lunes, 19 de agosto de 2013

La Iglesia y María en el Apocalipsis

     La Iglesia y María, una y otra simbolizadas en la "Mujer" del Apocalipsis (XII, I y sig), y simbolizadas en el orden mismo trazado por los Padres; es decir, María como ejemplar y como Madre, y la Iglesia como Hija y como copia.—Analogía entre los textos del Apocalipsis, del Génesis, III, 15, y el Evangelio según San Juan, XIX 26-27.

     Las consideraciones precedentes acerca de las afinidades que se dan entre la Iglesia y María son muy dignas de los Santos Padres, de quienes las hemos tomado casi en su totalidad; pero complacería el saber que están fundadas también en las Sagradas Escrituras, no solamente en cuanto a los principios de los que se derivan, sino, además, en su propia esencia. Ahora bien, estamos autorizados para creer que este deseo puede ser satisfecho. Correspondía a San Juan, el hijo privilegiado de la Virgen por elección de Cristo, de quien ya era discípulo predilecto, el revelarnos de parte de Dios tan alto misterio. Y lo hace en el Apocalipsis cuando nos refiere una de las visiones más maravillosas que tuvo en Pathmos:
     "Y un gran signo apareció en el cielo. Una mujer revestida del sol, a sus pies la luna, y con una corona de doce estrellas en la cabeza. Como estaba encinta y en los dolores del parto, gritaba, torturada por sus sufrimientos.
     "Y se vió otra señal en el cielo: se vió un gran dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos, y sobre las cabezas siete diademas. Y con su cola arastraba a la tercera parte de las estrellas del cielo y las precipitó sobre la tierra.
     "Y el dragón se irguió delante de la mujer que iba a ser madre, con el fin de devorar su fruto cuando lo pariese. Y dió a luz a un hijo varón que debía gobernar a todas las naciones con mano férrea, y su hijo fué arrebatado hacia Dios y hacia su trono.
     "Y la mujer huyó al desierto, donde tenía un retiro preparado por Dios...
     "Y se libró un gran combate en el cielo: Miguel y sus ángeles combatían con el dragón; y el dragón y sus ángeles combatían por su lado. Mas éstos no prevalecieron y ya no hubo sitio para ellos en el cielo. Y fué precipitado, este gran dragón, la antigua serpiente, llamado Satanás y diablo, el que seduce a la tierra entera, y fué precipitado sobre la tierra y sus ángeles fueron derribados con él...
     "Luego el dragón, viéndose precipitado sobre la tierra, persiguió a la mujer que había dado a luz al hijo varón... Y el dragón se irritó contra la mujer y se fué a hacer la guerra a los demás de su raza (y de su semilla) que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo" (
Apoc., XII, 1-10, 13-14, 17). 
     Tal es la visión que vamos a meditar; no tanto para sondear su significado hasta en las últimas circunstancias, cuanto para leer en ella lo que forma aquí el objeto de nuestro estudio, queremos decir las relaciones entre las dos madres, y las dos vírgenes, la Iglesia y la Madre de Dios.

     I. ¿Quién es esa mujer? Incontestablemente es la Iglesia.
     La tradición constante de los Padres y Doctores no nos permite ponerlo en duda. Apenas si entre los antiguos intérpretes del texto apocalíptico pueden señalarse dos o tres que no hayan explícitamente atribuido a la Iglesia este magnífico símbolo.
     Los comentarios a la Apocalipsis son bastante raros en la antigüedad sagrada. Entre los que hemos podido leer, todos, salvo dos o tres, hablan de la Iglesia. Demos algunos ejemplos :
     "Haec mulier Ecclesiam designat: consequens quippe erat ut post preadicationem Christi, eius forma describeretur, quam praedicatio Christi genuit... Mulier amiota erat sole, quia fidelis ex quibus Ecclesia constat, in baptismate Christum induunt... Draco iste diabolum significat..." Este texto, tomado de una exposición del Apocalipsis que se encuentra como apéndice en las Obras de San Ambrosio (P. L., XVII, 874. sqq.), parece haber tenido por autor a un monje del octavo o noveno siglo, Berangaud, O. S. B.
     "Peregrinatem suam Ecclesiam dicit... Et draco stetit in conspectu mulieris quae paritura erat, ut, cum peperisset, natum eius comederet; id est, insidiator diabolus novum hominem qui secundum Deum creatus est... in Ecclesia molitur occidere... Et peperit masculum... ideo masculum quod virili sexui noverimus tamquam superiori iure deberi victoriam. Recte hic caput Ecclesiae Christus in singulis membris dicitur nasci, qui cognoscitur principan" (Primasius, Adrumet, ep. P. L., LXVIII, 872, sqq.).
     "Haec mulier Ecclesia est... Multos enim in útero habet, multos quotidie filios parit Ecclesia, non tamen sine cruciatu atque dolore... Et draco stetit... Saepe enim Ecclesiae filiis diabolus insidiatur" (S. Bruno Astens. P. L., CLXIV, 667, sq.).
     "Mulier amiota solé et lunam sub pedes habens... antiqua Ecclesia est Patrum et Prophetarum et Sanctorum et Apostolorum, quae genitus et tormenta desiderii habuit, usquequo fructum ex plebe sua secundum carnem olim promissum sibi videret Christum ex ipsa gente sumpsisse..." (Schol. in Apocal., ordinariamente atribuidos al mártir San Victorin. P. L., V, 336).
     "Ecclesiam dicit... Draco magnus rufus diabolus est, quarens Ecclesiae natum devorare... Parturiens cruciabatur ut pariat... Semper enim in cruciatibus parit Ecclesia, semper generat Christi membra" (Exposit in Apoc. B. I., hom. 9 Ínter Opp. S. August. F. L.. XXXV, 2433). Es una compilación hecha por un autor desconocido de los comentarios de Victoriano, de Primaso y de Beda.
