lunes, 6 de diciembre de 2010

La redención. ¿Castigó Dios al inocente?

Cuando decimos que Jesucristo expió nuestras culpas y nos redimió, ¿no queremos decir que con su doctrina y ejemplo nos libró del pecado?
—No, no queremos decir eso, pues decirlo equivaldría a negar la divinidad de Jesucristo. Es cierto que Jesucristo hizo un bien incomparable a los hombres con su doctrina y buen ejemplo de vida; pero expiación significa algo más que todo eso. Jesucristo nos mereció la salvación muriendo en la cruz, muerte afrentosa que El aceptó libremente y de buen grado de manos de su Padre, que se la ofrecía, y por puro amor a los hombres. Tomó para Sí la deuda de nuestros pecados y satisfizo a Dios por ellos. El pecado nos tenía cautivos, y El nos redimió de esa esclavitud, comprándonos, además, la libertad de hijos de Dios. El Concilio de Trento recopiló en una definición lo que había sido ya admitido y declarado por otros muchos Concilios, tanto generales como provinciales: «El pecado original se borra por los méritos de un Mediador, Nuestro Señor Jesucristo, que con su sangre nos reconcilió con Dios» (sesión 5, cap. 3). «La causa meritoria de nuestra justificación es Nuestro Señor Jesucristo, que con su Pasión en la cruz satisfizo por nosotros a Dios su Padre» (sesión 6, cap. 7).
Tanto los Evangelios como las epístolas de San Pablo abundan en textos que declaran abiertamente la doctrina de la redención. San Mateo nos dice en el primer capítulo de su Evangelio que en el mismo nombre de Jesús está simbolizada su misión redentora: «porque El salvará a su pueblo de sus pecados» (I, 21). Jesucristo previo con toda certidumbre su muerte, y la aceptó como parte esencial de su divina misión (Mar VIII, 31; Mat XVI, 21). El mismo Jesús dijo que había venido «a dar su vida por la redención de muchos" (Mat XX, 28). «Esta es mi sangre del Nuevo Testamento, que será derramada para beneficio de muchos, redimiéndolos de sus pecados» (Mat XXVI, 26; Mar XIV, 24). Y San Juan en su evangelio dice que «tanto amó Dios al mundo, que por él entregó a su Hijo unigénito» (III, 16); que el buen Pastor da la vida por sus ovejas (X, 10-15); que Cristo prometió atraer hacia Sí a todos los hombres desde la cruz XII, 36).
Las epístolas de San Pablo nos dicen de mil maneras que Jesucristo con su sangre nos rescató de la esclavitud del pecado: «En quien por su sangre logramos la redención». «Ahora que creéis en Jesús, vosotros, que en otro tiempo estabais alejados de Dios y de sus promesas, os habéis puesto cerca por la sangre de Cristo.» "La sangre de Jesucristo, que por impulso del Espíritu Santo se ofreció a Sí mismo inmaculado a Dios, limpia íuestras conciencias de los pecados para que tribútemos un verdadero culto al Dios vivo.» «Por cuya sangre hemos sido rescatados y recibimos la remisión de los pecados.» «Plugo al Padre reconciliar por El todas las cosas consigo, restableciendo la paz entre cielo y tierra por medio de la sangre que derramó en la cruz.» "Una es el mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, que se dio a Sí mismo en rescate por todos.» No conviene, sin embargo, dejarlo todo a merced de la Pasión de Jesucristo. Es cierto que nos rescató del pecado, pero no nos perdonó nuestros pecados actuales; nos dio, sí, los medios suficientes para que salgamos del pecado, pero tenemos que hacer por salir de él. Una vez que Jesucristo nos reconcilió con su Padre, nos dejó su Iglesia con siete sacramentos, medios aptísimos para salir del pecado y enriquecernos con la gracia santificante. Jesucristo mismo lo dijo: «Quien no renaciere por el bautismo del agua y gracia del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de los cielos» (Juan III, 5). Y si después del bautismo caemos en pecado mortal, tenemos que acudir al sacramento de la Penitencia (Juan XX, 21-23), para que los ministros del Señor nos los perdonen en la confesión: «Quedan perdonados los pecados de aquellos a quienes los perdonareis, y quedan retenidos a aquellos a quienes los retuviereis.»

¿Fue Dios justo al castigar a su Hijo inocente por los pecados de los hombres?
—Para Dios, Jesucristo en la cruz no era un enemigo, como exageradamente dijeron Bossuet y Bourdaloue en sus vuelos oratorios; pues no se le ocultaba a Dios que su Hijo era «santo, inocente, inmaculado (Hebr VII, 26), que no tenía que pagar por Sí, sino que pagó y sufrió por nosotros, tomando sobre Sí el castigo de nuestros pecados». Dios había determinado que el hombre, para salvarse, debía satisfacer por sus pecados, y si no satisfacía, se condenaría. De hecho, el hombre no podía satisfacer como convenía. Jesucristo, entonces, en prueba de lo que nos amaba, se ofreció a pagar lo que nosotros debíamos, es decir, se abrazó libremente con el castigo del pecado para merecernos medios de satisfacer que nosotros no teníamos. Su satisfacción no fue el traspaso del castigo del pecador al justo, sino el traspaso al pecador de los méritos del justo.

BIBLIOGRAFÍA.—Bérgamo, La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, meditada. Chafanjon, El crucifijo. Faber, La preciosa sangra. Goma, Jesucristo redentor. Groenings, Historia de la Pasión. La Palma, historia de la sagrada Pasión. Lucas, La Santa Imagen del crucifijo. Soto, La Pasión de Cristo. Vilariño, El crucifijo. Vitali, La agonía de Nuestro Señor Jesucristo. Zameza, Luces de redención.

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