Vistas de página en total

sábado, 4 de diciembre de 2010

LA CRITICA DEL BORGHESE DE LA NUEVA IGLESIA MONTINIANA

(Páginas 299-311)
Un "Best Seller" con dinamita.
"Vaticano Noviembre. Las primeras copias mecanografiadas empezaron a circular con gran cautela en algunas oficinas de la Curia, hace ya tres o cuatro meses. Algunos de los monseñores, en son de broma, decían en voz baja "Parece escrito en la URSS, donde la inteligencia difunde los volúmenes anticonformistas con el samizadt". El samizad es la prensa clandestina rusa, que circula de mano en mano, con mil precauciones para evitar los rayos del régimen; y la semejanza con el Vaticano no es del todo casual, desde el momento que las circunstancias parecen decir un poco de identidad. Y, la tienen, en verdad, todavía ahora, no obstante que aquellas copias mecanografiadas, han sido sustituidas por otros tantos y más numerosos ejemplares del voluminoso libro que ha conmovido al mundo del otro lado del Tíber.
"Prudente y todavía cauteloso, el Delegado Apostólico en México, Mons. Carlo Martini, hizo llegar a la Secretaría de Estado algunos ejemplares del volumen. En una información adjunta, el diplomático vaticano comunicaba que el Presidente de la República, Echeverría, había procurado adquirir un ejemplar, para leer ese libro, que prometía ser un "best seller", no obstante la mole conspicua (más de seis cientas páginas), la copiosa documentación, y el extenso material expuesto en él, que lo mismo es teológico que político. El libro del día tiene por título "LA NUEVA IGLESIA MONTINIANA", y su autor es un sacerdote, el P. Joaquín Sáenz y Arriaga. Está escrito en español, pero se están haciendo ya las traducciones en italiano, francés, inglés y alemán.
"Estas noticias han contribuido a aumentar la preocupación vaticana: la difusión del volumen en Europa y, particularmente, en Roma, tiene que excitar más la polémica, así como desencadenar a los tradicionalistas católicos, que hasta ahora se habían mantenido dentro de los límites de la "ortodoxia" crítica. Así mismo, el Consejo de Asuntos Públicos de la Iglesia, como si dijéramos, el Ministerio de Relaciones Exteriores del Vaticano, ha sido informado del asunto, por las reacciones internacionales, que, inevitablemente, el libro está destinado a provocar, con graves repercusiones, en el inquieto continente latinoamericano. Se sabe ya que algunos gobiernos sudamericanos están documentándose sobre la responsabilidad vaticana en la acción subversiva de los sacerdotes progresistas, que no han omitido el llamamiento a la insurrección armada, para hacer caer a los legítimos gobiernos con el pretexto de "las nuevas fronteras" trazadas por la POPULORUM PROGRESSIO. Todo hace pensar, en suma, que LA NUEVA IGLESIA MONTINIANA es un libro capaz de destruir las trincheras avanzadas del ala, hasta aquí triunfadora y triunfalista de la izquierda del post-concilio.
¿Qué es, pues, lo que se lee en este libro? La tesis general, que es la afirmación de los tradicionalistas es ésta: "Dejando a un lado la tesis del Papa, prisionero y víctima de los círculos de vanguardia, hay que afirmar, sin términos ambiguos, su responsabilidad personal y principal del actual estado de confusión, que reina en el mundo católico". Es un punto de vista radical, que recuerda mucho la resistencia violenta durante los primeros actos del Concilio Ecuménico de los años sesenta; y es una tesis que viene corroborada con numerosos documentos, a veces decisivamente explosivos. Citemos algunos párrafos particularmente significativos.
Sobre la "revoloteante" política de la "nueva Curia" (que es, sin duda, el problema que a nosotros directamente nos interesa) se lee esta página de fuego: "¿Qué debemos pensar sobre la conversión de la línea dura del anticomunismo de los Pontífices precedentes en un diálogo amoroso, establecido por los cardenales Bea, Willebrand, Koning y Suenens? La persecución de las Iglesias de Yugoeslavia, de Hungría y de Cuba ha terminado en las más cordiales relaciones diplomáticas, en las que el Vaticano parece haber prometido no sólo respetar el ateísmo de Estado, sus leyes eversivas y su gobierno dictatorial, sino también colaborar, en una integración verdadera y progresiva, según las palabras del Nuncio de Cuba, para la realización del comunismo, preparación indispensable para implantar el gobierno mundial del Sionismo. El glorioso martirio de los Cardenales Mindszenty y Stepinac ha sido el precio, con el cual se ha pagado la coexistencia y la colaboración de los enemigos".