     Véanse también entre los latinos a San Paterio, discípulo de San Gregorio el Grande (P. L., XXIX, 1114); Alulfo, que copió nuestro pasaje ibid, p. 1410); Alcuino, Comment. in Aporal., I. V, c. 12 (P. L„ C. 1152); Ricardo de San Víctor, in Apoc., 1. IV, c. 1, sq. (P. L.., CXCVI, 789, sq.): Anselmo de Laon, Enarr. in Apoc., c. 12 (P. L., CLXII, 1549, sq.); Ruperto, Comment. in Apoc.. 1. VII, c. 12 (P L„ CLXIX, 1039); Wilfrido Strabon, Glosa ordin. in Apoc. XII, (P. L., CXIV, 1732), etc.
     Si de los latinos pasamos a los griegos, he aquí los dos pasajes más significativos que nos ofrecen estos últimos: "Varios han entendido por esta mujer a la Santísima Virgen, Madre de Dios: porque, según su opinión, ha experimentado todas las pruebas de que se habla a conti
nuación en el mismo capítulo, antes que su divino parto fuera perfectamente conocido. Mas el gran Metodio refiere el símbolo de la Mujer a la Iglesia, estimando que las cosas narradas en el texto concuerdan mal con el misterio del Nacimiento del Señor. Por lo demás, conviene citar las palabras mismas de Metodio. En el tratado titulado Symitosium, he aquí lo que dice, por boca de la Virgen Procla: La mujer revestida del sol es la Iglesia... No podemos dudar de que la Iglesia es la que engendra y da a luz a los hijos de Dios regenerados por el bautismo... Por lo cual en cada uno de nosotros nace Cristo espiritualmente. En cuanto a la Iglesia, ella es la que nos engendra y nos envuelve en pañales, basta que Cristo está formado en nosotros. Así cada uno de los fieles llega a ser Cristo mismo por participación..." Este fragmento es de San Andrés de Cesaren, en su Comentario sobre el Apoc., en el cap. 12 (P. G. CVI, 320, 324).
     Aretas, obispo de Cesarea en Capadocia (siglo X), escribía poco tiempo después: "Hay algunos que ven en esta mujer a la Madre del Señor." Según ellos, sus dolores y el ataque de la serpiente deben entenderse de las angustias que le causaron la duda de José y las persecuciones de Herodes contra et Divino Niño... "Otros dicen Que es la Iglesia, rodeada del Sol de Justicia, Cristo..., y de consiguiente demuestran cómo todo lo que sigue en el texto concuerda con esta última interpretación. Esto es lo que han hecho, por ejemplo, Andrés y Metodio" (Aretas, Expl. in Apoc. ex Comment. S. Andreae. P. G., CVI, 320).
 
     Por otra parte, ¡cómo todo en este cuadro concurre a representar a lo vivo a la Iglesia con sus destinos, sus combates y sus sufrimientos! Sí, la Iglesia está bien representada en la misteriosa mujer. Tiene por vestidura el sol, ya sea porque los cristianos que la componen son revestidos en el bautismo de Jesucristo, radiante Sol de justicia, ya sea porque ella misma está penetrada toda, y toda resplandeciente, con la luz de Dios. La luna a sus pies nos hace pensar en los bienes perecederos y mudables, de los que se desprende en su ascensión a los cielos. Imposible de no ver a los doce apóstoles representados en la corona de estrellas. Esta mujer pare con dolor porque la Iglesia, nuestra madre, nos engendra, para Jesucristo, entre grandes tribulaciones. El fruto de la mujer es un hijo varón, porque todo verdadero hijo de la Iglesia debe estar armado de fuerza y de constancia para permanecer fiel a Dios; es también un hijo varón, porque el hijo de la Iglesia, siendo miembro de un cuerpo cuya cabeza es Jesucristo, es uno, según el espíritu, con Jesucristo.
     Ni aun los rasgos que parecerían caracterizar mejor a la Virgen María dejan de poder aplicarse a la Iglesia: "Dió a luz un hijo varón que debía gobernar a todas las naciones con cetro de hierro." Ya sabemos que la Escritura afirma esta dominación del Mesías, del Verbo encarnado (
Psalm., II, v. 9; Apoc., XIX, v. 15; col. Matth., II, 16); mas tampoco ignoramos que Cristo ha prometido al victorioso darle participación de este privilegio con él (Apoc., II, 26-28); y cuando todo esto no nos bastara para reconocer a la Iglesia, lo que se dice del dragón, el otro personaje del cuadro, no nos dejaría duda alguna. ¿Acaso no es a los hijos de la Iglesia a los que tiende lazos de continuo, vagando alrededor de ellos para devorarlos? (I Petr., v. 8). ¿No es a la Iglesia a la que persigue por doquier hasta en las soledades más escondidas? Y cuando uno de los hijos de la Iglesia, arrebatado al cielo, escapa para siempre a su persecución, ¿acaso no se vuelve contra los demás de su raza, es decir, contra aquellos que guardan los mandamientos de Dios?

     II. Mas si miramos de nuevo a esta mujer misteriosa, ¡cuántos rasgos nos inclinan a saludar en ella a la Madre de nuestro Salvador! El gran signo, no ya en la tierra, sino en el cielo, ¿no es acaso la Virgen madre del Emmanuel? ("Dabit Dominus ipse vobis signum: Ecce Virgo concipiet, etc. Isa., VII, 14). ¿A qué frente conviene mejor esa diadema de estrellas que a la de la Reina del mundo? ¿Bajo qué plantas pondremos todas las cosas perecederas, simbolizadas en la luna, si no las vemos holladas por la Madre, sentada al lado de su Hijo? El retrato de la mujer se aplica, pues, a María.
