martes, 14 de diciembre de 2010

DIOS Y CRISTO

El pueblo y la sociedad tienen necesidad de conocer a Dios. Los tremendos acontecimientos que hoy presenciamos, son la consecuencia y casi el nemésis de la negación de Dios, y de la irreligiosidad, que como un contagio perturba y corrompe el alma de los pueblos y que como un incendio amenaza invadir Europa y continentes enteros. Al mismo tiempo son una prueba por medio de la cual, el Señor con voz potente quiere llamar al género humano a la fe y al servicio divino; ¿pero quién se preocupa de conocer a Dios? ¿quién lo busca por los caminos de la verdad? ¿quién se eleva a la ciencia de la fe? Echad una mirada al conjunto de los sabios del mundo, a las aulas de la ciencia, a los libros de los filósofos modernos, a los hogares. Interrogad a los eruditos sumergidos en las investigaciones de los misterios de la naturaleza, en los acontecimientos de los pueblos, en el espíritu humano y preguntadles ¿Quién es Dios? ¿qué piensan o que creen de Dios? Para muchos, Dios, es el Dios desconocido de los atenienses: y aparecería un Pablo de Tarso redivivo que en los aerópagos del saber moderno, siempre ávidos de la novedad, a los alumnos del nuevo estoicismo y de Epicuro, hablase de un Dios, creador del universo y de todo el género humano, un Dios no lejano de Nosotros, en el cual vivimos y nos movemos, sin ser semejantes a los artificios de los pensamientos humanos. Un Dios, que sin importarle los tiempos de ignorancia, demanda penitencia a todos los hombres, que juzgará con la justicia, en el día fijado, por el medio de un Hombre, constituido juez al resucitarlo de la muerte. En otros tiempos, menos soberbios que los nuestros, los estudiosos de las diversas ciencias, se gloriaban de escuchar en los ateneos públicos, a los maestros de teología, sabiduría superior, mientras que ahora, aunque los adultos no se alaban de ignorar a Dios; hay un lamento que se eleva de las escuelas y las aulas, que substraen o niegan a las almas natural y sacramentalmente cristianas, la leche y el sólido alimento de la doctrina cristiana (1).

