jueves, 2 de diciembre de 2010

El dogma de la maternidad divina en la Sagrada Escritura y en la tradición católica.—Antigüedad del título de "Madre de Dios".

"Si alguno rehusa confesar que el Emmanuel es verdaderamente Dios y que, por tanto, la Santísima Virgen es Madre de Dios, pues dio a luz según la carne al Verbo de Dios encarnado...; sea anatema" (1).
Esta es la definición que solemnemente dio el Concilio de Efeso, tercero de los ecuménicos, contra la herejía de Nestorio; definición reiterada algunos años después (451) por el Concilio de Calcedonia y confirmada aun más expresamente por el Concilio segundo de Constantinopla, quinto entre los ecuménicos (2).
Enseñan, pues, los Concilios que María es real y es verdaderamente Madre de Dios. Esta definición de los Concilios no introdujo un dogma nuevo; fue solamente la sanción oficial de la fe de la Iglesia, sanción a la que dio lugar la negación sacrílega de los innovadores.
I.—En efecto, nada hay en las Sagradas Escrituras atestiguado con más claridad que la maternidad divina de la Santísima Virgen. Las Sagradas Escrituras, esto es, el mismo Espíritu Santo que las inspiró, afirman con clarísima certeza, no sólo que la Santísima Virgen es madre de Jesús, sino que el Hijo concebido en sus entrañas es el mismo Hijo de Dios, el Verbo eternamente engendrado por el Padre, y Dios como Él. Leed el mensaje que el ángel Gabriel llevó a la Virgen María: "He aquí que concebirás y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y se llamará el Hijo del Altísimo... El Espíritu Santo descenderá sobre ti y te cubrirá con su sombra. Y por esto el Santo que nacerá de ti será llamado el Hijo de Dios" (3).
¿Cómo es posible no ver en estas palabras la divinidad del Hijo, y, por consiguiente, la maternidad divina de la Madre? El hijo que ella va a concebir y va dar a luz, es el Santo, el Santo por excelencia; es el Hijo de Dios, de Dios Altísimo; no hijo adoptivo, no un hijo por gracia como los que por mediación de Jesucristo recibirán el ser de hijos de Dios, sino el Hijo de Dios por naturaleza, el Hijo unigénito, el Hijo propio de Dios, el verdadero Hijo, como Jesús se llamará a sí mismo y como lo proclamará su padre desde lo alto de los cielos.
Cuando leemos en San Juan que el Verbo que desde el principio estaba con Dios y era Dios; cuando leemos que el Verbo por quien todas las cosas fueron hechas, que es fuente de vida, luz que ilumina a todos los hombres que vienen a este mundo; cuando leemos que este Verbo, Él y no otro, se hizo carne y que habitó entre nosotros, ¿podemos dudar que María es Madre de Dios? Porque fue en ella, en su seno, donde el Verbo tomó nuestra carne, nuestra naturaleza, como en el seno del Padre, in sinu Patris, recibió la naturaleza por la que es Dios. Y este testimonio del apóstol San Juan tiene tanta más fuerza y es tanto más claro cuanto el evangelista escribió su Evangelio y especialmente esta primera página contra los que separaban en Jesucristo al Verbo de Jesús, a Dios del hombre.
Si el Evangelio diese pie, aunque sólo fuese con una palabra, para sospechar que primero fue concebido Jesús y después se le unió el Verbo creador, podríamos vacilar en llamar a María Madre de Dios; mas, lejos de eso, excluye terminantemente sospecha semejante. Él mismo que se presenta como Hijo de Dios, Dios mismo, llama a María su madre. San Pablo, el Apóstol por antonomasia, hablando "de Cristo, nacido de los Patriarcas según la carne", y, por tanto, de María, nos enseña "que está por encima de todas las cosas, como Dios que es, bendecido en todos los siglos" (4).
II.—Por eso la Santa Iglesia, heredera de los Apóstoles y sin cesar iluminada de manera infalible por el mismo Espíritu que dictó sus enseñanzas a los Apóstoles, ha reconocido, desde el principio de su existencia, en todos los tiempos, que María es Madre de Dios. Ofenderíamos a nuestros lectores si invirtiéramos largo tiempo en demostrar esta verdad.
"Uno es nuestro médico, hecho y no hecho, carne y espíritu, Dios en el hombre, verdadera vida en la muerte, de María y de Dios" (5).
