martes, 7 de diciembre de 2010

la Inmaculada Concepción

En qué consiste este misterio y cómo, así para los simples fieles como para los Santos Padres, es consecuencia natural de la maternidad divina.

I.—
A la luz de las nociones expuestas acerca del pecado original y del modo con que se transmite, ya es fácil entender de qué privilegio es la cuestión donde se habla de la inmaculada Concepción de la Madre de Dios. María es, como nosotros, hija de Adán; fue concebida según la ley común. Debía, pues, en virtud de esta concepción, venir a la vida natural, muerta ya a la vida de la gracia y, por tanto, siendo enemiga de Dios y sujeta la servidumbre del pecado y del demonio. Con todo eso, la fe nos enseña que fue preservada de esta desgracia en vista de los méritos de Cristo, intuiti meritorum Christi. Y esto es lo que la Iglesia definió solemnemente por boca del inmortal Pío IX. "La doctrina —dícese en la Bula dogmática Ineffabilis Deusque enseña que la bienaventurada Virgen María, desde el primer instante de su concepción por gracia y privilegio singularísimo de Dios omnipotente, en vista de los méritos de Cristo, Salvador del género humano, fue preservada de toda mancha de pecado original, es doctrina revelada por Dios, y, por consiguiente, debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles."
Pesemos cada uno de los términos de la definición, pues todos ellos tienen su valor y alcance. Dícese primeramente, en el primer instante de su concepción, es decir, en el punto mismo en que su cuerpo y su alma fueron unidos para formar un nuevo ser vivo, fue María preservada del pecado original. Remontémonos al origen de su existencia; en aquel instante en que todos los hijos de Adán contraen la mancha original la hallaremos pura, inocente, inmaculada. Mas esta gracia es una gracia singular, un privilegio admirable, excepción de la ley común, y que por nada pudo merecer María. ¿De dónde, pues, le vino favor tan extraordinario? De la divina bondad, de los méritos previstos de Jesucristo; es decir, de aquel que un día sería su hijo según la carne.
Pudiera objetar alguno que los méritos de Jesucristo, como quiera que entonces aún no existían, no bastaban para dar a la Virgen Santísima purificación tan perfecta. Es verdad: los méritos de Jesucristo no existían entonces, pues el Salvador no había nacido; pero, si no existían en sí mismos, existían en las preordenaciones y previsión divinas. Dios podía otorgar por adelantado los beneficios que después serían pagados con los méritos de Jesucristo, porque el pago, bien lo sabía Dios, ni era dudoso ni sería insuficiente, sino muy completo y cabal. Con una mirada, con la que Dios abarca todos los siglos, veía al Hijo de la Virgen pendiente del madero de la cruz, derramando copiosamente de sus miembros traspasados la sangre reparadora; oía a la divina víctima ofrecer su sangre por todos, y singularmente por su Madre; y en vista de esta sangre y en consideración de estos méritos, derramó la gracia en el corazón de María, antes, que, según la ley común, ella fuese pecadora. ¿Quién no ve en esta santificación original una preservación una redención anticipada? Una preservación, porque, volvemos a decirlo, en virtud de su concepción. María debía aparecer en el mundo como las demás hijas de Adán, privada de la gracia, heredera de la caída universal. Por tanto, si entra en la vida santa, pura, resplandeciente de gracia, inmaculada, esto acontece por que Dios, haciendo en favor de su Madre una excepción, detiene ante Ella el torrente de la iniquidad, cuyas aguas fangosas manchan a todos los mortales. La santificación de María fue tambien una redención, no la redención ordinaria que libra a los que ya están cautivos, sino una redención singular, altísima: una redención que impidió que cayese en las cadenas cuando todo la impelía hacia ellas. El Hijo de María es su Redentor, como lo es también nuestro; lo que la distingue de nosotros, en cuanto a este punto, es que Ella fue redimida de un modo más sublime, sublimiori modo; es que Jesucristo es más Redentor de Ella que nuestro, conforme enseña Escoto, según ya vimos; por que los méritos de la redención le fueron aplicados, no solamente con sobreabundancia admirable, sino antes que el pecado dominase en Ella, antes que muriese a la vida de la gracia.