     Esta se revela aún más por el retrato del Hijo. Preguntad a los profetas el nombre del Niño que debe regir las naciones con cetro de hierro; os responderán, por boca de David, que es el Mesías (
Psalm., II, 9. Apoc. XIX, 15; Mtth. II, 16). Contemplando a ese hijo subiendo hacia Dios y hacia su trono, ¿no pensáis como espontáneamente en la Ascensión del Señor?
     María no parece menos fácil de reconocer en la presencia del dragón que se alza para devorar al Niño y que hace la guerra a la mujer y a sus otros hijos (los demás de su raza). Porque esta es textualmente la aplicación de la primera profecía del Génesis: "Y el Señor dijo a la serpiente: Pondrá enemistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya." Ahora bien, la profecía del Génesis habla directamente de la mujer, de la que debía nacer el libertador, de María.
     En cuanto a esos dolores de parto, que parecen no concordar con la maternidad de María, porque físicamente ha parido sin dolor, le convienen mística y moralmente, es decir, en el sentido del Apocalipsis; moralmente, porque ha parido al Hijo de Dios para sufrimientos y humillaciones con los que ella misma fué traspasada como con un cuchillo; místicamente, porque ha llegado a ser Madre de Jesucristo en sus miembros, a costa de incomparables angustias. Por otra parte, no es preciso, como lo veremos pronto, que la visión, para convenir ar María, se realice en ella con todos sus detalles.
     La autoridad parece confirmar aquello de que nos persuaden las razones sacadas de la consideración del texto.
     La misma Iglesia, en su Liturgia, hace a la Madre de Dios la aplicación de lo que el Apocalipsis dice aquí de la gran señal manifestada en el cielo. Leed el Oficio de la Inmaculada Concepción; encontraréis allí el primer versículo del capítulo, es decir, la descripción de la mujer revestida de sol y coronada de estrellas, entendiéndose por ella a María (
Sexto responsorio de los Maitines y capítulo de Nona). No es un versículo tan sólo, es un capítulo entero el que es interpretado de la Virgen bendita en el nuevo oficio en honor de la Medalla Milagrosa (27 de noviembre) (Epístola y lecciones del primer Nocturno). 
     La Iglesia, ya lo sabemos, no pretende siempre, al insertar así pasajes de la Escritura en sus Oficios litúrgicos, emplearlos en el sentido inspirado por Dios; se sirve de ellos también en sentido puramente acomodaticio. Y por eso el uso hecho por ella de la visión de San Juan para glorificar a María no prueba en absoluto que de ella se trate. Sin embargo, es una presunción que no deja de ser muy seria cuando está corroborada además por otros argumentos.
     Ahora bien, graves y numerosos son los testimonios en favor de la interpretación que saludan a María en la mujer del Apocalipsis. Los Padres y los antiguos autores eclesiásticos, que han reconocido ahora mismo en esta mujer a la Iglesia de Dios, concuerdan, con pocas excepciones, en ver también en ella a María, la Madre de nuestro Salvador.
     "Podemos en este lugar entender también por la mujer a la Bienaventurada María, Madre e hija de la Iglesia: Madre, porque ha dado a luz al que es Cabeza de la Iglesia; hija, porque ella es miembro principal de la Iglesia. Así, pues, el dragón se irguió ante la mujer con el fin de devorar el fruto de la mujer en cuanto hubiese parido; porque, desde el nacimiento de Cristo, trató de matarle por medio de Herodes, su ministro" (Existimatus Ambros., 1. c. P. L., XVII, 876). El que da esta interpretación de nuestro texto es el autor que, oculto bajo el nombre de San Ambrosio, la había dado de la Iglesia. Nadie, en nuestra opinión, ha puesto de relieve tan claramente como él la unidad de una y otra exposición.
     "La Iglesia está aquí personificada en la Bienaventurada Madre de Dios: Mater Dei gerit personam Ecclesiae. Todo el relato no podría concurrir, tomado al pie de la letra, a María; todas las cosas, por el contrario, siguiendo la significación mística, se aplican generalmente a la Iglesia de los elegidos" (
Haymon. Halderstadt., Expos. in Apoc., 1. III, c. 12. P. L., CXVII, 1080).
     "La mujer revestida del sol es la bienaventurada Virgen María, que la virtud del Todopoderoso cubrió con su sombra. En ella puede verse también a la Iglesia, la cual no lleva aquí el nombre de mujer a causa de su debilidad, sino por razón de la fecundidad que la hace parir cada día nuevos pueblos... Entonces el dragón se irguió ante la mujer para devorar la cabeza que acababa de nacer (alusión a la persecución de Herodes); y todavía se yergue para tragarse a los miembros a medida que son dados a luz por la Iglesia" (
Alcuin., I. iam cit.).
     Casiodoro, en sus Complexiones sobre el Apocalipsis, reconoce también a la Madre de Cristo, Nuestro Señor, bajo la figura de la mujer persegúida por el dragón (
Fit iterum commemoratio matris et Domini Christi, Cassiod., Complexiones in Apoc., n. 7. ad cap. XII, 7. P. L., LXX, 1411). Ocurre lo mismo con Ricardo de San Víctor (Explic. in Cantic., c. 39. P. L., CXCVI. 617) y con el Abad Ruperto.