El testimonio copiado es del gran mártir San Ignacio de Antioquía. Poco después, Ireneo, antes de finalizar el siglo II, el Santo y sabio obispo de Lyón, gloria de Francia, decía: "El mismo que nació de Dios Padre, y no otro, nació de la Virgen, y las Escrituras dan testimonio del uno y del otro nacimiento. Siendo Hijo de Dios Nuestro Señor, es juntamente Verbo del Padre e Hijo del hombre" (6).
Avancemos algunos años y oiremos a Tertuliano, que aplasta al hereje Praxeas con estas fulminantes palabras: "Lo que la Virgen concibió, eso parió..., y aquel que nació, Dios es" (7).
Después, en los tiempos de la lucha contra Pablo de Samosata, que pretendía que el Verbo no se había hecho carne, sino que se había contentado con habitar en un hombre, un sabio doctor eclesiástico exclamaba a su vez: "Esto no sería la generación de Dios, sino la negación de la generación... Una Virgen, hija de la Vida, ha dado a luz al Verbo viviente y subsistente del Padre" (8).
Pasemos al siglo IV y veremos brotar de la pluma de San Ambrosio expresiones como ésta: "Encinta del Verbo, la Madre del Señor está llena de Dios." Mater Domini Verbo foeta. Deo plena est (9).
Esta era la fe de la Iglesia años y siglos antes que el Concilio de Efeso sancionase, en favor de María, con la autoridad infalible de su sentencia, el título y condición de Madre de Dios. Podrían multiplicarse los testimonios tomados de todas las partes del mundo cristiano. Y bien se ve que todos ellos vienen a reducirse a este artículo del símbolo que rezan los fieles de todos los pueblos y de todas las edades: "Creo en Dios Padre, todopoderoso ... y en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y nació de Santa María Virgen" (10).'
Pues si el Hijo único de Dios fue concebido y nació de María, ¿cómo es posible que María no sea Madre de Dios? Ahora bien, repitámoslo, esta creencia es tan antigua como la Iglesia, porque los primeros testigos de la tradición la ofrecen, no como una regla de fe inventada en su tiempo, sino como la fe de su bautismo, universal y constantemente profesada en la Iglesia de Dios (11).
Considerando todo lo anteriormente expuesto, ¿a quién podrá maravillar que los Padres del Concilio de Efeso invocaran a porfía contra Nestorio toda la tradición católica, con la firme persuasión de que esto bastaría para aniquilar sus blasfemias, oponiéndoles el testimonio de los santos y de los doctores de los siglos precedentes? (12).
Y no solamente el dogma de la maternidad divina fue desde los tiempos primitivos de la Iglesia objeto de la fe de todos los cristianos, tanto de los simples fieles como de los maestros, pues el título mismo de Madre de Dios desde aquellas primeras edades era ya usual en el lenguaje de los cristianos. Este título, que en el siglo IV se pretendió disputar a María, y que tan maravillosamente resume la fe de la Iglesia en el privilegio más grande de la Virgen Santísima, gozaba, por decirlo así, de derecho de ciudadanía en la Iglesia de Dios muy desde sus principios, aunque su uso no fuese tan universal como lo fue más adelante, cuando llegó a ser la expresión dogmática de la fe en la maternidad divina y como el antemural de esta verdad al ser combatida.
Del uso antiguo de este título de "Madre de Dios" hizo arma poderosísima San Cirilo de Alejandría contra los partidarios de Nestorio (13). Amigos de Nestorio, como Juan de Antioquía y Teodoreto, que no quisieron seguirle por el camino de su defección sacrilega, testifican también que "los más antiguos predicadores de la fe ortodoxa están de acuerdo en conformidad con la tradición apostólica, en atribuir a María el título de Madre de Dios" (14). Y aun pudiéramos alegar muchos otros testimonios en comprobación de lo que venimos demostrando, pues Orígenes, Metodio, Alejandro y Dionisio de Alejandría, Atanasio, Basilio, Epifanio, Gregorio Nacianceno y muchos más dan en sus escritos a cada paso el título de Madre de Dios a la Santísima Virgen (15). Pero lo que demuestra con mayor claridad y fuerza que todos los textos y que todos los testimonios, hasta qué punto este título de "Madre de Dios" era familiar a los fieles de la Iglesia primitiva, es la reconvención que les dirigía Juliano el Apóstata, años antes del Concilio de Efeso: "Vosotros, los cristianos, les decía—, no cesáis de llamar a María Madre de Dios" (16).