***
El Salvador está con nosotros, no como una sombra fugaz de la fama y del nombre que permanece sobre las tumbas y monumentos de los grandes hombres que pasan, sino como Dios presente con su divinidad y humanidad. Dios escondido en la sombra del pan transformado; sombra que Nos parece reconocer en aquellas tinieblas del lago Tiberíades, en aquella noche en que Cristo caminaba sobre las olas, y que a los discípulos fatigados de remar pareció como fantasma. No, no es un fantasma el Dios de los tabernáculos que adoramos.
Es el mismo que dijo a los discípulos: "Tened confianza, soy yo, no temáis" y aquél mismo que dijo: "Heme aquí con vosotros hasta el día de la consumación de los siglos".
Y aquel mismo que camina sobre las olas de los siglos, Señor de los vientos y de las tempestades humanas. Camina sobre las ondas tempestuosas al lado de su Iglesia; contesta a sus ministros que lo llaman con voz sagrada; y a sus altares invita a cada una de las veinte naciones seculares, a las gentes, a los pueblos, a los renegados, a los mártires y a las vírgenes, a los pontífices y a los sacerdotes postrados para adorarlo presente, para amarlo escondido, para invocarlo en el gozo y el dolor, en la vida y en la muerte.
El Dios del altar está en medio de nosotros invisible, pero como testimonio fiel, primogénito entre los muertos, príncipe de los reyes de la tierra, que nos ha amado y nos ha lavado nuestros pecados con su propia sangre, y nos ha dado un reino y sacerdotes, en Dios su Padre. El primero y el último, el viviente que fue muerto y vive por los siglos de los siglos, pero siempre junto y en medio de nosotros. Ese el misterio de la fe, centro del incruento Sacrificio Divino, secreto celoso de la Esposa de Cristo, la cual, en los primeros siglos de su juventud inmutable, quiso ocultar bajo el velo del secreto aún a sus más tiernos hijos. Secreto hecho misterio de un misterio escondido por los siglos eternos en Dios, y que esconde un Dios. Ante este misterio se inclinaron los apóstoles y los mártires; en las basílicas los pontífices, en los desiertos y en los cenobios los monjes y los anacoretas; en los claustros las vírgenes, en los campos de la lucha los escogidos, en las cátedras los doctores, en los caminos los pueblos. Cristo estaba en medio de todos; pero ¿quién lo vio? ¿quién lo apercibió? Bienaventurados aquéllos que no vieron y creyeron "Beati qui non viderunt et crediderunt".
La fe sobrepasa cualquier velo, penetra cualquier secreto, y cuan más viva se adelanta, tanto más luz se inflama y exalta en sí misma, y hace del ministerio el faro y fuego de su vida y de su obra.
Pero Cristo no solamente está presente en medio del mundo, sino que se acerca al hombre y está con él, con sus apóstoles, con sus fieles, con todas las gentes, y conquista con su sangre. Su presencia es doble. Tiene una presencia divina, con la cual sostiene al universo creado por El; sigue los pasos de los hombres por los caminos del bien y del mal y es su testimonio, su inclinación al bien y castigo del mal. Tiene otra presencia humana y juntamente divina, por la cual levanta a sus paladines de las catacumbas entre las casas de los pueblos, por los campos, por las selvas, entre los hielos perpetuos, en cualquier parte donde un sacerdote con la palabra omnipotente, levante en alto un pan y un cáliz cumpliendo esto que se ha hecho en memoria de El. Ahí está El, con su ministro, con él camina, se hace nuestro alimento, viático de los moribundos y de los infelices, hermano, esposo, padre, médico, consuelo y vida de las almas, pan de los ángeles, testimonio de gozo inmortal.
Mientras que, sobre los campos de nuestro mundo despunte un grano en la espiga, y un racimo de uvas cuelgue y un sacerdote salga pensativo del sacrificio del altar, el Divino Huésped estará con nosotros; y el creyente doblará la mente con la fe y la rodilla, delante de la Hostia Consagrada, como lo hicieron en la Ultima Cena los Apóstoles ante el pan y el vino consagrado, que el Salvador les daba diciendo: "Este es mi cuerpo, esta es mi sangre".
Adoraron a Cristo, el Divino Maestro, con aquella fe pura y alta que cree en los portentos de su palabra y del cual se alimenta la adoración interna, fe sin la cual es en vano el doblegar la rodilla. Desde aquella hora del Cenáculo comenzaron los siglos del Dios de la Eucaristía, el girar del sol iluminó los pasos con sus auroras y sus ocasos; las entrañas de la tierra lo acogieron salmodiando. En las ermitas, en los cenobios, en las basílicas, bajo los pináculos se inclinaron ante El pastores y pueblos, príncipes y ejércitos.
En sus conquistas, avanzaba con sus heraldos y sacerdotes a través de los mares y los océanos, del Oriente al Occidente, de uno al otro Polo; el Redentor ahora y siempre planta cada uno de sus tabernáculos, perseverando contra la ingratitud de los hombres en encontrar sus delicias, sólo deseoso de ofrecer para su salvación, los tesoros de sus gracias y de su magnificencia (2).

* * *
Los hombres se detienen aún ante los resplandores de la fama, que se dan y se disputan entre ellos con palabras y acciones altisonantes. Ser alabado, ser célebre, he aquí en qué consiste para ellos la gloria. "Gloria est frequens de aliquo fama cum laude", escribía Cicerón. Pero los hombres no se preocupan por la gloria, que Dios sólo puede dar y por ésto, según las palabras de Nuestro Señor, no tiene fe: ¿"cómo es posible —decía el Redentor a los judíos— que creáis vosotros que mendigáis la gloria de unos a otros y no buscáis aquella gloria que sólo procede de Dios"? La gloria del mundo desaparece, como las flores del campo, exclamaba Isaías; y por boca de este Profeta, el Dios de Israel, anunciaba que habría humillado a los grandes de la tierra.
¿Qué hará pues el Dios encarnado, aquel Jesús que se declaraba "humilde de corazón" y que nunca había buscado su propia gloria? (3).

* * *
El cielo y la tierra pasarán. Pasará esta tierra en que se apoya nuestro pie, que ofende y baña de sudor nuestra mano, que nuestros ojos escrutan. Esta tierra cuyas entrañas nuestros hierros taladran y atormentan, excavando los sepulcros de las selvas, de nuestros contemporáneos de expiaciones ignoradas, de los vapores de volcanes apagados, de las venas de los metales, de las llamas líquidas que turban los sueños del hombre sin darle paz. Pasará este nuestro mundo que parece no ser su ficiente para los hombres, ni suficiente para saciar el temblor de su aspiraciones contradictorias por las cuales arde en nuestros días una lucha de tan grandes proporciones, que sobrepasa y obscurece los más grandes acontecimientos y estremecimientos de la historia del mundo. Pasará la tierra y todos nosotros deberemos comparecer ante el tribunal de Cristo, a fin de que todos y cada uno recibamos el premio o el castigo, según que hayamos hecho el bien o el mal; pero las palabras de Cristo no pasarán, aquellas que predicen y anuncian antes de tiempo a los apóstoles la historia de su Iglesia y del mundo y las tristes visicitudes que encontraremos a través de los siglos. Y ahí, en aquel mismo discurso en el Huerto de los Olivos, a la vista de Jerusalén, los amonesta para que vigilen que nadie los seduzca. "Porque —les decía— oiréis hablar de la guerra y de rumores de guerra. Cuidad de no turbaros; porque es necesario que estas cosas sucedan; pero no será el fin:" "Audituri enim estis praelia et opiniones praeliorum."
"Videte ne turbemini; oportet enim haec fieri, sed nondum est finís".
No; la consumación de los siglos no ha llegado aún. Cristo, si ascendió al cielo, está siempre con nosotros todos los días aun en medio de la guerra y de los rumores de guerra. No debemos turbarnos, como no se turbaron los apóstoles durante la predicación del Evangelio. Pero si la turbación Nos abate el espíritu, sentimos sin embargo en lo profundo de Nuestro espíritu, que la hora presente es una de las fases de la historia de la humanidad, predicha por Cristo.(4)

***
El destino y la felicidad de los pueblos están en las manos de "aquel emperador que reina por doquier", el cual es Padre de las luces, y fuente de todo perfecto bien del universo. Al igual que la felicidad y los destinos de los pueblos tiene también en sus manos los corazones de los hombres; en cualquier lugar que quiera, los inclinará. El sabe alargar, restringir, cerrar o dirigir sus voluntades sin cambiar la naturaleza. En la obra del hombre, todo es débil como el hombre; sus pensamientos son tímidos, sus providencias inciertas, rígidos sus medios, sus pasos vacilantes, nebuloso su fin. En la obra de Dios todo es fuerte como El; sus consejos no conocen dudas, su potencia se deleita y casi jugando se recrea al gobernar el mundo; sus delicias están en medio de los hombres, y nada les resiste; aun los obstáculos en sus manos son medios para formar las cosas y los acontecimientos para dirigir las mentes y los libres quereres humanos, hacia los fines altísimos de su misericordia y de su justicia, que son dos estrellas de su imperio universal.
En Él reposa nuestra más firme esperanza. (5)

Pío XII

Notas:
1.- Discurso a los Párrocos de Roma. 25 de febrero de 1941.
2.- Discurso a los sacerdotes Adoradores. 28 de abril de 1939.
3.- Discurso a los esposos. 16 de octubre de 1939.
4.- Homilia. Jornada de las Súplicas Universales. 24 de noviembre de 1939.
5.- Alocución al Sacro Colegio. 2 de junio de 1939.

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