     Hace poco hemos oído a los obispos de Cesarea y de Capadocia, Aretas y San Andrés, hacer notar que en Oriente, al lado de aquellos para quienes la mujer es la Iglesia, varios decían que era la Virgen, Madre de Dios. De lo que puede deducirse que las dos interpretaciones, en cuanto al número de sus partidarios, van casi parejas, y se encuentran a menudo mezcladas la una y la otra en el mismo comentario.
     Terminaremos esta apelación a los testimonios de los Padres con un texto de San Bernardo: "¿No os parece que María es la mujer revestida del sol? Que la continuación de la visión profética nos obligue a reconocer en Ella a la Iglesia de la tierra, a la Iglesia actual, lo concedo; mas también se puede interpretar el texto con toda conveniencia de la Virgen María." ¿No es acaso la mujer, en otro tiempo, prometida por Dios la que debía aplastar la cabeza de la antigua serpiente? La luna sería la Iglesia en su estado presente; las doce estrellas figurarían los magníficos privilegios de la Virgen, y el sol que la envuelve, Jesucristo, el sol de justicia. "¡Oh, Soberana nuestra! ¡Qué familiaridad entre Vos y Él! ¡Cuán próxima le estáis y con cuánta intimidad! ¡Él mora en Vos y Vos en Él! Vos le revestís y Él se hace vuestra vestidura. Et vestís eum, et vestiris ab eo. Vos le revestís de la substancia de vuestra carne, y Él os reviste de la gloria de su Majestad. Vos revestís al sol con una nube, y estáis revestida del mismo sol" (
Serm. de 12 praerogativis B. V. M., ex verbia Apoc. XII, 1. sqq P. L., CLXXXIII. 430. sqq.).

     III. ¿Pueden estas dos significaciones concertarse juntas en la unidad de un mismo texto y de tal suerte, no obstante, que todos los detalles no se apliquen a la Madre en la misma forma en que se verifican de la Iglesia? Más de un intérprete lo ha negado. Es por pura acomodación, dicen, por lo que puede apropiarse el retrato de la mujer a María; por consiguiente, el Espíritu Santo no tenía de ningún modo intención de hablar de Ella, ni de hacernos pensar en Ella cuando inspiró al Apóstol esta profética visión. Como Bossuet y tantos otros graves autores, no sabríamos aceptar esta conclusión.
     El docto Cornelio a Lapide, que la rechaza igualmente, nos invita a buscar un medio de conciliación en dos pasajes de la Escritura. El primero, que es de Isaías, profetiza la caída de Babilonia; en el otro, Ezequiel describe la ruina de Tiro, la antigua reina de los mares. Ahora bien, los dos oráculos recuerdan, por medio de alusiones esplendorosas, la caída de los ángeles rebeldes. Babilonia y Tiro, personificadas en sus reyes, han imitado el orgullo de aquéllos; ellas compartían la catástrofe que los hirió.
     Escuchemos primero la voz de los profetas. Isaías habla al rey de Babilonia: "¿Cómo has caído del cielo, hermoso astro de la mañana? Tú decías en tu corazón: Subiré hasta el cielo, pondré mi trono sobre los astros de Dios y me sentaré sobre la montaña del testamento. Y seré semejante al Altísimo. Y, sin embargo, serás precipitado en el infierno, en el abismo del lago" (
Isa., XIV, 12-15).
     He aquí ahora la lamentación de Ezequiel sobre Tiro: "La palabra del Señor se hizo entender de mí, y me dijo: Hijo del hombre, di al príncipe de Tiro: He aquí lo que dice el Señor Dios: Porque tu corazón se ha levantado, y porque has dicho soy Dios, y estoy sentado sobre el trono de Dios, en el corazón del mar..., morirás con la muerte de los incircuncisos, a mano de los extranjeros; porque yo he hablado, dice el Señor Dios. Y el Señor me dirigió de nuevo la palabra, y me dijo: Hijo del hombre, haz una lamentación sobre el rey de Tiro y dile: He aquí lo que dice el Señor Dios: Tú, sello de la semejanza, lleno de sabiduría y perfecto en hermosura, tú has estado en las delicias del paraíso de Dios; mil clases de piedras preciosas formaban tu vestidura de gloria... Eras un querubín de alas desplegadas; y yo te había colocado sobre la santa montaña de Dios y marchabas en medio de radiantes pedrerías. Perfecto en tus caminos desde el momento de tu creación hasta el día en que la iniquidad se halló en ti..., y has pecado y yo te he precipitado del monte de Dios y te he hecho desaparecer, ¡oh, querubín protector!... Porque tu corazón se ha enorgullecido de tu hermosura, y esta misma hermosura te ha hecho perder la sabiduría" (
Ezech., XXVIII, 1-18).
     Bossuet, en una de sus hermosas Elevaciones, ha reunido estas maldiciones proféticas para pintar la caída de Lucifer, cabeza y seductor de los ángeles rebeldes (
4° serm., 2° élevat.).
     Es cierto que los dos textos, considerados en su conjunto y en sus pormenores, expresan en el sentido histórico y literal los terribles castigos con que fueron heridas Tiro y Babilonia. Sobre este punto no hay controversia alguna importante. Pero lo que no es dudoso tampoco es que en una y otra profecía hay rasgos que sobrepujan a las dos catástrofes, y que hacen pensar, necesariamente, en aquella otra catástrofe mucho más terrible, en la que perecieron los ángeles rebeldes. Y estos rasgos, con su significación más alta, son queridos por Dios. No es sin designio determinado por lo que el escritor sagrado los ha escogido; y no sólo da fe de ello el contenido del texto, sino también el común acuerdo de los Santos Padres e intérpretes católicos. Por tanto, aquí no puede tratarse de un sentido acomodaticio.