II.—No vamos a exponer aquí toda la serie de testimonios escriturísticos y tradicionales con que la Teología demuestra la Concepción inmaculada de la Virgen Santísima. Este largo estudio, sobre alargar demasiado esta obra, nos apartaría de nuestro camino. Bossuet, a quien tantas veces se ha de recurrir cuando se trata de los privilegios de la Madre de Dios, advierte muy sensatamente: "Hay proposiciones extrañas y difíciles que, para que uno quede persuadido de ellas, requieren grandes esfuerzos de raciocinio y todas las invenciones de la retórica. Por el contrario, hay otras que desde el primer momento derraman sobre el alma un como esplendor que hace que las amemos aun antes que las conozcamos puntualmente. Estas proposiciones no necesitan pruebas. Basta quitar los obstáculos y aclarar las objeciones, y luego el espíritu se inclina por sí mismo, espontáneamente a creerlas. En esta categoría pongo yo la proposición que voy a demostrar hoy. Que la Concepción de la Madre de Dios tuvo algún privilegio extraordinario; que su Hijo omnipotente la preservó de esta ruina general que corrompe todas nuestras facultades, que inficiona hasta el fondo de nuestras almas, que lleva la muerte hasta las fuentes de nuestra vida, ¿quién no lo creerá? ¿Quién no prestará asentimiento a una opinión tan plausible?".
Estas observaciones son muy verdaderas y están de todo en todo confirmadas por los hechos. Antes de que nacieran las controversias acerca de este misterio, el pueblo cristiano, como guiado de un instinto sobrenatural, tenía a la Madre de Dios por toda santa, toda pura, sin pecado, sin mancha; enteramente, totalmente inmaculada; lo cual manifiestamente implica la exención del pecado original. No podía el pueblo cristiano concebir de otra manera a la Virgen, llena de gracia, de quien el Redentor había de tomar carne.
A este período de fe tranquila sucedió la época de las investigaciones científicas. Se levantaron objeciones que conmovieron e hicieron vacilar la creencia de los sabios en un misterio que hasta entonces no había sido ni explícitamente combatido ni expresamente definido. El pueblo sencillo, que no entiende de discusiones sutiles ni podía apreciar las dificultades engendradas por la comparación de unos dogmas con otros y por su aparente contradicción, no. Para María, ser inmaculada en su Concepción es no haber sido nunca pecadora, no haber sido nunca enemiga de Dios, no haber sido nunca esclava del infierno; es haber sido santa, llena de gracia, desde el primer instante de su vida; ¿cómo, pues, dudar que la Madre de Dios recibiese de su Hijo un privilegio tan conveniente y tan natural? y vióse entonces un prodigio, que más de una vez se ha repetido en la vida de la Iglesia: las almas sencillas, yendo como naturalmente hacia la verdad, mientras teólogos, no solamente doctísimos, sino devotísimos de la Reina del Cielo, vacilan, dudan, se turban y se enredan en sus mismos pensamientos.
Los siglos XVII y XVIII fueron testigos de un hecho semejante, a propósito de la devoción del Sagrado Corazón de Jesús. El pueblo fiel la abrazó con amor y sin esfuerzo, apenas le fue predicada. Le pareció cosa naturalísima adorar el amor de Jesucristo bajo el símbolo de su corazón de carne. Mas no sucedió así con muchos de los dedicados al cultivo de las ciencias eclesiásticas. Nadie ignora cuánto trabajo y cuántas luchas costó a los patrocinadores de este culto, que el mismo Jesucristo reveló a Santa Margarita María de Alacoque, conseguir que fuese aprobado por la Iglesia. Verdad es que la oposición procedía principalmente de los partidarios, más o menos manifiestos, de los errores jansenistas; pero, con todo, para muchos la causa fue el infundado temor de que padeciesen menoscabo algunos puntos de la doctrina católica si admitían esta forma nueva del culto al amabilísimo y amantísimo Salvador Señor de los hombres.
Muy interesante será el oír lo que, a propósito de las discusiones acerca del privilegio de que vamos tratando, dijo el docto y piadoso autor del libro De la Concepción de la Virgen María. Se lamenta de que en su tiempo, es decir, en el siglo XII, la fiesta de la Concepción de María fuese impugnada por muchos, y en algunos lugares suprimida. "Cuando quiero buscar la fuente de donde procede la salud del mundo, luego se me ofrece la fiesta de hoy, solemnidad que se celebra en muchos lugares en honor de la Concepción de la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios. En los tiempos antiguos se celebraba más universalmente, sobre todo por aquellos en quienes se juntaban una sencillez más inocente y una devoción más humilde hacia Dios. Pero desde que el amor a la ciencia y el afán del examen se apoderaron del espíritu de muchos, se ha suprimido esta fiesta, con menosprecio de la sencillez de los pobres, o bien se la ha reducido casi a nada, con pretexto de que no se apoyaba en ninguna razón de peso. Y el sentir de los tales hombres ha prevalecido con tanta más facilidad, cuanto los que así sentían estaban sobre los demás, o por su dignidad eclesiástica, o por su riqueza. Cuanto a mí, repasando en mi corazón la sencillez de los antiguos y la sublimidad del genio de los modernos, se me ocurrió consultar algunos textos de las divinas Escrituras y en ellos buscar con piadosa consideración a quiénes, si a los antiguos o a los modernos, debemos, yo y los que como yo piensan, dar preferencia. Ahora bien: estos textos me enseñan que Dios se complace en conversar con los sencillos. Por lo contrario, de aquellos en quienes se da mucha ciencia, pero poca claridad, las mismas Escrituras me dicen que su ciencia los hincha en vez de afianzarlos en la posesión del verdadero bien. Por consiguiente, puesto que la conversación familiar de Dios esclarece a los unos y la ciencia es como viento que hincha a los otros, pregunto: ¿cuál de los dos partidos deberemos seguir: aquel que goza del trato íntimo de Dios, o al otro, que se complace más de lo justo en su propia sabiduría?".
Sin duda, en esta invectiva contra los sabios del siglo XII que se oponían a que se celebrase una fiesta en honor de la Concepción de María, hay una buena parte de exageración; cosa tanto más creíble, cuanto uno de los adversarios de la fiesta era San Bernardo, que, por esta razón, fue duramente combatido por un teólogo francés, contemporáneo de Anselmo, Pedro Comestor. Por lo demás, cuando Dios permite que verdades que no han sido todavía definitivamente juzgadas por la Iglesia sean combatidas por varones de tanta virtud, no debemos escandalizarnos; antes siguense dos grandes provechos, porque, lo primero, así nos da Dios una lección con que aprendamos cuan débiles son nuestros pensamientos y cuánta necesidad tenemos de la autoridad infalible de su Iglesia, y en segundo lugar toma de ahí ocasión la divina Providencia para que de la lucha y de la controversia salga la verdad mejor definida, mejor explicada, mejor entendida, y, por tanto, su triunfo sea más esplendoroso.
Estudiemos ahora a la luz de la revelación divina y de las enseñanzas de la tradición las razones secretas que indujeron a los fieles de Cristo a proclamar la Concepción inmaculada de su Madre antes que los sabios se concertasen para admitirla, y antes que la Iglesia, guardiana y maestra de nuestra fe, la enseñase expresamente. Una vez más, comprobaremos que todos los bienes le vienen a María de su maternidad divina y que su Concepción sin mancha es, como todos los demás privilegios un corolario, pero un corolario anticipado, de su maternidad.

III.—Trasladaremos aquí, primeramente, algunos pasajes de los Santos Padres y de los antiguos escritores eclesiásticos, donde a las claras se muestra esta conexión entre la maternidad divina y la santidad original de María con todo su esplendor.
¿Qué es el pecado de origen? Es la servidumbre inicial bajo el imperio del demonio; es un contagio mortal contraído por todos los hombres al entrar en esta vida; es el pecado corruptor de la inocencia inviolada; es, por último, la noche extendida sobre la faz del alma. Pues bien: esto es lo que la antigüedad cristiana no admitió en María, Madre de Dios; esto es lo que la antigüedad cristiana, muchas veces y en todas las formas, rechazó al tratar de la Madre de Dios, por honor del Hijo, o, lo que es igual, por razón de la divina maternidad.
Nada de servidumbre. "Hoy, los cielos reciben al paraíso espiritual del nuevo Adán, paraíso en el que fue abrogada nuestra condenación y plantado el árbol de la vida... A este paraíso el demonio no tuvo nunca acceso... Y es que el Hijo único de Dios. Dios consubstancial con su Padre, se formó a sí mismo, en cuanto hombre de esta tierra pura y virgen".
Nada de contagio ni de mancha. Un Obispo de Oriente, venido de Sicile, Pedro de Argos, hace habla a la naturaleza humana, en un sermón sobre la Concepción de la Madre de Dios, de esta manera: "Hoy mismo, una rosa que brota en el seno de Ana. quiero decir María, hace que se desvanezca la infección que yo había contraído por la corrupción del pecado; al penetrarme con su dulce olor, me hace partícipe de su alegría celestial. Hasta ahora, una mujer me hizo desgraciado; en adelante, por una mujer me viene la dicha".
De manera que la Virgen benditísima, no solamente es toda pura en su Concepción, sino que también purifica a la naturaleza; y ya ésta, en aquel momento, "salta de alegría al ver las prendas y las arras de la reconciliación por tanto tiempo esperada". "Si nada es tan puro como María, si ésta es una tierra a la que la espina del pecado jamás desadornó; una tierra sobre la que descansó la bendición del Señor, sin que jamás conociera la antigua maldición, todo esto es así porque de Ella brotó Cristo, fruto bendito de sus entrañas".
Y otro escritor dice así: "Yo te saludo, oh Virgen Madre, que no participaste de nuestra malicia de ninguna manera... Alégrate, porque el Verbo a quien diste su cuerpo mortal te libró del peso funesto que gravita sobre nuestra naturaleza".
Por nada fue profanada nunca la inocencia de la Madre de Dios. "Si una sola mancha, si un defecto cualquiera hubiese alguna vez empañado el alma de la Virgen, sin duda alguna, Dios hubiera elegido para sí otra madre exenta de toda mancha".
El Píndaro de los armenios, Gregoiro Naregh, escribió en el mismo sentido: "Oh María, el Creador del mundo te dio el nombre de Madre, por lo cual siempre y en todas partes fuiste alabada como hija sin pecado de la primera mujer pecadora; libre, por tanto, de la maldición lanzada contra la familia humana".
Las Iglesias de Oriente llegan casi a poner en la misma línea la pureza de la Madre y la del Hijo: "Tú, Señor, y Tú, Madre, sois hermosos totalmente, y de todas las maneras: omnino et omni ex parte pulchri; porque en Ti, Señor, no hay ninguna mancha, y ninguna mancha hay tampoco en tu Madre".
Por último, nada de tinieblas en María. "Ella es el globo celeste de la nueva creación sobre el cual el sol de justicia ha lanzado siempre sus rayos, expulsando de su alma toda entera la noche de los pecados".
A estos testimonios de las Iglesias de Oriente sería cosa muy fácil añadir otros semejantes tomados de las Iglesias de Occidente. Citaremos uno solo, que vale por mil; es de San Agustín. El hereje Pelagio enseñaba, siguiendo a los estoicos, que la naturaleza humana conserva su perfección primitiva y que no ha tenido caída alguna; más aún: que puede, sin el socorro de la gracia, practicar la justicia, evitar todos los pecados y llegar con sus fuerzas nativas a su fin postrero, al reino de Cristo. Esta impecancia natural la atribuía también a los justos del Antiguo Testamento, desde Abel hasta San Juan Bautista, y añadía: "Es necesario y conforme con la piedad confesar quila Madre de nuestro Salvador y Señor no tuvo nunca jama;, pecado". San Agustín, en la refutación de estos errores, rechaza, en nombre de la fe cristiana, la impecancia absoluta con que la herejía honraba a los santos con el propósito de despreciar la gracia; pero admite la excepción en favor de la Santísima Virgen María, "de la que no quiere haya cuestión alguna cuando se trata de pecado, y esto por el honor del Señor". Porque "sabemos —continúa el santo Doctor— que ella recibió una sobreabundancia de gracia tal, que venció en todo y por todo, undequaque, al pecado, pues mereció concebir y dar a luz a Aquel que manifiestamente no tiene pecado".
Notemos bien el alcance del pensamiento de San Agustín. No limita la excepción a los pecados personales, como algunos ha supuesto muy equivocadamente. Los herejes, contra los que combatía, atribuían a los justos, y entre ellos a la Santísima Virgen, una inmunidad total, inmunidad de los pecados personales y del pecado de origen. Por consiguiente, Cuando San Agustín les concede lo que afirman, si se trata de la Madre de Dios, muestra con esto que el pecado acerca del que no quiere mover cuestión, es tanto el pecado original como otro cualquier pecado. Y esto es lo que por otra parte significa la expresión general: cum de peccatis agitur, "cuando se trata de pecados", porque nadie como San Agustín ha estigmatizado con el nombre de pecado nuestra caída original.
Muy bien había entendido esto un Abad cisterciense, casi contemporáneo de San Bernardo: el bienaveurado Oger, el cual, aludiendo, sin duda, al texto de San Agustín, decía: "¿Qué hombre, salido de la raíz viciada de nuestro primer padre, ha podido o podrá jamás observar los preceptos inmaculados de Cristo con perfecta caridad y sin cometer, por lo menos, alguna ligera transgresión?... No, no hay entre los hijos de los hombres, ni grande ni pequeño, sea cual fuere la alteza de su santidad y la sublimidad de su gracia, que no haya sido concebido en pecado, con la excepción de la Madre del Inmaculado, que, lejos de cometer pecado, borra los pecados del mundo. Así también yo, cuando se trata de pecado, no admito controversia alguna, discusión alguna que afecte a la Madre de Dios".

J.B. Terrien S.J.

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