viernes, 3 de diciembre de 2010

PERITAJES MÉDICOS Y BIOLÓGICOS

LA COLABORACIÓN RELIGIOSA DEL MEDICO
PERITAJES MÉDICOS Y BIOLÓGICOS
A) Para el reconocimiento de milagros:
Valor apologético de los milagros módicos. — Proclamado por Cristo. Los milagros médicos no han dejado, al cabo de veinte siglos, de comprobar la verdad de la Iglesia.
Beatificaciones y canonizaciones. — Médico de cabecera. Médicos peritos en reliquias. Médicos peritos en los hechos médicos del proceso. Los milagros admitidos en apoyo de la canonización, se cuentan entro los hechos mejor comprobados de la ciencia médica.
Los fenómenos biológicos extraordinarios. — Situación difícil del perito médico: insuficiencia de los conocimientos médicos especiales, insuficiencia de los conocimientos religiosos. Conducta necesaria.
Constatación de los milagros. — Deber de reconocerlos en la práctica médica, de informar exactamente a la familia y, si hace falta, de establecer la observación exacta.
Peregrinaciones. — Advertencia del médico; examen antes de la partida; certificados. Médico de peregrinación. Verificaciones. — Oficina de comprobaciones médicas. Control hebreo. Control en la Edad Media. Oficina de Lourdes. Oficina de Fatima.
B) En materias religiosas y eclesiásticas:
Admisión al sacerdocio. — Obstáculos de orden médico. Dispensas. Ineptitud adquirida.
Admisión en las Ordenes religiosas.
Examen prenupcial.
Nulidad del matrimonio. — Dispensa por matrimonio no consumado. Declaración de nulidad.
Derogación de las leyes de la Iglesia.

A) PERITAJES MÉDICOS Y BIOLÓGICOS PARA EL RECONOCIMIENTO DE MILAGROS
Valor apologético de los milagros
Tal vez como premio por el espíritu de caridad que debe animarle, el médico ha recibido el magnífico privilegio de ser el hombre de ciencia que más a menudo está llamado a dar fe de Dios.
El conocimiento de Dios nos está dado por una parte por la Revelación, y por otra por la Razón, apoyada en la filosofía y en la ciencia. La Fe corona nuestro esfuerzo hacia la verdad.
Ahora bien, la prueba científica de la Divinidad o de la intervención divina, se obtiene generalmente mediante la medicina: San Lucas, el médico evangelista, nos cuenta la visita de los enviados de Juan el Bautista a Jesús:
"Y ellos, llegados a El, dijeron: Juan nos ha enviado para preguntaros: ¿Sois vos el que ha de venir o es otro el que esperamos?
"A esa misma hora Jesús sanó a muchos de sus enfermedades y llagas, y los libró de los espíritus malos y devolvió la vista a muchos ciegos.
"Y después de esto, les respondió: Id y anunciad a Juan lo que habéis visto y oído; que los ciegos ven, los cojos caminan, los leprosos están purificados, los sordos oyen, los muertos resucitan y el Evangelio es predicado a los pobres:
"Y bienaventurado aquel que no se escandalizare por mí." (Lucas, VII, 20-23).
Nuestro Señor da expresamente el milagro médico como prueba de la potencia divina: Para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados (dice al paralítico): Yo te ordeno, levántate, toma tu lecho y vete a tu casa (Lucas, V, 24).
Y finalmente lo da como prueba de la misión de los apóstoles y de sus sucesores:
"Id por todo el universo y predicad el Evangelio a todas las criaturas...
"Y he aquí los milagros que harán los que creerán... impondrán sus manos sobre los enfermos y los enfermos sanarán ...
"Y se fueron y predicaron por doquiera, obrando con ellos el Señor y confirmando su palabra con los milagros que la acompañaban." (Marcos, XVI, 15-20).
Al cabo de veinte siglos, Nuestro Señor no ha dejado de confirmar la palabra de su Iglesia con los milagros de "los que creen"; por eso, con excepción de los mártires, nadie es inscripto en el catálogo de los Santos, si su virtud no ha sido confirmada por milagros obtenidos gracias a su intercesión. Esos milagros, en su mayoría, son curaciones, y es el médico a quien corresponde establecer su realidad y su carácter de derogación de las leyes naturales. La ciencia médica resulta así la base de las honras que se tributan a los Santos.

Beatificación y Canonización
Para la Beatificación se necesitan por lo menos dos milagros; y para la Canonización dos más obtenidos después de la Beatificación.
La colaboración de los médicos es requerida a menudo en el proceso de canonización.
Desde las primeras diligencias de la Postulación oficial sobre las virtudes del piadoso personaje considerado, se reúnen naturalmente los documentos y certificados médicos que establecen la existencia de curaciones milagrosas. Cuanto más el médico de cabecera haya seguido a su enfermo en forma científica, apoyando y controlando su diagnóstico con los medios adecuados, cuanto más haya mantenido al día con exactitud la observación de su enfermo, cuanto más pronto y minucioso haya sido en sus comprobaciones sobre la curación y las condiciones en que se ha realizado, tanto mayor probabilidad de ser aceptada tendrá la Postulación de la Causa. Cualquier médico de cabecera, que no atienda a sus enfermos en forma científica y metódica, muy a menudo falta a su deber para con ellos; pero también se expone a dejar de ser el testigo de Dios. El Postulador de la causa lleva a Roma los documentos médicos y otros que haya recogido. La Congregación de Ritos los estudia, y, si el examen es favorable, el Papa pronuncia la heroicidad de las virtudes del piadoso personaje, que recibe el título de Venerable.
El Obispo de la diócesis nombra a dos médicos peritos. Se abre el sepulcro. Los médicos examinan los restos y hacen de los mismos una descripción minuciosa. Su informe se agrega al legajo. El cuerpo vuelve a ser colocado bajo tierra.
Remitiendo el legajo a la Congregación de Ritos, ésta nombra también a dos peritos médicos, para examinar los informes médicos que contiene. Estos deben establecer sobre todo si se ha probado la existencia de la enfermedad, su gravedad en el instante mismo de la curación, la imposibilidad de una regeneración de los tejidos por las fuerzas naturales, a causa de la instantaneidad. La Iglesia admite dos clases de instantaneidad: la absoluta, en la que la curación es repentina, fulminante; y la moral. En esta última la curación puede haberse realizado más lentamente, pero es necesario demostrar que ese lapso es demasiado breve para que las fuerzas naturales hayan podido actuar: se trata de la ausencia del factor tiempo.
Para que los peritos médicos puedan juzgar con plena libertad de conciencia, prestan juramento de no hablar con nadie del trabajo que les ha sido encomendado; sus nombres se mantienen en secreto y entre ellos mismos se ignoran. Si ambos concuerdan en decir que la curación puede explicarse por medios naturales, el milagro es rechazado; si en cambio ambos reconocen el milagro, la Congregación acepta el ensayo, y lo discute. Si uno de los peritos es favorable y el otro contrario, se nombra a un tercero para dirimir el caso. Durante el curso de las discusiones, ocurre a menudo que el Promotor de la Fe (el abogado del diablo) exige un nuevo peritaje. También los Cardenales tiene el derecho de pedir nuevos peritajes. Es así como un milagro ha dado lugar a siete peritajes (Dr. Le Bec).
Las conclusiones de los peritos son discutidas, punto por punto, por el Promotor de la Fe que se esfuerza para destruir sus afirmaciones. Los Abogados defensores rebaten sus argumentos. El tribunal tiene entonces en sus manos todos los elementos de juicio.
El Cardenal Prefecto de la Congregación de Ritos redacta una petición en la que hace un resumen de la discusión, acompaña las pruebas aportadas, indica la opinión favorable del Tribunal y suplica al Santo Padre dar una sentencia conforme a la opinión de los jueces. El Papa examina siempre los documentos que se le someten, antes de emitir su sentencia.
Proclamada la Beatificación, se hace un segundo reconocimiento de los restos, siempre con la colaboración de médicos peritos. Pero esta vez se colocan las reliquias sobre el Altar y al Bienaventurado puede rendirse un culto restringido.
Se sigue el mismo procedimiento con los milagros presentados para la Canonización.
Debemos advertir que la Iglesia no exige que creamos como dogma de Fe, en los milagros registrados en el proceso de canonización. Las promesas de Nuestro Señor los hacen posibles; las virtudes de los Santos los hacen verosímiles; la ciencia médica brinda las pruebas en la medida de su capacidad. Esta capacidad es limitada; puede hacer errores de comprobación y de interpretación. La Iglesia, cuando ha hecho todo lo posible para fundar su certeza, nos invita a adherirnos a esa certeza y a veerar el signo de Dios;pero no nos lo impone. Sin embargo, el carácter de la evidencia de los milagros comprobados, las garantías acumuladas por la Iglesia para el contralor de las curaciones menos frecuentes, aseguran a los milagros admitidos por la Congregación de Ritos una credulidad por lo menos igual y muy a menudo infinitamente superior a los hechos médicos aceptados como base de toda la ciencia médica. Se puede afirmar que esos milagros se cuentan entre los conocimientos mejor establecidos de la medicina. Y en ellos es fácil admirar la obra de Dios.

Los fenómenos biológicos extraordinarios
Además de la apreciación de las curaciones milagrosas ocurridas a la muerte de los Santos, la Iglesia recurre al peritaje médico por todos los fenómenos biológicos extraordinarios que interesan la vida religiosa.
Por eso los médicos son llamados a examinar a los extáticos, a los visionarios, a los estigmatizados, a los "inédicos" (ayuno absoluto), a los posesos y a los pacientes de enfermedades sobrenaturales.
En exámenes de este carácter es indispensable la mayor prudencia y el método más cuidadoso. Si el fenómeno es sobrenatural, el perito médico es un verdadero testigo de Dios, ya sea que deba comprobar la acción divina, ya sea que le toque desenmascarar la intervención diabólica. Por el contrario, si es natural, sería profundamente lamentable que el médico no supiera probarlo. Dos escollos amenazan al médico durante esos peritajes. Por una parte, él mismo puede ser poco competente acerca de los fenómenos biológicos del caso; a veces hasta los mismos especialistas tienen dificultades en ver claro; por otra parte, por el hecho de su formación universitaria laica, el médico ignora los hechos análogos a los que debe apreciar o posee de ellos solamente un conocimiento muy superficial. La vida de las personas humanas que presentan fenómenos biológicos extraordinarios, coloca a menudo en situación desairada la clarividencia de los médicos consultados. Tiene suma importancia para el buen nombre de la medicina y el bien de la religión, que esos peritajes médicos sean llevados en forma adecuada.
Las siguientes reglas podrán ser útiles en el caso:
1. Hacer una observación médica muy completa y cuidadosa, y mantenerla al día.
2. Reunir la mayor cantidad de documentos objetivos posibles: fotografías de las lesiones, análisis de la sangre, de los excrementos, etc., pesos, metabolismo basal, etc.
3. Controlarlos como si se tratara de una simulación que hay que desenmascarar.
4. Tener la máxima discreción para con el paciente y sus familiares y amigos, para evitar cualquier sugestión.
5. No vacilar en pedir el examen por especialistas competentes.
6. Buscar toda la documentación que concierne a casos análogos. Pero esa documentación no ofrecerá ventajas, si el médico no tiene un conocimiento básico de la medicina católica: sería lo mismo que una persona que hojea un diccionario de medicina o un estudiante frente a sus libros de medicina o de patología: o se siente perdido o cree reconocer su caso en el primero que se le presenta. Ya que cualquier médico puede ser llamado a examinar fenómenos biológicos que se presume ser de origen sobrenatural, es indispensable que el médico católico se halle al corriente de la medicina católica y, con una participación activa en los trabajos de la Asociación de San Lucas, desarrolle y asegure sus conocimientos desde este punto de vista.
7. Organizar el peritaje rápidamente y con la mayor exactitud. Dado el interés espiritual en juego, la duda debe durar el menor tiempo posible. Por otra parte, como hay que descubrir la simulación o la sugestión, si existen, una encuesta gradual corre el peligro de educar al sujeto y hacer difícil el esclarecimiento del caso. Esta condición exige también la preparación anterior del médico para su cometido y requiere que la realización y combinación de los varios exámenes y de los especialistas se cumpla sin prórrogas ni dilaciones.
8. Armarse de paciencia y esperar, observándolo todo, los resultados de la encuesta teológica que corroborarán, rectificarán y aun anularán las conclusiones médicas. No se trata de amor propio, se trata de ciencia; cuando están en juego fenómenos comunes a dos disciplinas intelectuales o a dos ciencias, la conclusión definitiva se adquiere solamente cuando los dos métodos han comprobado mutuamente sus resultados. Y en los fenómenos médico-religiosos, es siempre a la teología a la que corresponde decir evidentemente la última palabra.

Constatación de milagros
Al lado de los casos en que la Iglesia pide oficialmente la opinión del médico, se halla el caso, mucho más frecuente, que entre la clientela del médico ocurre de curaciones inesperadas. Si el enfermo o su familia interroga al médico acerca de la posibilidad de una intervención sobrenatural, éste deberá hacer su pericia ante su conciencia y responder como si lo hiciera ante la Congregación de Ritos. En materia religiosa es inadmisible la ligereza. Sin duda, Dios puede haber intervenido en curaciones de carácter más natural, más no es esto lo que el enfermo o los familiares preguntan. Quieren saber si hay la probabilidad o la casi-certeza material de la intervención divina: deber del médico es responder lo más exactamente posible.
Creemos también que ante una curación inesperada, el médico no debe ocultar la sorpresa por esa feliz solución y está aun obligado a realizar una pequeña encuesta, con toda discreción, acerca de las condiciones espirituales posibles que la hayan favorecido.
En efecto, es más que justo que se sepa a quién es necesario agradecer. Y el médico, haciendo ese análisis de las condiciones de cura de sus enfermos, en lugar de conformarse con la simple satisfacción pasiva de considerar terminado el caso, tendrá a menudo la dulce emoción de advertir la obra divina. Además, la curación reconocida como por causa sobrenatural probable, podrá manifestarse públicamente con un ex-voto o también acreditarse en el expediente de un nuevo santo. La ciencia del médico que haya sabido establecer exactamente su diagnóstico, asegurar su pronóstico y medir las fuerzas eficaces en la curación, habrá contribuido de esta manera a la gloria de Dios.

Peregrinaciones
El acto de devoción que consiste en ir a venerar el sepulcro o el lugar en que vivió un Santo, el lugar donde se realizó un gran milagro, o aquél en que se han presentado apariciones celestiales, ha gozado siempre del favor de los pueblos cristianos; ha sido alentado por la Iglesia y premiado por el Cielo con numerosas gracias.
El papel del médico es variado.
A veces es consultado por un enfermo que quiere hacer solo su peregrinación y que pregunta si le es posible llevarla a cabo. Si se trata de una afección en la cual resulta indiferente el traslado, la contestación es fácil; pero si se trata de una enfermedad para la que el desplazamiento podría llegar a ser factor de agravación, la respuesta es más delicada. Parece que en el caso en que la curación natural es posible y peligra al ser comprometida por un viaje, la peregrinación debe ser desaconsejada neta y firmemente: Si "Dios ha hecho al médico", según la frase de las Escrituras, es evidente que somete al enfermo a las leyes de la naturaleza creada, hasta donde puedan ser utilizadas con eficacia. Si la curación natural es imposible, no queda más que advertir al enfermo la posibilidad de una agravación y aun de un accidente fatal. Corresponde que él o sus familiares decidan; toda oposición del médico está fuera de lugar, porque sabe que su papel ha terminado. Sería cruel —por una débil probabilidad de sobrevivencia— impedir al enfermo que siga su deseo, y reciba la recompensa material o espiritual de su acto de fe.
Es inútil insistir sobre el deber del médico de verificar antes de la partida del enfermo, el estado del mismo muy exactamente y en la forma más objetiva posible, para que, en caso de curación, se pueda atribuir a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César; y no se deje de ser, eventualmente, un testigo del Señor.
En el caso de las peregrinaciones colectivas, el médico de cabecera del enfermo es consultado naturalmente acerca de la oportunidad del viaje. Además, generalmente, debe llenar o extender un certificado médico, exigido por la dirección de la peregrinación, tanto para la clasificación y la distribución de los enfermos, como para la comprobación de una curación milagrosa en los casos en que se produjera. Cabe insistir sobre la necesidad de que el médico establezca esos certificados muy cuidadosamente, citando, en forma pormenorizada y precisa, los síntomas efectivos presentados por el enfermo. Ha ocurrido que esa búsqueda de los signos objetivos que deben consignarse en el certificado, ha demostrado lagunas en los exámenes anteriores y ha permitido rectificar diagnóstico y tratamiento. Obligar a ejercer mejor la medicina es una ventaja muy poco esperada y sin embargo real de una peregrinación. ¿No se ha visto a muchos médicos cambiar su diagnóstico después de la curación?
Evidentemente, es preferible para el honor de la medicina y la gloria de Dios, que antes de la partida del enfermo se establezca y se redacte por escrito un diagnóstico absolutamente exacto y apoyado en comprobaciones tangibles y ciertas. Es el único medio de evitar la sospecha de complacencia o de sectarismo.
El médico puede también cumplir las funciones de médico de la peregrinación.
Ha de dar consejos útiles para la organización del tren: elección de coches, distribución de enfermos por categorías, número y categoría de enfermeros y enfermeras, farmacia e instrumental que deba llevarse, alimentación de los enfermos durante el viaje, etc.
Debe verificar los certificados de los enfermos, pedir a los médicos de cabecera indicaciones complementarias y si es necesario, provocar exámenes auxiliares.
Ya sea antes, ya sea durante el curso del viaje, es conveniente que conozca sumariamente a sus enfermos; una simple identificación, un examen del aspecto, del pulso, una mirada sobre una lesión fácilmente accesible bastan a menudo para confirmar un certificado, para formar una convicción personal.
Durante el viaje son corrientes sólo los cuidados de urgencia. Dado que el enfermo ha optado por una terapéutica espiritual, se le debe distraer lo menos posible de sus oraciones, su meditación, su acto de fe. El médico de una peregrinación no es más un médico de enfermos, es un médico de peregrinos, lo que es muy distinto. Todos los libros de deontología, cualesquiera que sean, todos los artículos y libros sobre la carrera médica, hablan del socorro moral que el profesional ha de aportar a sus enfermos. El médico de una peregrinación debe comprender a los enfermos que acompaña, participar de su fe, de su espíritu de sacrificio y de confianza. No está allí para curar sus enfermedades, sino para ayudarles a hacer el viaje, para ayudarles a orar mejor y a cumplir sus actos de devoción. Está allí además para reconocer la mano de Dios, cuando ella se manifiesta. Y eso ha de dictarle sus sentimientos y su conducta.
En la meta de la peregrinación, el médico debe continuar tratando de comprender a sus enfermos, de darles naturalmente los cuidados indispensables y ser siempre accesible. Realmente debe impartir la orden formal de que se le avise al menor cambio en el estado de un enfermo; la verificación de la modalidad de la curación reviste la máxima importancia. En el caso de la curación gradual de lesiones visibles, el médico debe tratar de hacerse asistir por dos o tres testigos competentes, a quienes hará conocer los fenómenos característicos. Una observación escrita debe redactarse a la mayor brevedad, haciéndola firmar por los testigos y apoyándola con todos los documentos (fotografías, mediciones, etc.) que haya sido posible obtener.
Tampoco el viaje de regreso ha de ser descuidado. Se trata todavía de una peregrinación, pero el médico comienza a recobrar sus derechos. Sin duda, los enfermos no curados han recibido casi todos la gracia de la aceptación serena de su mal; pero el médico no puede olvidarlo y ha de ayudar a los enfermos a soportarlo.

Oficinas de comprobaciones médicas
Uno de los primeros ejemplos de oficina de contralor médico, acerca de los hechos médico-religiosos, nos lo ofrece la verificación de la curación de los leprosos, que hemos visto prescripta en el Levítico. Nuestro Señor también envía a los diez leprosos que ha sanado, a mostrarse a los sacerdotes (Lucas, XVII, 14).
La era cristiana nos recuerda peritajes médicos ordenados por la Iglesia, pero no una organización permanente de contralor, hasta la fundación de la Oficina de Comprobaciones de Lourdes, en el siglo XIX. Entretanto, posiblemente no hay más que ignorancia de nuestra parte. Muchos santuarios registraron y registran las gracias que se obtienen en ellos. Dada la frecuencia de sacerdotes o monjes médicos durante los primeros quince siglos, es verosímil que el contralor médico real se haya ido instituyendo automáticamente. Y si juzgamos por la severidad a veces brutal de los peritajes médicos que nos consignan las vidas de los Santos, el contralor no debía ser siempre fácil de vencer.
De cualquier manera, la separación de la medicina y de la religión ha suprimido la permanencia del contralor médico donde pudo existir. Las curaciones registradas en los santuarios fueron verificadas de acuerdo con la diligencia y la iniciativa de los capellanes.
Lourdes presentó el problema bajo nueva luz. Por una parte las curaciones fueron de tal modo frecuentes que resultaron como una verdadera característica de ese nuevo santuario. Además, por otro lado, la Ciencia, en un arranque algo romántico, construyó sus dogmas siempre ajenos a la relatividad. La frecuencia y la fama de las curaciones de Lourdes se convirtieron en testimonio ruidoso de la omnipotencia divina y de la verdad católica, pero solamente una comprobación "científica" podía prestarles todo su valor apologético.
Una Oficina de Comprobaciones médicas fué organizada en 1882 por el Dr. de Saint-Maclou y alcanzó considerable desarrollo bajo la dirección del Dr. Boissarie, que fué su presidente de 1891 a 1917.
La Oficina está instalada en locales de la rampa derecha que sube a la Basílica. Comprende una sala de sesiones, consultorios de examen, archivos. A su cabeza se halla el Presidente, nombrado por el obispo de Tarbes y Lourdes. Generalmente le asiste un secretario. Los miembros de la Oficina son todos los médicos que se presentan, cualquiera sea su nacionalidad y su religión. Todos los médicos de paso por Lourdes son invitados cordialmente a ir a la Oficina. Se les confiere el derecho de acceso a los Hospitales y a las Piscinas; se los ubica inmediatamente detrás del palio, durante la procesión del Santísimo al atardecer, lo que les permite observar exactamente a los enfermos, en ese momento, en que se realizan a menudo las curaciones. Además se les invita a verificar las curaciones actuales y las pasadas. Para cada caso se pide a dos o tres entre ellos, de acuerdo con su especialidad, que lo examinen e informen. Su relación es discutida por los médicos presentes y el Presidente pone a votación finalmente las siguientes preguntas:
¿Ha existido realmente la enfermedad?
¿La curación es completa?
¿Procede la curación de un proceso natural?
Rara vez las decisiones se toman inmediatamente después de la curación; por un lado, en ese momento los legajos son casi siempre insuficientes; por otro, importa que la curación haya sido confirmada por lo menos por un año de buena salud constante. Este plazo permite todas las verificaciones complementarias y brinda la oportunidad de que se oigan las críticas y las objeciones. El contralor, pues, es tan completo como lo consiente la ciencia humana.
Finalmente las principales historias clínicas de las curaciones se publican en el Bulletin de l'Association medicale internationale de Nótre-Dame de Lourdes.
Para cualquier información dirigirse al Presidente del "Bureau des Constatations" de Lourdes.
El ejemplo de esta organización fue seguido en Fatima, el Lourdes portugués. Sólo algunos años después de la Aparición de 1917, fue erigido un pabellón frente a la Capilla, para abrigar a los enfermos. En 1925 la instalación de estos últimos estaba dirigida por dos médicos de Lisboa. En 1926 el puesto de verificación médica a la llegada de los enfermos fue organizado y funciona con la colaboración de numerosos médicos. La admisión al pabellón se resuelve después de un examen y del control de los certificados médicos. En caso de curación, una Oficina de Comprobaciones médicas realiza las verificaciones y las encuestas indispensables. Los médicos son ayudados por estudiantes de medicina. Se han registrado curaciones notables.
La organización de Oficinas de Comprobaciones médicas, en los santuarios con curaciones frecuentes, tiene una gran importancia desde el punto de vista científico y apologético. Los diagnósticos se pasan a través de un tamiz infinitamente más cerrado que el de cualquier concurso o examen de Facultad, y las curaciones no se excluyen del proceso natural más que cuando no hay posibilidad de hacerlo en otra forma. La intervención sobrenatural, pues, se establece por lo menos con una solidez que no alcanzan nuestra conclusiones médicas habituales.

B) PERITAJES MÉDICOS EN MATERIA RELIGIOSA Y ECLESIÁSTICA
Admisión al sacerdocio
Nadie puede ser admitido al sacerdocio, si no presenta las cualidades físicas y mentales exigidas: en línea general, deben permitir el ejercicio de las funciones sacerdotales y eso en forma decente, sin suscitar repulsión o ridículo. Ciertos defectos prohibitivos son evidentes y no necesitan peritaje médico; otros, más difíciles de apreciar, deben ser objeto de un examen y de una relación médica. Mas algunos defectos prohibitivos, con certificación médica, pueden dar lugar a una dispensa, que autorizará la admisión en las Ordenes. Además algunos de esos defectos, al surgir en un sacerdote, pueden, ya incapacitar para la celebración de los oficios divinos, ya permitirlos solamente mediante una dispensa. Por ello el peritaje médico tiene varias finalidades:
1. Establecer la no existencia de ciertos defectos que eliminarían a un candidato al sacerdocio;
2. Comprobar la existencia de sus defectos;
3. Establecer el grado de tales defectos, como para permitir la dispensa;
4. 5 y 6. Las mismas operaciones, pero sobre un sacerdote, para establecer su aptitud para continuar ejerciendo funciones sagradas.
Este problema se estudiará cuando tratemos de las Ordenes.

Admisión en las Ordenes religiosas
La admisión en las Ordenes religiosas da lugar a peritajes análogos, que deberán tener en cuenta las reglas propias de cada Orden o Congregación, y también el modo de vida que en ellas se practica.

Examen prenupcial
La Iglesia, en previsión de cierto número de casos de nulidad del matrimonio por razones anatómicas y fisiológicas, considera a veces necesario ese examen; pero no existen reglas al respecto y el examen se deja a la diligencia de los interesados.

Nulidad del matrimonio
Celebrada la ceremonia nupcial, puede llegar el momento en que se crea que el matrimonio es inexistente y susceptible de ser declarado nulo. Dos procedimientos se ofrecen a los interesados.
1° La dispensa de un matrimonio no consumado. — La parte demandante dirige una súplica al Papa, exponiendo su situación, sus deseos y, sumariamente, los hechos. La Congregación de Sacramentos encarga al Ordinario una encuesta. El oficial interroga a los esposos y sus testigos; impone los peritajes médicos necesarios para determinar la consumación. Él expediente anotado por el defensor del vínculo y por el obispo, vuelve a la Congregación. Esta lo examina, llega a la conclusión del rechazo o de la dispensa, y el Papa decide en última instancia. Se trata de una medida de gracia de parte del Soberano Pontífice, que puede rehusarla a pesar de la no consumación.
2° Proceso de declaración de nulidad del matrimonio. — Son competentes en primera instancia el tribunal diocesano o la Curia; en segunda instancia y en apelación, el tribunal metropolitano; en tercera instancia (a veces en segunda) el tribunal de la Sagrada Rota romana. La parte demandante dirige al Obispo local una petición, indicando los motivos por los cuales inicia el proceso. La instrucción es dirigida por el Provisor (Presidente del Tribunal Diocesano). Es en este momento que se piden los peritajes médicos, cuando el proceso se funda en una causa médica de nulidad. Terminada la instrucción, la documentación se envía sucesivamente a los abogados que litigan por escrito. Finalmente cada uno de los tres jueces examina por separado la causa. El día establecido, votan; la decisión se toma por mayoría de votos.
Si el matrimonio es declarado nulo, el defensor del vínculo apela de oficio. Si es declarado válido, corresponde al demandante apelar, cuando lo estima conveniente.
El Tribunal de Apelación (metropolitano o Sagrada Rota) completa el expediente como mejor opina; ordena, si es necesario, nuevos peritajes y emite sentencia. Si ésta confirma la anterior, el juicio es definitivo; si es divergente, se puede o se debe apelar nuevamente. En efecto, son necesarias dos sentencias favorables a la nulidad, para que las partes recobren su libertad. Por otra parte, en caso de que aparezcan hechos nuevos que demuestren ulteriormente la validez del matrimonio, la sentencia pierde su valor, porque afirmó una nulidad que no existía realmente.

Derogación de las leyes de la Iglesia
Puede solicitarse la opinión del médico para la dispensa del ayuno y de la abstinencia.
Son necesarios certificados médicos para apoyar ante Roma los pedidos de dispensa del ayuno eucarístico en ciertos casos que estudiaremos al hablar de la Santa Comunión.
Certificados médicos pueden ser solicitados también para ser dispensado de ciertos votos cuyo cumplimiento se ha hecho imposible por el estado de salud.
En este orden de ideas, se solicitará la opinión del médico para dispensar a un religioso de ciertas obligaciones de su regla, para permitir la salida de un religioso enclaustrado en vista de una operación o de un tratamiento, y finalmente, para dispensar definitivamente de sus votos a un religioso a quien la salud ha hecho imposible la vida en la Orden.


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