     ¿Debe admitirse un sentido literal o bien un sentido típico? Una y otra de estas hipótesis ha encontrado partidarios, y la una y la otra presentan particulares dificultades. Si sostenéis el primer sentido, os oponen la imposibilidad de admitir doble sentido literal para el mismo texto. Si admitís el segundo, os responden que ni la caída de los ángeles puede servir de tipo a la de Tiro y Babilonia, ni la ruina de estas dos ciudades puede serlo de la de Lucifer y sus ángeles; de una parte, porque el hecho que representa típicamente a otro debe ser un acontecimiento de menor importancia que él; y de otra, porque el tipo debe ir más allá que el antitipo y no venir después de él en el orden de la duración. Si, volviendo al sentido histórico, pretendéis, para salvar su unidad, que tal parte de la letra se aplica únicamente a los reyes de Babilonia y de Tiro, y tal otra a los rebeldes del cielo, os pueden argüir con lo vago y arbitrario de semejante concepción.
     Tratemos de resolver este problema con ayuda del texto evangélico, que nos llevará, lo creemos así, a ver en las dos profecías y en el Apocalipsis nada más que un solo significado literal, con exclusión de todo sentido propiamente típico; nos referimos al pasaje del Evangelio en que Nuestro Señor promete a Pedro el primado de jurisdicción sobre su Iglesia: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella" (
San Mateo, XVI, 18).
     Algunos Santos, San Agustín, por ejemplo, han visto, en esta piedra fundamental de que habla Nuestro Señor, al mismo Jesucristo: "Sobre esta piedra que tú has confesado, edificaré mi Iglesia: porque la piedra era Cristo (
I Cor., X, 4), y sobre este fundamento mismo fué edificado Pedro" (Tract. 124 in Joan., n. 5. P. L., XXXV, 1973).
     Es sabido cómo los adversarios del Primado de la Santa Sede han abusado de este testimonio y de otros análogos para atenuar la fuerza de la donación hecha por Jesucristo al príncipe de los Apóstoles. Los defensores del Primado de San Pedro responden, con justicia, que estos Padres entre ellos el mismo San Agustín, han dado en otros lugares de sus obras interpretación común.
     Pero, para no ceder ninguna ventaja a los enemigos de la fe, añadían que la interpretación que ve en la piedra a Cristo no está en oposición con la que entiende por la piedra al Apóstol. Lejos de contradecirse, se coordinan armoniosamente y una y otra se completan; porque si Pedro es un fundamento bastante sólido para soportar la Iglesia, es porque él mismo se apoya sobre el fundamento de Cristo. Imposible concebir a Pedro como roca inquebrantable que debe ser sin pensar en Jesucristo, fundamento fuera del cual nadie se atrevería a poner otro.
     No puede, pues, decirse que el sentido dado por San Agustín sea opuesto al sentido en que el Primado de Pedro se afirma; no es ni siquiera un sentido tan diferente que no pueda ser admitido sin reconocer dos significaciones literales: porque está implícitamente encerrado en el primero y porque el uno bien comprendido lleva al otro y lo da a entender. ¿Qué es, pues, el segundo significado? Un sentido literal, pero complementario.
     Después de esta aparente digresión, volvamos a los textos de Ezequiel y de Isaías. Uno y otro significan literal y directamente la ruina de los príncipes culpables y la de las ciudades, sus capitales. Pero a la vez recuerdan una ruina más terrible, de la que aquélla no es sino pálida imagen; una ruina que fué el primer principio de los desastres anunciados por los dos profetas; queremos decir la ruina de Satanás y de sus cómplices. El lazo que une entre sí a estas catástrofes es manifiesto.
     El orgullo de Satanás ha inspirado el orgullo de estos príncipes de la tierra, y su castigo está modelado por el Dios vengador sobre el del gran rebelde, como sus crímenes son una imitación de su crimen. He aquí por qué, sin duda, los profetas creían que no podían expresar mejor los tristes destinos de Tiro y Babilonia, personificadas en sus príncipes, sino empleando para describirlas los términos que recuerdan la catástrofe primitiva; términos de los que no se hubieran servido si la intención de Dios no hubiera sido traer a la memoria el pasado mientras predecía el porvenir. Luego aquí también el sentido histórico y literal es único; pero encierra directamente lo que es significado, e indirectamente, lo que llamamos adsignificado; en otros términos, lo que el sentido literal directo supone y recuerda manifiestamente por alusión.
     Si no hay, como se temía, doble sentido literal, no hay tampoco sentido típico propiamente dicho. No es que los acontecimientos significados por el sagrado texto no tengan entre sí relación de figura a lo figurado. Esta relación existe, lo hemos probado; no, sin embargo, tal como aparece en los tipos ordinarios presentados por la Escritura: porque la degradación de los ángeles no simboliza la caída de las ciudades culpables, como el Cordero pascual figuraba a Jesucristo, nuestra víctima. Más bien tiene el carácter de prototipo, como sería el ejemplar sobre el cual sería modelado un personaje inferior, en el sentido, por ejemplo, en que Nuestro Señor es tipo del cristiano; y la vida del cielo, el tipo a que debemos tender, con la ayuda de la gracia, para producirla en nosotros durante este tiempo de prueba. Pero esto no basta para formar sentido típico. En efecto, aquí la letra expresa con la figura la cosa figurada, en tanto que, en el sentido figurativo o típico, la figura sola está significada por las palabras.
