viernes, 17 de diciembre de 2010

Los litigios y pleitos arruinan las casas y familias.

Pasarán las casas de los avarientos a otros mejores dueños, dice el profeta Jeremías, y todos los que se fatigan en usuras, desde el menor al mayor, serán confundidos; porque el orin de sus monedas dará testimonio verdadero de la ruindad tirana de sus míseros corazones.
Dejarán sus riquezas los impíos usureros a personas ajenas, y sus sepulcros serán su casa perpetua, como dice David (Psalm., XLVIII, 11). Quisieron y amaron lo terreno, y la tierra os consumirá como cosa suya.
Desventurados de vosotros, dice Isaías, que dominando en el mundo con vuestras riquezas, juntáis una casa con otra; y de dos campos hacéis uno, sin hacer la cuenta verdadera de que hay otros habitadores en vuestro término ; y que todos han de vivir con lo que Dios ha criado para todos, y no sois vosotros solos en medio de la tierra.
Vosotros, avarientos, edificáis, y el Señor destruirá vuestras fábricas; porque el Señor es dueño absoluto de vuestras haciendas, dice Malaquías profeta, y no hacéis cuenta con vuestro Criador y Señor, absortos con vuestra vanagloria perversa, y ciegos en vuestra avaricia tirana.
Imagináis que en el mundo sois como dioses; y vendrá sobre vosotros el dia terrible que os deje en soledad sempiterna, como os lo profetiza Ezequiel (Ezech., xxxv, 9), porque deciais vanos y soberbios, que las dos tierras eran vuestras, y lo cierto es, que no tendréis dos glorias, y si queréis la temporal, perderéis la eterna.
Tenéis vuestro corazón en el tesoro, y allí se quedará para siempre, porque no queréis oir, ni seguir la doctrina celestial del Señor, que dice, no queráis atesorar en la tierra, donde el orin y la polilla se comen las riquezas, y donde los ladrones las hallan, y se las llevan, sino atesorad en el cielo, adonde no llegan los ladrones (Matth., VI, 19).
Vosotros, avarientos, destruís la tierra, como dice Salomón: Vir avarus destruet terram; y no lográis el cielo, porque no se compadece bien un dominio con otro; y pues os contentáis con la tierra, esa será vuestra parte.
Vuestros hijos o vuestros herederos saldrán torpes y lujuriosos, dice el Espíritu Santo (Eccli., XXXIV, 4); y ellos consumirán lo que vosotros habéis congregado injustamente contra Dios y contra conciencia, perdiendo vuestras almas, y afligiendo á los pobres del Señor.
¡Ay de vosotros, dice Dios, que multiplicáis vuestras haciendas inicuamente de lo que no es vuestro, y agraváis, contra vosotros el denso lodo, que os ciega mas de dia en dia, y no levantáis los ojos al cielo, embebecido todo vuestro corazón en las cosas perecederas de la tierra (Hab. II,6).
¡Ay de vosotros, dice Jeremías, que edificáis vuestras casas en injusticia, y adornáis vuestros cenáculos preciosos con la sangre de los pobres, de la cual habéis de dar estrecha cuenta en el dia del juicio; porque contra razón y justicia los habéis atropellado y despreciado en este mundo!
Acabaos de desengañar, avarientos y usureros, que vuestras conveniencias injustas no os han de aprovechar en el dia de la venganza del justo Juez, que conoce vuestras fatigas inútiles; y que todo el conato de vuestro corazón no se levanta del polvo de la tierra, como dice la divina Escritura (Eccli., V, 10).
Abrid los ojos, y considerad, que la vida de cada uno no consiste en las riquezas temporales, como dice el evangelista san Lúcas, por lo cual os debéis guardar de toda avaricia, conforme a la doctrina del Señor: Cávete ab omni avaritia; para que despejado y limpio vuestro corazón del polvo y lodo de la tierra, podáis entrar purificados en el cielo.
Cuando los avarientos multiplicaren su oración, no serán oidos, dice Isaías; porque sus manos están llenas de sangre de pobre, y el Altísimo Señor mas atiende a las manos que a las voces, las cuales en los avarientos son contrarias a sus obras; y se implican cuando rezan, buscando la misericordia de Dios, no teniendo ellos misericordia con sus prójimos.