El volumen denuncia la existencia de una verdadera y propia "mafia internacional", que ha sabido infiltrarse en los sectores vitales del Vaticano, para condicionar sus decisiones y para imponer el viraje hacia la izquierda, en Europa, lo mismo que en el Continente latinoamericano. El caso de Chile es sintomático: "La democracia cristiana, un fuerte partido de fachada cristiana y fondo comunista, ha abierto las puertas al marxismo. . . La victoria de Salvador Allende se debe, en gran parte, a los grupos activistas de los eclesiásticos, cuya actitud está inspirada en los documentos redactados en Medellín, durante la segunda Asamblea General del (CELAM, inaugurada por Paulo VI... Esta ha sido, pues, la victoria del Papa Montini, de su dialéctica, de sus compromisos con los organismos internacionales de la mafia Sionista.
Basta leer esta cita para tener una idea de la dinamita ideológica contenida en el libro del P. Sáenz. Lógico, que el Vaticano esté preocupado y se abstenga da seguir adelante; porque, además, hay otra cosa; hay un capitulo intitulado: ¿Es Juan B. Montini un verdadero Papa?.

LA POLITICA PROCOMUNISTA VATICANA TRIUNFA AL FIN EN SU LUCHA PATERNAL DE LA INVICTA RESISTENCIA DEL CARDENAL MINDSZENTY
Su Eminencia el Cardenal Joseph Mindszenty, después de estar como preso en la Embajada Americana de Budapest, llegó al aeropuerto de Fiumicino, acompañado de Monseñor Agostino Casaroli, Secretario del Consejo de Negocios de la Iglesia y patrocinador de una amplia apertura con el Este comunista, durante los días en los que estaba celebrándose el último Sínodo. No se necesita mucho para comprender la tensión provocada, no sólo en la Curia Vaticana, sino en el mismo Paulo VI, con la presencia del Cardenal Mindszenty, Primado de Hungría, mártir de la Iglesia y de la libertad, venido a la capital del catolicismo obedeciendo a un expreso mandato del Papa. No se necesita mucho para darnos cuenta de la impresión atormentadora del actual Pontífice, al tener delante de si a aquel coloso invencible, que, en su misma desgracia, seguirá siendo un reto, para los que cobardemente han vendido la Iglesia al enemigo. No eran puntos de vista diferentes, no era el contraste del oprimido ante el opresor; no era tampoco la euforia del triunfo del Vaticano, que había logrado acortar las distancias entre Roma y Budapest, entre la Santa Sede y Moscú. Era el encuentro que recordaba a Cristo ensangrentado, befado, coronado de espinas, con las espaldas trituradas, que se presentaba ante el juez Pilato, quien lo mostró a la multitud enardecida, con estas palabras infamantes: "He aquí al Hombre".
Sin duda alguna muchos aplaudían la experta diplomacia de Paulo VI, aquel gesto de amistad del Vaticano hacia el Kremlin. Pero no faltaban en Roma, ni en el mundo entero, los que miraban con consternación aquél último ultraje a la figura venerada y venerable, al mártir más glorioso de la Iglesia del Silencio.
El momento, además, era inoportuno en grado sumo. Nixon anuncia un viaje a China, buscando limitar el monopolio del poder que la Unión Soviética tiene en el Oriente; Inglaterra expulsa de su territorio a 150 espías rusos: Tito se sujeta del brazo de hierro de Breznev con el intento de salvar la independencia Yugoeslava; Budabest lanza contra Belgrado la amenaza más dura, y, en Italia, sin un tiro de los cañones vaticanos, la Democracia Cristiana buscaba su salvación uniéndose políticamente con los partidos comunista y socialista.
En el resto de Europa, si exceptuamos a Brandt, pueblo alemán ni al pueblo húngaro, si veían con alegría la libertad de un hombre, no podían dejar de lamenentar la destrucción infame del "símbolo de la resistencia de Hungria y del mundo católico" el Cardenal Joseph Mindzenti.