     De una manera análoga es como parece que la bienaventurada Virgen parece haber sido presentada en la célebre visión del Apocalipsis. Todos los rasgos del cuadro se aplican literal y directamente a la Iglesia. Se podría hasta conceder que los hay que sólo se aplican a ella. Tales son, por ejemplo, los dolores que la mujer experimenta al parir a su hijo. Esto es lo que han hecho notar algunos Santos Padres, aun cuando otros creen poderlos interpretar de María, considerada, no ya como Madre de Dios, sino como Madre de los hombres. No es raro, en efecto, el encontrar los sufrimientos experimentados por María, cuando nos daba a luz a la gracia, comparados a las angustias de la mujer que llega a ser madre.
     Pero si el sentido literal se refiere ante todo, y de lleno, a la Iglesia, María no está ausente de él. ¿Por qué?
     Porque la Iglesia, virgen y madre, supone a María, madre y virgen; porque la una está hecha a imitación de la otra; porque los hijos de la Iglesia son aún más hijos de María; porque el gran signo, apareciendo en el cielo, la mujer revestida de sol, con su corona de doce estrellas, nos pone, naturalmente, ante los ojos, a la Reina de los Apóstoles y a la Soberana del mundo. Es la Iglesia, pero la Iglesia como destello de María, porque la una es e ejemplar y la otra la copia.
     Y lo que confirma admirablemente esta manera de considerar a las dos madres representadas en el mismo retrato es que ocurre con el niño como con la mujer. Ved, en efecto, a este niño, tal como el apóstol lo describe en su visión. La mujer "dió a luz a un hijo varón que debía gobernar a todas las naciones con cetro de hierro", y el dragón se alzaba para devorarle en el momento de nacer. Es preciso reconocer, en este fruto de la mujer, a los hijos de la Iglesia, puesto que así nos los describe el sagrado libro. En este mismo Apocalipsis, ¿no ha dicho el Hijo del Hombre al obispo de Tiatira: "El que sea victorioso y guarde mis obras hasta el fin, le daré poder sobre las naciones. Las gobernará con mano férrea y las quebrará como vaso de arcilla, como yo lo he alcanzado de mi Padre" (
Apoc., II, 26-28). Mas, ¿por qué esta autoridad sobre las naciones pertenece a los fieles? Porque les ha sido comunicada por el Hijo de la Virgen, que la posee en propiedad; porque forman parte de su persona mística; porque Él es su prototipo, y ellos mismos son algo de Cristo.
     Igualmente el Apocalipsis ha afirmado con más instancia ser de éste "el cetro de hierro" que pone en manos de aquéllos. Hablando de aquel que se llama con el nombre de Verbo de Dios: "Y de su boca, dice, sale un dardo de dos filos para herir a las naciones: porque las regirá con cetro de hierro..., y lleva escrito sobre su vestido y sobre su muslo: Rey de reyes y Señor de los que dominan" (
Apoc., XIX, 13. 16-16; Psalm., II, 8, 9). Así, pues, este primer carácter del niño pertenece, principalmente, al Hijo de María; si conviene a la raza de la Iglesia, es porque ella participa de las prerrogativas de su Cabeza.
     El segundo carácter, que es el de ser perseguido por el dragón del infierno, es ante todo lote de Cristo; y no pasa a los hijos de la Iglesia, sino por deducción; es decir, a causa de la unión que tienen con Cristo. De consiguiente, el Apóstol, escribiendo su visión, y el Espíritu Santo que la inspiraba, no tenían intención de hablar exclusivamente de los Hijos de la Iglesia, sino de presentárnoslos en su íntima alianza con Cristo, Hijo de María.
     Esta es la razón de las expresiones que emplean. Por consiguiente también, el hijo de la Iglesia y el Hijo de la Virgen están encerrados en la unidad de un mismo sentido literal. Ahora bien: esto mismo es una nueva prueba de que por la mujer debe entenderse la Iglesia y María: porque la semejanza entre las madres está demostrada por la relación que existe entre los hijos.
     ¿Queréis la tercera prueba? Meditad el gran combate de que se habla en la misma visión (
Apoc., XII, 7-10).
     De cualquier modo que se le interprete, es manifiestamente imposible el no ver en esta lucha, en la que toman parte el cielo y la tierra, aquella misma que el Espíritu Santo esboza con pocos rasgos en las primeras páginas del Génesis. El nombre mismo del jefe de los enemigos bastaría para engendrar esta convicción: "Es el gran dragón, la antigua serpiente, el diablo y Satanás" (
Apoc., XII, 9), expresiones todas que recuerdan al primer tentador y las enemistades predichas entre la mujer y la serpiente, entre la raza de la mujer y los partidarios del monstruo infernal.
     Ahora bien: como lo hemos visto, los fieles hijos de la Iglesia son la raza de la mujer, porque pertenecen al Redentor, y en la medida en que le están unidos.
     Por consiguiente, y también por esta causa, no se podría pensar en la mujer de la visión sin verla en María, sin contemplarla en María. Y lo que no debe olvidarse es que el texto mismo y la naturaleza de las cosas hacen de esta conexión una ley. Así, pues, para terminar, la Bienaventurada Virgen se nos presenta en este inspirado oráculo, tal como la hemos visto en los capítulos precedentes, como ejemplar de la Iglesia y como Madre.
     Así, todo se armoniza y concierta. No hay oposición entre los Santos Padres. Si algunos no han aplicado más que a María el símbolo de la mujer, y si otros se lo han apropiado solamente a la Iglesia, es que no lo han considerado en su plena y entera significación. Por lo cual no hallaréis uno solo que haya rechazado de un modo absoluto a María o a la Iglesia. Todo lo más han hecho observar algunos que determinadas partes del texto no pueden interpretarse de la Virgen, Madre de Dios.
     Ya hemos citado sus testimonios. Nos parece oportuno volver a estudiar el que Bossuet atribuía a San Agustín, y que la crítica moderna tiene por obra por lo menos dudosa del Santo Doctor, porque nos parece que expresa toda la significación del texto. El autor se dirige a los catecúmenos:
     "Nuestra Santa Madre la Iglesia, les dice, os ha recibido en su seno por el signo sacratísimo de la Cruz. Os formará en él espiritualmente con una consolación increíble, a vosotros los nuevos retoños de esta gran Madre, y en él os alimentará con alimentos convenientes hasta el día en que trayéndoos a la verdadera luz, regenerados por su bautismo, os parirá alegres, llena ella misma de alegría. Porque no está sometida a la sentencia que condenaba a Eva a parir con dolor (
Gen., III, 16) hijos que compartían desde su nacimiento las lágrimas de su madre. Las ligaduras formadas por Eva Ella las rompe, y la posteridad que la desobediencia de esta primera mujer había condenado a la muerte, Ella la devuelve dar la vida por su obediencia. Todas las ceremonias misteriosas hechas con vosotros, por ministerio de los siervos de Dios, exorcismos, oraciones, cánticos, insuflaciones..., son el alimento espiritual con que la Iglesia, vuestra madre, os restaura, a vosotros, hijos que lleva en sus entrañas, para ofreceros, al salir del bautismo del renacimiento, felices y puros, a Cristo, su divino Esposo.
     "Habéis recibido también el símbolo, salvaguardia para la mujer que da a luz, contra el veneno de la serpiente. En el Apocalipsis del Apóstol San Juan está escrito que el dragón se erguía ante la mujer que iba a parir para devorar a su hijo en cuanto naciera (
Apoc., XII, 4). Ninguno de vosotros lo ignora, el dragón es el diablo y la mujer representa a la Virgen María, madre inmaculada de nuestra cabeza inmaculada, que Ella misma nos ofreció la imagen de la Santa Iglesia, quae etiam ipsa jiguram in se Sanctae Ecclesiae demonstravit" (De Symb. ad Catechum.. c. 1. P. L., XL, 660, 661). 
     Nadie lo ignora: un grave autor, como el que se revela en estas Homilías sobre el símbolo, no habla a la ligera. No se trataba, pues, de una interpretación nueva, sino de la persuasión común de los cristianos en aquellos remotos tiempos. Y henos aquí traídos de nuevo a esta idea tan natural y tan sencilla del sentido literal único, en el que la Iglesia estaría descrita inmediatamente, mas con una alusión clara y determinada a María, ejemplar de la Iglesia, a la Madre del Dios hecho hombre y de sus miembros.
     El comentario apócrifo de San Ambrosio sobre el Apocalipsis, que ya hemos citado en este capítulo, expresa con grande acierto esta unión de Cristo y de sus miembros bajo la dominación común del hijo de la mujer, y, por consiguiente, de la Iglesia y de María, su prototipo, en la significación literal y completa de nuestro texto. Pregúntase el porqué del calificativo: Ella dió a luz un hijo varón. "Si se trata de la Virgen y de Nuestro Señor, ¿no sabemos, sin que sea preciso decirlo, que Cristo pertenece al sexo viril? Si se trata de la Iglesia, ¿acaso no pare cada día para Dios, su Esposo, tanto hijos como hijas? Sí, mas por naturaleza el sexo de la mujer es frágil; ahora bien: para resistir al diablo y para entregarse por entero a las obras santas hace falta fortaleza; y una mujer que haga lo uno y lo otro deja de ser mujer, es decir, débil; en adelante, es un hombre. Así, pues, la mujer dió a luz a un hijo varón, porque la Iglesia da a luz todos los días a los miembros de Aquel que fué engendrado por la Bienaventurada Virgen María. "No hay más que un hijo varón, dado a luz por la Virgen y diariamente parido por la Iglesia; porque Cristo es con sus miembros un Cristo único, y este es el Niño que debe gobernar a todos los pueblos con vara de hierro".
     Con el fin de hacer aún más diáfanas estas ideas, resolvamos algunas dificultades. Las encontramos planteadas en un opúsculo del sabio Newman, en el mismo lugar en que, desarrollando el mismo texto, aplica a María su significado literal.
     Primera objeción. La interpretación que refiere la visión de la mujer a la Virgen está débilmente apoyada por los Santos Padres. Primera respuesta que da Newman: "Los cristianos no pidieron jamás a las Escrituras las pruebas de sus doctrinas, hasta el momento en que, empujados por la controversia, experimentaron positivamente su necesidad. Si, en tiempo de los Padres, la dignidad de la Santísima Virgen no fué atacada doctrinalmente desde parte alguna, la Escritura, o por lo menos los argumentos de la Escritura sobre este punto, debían, según todas las probabilidades, ser para ellos letra muerta".
     Se dirá que la dignidad de María fué atacada muy pronto: ¿acaso no hubo quien negara su virginidad, su maternidad divina? Sin duda; pero el texto del Apocalipsis no se dirigía explícitamente ni a vindicar la una ni a establecer la otra. Por otra parte, forzoso, es decirlo, este libro no es de aquellos que hayan sido citados y comentados de ordinario por los Doctores más antiguos. Por lo cual la objeción contra la atribución del texto a la Bienaventurada Virgen puede volverse contra la aplicación hecha a la Iglesia, y se resuelve de la misma manera y lo mismo para la una que para la otra.