Y no se crea que este título fuese en la boca de los simples fieles o de los maestros de la fe fórmula vana y sin sentido real, porque San Gregorio Nacianceno, que por la profundidad y sublimidad de su doctrina, mereció el sobrenombre de el Teólogo, escribió por aquella época estas memorables palabras: "Nosotros no separamos en Jesucristo al hombre de Dios, sino que confesamos que el uno y el otro son una misma persona... Si alguno negare que la Santa Virgen María es Madre de Dios, ese tal está fuera de la divinidad", es decir, está separado de Dios, es hereje, reprobado (17).
III.- Hasta qué punto la doctrina expresada por el título de Madre de Dios y el mismo título habían penetrado en el espíritu y en el corazón de las masas cristianas y cuan profundamente habían arraigado en las mismas, demuéstrase por lo que acaeció cuando Nestorio tuvo osadía de proponer en Constantinopla las blasfemias que había aprendido de su maestro Teodoro de Mopsuesta. Según refiere el historiador Sócrates (18), la primera vez que aquel obispo, desde su cátedra episcopal, impugnó la Maternidad divina de María, se valió del presbítero Atanasio que, llevado por Nestorio de Antioquía a Constantinopla, era su confidente y depositario de sus secretos. Un día en que se celebraba una gran solemnidad, por orden del obispo subió a la cátedra Atanasio y empezó tributando grandes loores a la bienaventurada Virgen María; pero después añadió que, por lo mismo que la Santísima Virgen merece alabanzas tan verdaderas, sería un crimen y locura pretender honrarla con elogios falsos. Por consiguiente, dijo, "nadie ha de llamar a María Madre de Dios. María es una mujer nada más, y Dios no puede nacer de una mujer". (19) Esta acometida tan descarada contra la fe tradicional del pueblo cristiano, según refiere el mismo historiador, produjo entre los sacerdotes y entre los seglares turbación profundísima (20). Uno de estos últimos que era abogado de la emperatriz y después fue obispo de Dorilea, se levanto en medio de la iglesia y protestó contra semejante blasfemia (21). Grande fue el escándalo que se originó con el discurso de Atanasio; pero Nestorio, en vez de desautorizar a su portavoz, tomó la defensa de aquel discurso que él mismo había inspirado. "De algunos días acá —dijo en el primer sermón que después predicó— estamos asediados por cuestiones frivolas. Se nos pregunta si es lícito dar a la Virgen María el título de Madre de Dios o si hemos de llamarla solamente Madre del hombre. ¡Dios tener madre! ¿Vamos a excusar a la gentilidad cuando da madres a los dioses? No, buen hombre; María no dio a luz a Dios ... La criatura no engendró a su Creador, sino a un hombre instrumento de la divinidad, a un hombre portador de Dios" (22). Fué tal la indignación de los oyentes al oir palabras tan manifiestamente impías, que un monje, inflamado en santo celo, se adelantó en el momento de la Comunión, para acusar de herejía a Nestorio e impedirle la participación en los divinos misterios. El pueblo entero de Constantinopla, exceptuados algunos fautores del obispo, se abstuvo de comunicar con el (23). Pues bien, cuando esta controversia era más ardiente, acaeció un hecho que prueba cuan universal era la fe en la maternidad divina de María en aquella época y cuan extendida estaba entre todas las clases de la sociedad cristiana. Proclo, consagrado recientemente obispo de Cízico, fue a Constantinopla para desempeñar su antiguo oficio de predicador del pueblo, oficio que seguía ejerciendo aun después de su elevación al episcopado. Otros dicen que fue por invitación especial de Nestorio. Como quiera que fuese, lo cierto es que la concurrencia de fieles fue muy numerosa, pues se celebraba una de las fiestas más solemnes. Proclo, encendido en santo celo por la gloria de María, contra lo que esperaba Nestorio, comenzó su discurso con estas palabras, pronunciadas con voz vibrante: "Homilía acerca de Nuestra Señora la Madre de Dios". A estas palabras, el auditorio prorrumpió en aplausos y aclamaciones, que se repitieron durante el sermón (24). No queremos alargar más el relato de esta lamentable historia, pues lo dicho basta y sobra para demostrar que la Iglesia, pueblo y sacerdocio, con perfecto acuerdo, profesaba la maternidad divina de María. El mismo Nestorio lo reconocía así, por cuanto nunca recurrió a los testimonios de los Padres, y de los fieles decía: "Veo que los pueblos están llenos de religión y piedad; pero ignoran de todo en todo la verdadera ciencia de Dios. No los recrimino; pero digo con vergüenza que los encargados de enseñar no han dedicado el tiempo que debían a explicar estigmas con precisión y claridad" (25). De esta suerte, el mismo Nestorio confesaba que tenía contra sí el sentir de la Iglesia universal.