Su Eminencia, el Primado de Hungría, había sufrido en 1948 y en los primeros días de 1949 el más inaudito y satánico tormento de un lavado cerebral, que realizaron en él los jefes comunistas. Solo, en una celda iluminada constantemente por las lámparas eléctricas potentísimas, sin ninguna ventana y con la puerta cerrada, tenía que beber día tras día, la dosis de ácido glutámico para aumentar su sensibilidad y resistencia. Una voz aguda y penetrante que salía de los altoparlantes repetía constantemente las palabras que sus verdugos querían dejar impresas en el cerebro del príncipe de la Iglesia para que él las pronunciase después, delante del tribunal, en el día del proceso.
El intrépido Cardenal, en 1956, después de 7 años de dura cárcel, no había cesado un solo momento de pedir a Dios y dar valor a los que afuera combatían por la liberación de su patria y de la Iglesia. Pero hoy se ha visto obligado por un mandato que él no podía desobedecer, a ceder al fin en su simbólica resistencia, en el XV aniversario de una revolución gloriosa, aunque no victoriosa, contra la esclavitud intolerable del comunismo ateo. ¡Quince años de refugiado en la Embajada Americana!
Los gobiernos de izquierda están de plácemes. El símbolo de la libertad fue derribado. Lo que no pudo el martirio más espantoso lo alcanzó al fin la política tortuosa del papa Montini.
Vale la pena reproducir el discurso magnífico al pueblo de Roma, pronunciado por el gran Pío XII, el último pontífice romano, después de que la dictadura comunista de Hungría, en 1948, arrestó y después cubrió de infamia con un proceso-farsa al Primado de Hungría Cardenal Mindzenty. El pueblo romano se congregó en la Basílica de San Pedro y en la gran Plaza enfrente del Vaticano para escuchar al Pastor Angélico el siguiente discurso memorable, de palpitante actualidad que quedará siempre como un testimonio de fe, como un propósito de acción, como una advertencia a los que hoy quieren encubrir los sufrimientos de la Iglesia y quieren comerciar con los derechos de Dios en el mercado de la tiranía comunista, que amenaza a todos los pueblos del mundo, pero especialmente a los pueblos de América Latina:
¡"Romanos! ¡Amados hijos e hijas!:
Una vez más, en una hora grave y doloroso, el pueblo fiel de la Ciudad eterna se congrega cerca de su Obispo y de su Padre. Una vez más esta soberbia columnata parece poder, con esfuerzo supremo, estrechar entre sus brazos gigantescos la multitud, que, como una onda inmensa de una fuerza irresistible, afluye de todas partes a la sede de la Basílica Vaticana, para asistir a la Misa de expiación, que será el punto central en el que se concentrarán los sentimientos de todo el mundo católico, desbordantes de fe y de amor a Cristo, de adhesión a la Iglesia y a su Cabeza visible, y, respeto, admiración y total respaldo al Primado de Hungría.
La condenación lanzada, contra la unánime reprobación del mundo civilizado en las riberas del Danubio, a un eminente cardenal de la Santa Romana Iglesia, ha provocado en las riberas del Tíber, un grito de indignación de la Urbe. Pero el hecho de que un régimen enemigo a la religión haya golpeado esta vez a un príncipe de la Iglesia, venerado por la inmensa mayoría de su pueblo, no es un caso insólito; es tan solo un eslabón de una larga cadena de persecuciones que algunos Estados dictatoriales han desatado contra la doctrina y la vida cristiana. Una nota
característica, común a todos los perseguidores de todo los tiempos es que, no contentos con destruir físicamente a sus víctimas, quieren todavía presentarlas como despreciables y odiosas a la patria y a la sociedad. ¿Quién no recuerda a los promártires romanos, de quienes habla Tácito (Annal. 15, 44), sacrificados por Nerón y acusados como incendiarios, abominables malhechores y enemigos del género humano? Los modernos perseguidores se muestran dóciles discípulos de esa escuela ignominiosa. Copiando asi por decirlo de esta manera, a sus maestros y modelos, procuran sobrepasarlos en crudeza, aprovechándose de los progresos más recientes de la ciencia y de la técnica, con el fin de establecer una dominación y de alcanzar la esclavitud del pueblo, los métodos modernos sobrepujan las atrocidades mayores de los tiempos pasados.
Romanos, la Iglesia de Cristo sigue el camino que le trazó el Divino Redentor. Ella sabe que es eterna; que no puede perecer; que la más violenta tempestad no hará sumergir la barca de Pedro. Ella no mendiga favores; no la atemorizan ni las amenazas ni las persecuciones de los poderes terrenales. Ella no se mezcla en cuestiones meramente políticas o económicas, ni se preocupa por disputar sobre la utilidad o daño de una u otra forma de gobierno, siempre deseosa, en cuanto depende de ella, de tener paz con todos. (Cfr. Rom. XII,18). Ella da al César lo que pertenece al César, según derecho; pero no puede traicionar ni abandonar aquello que pertenece a Dios.
Ahora bien, todos sabemos lo que el Estado totalitario y antirreligioso exige y pide se le dé, como precio de su tolerancia o de su problemático reconocimiento. Eso, en realidad significa:
—Una Iglesia que calla cuando debe hablar;
—Una Iglesia que flexiona la ley de Dios para acomodarla al gusto de los caprichos humanos, cuando debe por el contrario proclamarla y defenderla;
—Una Iglesia que se aparta del fundamento inconmovible sobre el que Cristo la había edificado, para adaptarse cómodamente sobre la arena movediza de la opinión del día o para abandonarse a la corriente que pasa;
—Una Iglesia que no resiste a la opresión de la conciencia y no protege los legítimos derechos y la justa libertad del pueblo;
—Una Iglesia que con indecorosa servidumbre se queda encerrada entre los cuatro muros del templo, renunciando al mandato divino recibido de Cristo: "Id por todo el mundo; predicad el Evangelio a toda creatura" (Mateo XXVIII, 19).
Amados hijos e hijas, Herederos espirituales de una innumerable legión de confesores y mártires, ¿es ésa la Iglesia que vosotros veneráis y amáis? ¿Reconoceríais vosotros en una tal Iglesia las líneas del rostro de vuestra Madre? ¿Podéis vosotros imaginaros a un sucesor del primado de Pedro que se pliega a semejantes exigencias?
El Papa tiene la promesa divina, pese a la humana debilidad, es invencible e inmovible; anunciador de la verdad y de la justicia, principio de la unidad de la Iglesia, su voz denuncia los errores, la idolatría, la superstición; condena la iniquidad y hace amar la caridad y la virtud.
¿Podemos Nos callar cuando en una nación se trata de separar con la violencia o con la astucia del centro de la Cristiandad, de Roma, a la Iglesia que le está unida; cuando se encarcelan a todos los obispos grecocatólicos, por el único crimen de negarse a apostatar de su fe; cuando se persiguen o se encarcelan a sacerdotes y a fieles porque se rehusan a separarse de su verdadera madre la Iglesia?
¿Puede el Papa callar, cuando el derecho de educar a los hijos propios es negado a los progenitores por un régimen de minoría, que quiere alejarlos definitivamente de Cristo?
¿Puede el Papa callar, cuando un Estado, sobrepasando los límites de su competencia, se arroga el poder de suprimir las diócesis, de deportar a los obispos, de destruir la organización eclesiástica, reduciéndola al estado de una mínima pasividad para cumplir debidamente sus deberes en pro de la salvación de las almas?
¿Puede el Papa callar, cuando se llega al punto de encarcelar a un sacerdote, reo de no haber querido violar el más sagrado e inviolable de los secretos, el secreto de la confesión sacramental?
¿No significa todo ésto una ¡legítima intromisión de los poderes del Estado en un campo que no le pertenece? ¿Quién podría negarlo honestamente? Vuestros aplausos han dado ya las respuestas a éstas y a muchas otras preguntas semejantes".
El gran Pontífice concluyó su discurso, en ese día memorable, con una exhortación a la fortaleza en la fe, con la plegaria a Dios "que haga brillar su luz sobre las mentes entenebrecidas, que están todavía cerradas a la verdad" y con la bendición Urbí et Orbi.
Después de tan dramáticas, profundas y valientes palabras de ese gran Pontífice, nuestros lectores comprenderán mejor el alcance político, que tuvo, o mejor dicho, tiene el mandato papal que obligó al santo y heroico Cardenal Mindszenty a abandonar su refugio en la Embajada Americana de Budapest. El caso es tan monstruoso, que el gobierno americano quiso excusarse, diciendo que él no había tenido participación alguna en la salida del Cardenal. Toda esta empresa "diplomática", que, en realidad no libertó a Su Eminencia, fue obra de Paulo VI y de su fiel servidor Agostino Casaroli. Por eso, al llegar a Roma es encarceló prácticamente al venerable purpurado en una torre vaticana y se le prohibió publicar sus memorias. Ya lo dije antes: ésta fue la victoria diplomática del Papa Montini y este fue el precio con que aseguró sus conexiones con los partidos internacionales del comunismo.