     Segunda objeción. Atribuir a la era apostólica una pintura así de la Virgen es cometer un anacronismo. "En cuanto a la segunda objeción, dice también Newman, estimo que es puramente imaginaria, y que la verdad se encuentra precisamente en la dirección opuesta. La idea de la Virgen con su Niño, lejos de ser puramente moderna, está reproducida a cada instante en las pinturas de las Catacumbas, como puede verse visitando a Roma". Acordémonos de la Carta a los mártires de Lyón, como también del texto de Clemente de Alejandría. ¿No suponen uno y otro en sus autores el recuerdo y la visión de la Virgen Madre? "No niego, continúa el futuro Cardenal, que la Iglesia esté representada bajo la imagen de la mujer. Solamente sostengo que la Iglesia no hubiera sido representada por el Apóstol bajo esta imagen particular si la bienaventurada Virgen María no hubiera sido elevada por encima de toda criatura y venerada por todos los fieles". Añadamos nosotros: si la Iglesia no hubiera sido formada sobre María como sobre el ejemplar del cual es Ella la más excelente representación, y si el Espíritu Santo no hubiera querido expresar esta mutua relación. Newman ve también en el encuentro de la mujer, del niño y del dragón, una relación manifiesta entre la visión apocalíptica y los primeros capítulos del Génesis; de lo que deduce, como nosotros lo hemos hecho, que, si el dragón del Apocalipsis es la serpiente del Edén y el niño varón la posteridad de la mujer, es preciso que esa mujer misma sea la Bienaventurada Madre del Redentor y de los redimidos. Admiremos, pues, con él, cómo las últimas páginas de las Sagradas Escrituras responden a las primeras, y saludemos en las unas y en las otras a la Madre de nuestro Salvador y de su cuerpo místico, que es la Santa Iglesia.
     ¿Nos atreveremos a decirlo? La Iglesia no está ausente del Génesis, ni menos lo está del Apocalipsis. La semilla de la mujer es, con Jesucristo, todo fiel, todo miembro de Jesucristo. Ahora bien: la universalidad de los fieles, ¿qué otra cosa es sino la Iglesia misma? ¿Sería posible ir aún más allá, es decir, sería posible oír las palabras del Salvador moribundo, no solamente sobre María, sino también sobre la Iglesia y los hijos de la Iglesia? En otros términos, cuando Jesucristo dice: He aquí a tu Hijo, he aquí a tu Madre, ¿no representará Juan en su persona a todos los fieles y María a la Iglesia, no por sustitución de un sentido por otro, sino por extensión del sentido primitivo, o, mejor aún, por una acomodación fundada en la analogía? Varios así lo han pensado. La Iglesia imita a María, su ejemplar; los cristianos deben formarse a imagen de Juan, el discípulo amado de Jesús. Por consiguiente, las relaciones del alma fiel con la Iglesia deben ser modelados en las relaciones entre Juan y María. De la misma manera, pues, que los fieles son confiados a María en la persona de Juan, así son también confiados a la Iglesia. Esto es lo que Nicole ha notado en sus Reflexiones sobre el Evangelio. Después de haber, como tantos otros, interpretado las palabras del Salvador en el sentido expuesto anteriormente, añade en otro lugar: "En fin, Jesucristo, a punto de dejar el mundo, ha querido, con una solicitud incomprensible por nuestra salvación, sustituir en su lugar un objeto de nuestra caridad con el cual podemos ejercitar la obediencia, el respeto y el amor que le debemos. Este objeto es la Iglesia que Él ha formado sobre la cruz y que nos ha dado por Madre... Esta es la obligación que ha querido señalarnos dando a la Santísima Virgen por Madre a San Juan, y a San Juan por hijo a la Santísima Virgen, porque con esta divina sustitución liga a todos los cristianos con la Iglesia, de quien era figura la Santísima Virgen, y con la Santísima Virgen que era su miembro principal. Les obliga a tener particular confianza en una y otra; y también comunica a la Iglesia el espíritu de caridad maternal hacia todos sus hijos; y esta caridad aparece principalmente en la Santísima Virgen, que a todos les lleva en el seno de su caridad" (
Nicole, Continuat. des Essais. J. C. elevado en la Cruz 8 13, t. XIII, pp. 431-432).
     Por lo demás, Nicole no es el único ni el primero en proponer esta idea. Se la encuentra, antes que en él, en un comentador de los Evangelios, bastante conocido. "Es conveniente pensar, dice Jacobo Janson, que el Señor en la Cruz ha compartido los deberes expresados en sus últimas palabras, no sólo entre la Madre y su discípulo, sino también entre la Iglesia y sus hijos rebeldes" (
Jac., Jansonii, Expos. Evang. Joannis, XIX, 26, sq. (Lovanii, 1630). Y esta interpretación la había recibido él mismo de San Ambrosio. Hablando de la eterna posesión de la vida, prometida a Pedro, prometida a Santiago y a Juan, los hijos del trueno, prometida, por consiguiente, a quienquiera que imite a Pedro, a quienquiera que se hace hijo del trueno: ¿Cómo?, hace preguntar a su oyente, ¿cómo podré ser hijo del trueno? Lo podréis ser, responde, si descansáis, no sobre la tierra, sino sobre el seno de Cristo... Lo seréis si sois hijo de la Iglesia. Que Cristo, desde lo alto del Cadalso donde muere, os diga a vos también: "He aquí a tu Madre." Que le diga a la Iglesia: "He ahí a tu Hijo." Entonces comenzáis a ser hijo de la Iglesia, cuando contempláis sobre la Cruz a Cristo vencedor. Quien tiene la cruz por escándalo, es un judío, no es hijo de la Iglesia; es un gentil aquel que la mira como una locura. Mas aquél es verdaderamente hijo de la Iglesia, que considera la Cruz como un triunfo, y que en ella ve el trono de Cristo triunfante (S. Ambros., Expositio Evang. sec. Luc.).
J. B. Terrien, S.J.
LA MADRE DE DIOS Y MADRE DE LOS HOMBRES.

No hay comentarios: