo Bautismo y se han fundado Iglesias en todas las naciones" (
Hom. II, e diversis. Encom. B. M. Deip. P. G., LXXVII, 1032). Ella es también, como la ensalzaba el mismo Santo Doctor, quien ha procurado a la Iglesia y afirmado en sus manos el cetro de la fe; Ella, cuyo cuidado constante fué el de mantener entre los pueblos, firme, intacta y fecunda, la fe católica.
     "Numerosos y muy conocidos son en la historia los monumentos de esta vigilancia maternal, y a veces se han visto revelarse en ella de un modo verdaderamente admirable. Sobre todo en las épocas y en los países donde la fe languidecía a causa de lamentable indiferencia, o bien vacilaba con el choque de errores perniciosos, fué entonces cuando la Augusta Señora hizo presente a todos su misericordiosa influencia. Entonces, en efecto, bajo su impulso y gracias a su apoyo, hombres eminentes en santidad y celo apostólico se levantaron para rechazar los esfuerzos de los malos, volver los espíritus a la piedad de la vida cristiana y llenarlos de amor a Ella. Entre todos, y más poderoso él solo que muchos, se señaló en esta doble tarea Domingo de Guzmán, apoyado por su confianza en el Rosario de María.
     "¡No! Nadie puede poner en duda la gran parte que le corresponde a la Madre de Dios en los servicios prestados por los venerables Padres y Doctores de la Iglesia, que trabajaron con una abnegación admirable, ya en defender, ya en predicar la verdad católica. En efecto, de la que es Trono de la Divina Sabiduría, reconocen ellos haber recibido la inspiración fecunda de sus mejores pensamientos, y, por consiguiente, a Ella y no a sí mismos atribuyeron las victorias alcanzadas sobre el error.
     "En fin, los reyes y los Pontífices romanos, defensores de la fe, han implorado siempre, unos para expediciones santas, otros para la promulgación de sus decretos solemnes, la asistencia del nombre de la divina Madre, y siempre han sentido su auxilio poderoso. Por esto la Iglesia y los Padres ofrecen a María alabanzas tan merecidas como gloriosas: Salve, ¡oh, boca perpetuamente elocuente de los Apóstoles, sólido fundamento de la fe, baluarte inquebrantable de la Iglesia!. Salve, ¡oh, Tú!, por quien hemos sido alistados entre los ciudadanos de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica (
S. Joan. Damasc., Orat in Annunc. Deigen. P. G., XCVI, 656); salve, ¡fuente abundantísima de donde manan los arroyos de la divina sabiduría, rechazando con las aguas purísimas y limpidísimas de la ortodoxia las olas encrespadas del error! (S. Germ. Const., Or. in Deip. praesent., n. 14. P. G.. XCVIII, 305). ¡Regocíjate, porque Tú sola has destruido todas las herejías en el universo mundo! (In oíficio B. M. V.). Tal es la parte, la parte grande que la augustísima Virgen María ha tenido en la expansión, en los combates, en los triunfos de la fe católica. ¿No basta esto para hacer ver más y más claramente lo que es esta Virgen Bienaventurada en el plan divino, y, al mismo tiempo, despertar en los fieles todos de Cristo una gran esperanza de obtener lo que hoy día es objeto común de todos sus deseos?" El Papa se refiere aquí a la unión de todos los bautizados en un solo rebaño y bajo un solo pastor. "Por consiguiente, continúa el Pontífice, hay que entregarse a María e invocar a María. ¿Quién cómo Ella podría llevar a cabo con su poderosa influencia la concordia de las naciones cristianas en la profesión de una misma fe, en la comunión perfecta de una misma caridad?
     "¿Qué otra virtud podría, como la suya, promover en todos los pueblos cristianos esta nueva gloria, tan deseable de la religión, esto es, la concordia de los espíritus en la unidad de una misma creencia, la unión de las voluntades en el abrazo de una misma caridad perfecta? ¿Y qué no querrá Ella hacer para que las naciones, en favor de las cuales su Hijo único pidió con tantas instancias al Padre la comunión más íntima, y a quienes El mismo llamó y destinó, por un solo bautismo, a la misma herencia, herencia adquirida y pagada con un precio inmenso; qué no procurará esta buena Madre, repetimos, para que todos juntos caminen hacia ese solo fin, iluminados con su admirable luz? ¿Qué tesoros de bondad providencial no se dignará prodigar por todas partes, ya para aligerar los prolongados trabajos que esta tarea impone a la Iglesia, esposa de Cristo, ya para realizar en la familia humana ese beneficio de la unidad, fruto insigne de su maternidad?" (
Leo XIII, Encycl. Adjutricem populi. 5 sept. 1895).
     Detengámonos en estas palabras y cortemos aquí nuestra cita: La unidad, fruto insigne de su maternidad. El Cristianismo nos ofrece dos clases de unidad, dominando a todas las otras. Hay la unidad del Hombre-Dios y la unidad de la Iglesia. Unidad del Hombre-Dios, que resulta del misterio de la Encarnación. Entonces, en efecto, la naturaleza humana y la divina fueron indisolublemente unidas en una sola persona, y con unión tan estrecha y substancial que Dios es hombre y el hombre es Dios. Unidad de la Iglesia en virtud de la cual los hombres, agrupados en una fe común y en un mismo concierto de voluntades, bajo la autoridad de un mismo Jefe invisible, representado visiblemente por un Vicario, forman un solo cuerpo, el cuerpo místico de Cristo, vivificado por un solo y mismo espíritu, el Espíritu de Cristo. Ahora bien: esta segunda unidad sale de la primera y se modela en ella, como en su arquetipo.
     María, por consiguiente, habiendo concurrido de una manera tan real y tan próxima a la unión que constituye el Hombre-Dios, ha debido cooperar por eso mismo a la unión que es su desarrollo, es decir, a la unión que constituye la Iglesia de Dios. Pero porque esta segunda unión no está, como la primera, al abrigo de todo ataque, porque los cismas y las herejías vienen constantemente a ponerla en peligro, hace falta, por una consecuencia natural, que la maternidad de la Virgen intervenga constantemente para defenderla y fortificarla; en una palabra, que prevenga y destierre las herejías y los cismas en cualquier tiempo y lugar que se produzcan. Y esto es lo que la Iglesia nos enseña en la alabanza que da a la Madre de Dios, con estas palabras: "Alégrate, Virgen María, porque Tú has exterminado todas las herejías, Tú que diste el consentimiento a las palabras del Angel Gabriel en el momento en que engendraste al Hombre-Dios" (
Misa votiva de B. M. Virgine, de la Septuagésima a Pascua, en el tracto). Y, así, la Santísima Virgen, después de habernos dado, como Madre de Dios, a Aquel que es a la vez la Luz del mundo y la Cabeza del cuerpo, del cual nosotros, los fieles, somos los miembros, obra sin cesar, en virtud de su oficio mismo de Madre, para mantener y confirmar la unidad de los espíritus y de los corazones en la misma fe y en la misma caridad; tan cierto es que la unidad es el fruto natural de su maternidad ("Marie thesaurus et hortus benedictionis, columna et firmamentum veritatis, splendor et nitor gratiae... imperatrix et doctrix gloriae, fundamentum Ecclesiae.... magistra perfectorum." L. de Corona B. Vig. (atribuido frecuentemente a San Ildefonso), c. 5. P. L.. XCVI, 292).
     Hace poco, León XIII nos recordaba una multiud de hechos en los que se revelaba de un modo esplendente este oficio de la Madre de Dios. En todo tiempo ha reconocido la Santa Iglesia ese mismo poder en la extirpación de los cismas y de los errores.
     Para citar otro ejemplo más, la cesación del gran cisma de Acacio, a principios del sexto siglo, fué atribuida por los obsipos de Oriente a la intercesión de la Madre de Dios. "He aquí, dicen los Padres del sínodo de Constantinopla en su carta al Papa Hormisdas, he aquí que... por la intercesión de la gloriosa Virgen María, todos los miembros antes separados han vuelto a la unidad en la caridad por la gracia del Espíritu Santo" (
Relatio Synodi Constantin. de ordin. Epiphanii ep. Labbe Conc., t. IV, p. 1524).
     En la misma época y por la misma causa, Epifanio, elegido para ocupar la sede de la nueva Roma, escribía al Soberano Pontífice, a fin de notificarle su adhesión perfecta a la fe y a la comunión de la Iglesia Romana, y sus esfuerzos para estirpar los últimos restos del cisma. Ahora bien: él también atribuía el fin de una calamidad tan grande "a la gracia del Espíritu Santo y a la intercesión de la Santísima y Gloriosísima Virgen María, Madre de Dios" (
Relatio Epiphanii ep.. ibíd., 1535, 1538). Recordemos también la carta del Papa Gregorio a Germán de Constantinopla, en la que este Pontífice, felicitando al Santo Patriarca por sus combates en defensa de las imágenes, "glorificaba a la Soberana de todos los cristianos, que, decía él, había sido su baluarte..., dirigido y protegido como estaba por Ella. Ahora bien: añadía el Pontífice, este triunfo sobre el error nada hay por lo que deba asombrarnos. Si Betulia fué salvada por la mano de una mujer de Israel, que mató al terrible Holofernes..., ¿cómo Vuestra Santidad, bajo la tutela de la Madre de Dios, no había de rechazar vigorosamente a los enemigos de la fe y ganar sobre ellos una gloriosa victoria?" (Conc. Nicaen. II, Act. IV. Labbe, t. VI, p. 288, sq.).
     He aquí, pues, una primera función que no deja de ser sobreeminentemente propia de la Madre de Dios, aunque no le convenga en la manera y forma que la ejercita la Iglesia (
Léase sobre este asunto al obispo de Rodez, Abelly, Senthnents des SS. Peres, touchant les excellences de la Tres Ste. Vierge M. (París, 1674), pp. 190, suívs.).

     III. De igual modo debemos pensar respecto al segundo oficio, esto es, el ministerio que nos comunica y perfecciona en nosotros la vida sobrenatural por el Santo Sacrificio y los Sacramentos. Aserto es este que, sin embargo, a primera vista parecerá una verdadera paradoja. ¿Qué preeminencia, en efecto, podrá tener la Santísima Virgen sobre la Iglesia de Cristo respecto de los sacramentos? Sin duda que recibió durante su vida mortal aquellos cuyos frutos no eran incompatibles con su dignidad de Madre y su cualidad de Virgen siempre inmaculada; sin duda, también, que nadie bebió como Ella de esas fuentes de la gracia, porque no puede igualarse con otra alguna la preparación de su corazón, ni su ciencia. Pero, al fin, no los hace eficaces la virtud de sus méritos y de su sangre, no se administran en su nombre, ni por Ella; menos aún los ha dado Ella a la Iglesia. ¿En qué sentido, pues, y desde qué punto de vista podemos nosotros ser más deudores a la Virgen que a la Iglesia de todos los bienes que los sacramentos nos procuran? La respuesta a esta pregunta servirá, como esperamos, a realizar aún más la idea que ya tenemos de su maternidad espiritual, sin quitarle nada a la Iglesia del honor y del agradecimiento que se merece.
     Recordamos estas palabras de Bossuet hablando de la Santísima Virgen: "Primer origen de la sangre de Cristo, de Ella comienza a derramarse ese hermoso río de gracias que corre en nuestras venas por los sacramentos y que lleva el espíritu de vida a todo el cuerpo de la Iglesia." ¡Sí! Los sacramentos vienen originariamente de María, sin remontarnos a su fuente. Verdad incontestable, pero que hay que meditar despacio, porque de ella resultará la consecuencia natural adonde pretendemos llegar, y es aquí, como en todo lo demás, el oficio maternal de María sobrepuja al de nuestra segunda Madre en el orden de la gracia, la Iglesia.
     Comencemos por considerar la Sagrada Eucaristía, puesto que es el más augusto de los sacramentos y el más sagrado. Cristo había dicho a sus discípulos: "En verdad, en verdad os digo, que Yo soy el Pan vivo, que ha bajado del cielo. El pan que Yo os daré es mi carne. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en Mí, y Yo en él" (
Joan., VI, 31, sqq.).
     Esta promesa la realizó en la Ultima Cena, amando a los suyos hasta el fin. "Tomad y comed, esto es mi Cuerpo. Bebed, porque esta es mi Sangre." Y porque todos en el curso de los siglos debían participar en este misterioso banquete, añadió el Señor: "Haced esto en memoria mía" (
Luc., XXII, l9).
     He aquí la Eucaristía. No vemos solamente, como en los otros sacramentos, la virtud divina que santifica las almas, sino el principio mismo de la vida divina, el Cuerpo vivo y vivificante de nuestro Maestro divino, Cristo todo entero. Cristo, decimos, no sólo alimento, sino también víctima, y alimento, porque es víctima. Porque la Misa es un sacrificio, y la consagración, que renueva el sacrificio de la cruz, pone a Cristo bajo la forma de víctima inmolada por nosotros; así es cómo nos aplica los frutos de la inmolación sangrienta del Calvario, y así es cómo nos alimentamos de Él. Sacrificio verdaderamente digno de la Majestad soberana, banquete que sólo conviene a los hijos de Dios.
     Ahora bien: aquí es donde aparece el oficio incomparable de la Santa Madre de Dios. No podríamos exponerlo mejor que citando un párrafo de San Agustín, maravillosamente adaptado a nuestro asunto: "Cristo, Señor nuestro, escribe este ilustre Padre, ha querido que nuestra salud estuviese en su Cuerpo y en su Sangre... En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios (
Joan,, I. 1). He aquí el alimento eterno, el que alimenta a los ángeles, a las virtudes y a todos los espíritus celestiales. Comen de Él, de Él se hartan, y este alimento, que hace su felicidad y su hartura, ni disminuye, ni se consume. Pero, ¿qué hombre podrá comerlo como ellos? ¿Dónde está el corazón capaz de contenerlo? Era preciso, pues, que este alimento se convirtiese en leche para que fuese apto para alimentar a los niños, que somos nosotros. Pero, ¿a quién toca el convertir un alimento sólido en leche? Oficio propio es de la madre. Lo que come la madre es también comido por el niño. Y como el niño no puede comer el pan en su propia substancia, ¿qué hace la madre? Ella encarna en Sí misma este pan; por un trabajo misterioso hace de él leche y con esta leche alimenta a su niño" (S. Agustín, Enarrat. in psalm. XXXIII, serm. 1, n. 6. P. L., XXXVI, 303).
     ¿No veis aquí una imagen fiel de lo que ha hecho María por nosotros, sus hijitos? ¿Quién de nosotros podía saciarse del Pan de los Angeles, ese Pan del cual ellos se alimentan por la contemplación y por el amor de la Esencia divina? Y, sin embargo, hijos de Dios como ellos, aún más, dioses por la gracia como ellos, nos era preciso un alimento que respondiese a nuestra dignidad, a nuestro sobrenatural temperamento. Y ved aquí este Pan de los Angeles puesto a nuestro alcance por María (
"Ipsum panem (mater) incarnat et per humilitatem mamillae et lactis succum pascit infantem" (S. August., 1. c.). "Por consiguiente, ¡oh Madre Nuestra!, trueca en leche nuestro alimento, trueca en leche el pan celestial el Alimento de los Angeles; haz leche Aquel que te hizo para ser hecho de Ti." Esta exclamación a la Virgen Santa es de San Máximo de Turín, o quizá de un autor muy antiguo, cuya obra se publicó con el nombre de aquél (Serm. II de Assupl. Ií. M. V. P. L., LVII, 866). El santo dice también en el sermón siguiente, segundo sobre la Asunción: "Lacta, María, Creatorem tuum: lacta panem coeli; lacta pretium mundi, praebe lambenti mamíllam, ut pro te ille praebeat percutienti maxillam". Véase también el sermón de San Elredo sobre la Natividad de la B., V. María. P. L., CXCV, 323, sqq.). Pan espiritual, invisible, y, por consiguiente, demasiado substancioso para nuestra flaqueza, Ella lo ha hecho carne y sangre, para que pudiera sernos servido en el sacramento eucarístico. Por Ella hemos recibido, pues, verdaderamente el Pan celestial, y el hombre ha comido el Pan de los Angeles, convertido en alimento de los niños: Cibus infantium. Panem angelorum manducavit homo (Psalm., LXXVII, 24).
     Con Justo título, pues, pone la Iglesia en boca de María estas palabras del Eclesiástico, como una invitación expresiva para llevarnos a la Sagrada Mesa: "Yo soy la Madre del Amor hermoso y de la santa esperanza... Venid a Mí todos los que me deseáis y llenaos de mis generaciones" (
Eccli., XXIV, 26), y estas otras de los Proverbios: "Venid y comed mi Pan y bebed el vino que os he mezclado" (Prov., IV, 3).
     ¿Será temeridad el ver en el milagro de Caná cierta imagen de la relación de Nuestra Señora con el sacramento del Altar? Nada más ordinario en nuestros antiguos Doctores que apelar al maravilloso cambio del agua en vino para confirmar en que se hace en la Eucaristía. El milagro de Caná puede, por consiguiente, considerarse como el símbolo anticipado del misterio eucarístico. ¡Sí!, a ruegos y por la oración de María obró Jesús este primer milagro. ¿No es natural el deducir que Ella debió concurrir por su parte a la institución del Sacramento en el cual nos da Cristo su Cuerpo en alimento y su Sangre en bebida?
     Se objetará, tal vez, que cuando María dió el consentimiento necesario para la Encarnación del Verbo, no sospechaba el misterio de la Cena, y que, por consiguiente, la Eucaristía no puede ser en sí misma un don formal que debamos a su amor de Madre. A lo que respondemos: primero, que la Virgen Santísima, al aceptar las proposiciones divinas, ha querido por eso mismo, de un modo al menos implícito, todas las consecuencias de la Encarnación. Pero hay otra respuesta más concluyente todavía. ¿No es cierto que la Santísima Virgen sabía en la hora del gran sacrificio lo que se seguiría de él y cómo la Víctima, ofrecida entonces de un modo sangriento, sería hasta el fin de los siglos inmolada místicamente sobre nuestros altares para hacerse, en su estado exterior de víctima, alimento de los fieles? Lo sabía, decimos, aunque no hubiera tenido más luces que los Apóstoles, porque Jesucristo había hecho esta promesa públicamente (
Joan., VI, 52, sqq.; Luc., XXII, 19, 20) y acaba de cumplirla en el Cenáculo y de realizarla misteriosamente. Por consiguiente, asociándose la Santísima Virgen a la oblación de Cristo sobre la Cruz quería también expresamente sus naturales consecuencias, esto es, el sacrificio eucarístico y la participación de todos en la hostia místicamente inmolada. ¿No es suficiente esto para que le debamos, después de Jesucristo, el sacramento de la divina Eucaristía? (La Eucaristía es la prolongación del sacrificio del Calvario. Por consiguiente, la participación de la Santísima Virgen en dicho sacrificio reclama su participación en éste).
     Algunos autores han ido más lejos en esta relación entre la Madre del Salvador y el Sacramento del altar
. Han escrito que Jesucristo "habiendo tomado su carne de la carne de María, es idénticamente la propia carne de María la que nos da a comer para nuestra salud" ("De carne Mariae carnem accepit, et ipsam Mariae carnem nobis manducandam ad salutem dedit." San Agustín, sobre el salmo XCVIII, al cual apelan, no dice nada semejante a esto).
     Pretenden haber tomado esta idea de San Agustín, como también le atribuyen esta otra sentencia: "Caro Christi caro Mariae: la carne de Jesucristo es la carne de María" (
Como referencia citan el sermón del Santo Doctor sobre la Asunción de Maria. Ya hemos hecho notar, si no recordamos mal. que el sermón sobre la Asunción, inserto en el Apéndice de las obras de San Agustín P. L.. XXXIX, 2129 sq., es obra de la Edad Media. Por lo demás, no contiene ni el uno ni el otro de los textos citados. El libro de la Asunción de la Virgen que también se encuentra en ese Apéndice (XL. 1141), no pertenece tampoco al ilustre Doctor, aunque sea una obra de mérito. Allí es donde puede leeerse, en el capítulo cuarto, algo que se parece, en cuanto a las palabras, el texto presentado por los autores de que hemos hablado: pero el sentido no es el que ellos quieren deducir: "Caro enim Jesu est caro Mariae, et multo specialius quam Judae coeterorumque fratrum ejus quíbus dicebat: Frater enim et caro nostra est (Gen., XXXVII, 27). Caro enim Christi quamvis fuerit . . . glorificata, cadem tamen caro mansit et manet natura, quae suscepta est de Maria"). Por consiguiente, darnos la una es darnos la otra, y comer ésta es comer aquélla.
    Algunos, apoyados sobre observaciones fisiológicas harto singulares, han creído poder afirmar que una parte de la substancia de María, pasada a la substancia del Señor, se conservaba en ella en su realidad individual; de tal suerte que los ojos de Dios ven en el cuerpo de Cristo tales partículas, que estuvieron originariamente en el de su Madre. Y he aquí cómo en la Eucaristía recibimos la carne de la Virgen como engastada en el cuerpo de su Hijo (
Aunque la hipótesis fuera verdadera, esas partículas no serían ya la carne de la Virgen, como tampoco los alimentos, una vez que entran en nuestro organismo, son la substancia de tal o cual animal de que nos hayamos alimentado). No tenemos necesidad de decir cuánto semejante opinión repugna a la ciencia y cómo, por otra parte, no tiene en su favor autoridad seria alguna. Sueños piadosos, tal vez, pero indignos de ser tomados en consideración (El P. Theoph. Raynaud, en sus Diptycha Mariana, part. I, pág. 5, n. 24 (Opp., t. VII, página 65), habla largamente de esas extrañas opiniones, para demostrar su poca firmeza y su peligro. Las hubiéramos pasado en silencio si no se hallaran en más de una obra moderna). Es el caso de repetir el adagio común: "María no necesita, para ser exaltada, ni de nuestras mentiras, ni de nuestras invenciones humanas; tan grande es por Sí misma" (Cf. S. Bernard., ep. 174, ad Canonic. Lugd., n. 2 P. L., CLXXXII, 333).
     Confesemos, sin embargo, que hay un sentido según el cual podemos decir con toda verdad que recibimos en la Comunión la carne de María. Sin duda que uno es el cuerpo de la Virgen y otro el de su Hijo. Nada en la Madre pertenece como propio al Hijo; nada en el Hijo pertenece como propio a la Madre, puesto que son dos naturalezas y son dos personas absolutamente distintas en todo lo que las constituye. Pero esto no impide que la carne de Jesús sea en cierta manera la carne de María. Si Judá pudo decir a sus hermanos, hablando de José: "No manchemos nuestras manos en su sangre: es nuestro hermano y nuestra carne", una madre puede, con mejor título, llamar al fruto de sus entrañas, no sólo su hijo, sino también su carne, porque esta carne del hijo proviene originariamente de la carne maternal como de su principio.
     Ahora bien: lo que es verdadero de toda madre, lo es mucho más y con mayores títulos de María. La primera razón es que siendo Madre Virgen no comparte con nadie el privilegio de haber formado de su substancia el cuerpo de su Hijo. Además, su influencia maternal sobrepuja en intensidad, si podemos hablar así, a la de cualquier otra madre, porque Jesús no es solamente el fruto de su cuerpo, sino también y principalmente de su corazón, de su humildad, de su fe, de su amor, de su virginidad, de todas las virtudes, en una palabra, que desde el seno del Padre atrajeron al Verbo a sus entrañas. Es, en fin, porque el doble amor que en las generaciones comunes une tan estrechamente el hijo a la madre alcanza en María un grado incomparable de perfección; por una parte, en efecto, no concibió en virtud de algún amor humano, por puro que se le suponga, a este Hijo muy amado del Padre, sino por el amor increado, que es el Espíritu Santo, y, por otra, el amor que le hace amar esta carne de Cristo como su carne y más que su carne, no puede tener igual, puesto que la ama como a carne de su Dios.
     El P. Poiré ha sacado de estos pensamientos una consecuencia hermosa y consoladora: "Puesto que nuestra buena Madre ha preparado este Pan celestial para alimento de nuestras almas, tiene grandísimo celo ... de que lo recibamos a menudo... Porque si deseáis servirme, ¿qué mayor servicio podéis hacerme que dar las gracias y glorificar al Todopoderoso por las grandes cosas que ha hecho en Mí? ¿Y qué acción de gracias más noble que la que hacéis por mi propio Hijo, cuando teniéndolo en vuestras manos y en vuestros pechos, se lo presentáis en mi nombre?... Demostráis vuestra devoción hacia los otros santos, visitando sus reliquias, besándolas, honrándolas, y os quejáis de que el cielo os haya robado las reliquias de mi cuerpo. Pero cesad en vuestras quejas: he aquí el cuerpo vivo de mi Hijo, que es carne de mi carne, parte de mi substancia y el todo de mis afectos; unid a Él atrevidamente los vuestros. Por tanto, si deseáis unir vuestros corazones al mío, acercaos a mi Hijo, con el que no soy más que uno, y en el que coméis juntamente mi propia substancia, para recibir más abundantemente mi espíritu" (P. Poiré, Triple Couronne, IV part. c. 9 8 2. n. 9).
     Este pensamiento de que la carne de Cristo recibida en el Sacramento del Altar es en cierto modo la carne misma de María, consolaba maravillosamente a San Ignacio de Loyola, según lo ha dejado escrito en sus apuntes espirituales: "Preparándome para subir al altar, después de haberme revestido para la Misa, y durante la misma Misa, sentía vivísimas emociones interiores, acompañadas de abundantes lágrimas y sollozos y aun a veces de la pérdida del habla. Y sentía y veía que Nuestra Señora me era propicia delante del Padre, de suerte que las oraciones que dirigía ya al Padre, ya al Hijo, en la misma Consagración, no podía menos de sentirla y de verla como aquella que formaba parte de la gracia inmensa que yo recibía en espíritu y la puerta por donde me venía esta gracia. En la Consagración, sobre todo, me mostró que su carne estaba en la carne de su Hijo, y la inteligencia de estas cosas era tan viva, que no podría describirla..." (Extracto del diario en el cual anotaba el santo sus luces y gustos interiores mientras escribía las Constituciones de su Compañía. Constii. S. J. latinae et hispanieae cum Declarat., pp. 351, 352. Append. XVIII, Matriti, 1892).
     Después de estas consideraciones, no hay que asombrarse de oír a San Pedro Damiano concluir una meditación con estas hermosas palabras: "Pensad aquí, amados hermanos míos, os lo suplico, cuán obligados estamos a la Madre de Dios, y qué acciones de gracias le debemos rendir, después de Dios por un beneficio tan grande. Porque este cuerpo de Cristo que Ella ha engendrado y llevado en su seno, que Ella ha envuelto en pañales, alimentado con su leche con maternal solicitud, ese mismo cuerpo es el que recibimos en el altar; es su sangre la que bebemos en el sacramento de nuestra redención. He aquí lo que profesa la Fe Católica y lo que la Iglesia nos enseña. ¡No! No hay palabras humanas que sean capaces de alabar dignamente a Aquella de quien el Mediador entre Dios y los hombres ha tomado su carne. Cualquier honor que le podamos dar está por debajo de sus méritos, puesto que es Ella la que nos ha preparado en sus castas entrañas la carne inmaculada que alimenta las almas... Eva comió una fruta que nos privó del festín eterno; María nos presenta otra que nos abre la entrada en el banquete celestial" (Serm. 45, in Nativ. B. M. V., 2, P. L., CXLIV, 743).
     El devoto panegirista de María que durante mucho tiempo se confundió con San Epifanio no ha temido llamar a la Madre de los vivientes "un campo no cultivado por mano de hombre que recibiendo la semilla del Verbo, ha producido una gavilla admirable; un horno inteligente, clibanus intellectualis, que ha dado como alimento al mundo ese Pan de vida, ardiente con el fuego de la Divinidad, del cual el Salvador del mundo ha dicho: "Tomad y comed, esto es mi cuerpo, que está triturado por vosotros. ¡Oh, amados míos! ¡Qué rica es la mesa a la cual nos convida la Virgen, y de qué inefables manjares está provista!" (
Hom. 5 de Laudibus SS. Deiparae, Ínter Opp. S. Epiph, P. G., XLIII, 492, 496). Por la misma causa y en el mismo sentido llama Ricardo de San Lorenzo a María "la nodriza de la Iglesia, un Belén espiritual, es decir, una casa de pan, el granero de donde ha salido el trigo de los elegidos, porque Ella ha producido el Pan viviente, ese Pan descendido de los cielos que nos reconforta en el altar" (de Laudibus B. M. 1. I. c. 24; col. L. XI. c. i. n. 20, etc.). Ella es, según Jorge de Nicomedia, "la Mesa donde está la vida, una Mesa donde el Pan de Dios alimenta con celestial ambrosía a quien de El se alimenta" (or. 6 in SS. Deivarae ingressum. P. G., c. 1424). 
     ¡Cuántos textos podríamos añadir a los ya citados! "¡Oh, Virgen, cantan los griegos en sus Menelogios, te celebramos en nuestras alabanzas como la Mesa espiritual en donde se nos ofrece el Pan vivo y vivificante de las almas, que es Cristo" (Men., 30 maii, od. 2 et 6, de S. Isaaco, in clausula).
     Y en otro lugar: "Madre de Dios, campo fértil donde se ha formado la Espiga de vida, esa Espiga única, el alimento de los cristianos" (
Men., 18 maii, od. 6, de ss. Martyr. Petro, etc., in claus.).
     "Tú eres el Tabernáculo nuevo de la santidad..., la Mesa divina sobre la cual ha sido servido el Pan del que se alimentan los que te proclaman como purísima Madre de Dios" 
     (Men., can. S. Petri, od. 5. Pitra, Himnología de los Griegos, p. CXVI).
     "Y como además debajo las especies de pan, nos es dado este augusto Sacramento bajo las especies de vino, no han olvidado los Santos Padres el relacionarlo también con la Virgen. Porque San Juan Damasceno y San Epifanio la llaman por eso la Viña frondosa que ha producido el Racimo de dulzura y el Néctar de la vida eterna. El Patriarca de Constantinopla, San Germán, dice que es la Cepa misteriosa plantada por la mano de Dios para dar a las iglesias el Racimo de incorruptibilidad; y San Ambrosio toma la semejanza de la copa torneada; de que se habla en los Cantares (Cant., VIII, 2), y dice que es el seno de la Virgen, en el cual la Sabiduría Divina ha mezclado el vino precioso que promete en su Banquete eterno (Prov., IX, 1-5). En fin, otros afirman que si el Santísimo Sacramento es el Arbol de la Vida, María es el Paraíso; si es la Manzana de la Inmortalidad, María es el Arbol que la ha producido; si es el Cordero de la Pascual místico, es María quien lo ha dado; si el Carbón seráfico de Isaías, María es como la tenaza con la cual fué tomado del Altar de la Divinidad" (para ser depositado en nuestros labios). P. Poiré, Trivle Couronne, 1° part., c. 9, 8 2, n. 2. 
     Así se puede verdaderamente decir, siguiendo a Augusto Nicolás, que María, gracias a la parte que ha tomado en los misterios del Salvador, "ha comulgado al mundo". Oíd más bien a San Bernardo: "¡Oh, Bienaventurada Mujer, Mujer bendita entre las mujeres, en tus castas entrañas ha sido cocido el Pan celestial con fuego del Espíritu Santo" (Serm. de Natal. Dom. 2, in. 4. P. L., CLXXXIII, 121).
     Y San Pedro Crisólogo, sobre las palabras de la oración dominical: El pan nuestro de cada día, dánosle hoy, dice así: "El mismo ha dicho: Yo soy el Pan que bajó del cielo" (
Joan., VI, 33, 51).
     "¡Sí! El es el Pan que, sembrado en la Virgen, fermentado en la carne, amasado en la Pasión, cocido en el horno de la tumba, encerrado en la Iglesia, llevado sobre los altares, alimenta diariamente a los fieles con alimento celestial" (
S. Petr., Chrysol., serm. 67. P. LII, 392). ¿Queréis otra manifestación de los sentimientos de la Iglesia latina sobre las relaciones entre la Santísima Virgen y el Sacraménto del Altar? La encontraréis en la manera con que en algunos lugares acostumbraban reservar la Sagrada Eucaristía. A veces guardaban el Santo Reservado en una especie de armario, armarium, armariolum, "más rico y precioso que cualquier otro mueble —dice San Juan Crisostomo en sus homilías sobre San Mateo—, porque en vez de ricos adornos encierra la gracia y la misericordia del Señor". Ahora bien, esos armarios, en ciertas iglesias, estaban "en cierto modo, confiados a la guarda de la Santísima Virgen. Así en la Abadía de San Nicolás de Angers había dos copones encerrados detrás del retablo del Altar mayor en un armario no esculpido, encima del cual se veía la imagen de la Virgen con dos ángeles en adoración" (Moleón, Voyape littér., p. 102). Algo parecido había en Nuestra Señora de la Rotonda, en Roma (ídem, ibíd., p. 407). 
     Otras veces el copón estaba colgado encima del altar, en forma de torre, de paloma, de copa o de cofrecillo. En la Ferté, cerca de Chalons, una imagen de la Virgen llevada al cielo por los ángeles, lo sostenía (V. Marténe et Durand., Voyaqe Littér., t. I, 19 part., p. 226). En los Monasterios de la Orden del Císter, una estatua de la Virgen, llevando al Niño Dios en el brazo izquierdo, sostenía con la mano derecha un pabelloncito en el cual se colocaba la Hostia consagrada. En la iglesia abacial de la Trapa hizo inscribir el Abad Rancé estos versos sobre la estatua de la Virgen, que tenía en la mano el Reservado Eucarístico: 
Si quaeras Natum cur Matris dextera gestet,
Sola fuit tanto munere digna Parens. 
Non poterat fungi majori munere Mater, 
Non poterat major dextra ferre Deum.
     Hasta aquí no hemos hablado sino del alimento divino, que nos ha sido preparado por el ministerio de María. Sería preciso, para agotar el asunto, exponer ahora el oficio de esta Virgen bendita en sus relaciones con el sacerdote de la Nueva Alianza; cómo la consagración de nuestro Pontífice se obró en su seno por la unión de la naturaleza divina con la Humanidad de Cristo; cómo Ella fué el primero y el más santo de los Tabernáculos donde reposó la gran Víctima, y el primer Altar donde el Dios de la Eucaristía se ofreció por la gloria del Padre y la salud de los hombres; cómo, en fin, dándonos a Jesucristo como Sacerdote supremo, nos daba en Él a todos los sacerdotes ministeriales, sus representantes y sus órganos. Pero estos diferentes puntos de doctrina ya los hemos tratado antes, y baste recordarlos brevemente (S. Leo., serm. in Natal. Dom.. 5, c. 5. P. L., LIV, 211).
     Hacía falta también extendernos muy especialmente sobre la divina Eucaristía, porque es el Sacrificio de la Ley nueva, y el Sacramento por excelencia, consumación y corona de los demás (
S. Thom., 3 p., q. 65, a. 8.), y que de éstos se puede decir con iguales títulos que de Aquel, que el origen es, después de Jesucristo, María. ¿Qué son, en efecto, sino la virtud de la sangre de Cristo, como incorporada para nuestra santificación en las señales sensibles que los constituyen? Ahora bien, si la sangre cuya virtud aplican viene originariamente de María; si por su consentimiento ha sido derramada, ¿cómo no han de proceder de Ella?
     Añadamos que proceden también de Ella bajo otro aspecto, y es que la operación del Espíritu, que los hace eficaces, es como la prolongación y la extensión de la que fecundizó el seno de la Virgen divina. "La misma virtud del Altísimo, la misma operación del Espíritu Santo, que hizo que María engendrara al Salvador, hace al agua regeneradora engendrar al fiel cristiano" (
S. Leo, serm. in Natal. Dom., B, c. B, P. L., LIV, 211).
     Esto dice San León del bautismo, y podríamos aplicar las mismas palabras, modificándolas, a los otros sacramentos de la Iglesia.
     ¿Quién no ve después de estas consideraciones cuánto sobrepuja la influencia de María a la de la Iglesia en la obra de nuestra santificación por el sacrificio del altar y por los sacramentos? ¿Quién no vé también cómo se verifican los nombres de Virgen Sacerdotal, de Asistente del Pontífice Eterno, tan frecuentemente atribuidos a María? Los ha merecido por la participación de que ya hemos hablado en el sacrificio del Calvario, y por una consecuencia natural le convienen con el mismo título, por razón de su oficio en la institución de los sacramentos de la Iglesia y en su administración.
     Más aún; es digna de estos nombres, porque es en el cielo nuestra Mediadora cerca del Pontífice, el gran Mediador, como El siempre viviente y siempre en el acto de la mediación en favor de los rescatados. Poderosa es ciertamente la voz de la Iglesia ante Cristo, su Esposo, pero por muy pronto que esté para escuchar y atender sus oraciones, las súplicas de su Madre tienen mucha más autoridad para abrir el corazón del Hijo y hacer descender a raudales las bendiciones celestiales. Y la Iglesia lo sabe, pues pide constantemente a María que presente sus oraciones al gran Mediador y que se muestre así doblemente Madre, Madre de Nuestro Señor Jesucristo y Madre de la Iglesia y de los hijos de la Iglesia. No nos extenderemos más sobre este asunto. Lo que hemos dicho, no sólo de la bondad, del poder y de la misericordia de María, sino también y sobre todo de la universal preeminencia de su mediación (
2° parte, lib. V, c. 1; lib. VIII, c. 2, 3 y 4), nos dispensa de entrar en más largo desarrollo de este tercer oficio.

     IV. Queda el cuarto oficio de la Iglesia, el que llamamos poder pastoral. ¿Debemos creer también que la Santísima Virgen conserva en esto su preeminencia sobre la Iglesia? Sí, respondemos. ¿No la saluda la Iglesia como su Señora y su Reina universal? Ciertamente que no pretendemos decir que se le haya confiado el gobierno de la Iglesia de Dios con el poder formal de hacer leyes, regular la disciplina y regir hasta los Pontífices y los Concilios. A veces se complace en dar órdenes a ciertas almas que le son más caras y a confiarles determinadas misiones. Pero siempre exige que la ejecución de sus deseos quede subordinada a la voluntad de los superiores legítimos y de aquellos especialmente que están puestos para el gobierno general de los fieles de Cristo. Una visión en la que María aconsejase traspasar o despreciar las órdenes de los superiores visibles debería ser tenida como una tentación diabólica o como pura ilusión. Pero esto mismo no prueba que la Santísima Virgen no deje de tener su parte escogida en el ministerio pastoral; de otro modo habría que poner en duda la autoridad del mismo Jesucristo, puesto que somete las órdenes que da personalmente a las mismas condiciones.
     ¿Qué diremos, pues? Que esta participación de la Santísima Virgen en el ministerio pastoral es de un orden superior, así como su participación en la dispensación de los divinos misterios. Está íntimamente ligada con él, pero del modo que estuvo después del día de Pentecostés, antes de su gloriosa Asunción; con esta doble diferencia, sin embargo, que su acción es hoy más poderosa y menos visible a nuestras miradas. ¿Qué sería preciso para que esta intervención se nos mostrase en toda su grandeza y en toda su gloria? Que cesase por algún tiempo en la Iglesia y nada viniera a reemplazarla. Hipótesis irrealizable, pero que nos es permitido imaginar, a fin de concebir mejor cuán necesaria influencia tiene María en la prosperidad sobrenatural de la sociedad cristiana.
     León XIII nos decía más arriba lo que María ha hecho desde él cielo para conservar intacto y puro el depósito de la fe, como también de Ella, de su ternura y de su providencia, hay que esperar el beneficio de la unidad, fruto insigne de su maternidad. Ahora bien, ¿no son estos dos oficios principales del ministerio pastoral: procurar a los fieles de Cristo y conservar en ellos la unidad de creencia y la unidad de amor? Si nos preguntáis cómo la Santísima Virgen, Madre de los hombres, es el sostén más eficaz de la autoridad de los pastores en el seno de la Iglesia, os la mostraremos de pie cerca del trono de su Hijo, el Pastor de los pastores y el Pontífice de nuestras almas, mediadora ante el Mediador, y después os haremos ver los ángeles descendiendo del cielo a su voz para asistir a la esposa de Cristo, su hija, combatir las potencias del infierno e impedirles el prevalecer contra Ella.
     De todo lo que precede resulta claramente que las dos maternidades, la de la Iglesia y la de la Virgen María, no son de modo alguno incompatibles entre sí. Es cosa manifiesta, si se considera la maternidad de María en su elemento principal, es decir, en la cooperación a la obra de la redención consumada en el Calvario, puesto que la Iglesia, en cuanto se distingue de la Madre de Dios, no tomó parte alguna en ella. No es menos evidente, si se trata de las funciones que tienen por fin la aplicación de los méritos de Cristo y la repartición de las gracias, porque uno es el dominio de María y otro el de la Iglesia. Lejos de suplantar o de estorbar a la Iglesia en su acción, la Santísima Virgen es para ella una necesaria y poderosa auxiliadora. No sucede en el orden de la gracia como en el de la naturaleza. En éste, no puede el hombre tener más que una madre, porque lo que hace la madre no puede ser compartido. Pero en aquél, nada impide que varias causas cooperen en grados diferentes a la generación completa de los hijos de Dios, porque la gracia, principio interior y forma de nuestra adopción, detfe llegarnos, según los designios de Dios, por diferentes medios subordinados unos a otros y concurriendo cada uno en su esfera al fin común de todos, la santificación del hombre y la glorificación de Dios.
     Aquí surge de nuevo la conclusión con la que terminábamos el primer capítulo sobre las relaciones entre la Iglesia y María. Aunque la Iglesia sea madre de los fieles, es ella misma una hija de María, puesto que ha recibido por su conducto ministerial y recibe aún la vida de que vive ella misma y la vida que comunica a sus hijos. ¡Sí! La maternidad de la Iglesia, y, lo que es lo mismo, la Iglesia misma, en su existencia y en su acción vivificante y santifi-cadora, depende de María. Tal es, por decreto divino, el encadenamiento armonioso de las cosas y de las causas, que si quitáis a María su oficio providencial en la economía de la salvación, ¿qué sería de nuestra madre la Iglesia? Por consiguiente, hemos afirmado, con razón siguiendo a los Santos Padres, que la relación de semejanza entre las dos madres es, en un sentido muy verdadero a relación del ejemplar a la copia, porque de una parte la Virgen tiene en un grado sobreeminente las perfecciones de la Iglesia y de la otra, estas mismas perfecciones de la Iglesia dependen de la propia perfección de María.   
     Por consiguiente, esta Virgen benditísima es verdaderamente para la Iglesia lo que es para todos los hijos de la Iglesia, una Madre.
J. B. Terrien S.J.
LA MADRE DE DIOS Y MADRE DE LOS HOMBRES

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