De ahí el santo alborozo del pueblo cristiano cuando la tan deseada definición dogmática de la maternidad divina de María, con que fue proscrito el error y confirmado solemnemente a María el título de Madre de Dios. Véase cómo un testigo autorizadísimo, San Cirilo de Alejandría, refería la condenación de Nestorio en la carta que escribió al clero y al pueblo de Alejandría. Primeramente dice que el Concilio se reunió en la iglesia mayor de Efeso, consagrada bajo la advocación de María, Madre de Dios; y luego añade: "Después de pasar el día entero en este santuario, condenamos a Nestorio, a quien el temor alejó de la reunión de los Padres y, por sentencia solemne, lo depusimos de su sede y lo privamos del episcopado. Nos reunimos unos doscientos obispos, pocos más o menos. Toda la ciudad, desde la mañana hasta la tarde, esperó impaciente el juicio y sentencia del Santo Concilio. Cuando, por fin, supo que el autor de tantas blasfemias había sido despojado de su dignidad, con voz unánime, comenzaron a bendecir al Concilio y a glorificar a Dios por la caída del enemigo de la fe. Cuando salimos de la iglesia, fuimos conducidos a nuestras casas al resplandor de antorchas y hachones, pues era ya de noche. Por doquier había un regocijo delirante, por doquier hogueras. Delante de nosotros iban mujeres con braserillos, en los que queman incienso. Así demostró el Salvador su omnipotencia a los que le querían arrebatar su gloria" (26).
Después de un testimonio tan categórico, ¿quién se atreverá a negar que el culto de la Madre de Dios era patrimonio común de los fieles antes del Concilio de Efeso? (27).

J.B. Terrien S.J.
LA MADRE DE DIOS Y
MADRE DE LOS HOMBRES

NOTAS

(1) San Cirilo, Patriarca de Alejandría, lanzó doce célebres anatemas contra el hereje Nestorio, obispo de Constantinopla, quien dividía a Nuestro Señor en dos personas: la una nacida de Dios, y la otra de María, ésta nacida en el tiempo, y aquélla desde toda la eternidad. El Concilio de Efeso, que so reunió por la autoridad del Papa Celestino para condenar la nueva herejía, sancionó aquellos anatemas, de los cuales el primero de todos es el que hemos transcrito.
(2) El canon del quinto Concilio ecuménico, segundo de Constantinopla, tanto más notable cuanto da a conocer, refutándolos al mismo tiempo, los subterfugios inventados para ocultar el error o para hacerlo plausible, es el siguiente: "Si alguno no llama en su verdadera acepción, sino solo en sentido impropio. Madre de Dios a la santa, gloriosa y siempre Virgen María o bien así la llamare sólo en un sentido relativo, creyendo que es puramente un hombre el que nació de ella y no el Verbo de Dios que se encarné en ella, de suerte que, según él, el nacimiento del hombre sea atribuido al Verbo, porque éste unió así al hombre que acababa de nacer; o bien si calumniare al Concilio de Calcedonia, como si hubiese llamado a la Virgen Madre de Dios en el mismo sentido blasfematorio que el impío Teodoro; y también si alguno llamare a la Virgen Madre del hombre o Madre de Cristo, pero como si Cristo no fuese Dios; en fin. si no la confesare Madre de Dios en la significación propia y verdadera de la palabra, porque el Verbo do Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, tomó carne en ella en los últimos días, y que así fue como el santo Concilio de Caledonia la reconoció piadosamente por Madre de Dios; sea anatema." Canon sexto, entre los catorces relativos a los Tres Capítulos.
(3) Luc. , I, 31, 32
(4) Rom., IX, 5.
(5) San Ignacio ep. ad. Ephes., n. 7. P. G. V. 552 sq.
(6) San Ireneo adv. Haeres., L. III, c 19, n. 2. 3. P. G. VII, 940, 941.
(7) Tertuliano c. Prax.. c. 27. P. L. II, 190. Quod concepit. id peperit ... sed ille qui natus est Deus.
(8) Epist. adv. Pauluin Samosat., Concil. Labbe, IV (edic. Coleti, Venec, 1728), col. 876. Esta carta es atribuida frecuentemente a San Dionisio de Alejandría ; no es suya, según el parecer de varios críticos; pero cuando menos, es de su tiempo.
(9) San Ambrosio in Luc., L. II, n. 25. P. L. XV, c. 1521.
(10) Esto es lo que sustancialmente dice el símbolo de los Apóstoles, bajo las varias formas que reviste en las diversas Iglesias. Véase el Enchiridion de denzinger, n. 1 y sigs.
(11) Cf Denzinger, 1. c, n. 1.
(12) S. Cyrill. Alex., Apolog. pro XII Capp. P. G. LXXVI. 320 sq.
(13) Este argumento lo esprrimió muy particularmente San Cirilo de Alejandría, el campeón inmortal de la divina maternidad do la gloriosísima Virgen. Oigámoslo: "Yo veo — escribe— que el obispo Atanasio, de eterna memoria, la llama frecuentemente Madre de Dios, y lo mismo nuestros bienaventurados padres Teófilo. Basilio. Gregorio, Ático y muchos santos obispos que vivieron en aquellos tiempos ... Y, en efecto, si Nuestro Señor Jesucristo es Dios, ¿quién puede dudar que aquella que lo enfrendra sea la Madre de Dios? Esta es la fe que los discípulos de Dios nos han transmitido, esto es lo que los Santos Padres nos han enseñado." S. Cyrill. Alex., ep. 14, ad Acacium. P. G. LXXVII, 97. Cf., ep. 8. Ibíd.. 59.
(14) Joan. Antioch, ep. ad. Nestor., n. 4. P. G. LXXVII, 1456. Theodoret., Haeret. Fabul, I. IV, e. 2. P. G. LXXXVin, 436.
(15) Cf. Petav., De Incarnat., L. V. c. 15, n. 9, sq.
(16) San Cirilo de Alejandría, Contr. Julian, 1. VIII, P.G. LXXVI, 901
(17) San Gregorio Naciaceno, ep. ad Cledon., I. P.G. XXXVII, 177.
(18) Socrat., Histor. L. VII, c. 32, P.G. LXVII, 808, sq.
(19) San Cirilo cuenta en la octava de sus cartas que el obispo Doroteo, otro de los secuaces de Nestorio, estando este presente gritó delante del pueblo: "Si alguno dijere que María es Madre de Dios, sea anatema". P.G. LXXVII, 60
(20) Socrat., Histor. Eccles., 1, c. Cf Eheopan., H. Eccl. P. G. CVIII, 1225
(21) San Cirilo parece que relaciona esta protesta no con el discurso de Atanasio, sino uno de los primeros sermones del mismo Nestorio.
(22) Néstor., serm. I, r. 6, 7. P. L. XLVIII. 760, 761 (Ínter Opp. Marii Mercal).
(23) Cf. P. Garnier. Praefat. in II parten, Opp. Marii Mercator, P. L. XLVIII, 703, 704.
(24) Consérvase todavía el sermón de San Proclo, a que nos referimos en el texto. Su principio es éste: "La solemnidad de la Virgen, hermanos míos, provoca a nuestra lengua para que celebre sus alabanzas." Cf. P. G. LXV, 080, sq. Una circunstancia muy digna de notarse: este discurso, tan justamente celebrado, fue pronunciado en una de las fiestas más solemnes de María: probablemente en la fiesta de la Anunciación, como se deduce del exordio y del resto del sermón. Sobre estos pormenores historicos merece ser leído el El P. Garnier. i. c. 705, 706.
(25) Néstor., serm. 2, ab init. Ibid.. 363.
(26) S. Cyrill. Alex., ep. 24. P. G. LXXXVII, 137.
(27) Algunos han pretendido que la iglesia principal de Efeso recibió el título de Iglesia de la Madre de Dios por haberse reunido en ella los obispos que condenaron al enemigo por antonomasia de la Madre de Dios. La carta citada de San Cirilo da un rotundo mentís a semejante opinión. Dicha carta fue escrita inmediatamente después de la deposición de Nestorio y de la proscripción de su herejía, ahora bien, como hemos visto, dice en ella expresamente San Cirilo que la reunión conciliar "se celebró en la iglesia mayor de Efeso que se llama de María Madre de Dios: Por tanto, ya entonces tenía ese título.

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