El infeliz avariento, con la misma fatiga que lleva en las cosas temporales, se acaba y se consume. Por lo cual dice el profeta Jeremías, que el hombre ciego, fatuo e insipiente, que hace sus riquezas de avaricia, en el medio de sus dias las dejará; y con misterio dice, que será en medio de sus dias, porque el desventurado morirá a la mitad del tiempo que podia vivir sin tantos afanes. (Jerem., XVII, 11 et seq.)
Esta verdad se confirma con la sentencia del Sabio, el cual dice, que el hombre justo aborrece la avaricia, y vivirá muchos dias: Qui odit avaritiam, longi erunt dies ejus (Prov., XXVIII, 16). De lo cual se infiere, que el amador de la avaricia vivirá breves dias, trabajosos y malos, siendo el mismo su mayor enemigo.
No considera el avariento que se ha de morir, como se dice en el Eclesiástico, y que ha de dejar todas las riquezas que tiene, quiera que no quiera; porque el tiempo de su vida pasará, y llegando su último dia, tendrá su fin amarguísimo, por lo arraigada que tiene su alma de cosas de la tierra.
En su dia novísimo gritará el avariento, diciendo con aquellos infelices perdidos, que refiere el libro de la Sabiduría: ¿qué nos aprovechó la soberbia y la jactancia vana de nuestras riquezas? Toda nuestra prosperidad pasó como sombra, y ya lo hemos perdido todo. ¡Desventurados de nosotros! (Sap., XV, 8.)
De estos infelices habla David, y dice de ellos, que durmieron su sueño los pecadores avarientos, y nada hallaron de sus riquezas en sus manos; porque ya se había pasado el tiempo de sus fantasías y locuras (Psalm. VII, 6).
Así como sueña el hambriento, y le parece que come; y sueña el sediento, y le parece que bebe, y después que despiertan el uno y el otro se hallan sin refrigerio; así pasarán todas las cosas de este mundo, y los ricos avarientos se hallarán sin nada, dice Isaías profeta; y entonces conocerán el engaño en que han vivido, con la amargura inconsolable de que ya no tienen remedio.
Imaginaban los avarientos, dice el Sabio, que esta vida mortal era destinada para el logro, y que empleaban bien los dias de su vida, solicitando con todo su conato el adquirir por todos los caminos el aumento de sus bienes temporales; pero se hallan engañados en el dia novísimo; porque a la luz de la candela con que espiran, se ven claras las vanidades y desconciertos de la vida pasada.
Considerando esta ruina lamentable de los avarientos el profeta Isaías, exclamó diciendo: Obtupescite, gentes opulentae; asombraos, ricos mundanos, y conturbaos a tiempo oportuno: los que confiáis en vuestras riquezas, arrojad vuestras profanidades, y confundios para vuestro remedio, porque vendrá para vosotros ese dia terrible en que todo se ha de acabar, y habéis de ser juzgados.
Considerad profundamente, dice otro profeta del Señor, dónde están, y que se han hecho los que atesoraban en este mundo sus riquezas vanas y falaces. Acabaron sus dias y bajaron a los infiernos, donde no hallarán refrigerio ni alivio por toda una eternidad (Baruc, III, 18).
Mejor es el poco pan con temor de Dios, dice el Sabio, que los tesoros grandes en los ricos avarientos; porque lo poco, con el temor de Dios, se hace mucho, y los vanos tesoros se vuelven en nada; y aun seria fortuna que no se convirtiesen en desgracia y condenación eterna.
La verdadera prosperidad está en la mano de Dios, dice la divina Escritura (Eccli., XX, 3); y por eso es mejor lo poco para el justo, que las muchas riquezas para el pecador.
La bendición del Señor hace ricos a los que quiere, y en estos no se halla la afliccion que experimentan los avarientos; porque mas trabajoso es el camino maldito del usurero, que el bendito camino del cielo. Buena es la sustancia, cuando no corresponde pecado en la conciencia, dice el Espíritu Santo.
Los bienes y los males, la vida y la muerte, la pobreza y la honestidad le vienen a la criatura en este mundo de la mano de su Dios y Señor, como dice el sagrado texto (Eccli., XI, 14). Con esta católica verdad los justos hallan toda consolación; porque en conociendo que de Dios vienen los trabajos y las felicidades, todo coopera para mayor bien de sus almas, conforme a san Pablo, que dice: Diligentibus Deum omnia cooperantur in bonum (Rom., VIII, 28).
El dolor que padecen los avarientos y usureros nace de sus obras perversas y malas; porque el dolor no nace de la tierra, dice el santo Job. Y el Espíritu Santo dice, que la memoria de la muerte es amarguísima para los que viven contentos con sus riquezas y conveniencias temporales (Eccli., XLI, 4).
Conocen y experimentan los ricos para su daño, que al dinero obedecen todas las cosas en este mundo maligno, como dice el Sabio: Et pecunia obediunt omnia : y enloquecidos con este dominio soberbio que les dan sus riquezas, juzgan que son los dioses de la tierra, y estiman en mas a sus dineros que a su alma.
Ensoberbece también mucho a los ricos insipientes la multitud de amigos que se llegan con adulaciones engañosas; porque dice el Sabio, que el pobre es a todos odioso, aun a sus propios (Prov., XIV, 20); pero los ricos tienen siempre muchos amigos, y con esta lisonja popular acaban de perder el poco juicio que tienen, si algo les ha quedado.
Dos acciones indignas no son aprobadas en los ricos: la una es, el esconder el trigo en tiempo de carestía; y la otra es, el esconder el dinero debajo de la tierra para su perdición. De la primera dice el Sabio, que quien esconde el trigo en tiempo de necesidad, será maldito en los pueblos. De la segunda se hace mención, y se reprende en el sagrado libro del Eclesiástico (Prov., XI, 26; Eccli. XXIX, 13).
Otras malas propiedades tienen los usureros y los ricos mundanos, que viven sin temor de Dios: algunas de ellas se pueden ver en los Proverbios y Eclesiástico citados, Regularmente son mentirosos y tiranos con los pobres, falaces en sus pesos y medidas, sordos a las voces de Dios y de sus ministros, enfadosos y fastidiosos a los justos, furiosos en sus casas, arrogantes y vanos en sus palabras, intolerables en sus inquietudes, ciegos en sus pasiones, y finalmente, se hacen un agregado horroroso de todos los males.
Comunmente los usureros y ricos mundanos son en extremo soberbios, y la soberbia no ha podido subir al cielo, después que Dios nuestro Señor la arrojó con todos los demonios al infierno. El sapientísimo Salomón le rogaba á Dios nuestro Señor, que no lo hiciese muy pobre, ni muy rico; porque si era muy pobre, estaría en peligro de jurar en falso por interés humano; y si era muy rico, despreciaría y negaría a su Dios (Prov., XXX, 9); que a esta locura temeraria llegan, ó suelen llegar los ricos y poderosos de este mundo.
En las eclesiásticas historias se refieren casos horrendos de los ricos avarientos y usureros, que condenaron sus almas, y perdieron también sus casas y familias por sus malos tratos. Un caso espantoso se puede ver en el Catecismo del cardenal Belarmíno; y otro en la segunda parte de las Crónicas de nuestra religión seráfica; ambos son de usureros desalmados, que se hicieron ricos con los contratos usurarios, y no queriendo restituir como debían, al uno le destruyeron sus graneros los demonios, y se le tragó el infierno, y al otro entró un cuervo feísimo, cuando espiraba, y en presencia de todos los circunstantes le cerró con el pico la boca, y asi acabó su vida desventurada.
Mas vale tener poco con honra y virtud, que mucho con iniquidad, dice el Sabio; y mejor es ser pobre justo, que rico malo (Prov., XVI, 8). Las riquezas debajo de los pies exaltan al hombre, y puestas sobre su cabeza, le oprimen y sofocan. De tal manera debemos usar de las cosas temporales, que no perdamos las eternas. Amen.
Los litigios y pleitos que van por los tribunales, también suelen arruinar las casas con gastos excesivos. La experiencia cotidiana nos enseña, que aprovecha mas el mal convenio que el buen pleito. El Espíritu Santo dice, que te abstengas de pleitos, y disminuirás tus pecados (Eccli., XXVIII, 10); porque como el entendimiento y la voluntad se hallan tan vecinos, rara vez se pleitea sin que pase a rozarse la voluntad, y se altére la sangre con inquietudes.
Deseando nuestro Señor Jesucristo que en sus amados discípulos no entrase tan peligroso y enfadoso daño, les dijo que si alguno les quería poner pleito sobre la túnica, le diesen también la capa, y le dejasen ir, y se quedasen en paz (Matth., V, 4).
El apóstol san Pablo les decia a los fieles, que tenia por menor inconveniente el padecer algún defraude, que el entrar en pleitos enfadosos; de los cuales regularmente resultaba poca edificación, y se seguía de litigar mayor detrimento (I Cor., VI, 7). Muchos por ganar lo que no tienen, pierden lo que tienen.
Es dignísimo de notarse que siendo nuestro Señor Jesucristo Hijo del Eterno Padre, y la misma sabiduría de Dios, y habiendo venido al mundo para dar testimonio de la verdad, y enseñar a los hombres; no obstante a dos hermanos que le fueron con un pleito sobre una heredad, les volvió las espaldas, y les dijo: Quis me constituit judicem inter vos? (Lvc, XII, 14). No quiso el Señor de infinita sabiduría entrar en juicio de cosas temporales, porque en el interes de ella suelen perder el juicio casi todos los hombres.
Regularmente en los pleitos se enciende la cólera en los litigantes; y viciándose los humores, se conturban con mas facilidad las voluntades, y suelen proceder de mal en peor, basta el criminoso derramamiento de sangre, como se dice en el sagrado libro del Eclesiástico (XXVIII, 13).
Al siervo de Dios no le conviene litigar, dice el apóstol san Pablo, sino conservarse en paz y mansedumbre con todos; porque así vivirá quieto y sosegado, y tendrá su vida como un ángel, con edificación universal de los fieles; y si puede ser, conviene tener paz con todos, y estar sujetos a toda humana criatura por clamor de Dios (II Tim., II, 23, et alib.)
Suele haber algunos litigios que no son voluntarios, sino muy necesarios y forzosos, y el seguirlos es virtud, y son aquellos, cuya defensa procede del sagrado juramento, como lo hacen los ilustrísimos señores obispos, deanes, dignidades, canónigos y curas, los cuales juran defenderlos derechos de sus prebendas: estos tienen estrecha obligación de defenderlas en términos hábiles, y pecarían sacrilegamente si no lo hiciesen; porque aquellas sentencias de la divina Escritura: Tene quod habes, y la de san Pablo: Nemo te contemnat (Tit., II, 15), alguna vez han de tener lugar; y en todo tiempo deben tenerle en el sentido legítimo en que fueron escritas.
La razón principal de esta doctrina es, porque los beneficios eclesiásticos, o sus rentas, no son bienes propios de los que las tienen, sino bienes encomendados, y patrimonio de Cristo, para el alimento y decencia del ministro de Dios; y lo que resta es para los pobres del Señor. Por lo cual, y por el juramento que tienen hecho, no pueden en buena conciencia dejarlas perder. Véase el sagrado concilio Tridentino (Sess., XXII, c. 11).
Lo mismo se deberá decir de todos los que tienen haciendas encomendadas de pupilos, hospitales, confraternidades, y otras semejantes de lugares pios, porque ninguno tiene autoridad bastante para menoscabar, ni dejar perder los bienes temporales que no son suyos propios; y porque de un caso semejante a otro se discurre de una misma manera, conforme aquella ley justificada, que dice: Ubi est eadem vatio, ibi idem jus esse debut.
Lo que a todos importa, así seculares, como eclesiásticos, es no suscitar pleitos voluntarios; porque los gastos en cualquier género de pleitos regularmente son grandes; y es culpa grave el hacer gastar a otro sin causa, sobre otros muchos y grandes inconvenientes, que los pleitos llevan. Muchas veces conviene mas el padecer algún detrimento, que el entrar en pleito, como nos lo enseña el apóstol san Pablo (I Cor., VI, 7).
El pleitear ha de ser a mas no poder, como dejamos dicho. Los hombres de buena razón no han de ser litigiosos: entre los presumidos y soberbios hay siempre discordias, dice el Sabio. Y el apóstol encarga mucho a los prelados eclesiásticos que no sean litigiosos.
La regla prudente parece debe ser, que jamas se entre en pleito sin el sano consejo de personas doctas, virtuosas y desapasionadas, por cuyo dictamen se justifique la causa para con Dios y para con los hombres. El Espíritu Santo dice, que el consejo del hombre temeroso de Dios y pacífico debe ser muy atendido sobre otros muchos de hombres doctos.
Bienaventurados son los pacíficos, dice Cristo Señor nuestro, porque ellos serán llamados hijos de Dios. En ellos está la verdadera sabiduría, y saben distinguir lo precioso de lo vil. El hombre perverso levanta pleitos enfadosos con leves causas, dice Salomón; mas el temeroso de Dios y prudente compone las discordias. El Señor nos dé paz. Amen.

Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA
1866

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