EL SINODO DE LOS UKRANIANOS
En una aparente ruptura de la Iglesia Ortodoxa Católica de Ukrania, no contra la Iglesia Católica, ni con el Papado, sino con la "nueva religión" ecuménica-política-humanística del Vaticano de Paulo VI, diez y seis prelados del rito ukraniano convocaron a un Sínodo, al parecer permanente, en Roma, desafiando la desaprobación de la Secretaría de Estado Vaticana. El Rito Ukraniano unido a la Santa Sede hace 375 años es el grupo mayor, en comunión en Roma, de la Iglesia Oriental, con casi dos millones de miembros en el mundo occidental, de los cuales viven en los Estados Unidos unos 300,000.
El establecimiento de este Sínodo, no congregado por Paulo VI, significa el climax de una larga serie de artificios políticos del Papa Montini, en los últimos años —unos públicos, otros secretos— para complacer a Rusia y ganar así la simpatía y la confianza del gobierno soviético. Paulo VI, al parecer, quería entregar al Patriarcado Ortodoxo y Cismático de Moscú la dependencia de este grupo católico de Ortodoxos Ukranianos. De esta manera, aparentando ignorar los sufrimientos de seis millones de ukranianos católicos que viven en la URSS y han sido objeto de una prolongada y sangrienta persecución del régimen comunista, al que está sujeto en todo el Patriarca y la Iglesia Ortodoxa Rusa.
Ante la inactividad, sí no complicidad del Vaticano, en este prolongado martirio, los ukranianos católicos, perseguidos se declararon independientes del control directo de Roma, dice la UPI, en sus despachos desde Roma. Los 16 obispos ukranianos, reunidos en Sínodo, declararon su lealtad a la Iglesia y a la Sede de Pedro, pero establecieron un Sínodo permanente, presidido por el Cardenal Josef Slipyi, de 79 años de edad, que vive exiliado en la Ciudad eterna. El Papa y las autoridades vaticanas trataron de disolver el Sínodo, afirmando que los obispos reunidos no tenían autoridad para su convocación. Pero esta intimidación vaticana no hizo vacilar a los prelados reunidos.
El rompimiento estalló en el Sinodo General de los Obispos, en la presencia del Papa, que presidia, cuando el Cardenal Josef Slipyi, Metropolitano desterrado de la Iglesia Ukraníana, acusó inesperadamente a Paulo VI por su cruel indiferencia, ante los inhumanos sufrimientos de seis millones de ukranianos, virtualmente prisioneros de Rusia, tras la cortina de Hierro. "Nadie se preocupa", dijo el anciano prelado, "nadie". El Cardenal añadió que él había sido prácticamente amordazado por el Papa Montini, para no hablar, desde que, libertado de su espantoso cautiverio, había llegado a Roma, el año de 1963. Fue discurso el que motivó el establecimiento del Sínodo Ukraniano.
La convocación pretendía, en primer lugar, designar al Cardenal como Patriarca de la Iglesia Ukraníana. Paulo VI se oponía decididamente a este nombramiento, porque en él veía comprometidos sus planes diplomáticos, ya que el Patriarca Ortodoxo Ruso, dependiente del gobierno soviético, seguía reclamando como suyos a esos Ukranianos, unidos a Roma. Se buscaba también en el Sínodo de estos prelados ukranianos establecer un estado de semiautonomía, concedido a otra Iglesia de Rito Oriental, en unión con Roma.
El establecimiento de este Sínodo fue como un rayo de esperanza, para los innumerables católicos, que, en el mundo entero, están conscientes no sólo de la interna demolición de la Iglesia, sino de que el mal principal se encuentra en Roma, en el Vaticano. El Rito Ukraniano todavía se conserva puro; su liturgia todavía conserva la fórmula válida, en la consagración del cáliz: "por vosotros y por MUCHOS"; todavía mantienen firmes todos los dogmas y doctrinas tradicionales de la Iglesia Católica, sin compromiso alguno con el mundo, ni con otras falsas sectas religiosas y en especial con el ateísmo militante de la Unión Soviética. Este Sínodo parecía ser un "YO ACUSO" directo a la Nueva Iglesia Montiniana.
Cuando las tropas rusas se apoderaron de Ukrania, a fines del año 1944, los invasores empezaron una terrible persecución, una campaña de terror, para destruir la Iglesia Ukraniana. Hubo asesinatos en masa, hubo encarcelamientos y torturas sin cuento. El Metropolitano Arzobispo Slipyi recibió una invitación del Patriarca Ortodoxo Ruso para que rompiese con Roma y se uniese de nuevo a la Iglesia Ortodoxa Rusa. La proposición fue rechazada, y pocos meses después el Metropolitano Slipyi y todos sus obispos, residentes en Galicia, fueron encarcelados, incomunicados, amenazados constantemente y sujetados a torturas sin cuento, durante 11 meses; finalmente fueron sometidos a un juicio militar, acusados de traición. El Metropolitano y sus obispos sufragáneos fueron sentenciados a trabajos forzados en Siberia. Varios de esos obispos murieron a consecuencia de sus sufrimientos. El Cardenal Slipyi cumplió su sentencia en 1953; pero, sin causa alguna, su tortura se prolongó por otros cuatro años. En 1962 fue nuevamente encarcelado y sentenciado a otros siete años de trabajos forzados. Inesperadamente, fue puesto en libertad, en 1963, y salió luego para Roma, después de 18 años de prisión por no haber traicionado su fe católica. El 25 de enero de 1965, Paulo VI le nombra miembro del Sacro Colegio.
Cuando pasen estos años de tremendas claudicaciones, cuando la luz disipe las tinieblas, cuando llegue la hora de Dios, entonces comprenderemos las "relaciones diplomáticas" que el Vaticano, a costa de la verdad y de la dignidad humana, ha logrado alcanzar en los países dominados por el comunismo.
Antes de terminar este libro, quiero aprovechar la ocasión para denunciar una vez más, ante el mundo, la apostasía imperante en el Seminario del Arzobispado de México, del que es responsable Su Eminencia Miguel Darío Cardenal Miranda y Gómez. No es una venganza la que busco, sino el cumplir un deber, deber sagrado, ya que de ese Seminario han de salir los futuros sacerdotes, que sirvan a la Iglesia en esta inmensa ciudad.
Hay en México una antigua costumbre de celebrar las nueve noches, que preceden a la Navidad, con fiestas cristianas y familiares, que han ido paulatinamente degenerando en diversiones inconvenientes y aún pecaminosas. En el Seminario de ¡a Arquidiócesis, en ese centro de saber y de alta especulación, reformado por la solícita pastoral del Cardenal Miranda y Gómez, hubo también una "posada" (así se llaman estas fiestas navideñas), con baile, con jovencitas, para garantizar de esta manera la sólida vocación de los futuros sacerdotes de la arquidiócesis.
Las ciencias eclesiásticas, que en ese maravilloso centro de teología y filosofía postconciliar, se imparten, han superado la "escolástica" la ciencia ya caduca de Santo Tomás y de los grandes teólogos del pasado. Ahora hay enseñanza de Marx, hay prelecciones de Teilhard de Chardin; hay negación explícita de varios de nuestros dogmas fundamentales: la concepción de María Santísima no fue inmaculada; no es verdad su virginidad en su maternidad. Lo infalibilidad papal es una de las necedades del Vaticano I, que juntamente con Trento, han hecho más daño a la Iglesia que todas las herejías. "No hay que ser castos; dicen los moralistas, sino cautos".
No existe ya restricción alguna para que los seminaristas entren y salgan, según sus conveniencias o necesidades. No tienen obligación de levantarse para acudir a misa, ni hay que pensar en la oración, que es perder tiempo.
Yo puedo jurar, ante la presencia de Dios, que estas directas acusaciones contra la pastoral postconciliar del Cardenal son verdaderas y que las he escuchado de personas que no sólo no mienten, sino que están horrorizadas de ese foco peligroso que encierra en su seno el Seminario de México, en el que hay, además, un grupo sedicioso, que se llama "Camilo Torres Restrepo".
Eminencia, usted está excomulgado, por patrocinar esta interna traición a la Iglesia de Cristo, también los obispos y cardenales pueden estar automáticamente fuera de la Iglesia.
Voy a concluir este libro, con el artículo del Lic. Arturo Pedroza, publicado en la Revista IMPACTO, el 29 de diciembre de 1971, así como el artículo del Lic. Rene Capistrán Garza.

Pbro. Joaquín Sáenz y Arriaga
¿CISMA O FE?

No hay comentarios: