lunes, 6 de diciembre de 2010

LOS DIEZ MANDAMIENTOS

Como lo afirmó, no vino a cortar y a abolir la Ley, sino a adoptarla y conducirla a la perfección y los Diez Mandamientos, que Dios proclamó sobre el Monte Sinaí, fueron adoptados por Cristo, con su doctrina y sus enseñanzas.

I.— Los mandamientos de Dios en general
Los Diez Mandamientos, son una Ley dada por Dios mismo, en la cual se refleja el vigor de la razón humana y de la inteligencia de los sabios.
A quienes examinan las condiciones religiosas y morales de la época actual, ¿qué cosa se les manifiesta, sino un penoso contraste entre el más alto grado de formación religioso, que hoy día se ofrece al pueblo y el poco provecho que de ella se obtiene y la ineficaz fuerza de impulso que se deriva de la práctica de la vida? En períodos anteriores de la historia de la Iglesia, la enseñanza general religiosa era mucho más simple, pero destacaba el hecho de que todo el proceso de la vida humana, estaba dominado por muchas y santas costumbres, impregnadas del temor de Dios y de los imprescindibles deberes de sus mandamientos.
Desde la mitad del pasado siglo, no solamente la ciencia católica se ha extendido con admirable impulso, sino que también el magisterio eclesiástico, de forma grandiosa, ha expuesto y aclarado todos los aspectos de la fe católica, proveyendo de normas morales adecuadas a las variadas condiciones de la vida, tanto de los particulares como de la comunidad, procurando por todos los medios posibles, llevar y difundir en las almas, la riqueza de la luz espiritual. Pero si se pregunta, sin embargo, si el grado de instrucción religiosa y conducta moral del pueblo católico se ha elevado igualmente, la respuesta no será afirmativa.
No diremos que no haya ni habrá católicos con un celo ejemplarmente fiel a los mandamientos de Dios, ni tampoco ha faltado heroísmo cristiano ni santidad. En este campo, nuestros tiempos no se quedan atrás en comparación con épocas pasadas, y no tenemos que decir, que aun las sobrepasa.
Pero echad una mirada a las opiniones, condiciones e instituciones públicas y encontraréis, que desgraciadamente han sido descristianizadas, mientras que el alejamiento del modo de vivir cristiano se ha difundido ampliamente.
Una superabundante corriente antirreligiosa se opone a los creyentes que quieren adaptar su vida personal, familiar y pública, a la Ley de Dios; tienen grandes dificultades e impedimentos para hacer conocer y estimar sus convicciones: además, no pocos sucumben, o languidecen en la práctica de la Religión.
Para respirar el aire corrompido de las grandes ciudades modernas, y vivir en ellas cristianamente sin absorber el veneno, es necesario un profundo espíritu de fe y la fuerza de resistencia propia de los mártires.

Un hecho que siempre se repite en la Historia de la Iglesia es que cuando la fe y la moral cristiana chocan contra fuertes corrientes adversas llenas de errores o de apetitos viciosos, surgen tentativas para vencer las dificultades con cualquier convenio cómodo, o de otra manera, esquivarlas y eludirlas.
También en lo que se refiere a los Mandamientos de Dios, se cree haber encontrado un recurso. En materia moral, se ha dicho; hay enemistad con Dios, pérdida de la vida moral y sobrenatural, pecado grave en su sentido propio, solamente cuando el acto, del cual se debe responder, ha sido hecho no solamente con la clara conciencia que va contra los mandamientos de Dios, sino también, con la expresa intención de ofenderlo, de romper la unión con El, de rechazar su amor. Si falta esta intención, si con ello el hombre no ha querido terminar su amistad, el acto particular —se dice— no puede dañarlo. Como ejemplo, las multiformes desviaciones de! sexto mandamiento, no serían para el creyente, el cual quiere mantenerse unido a Dios y conservar su amistad, ninguna falta grave ni significaría pecado mortal. Una magnífica solución. ¿Quién no ve, con clara conciencia, que un determinado acto humano está contra el Mandamiento de Dios, si incluye que no puede ser dirigido a la unión con El. sencillamente porque contiene la aversión, o sea el alejamiento del espíritu de Dios y de su voluntad (aversio a Deo fine ultimo), aversión que destruye la unión y la amistad con Dios, como lo hace exactamente el pecado mortal?
¿No es cierto que la fe y la teología enseñan que todo pecado es una ofensa para Dios y trata de ofenderlo, porque la intención existente dentro del pecado grave, está contra la voluntad de Dios expresa en el Mandamiento que se viola?
Cuando el hombre dice sí al fruto prohibido, dice no a Dios que lo prohibe; cuando antepone a sí mismo y a su voluntad a la Ley de Dios, se aleja de El y de su divina voluntad: en esto consiste la aversión hacia Dios y la esencia intima del pecado grave. La malicia del acto humano viene de que no está conmensurado por la regla, la cual es doble: una parte próxima y homogénea, es en sí misma la razón humana; la otra es la primera regla, es decir, la ley eterna que es la razón de Dios, la cual resplandece en la conciencia humana y hace ver la diferencia entre el bien y el mal. El verdadero crevente no ignora que la intención referente al objeto de la culpa grave no es separable de la intención que viola la voluntad y la Ley Divina y rompe la amistad con Dios, que conoce bien las intenciones rectas y las intenciones perversas de los actos humanos, premiando o castigando de acuerdo con su clarividente justicia.

No hay más que un camino para llegar al amor de Dios, y mantenerse en amistad con El: observar sus preceptos. Las palabras poco valen; lo que valen son los hechos, por ello el Redentor decia: "No todos aquellos que me dicen. Señor, entrarán en el reino de los cielos; pero aquel que hace la voluntad de mi padre, que está en el Cielo, éste entrará en el Reino de los Cielos" Cumplir pues en todos sus mandamientos, y conformar y unificar nuestra voluntad, éste y sólo éste es el camino del cielo. San Pablo proclama el axioma de la vida moral en forma enérgica: "Cuidaos de no errar; ni los fornicadores, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que pecan contra la naturaleza, ni los ladrones, ni ¡os avaros, ni los que se dedican a la embriaguez, ni los maléficos, ni los rapaces, tendrán la herencia del reino de Dios". El Apóstol de las Gentes, tenía ante su mirada, no sólo las deserciones de Dios con la negación formal de la fe u odio formal contra El, sino también cualquier grave lesión de las virtudes morales, y su palabra no se referia solamente a la costumbre de pecar, sino a todos los actos particulares contra la moral y la justicia, los cuales son pecados mortales, y llevan consigo la condenación eterna. Querer dar al hombre religioso casi una carta de inmunidad de sus culpas en todo lo que haga, no podría considerarse, ni ser la redención de la miseria moral, cuya supresión corresponde a la Iglesia.

Actualmente parece que el paganismo ha renacido y muchos lo han exaltado contra el cristianismo en volúmenes y poemas; pero la Iglesia, desde su aparición en el mundo, se armó con la doctrina del Evangelio y con la virtud heroica de sus apóstoles y creyentes, contra todo sofisma, contra toda persecución, abierta o escondida del gentilismo. La lucha siempre fue dirigida por caminos frontales, oponiendo a las desviaciones paganas, la fuerza iluminada de los preceptos y de las virtudes cristianas. No solamente las Epístolas de San Pablo dan claro testimonio de la elevación de las obligaciones morales adjuntas a la religión de Cristo, y de la lucha que los fieles tenían que sostener para cumplirlas: casi al fin de la época apostólica, las cartas del Apocalipsis a las Siete Iglesias, son una manifiesta expresión de esa continua repetición: "Vincenti.. . . Qui vicerit. .." "Al vencedor, le daré de comer de la fuente de la vida, le daré el maná oculto, confesará su nombre delante de mi Padre y delante de sus Angeles. Quien sea vencedor, no será atacado por una segunda muerte."
El fervor de los cristianos de los primeros siglos, los inclinaba a profesar su fe, tal vez demasiado. Tanto, que su rigor moral marcó el límite mismo de una medida razonable, requerida según el Espíritu del Evangelio.
Con gran severidad, los padres de la Iglesia, no dudaron en combatir, por los desórdenes que incluían, los espectáculos, las luchas de gladiadores, los teatros, el baile, las fiestas y diversiones que parecían tan naturales a la sociedad pagana. No es ninguna maravilla que la fe cambiase radicalmente, transformando y mejorando las costumbres de aquéllos que se le acercaban.
Ya que hoy se alza repetidamente el grito ¡regreso al primitivo cristianismo! bien se empieza a ponerlo en práctica con la enmienda y la reforma de las costumbres; que ese grito, sin embargo, no sea una voz dada en vano, sino un serio y efectivo regreso, como lo piden, considerándolo propio y necesario a nuestro tiempo, las exigencias de los actos y de la vida moral.
Cristo no encuentra el heroísmo en todos; a todo aquél que mostraba una pequeña marca de buena voluntad, le inspiraba valor; pero al mismo tiempo no se abstiene de enunciar las más altas exigencias: "Si alguien quiere estar conmigo, renuncie a sí mismo, tome su cruz y sígame", "Sed perfectos, como el Padre Celestial es perfecto". Para conducir a los hombres a tan alta meta, la Iglesia ayuda a todos, siempre con la intención de acercar más y más a la perfección del Padre Celeste a cuantos creen en Cristo y practican sus preceptos.
Ella está sobre una montaña a la vista de todos, "madre de los santos, imagen de la Ciudad Suprema", entretanto, sin embargo, parece que la falta de cristianismo ha ganado y gana terreno a su alrededor.
La Iglesia está ahí, sobre su fundamento, inflexible ante las deserciones y las persecuciones, porque ella es la fuerza de Dios y de Cristo.
Se dijo que si Dios no existiese, habría necesidad de inventarlo; sin un Dios que no haya enseñado a los hombres las distinciones y los límites del bien y del mal, no resplandecería ante la razón sobre esta tierra, una ley de moralidad. Donde domina la fe en un Dios personal, permanece a salvo el orden moral, determinado por los Diez Mandamientos del Decálogo; de otra manera tarde o temprano se hunde miserablemente.

II..—Los Mandamientos de Dios en particular
Si ahora miramos los Mandamientos de Dios en forma individual, se puede decir que cada uno de ellos se ha convertido en un grito de alarma, cada uno señala grandes peligros morales. Los tiempos pasados han visto serios desórdenes, ¿quién podría negarlo? pero alguna columna de las que sostenían el orden ético, sobre todo la fe en Dios, la autoridad de los padres, o de los poderes públicos, permanecieron salvas e intactas. Actualmente todo el edificio de la moral se halla minado y sacudido. Un signo característico de esa decadencia está en que con la disminución de la fe en Dios y con la simultánea exageración y abuso del poder público, no sólo las formas concretas, sino también el principio mismo de la autoridad se convierten en "piedra de escándalo" y son rechazadas.
Creemos, sin embargo, que para preservar y mejorar tal estado de cosas, se necesitan principalmente dos remedios: en primer lugar, que se restituya la autoridad de los padres con todos sus derechos, aun en los casos donde hubieran sido restringidos o absorbidos, como por ejemplo en la escuela y en la educación. Después, todos aquéllos que tienen una autoridad pública, todas las clases dirigentes hasta los patronos y educadores de la juventud, procedan ellos mismos con el ejemplo de una vida moderada y ejerzan el poder conforme a las leyes de la justicia y del amor. Ante tal modelo de sobriedad, el mundo permanecería admirado, viendo qué prodigios de tranquilidad pública se podrían obtener.
En el terreno de la lealtad reciproca y veracidad, reina y se extiende un aire viciado, en el cual las personas de buena fe sienten que les falta la respiración. ¿Quén hubiera esperado que después de la antigua civilización y la cultura superior, que fueron alabadas por las épocas precedentes, el respeto al derecho hubiera encontrado peligros y violaciones, que sólo fueron conocidos en los períodos más obscuros de la Historia? Pero también en esta materia, la llave de la solución, ha sido dada con la fe en Dios, que es fuente de justicia y que se ha reservado a sí mismo el derecho sobre la vida y sobre la muerte.
Solamente esta fe podrá conferir la fuerza moral para conservar los límites debidos, ante todas las insidias y tentaciones. Teniendo siempre presente, que exceptuando los casos de legítima defensa, de guerra justa, llevada a cabo con medios justos, y de la pena de muerte infligida por la autoridad pública para un bien determinado y por causa de gravísimos delitos, la vida humana es inviolable.
Sobre los mandamientos llamados "de la primera mesa", que se refieren a Dios, creemos oportuno hacer dos observaciones:
La primera concierne al sentido mismo del culto que debe rendirse a Dios, sentido que en los últimos siglos se ha obscurecido, aun en medio de los fieles. En todo tiempo sucede que en el santuario de la vida personal religiosa, los hombres buscan y estudian para hacer avanzar los intereses propios, lo cual es verificado más allá de la medida, bajo el influjo de la soberbia y vanidosa cultura materialista que domina a las generaciones modernas. Se quisieran reducir las relaciones entre Dios y el hombre, a la ayuda de Dios en las circunstancias materiales y terrenales; en cuanto al resto, el hombre quisiera actuar como si no tuviese necesidad del sostén divino. El culto de Dios se convierte en un concepto de utilidad; la religión, desde la esfera del Espíritu, cae en la de la materia.
La práctica religiosa no hace sino pedir favores al cielo, para las necesidades de la tierra, casi haciendo cuentas con Dios. La fe vacila, si la ayuda no corresponde al deseo, Que la religión y fe, antes que nada imponen adoración y servicio de Dios; que existen mandamientos de Dios, los cuales obligan siempre, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia; que para el cristiano la vida futura domine y determine la vida terrena; estos conceptos y estas verdades que regulan y dirigen la voluntad del creyente, han sido extraños al pensamiento y al sentimiento del espíritu humano.
A tal extravío, ¿qué remedio hay que poner? Ante todo, que las grandes verdades y los grandes conceptos de la fe, regresen, como vida y realidad, a todas las clases sociales, tanto en las superiores como en las desheredadas, y en las sumidas por doquier, en la indigencia y la miseria.
Esta es la necesidad más urgente en la educación religiosa, porque además de los males y desventuras, la humanidad experimenta la decadencia de la moral y de la justicia y llega a ser un terrible castigo, lacerante y doloroso, sobre una falsa idea de Dios y de la religión.
Se ha dicho que el prodigio de estos años, son los millones de fieles que honran y sirven a Dios, sometidos a sus mandamientos y sin embargo, han llegado a encontrarse en condiciones de estrechez. Ciertamente tan devotos e impávidos cristianos, son la gloria de la Iglesia.
El culto de Dios, que durante el curso de la vida humana debe iniciar y cerrar cada jornada, impone, sin embargo, deberes especiales para la santificación de las fiestas. Aquí cabe nuestra segunda observación: No se puede desaprobar a la Iglesia por querer aplicar el precepto dominical con excesiva dureza, pues ella lo determina y lo regula con aquella "benignita et humanitas", de la cual le dio ejemplo el Divino Fundador. Pero contra la profanación y el cambio laico del sagrado dia domingo, que con un ritmo ascendente ha sido despojado de su carácter religioso y de tal modo alejando a los hombres de Dios, que la Iglesia, tutora de la Ley Divina, debe oponerse y hacer frente con santa firmeza.
La Iglesia tiene que hacer frente a la absorción y distracción derivada de la práctica de los deportes, llevada a tal exceso, que no deja tiempo para la oración, para el recogimiento y el reposo, los miembros de la familia quedan separados unos de otros, y los hijos permanecen alejados y fuera de la vigilancia de los padres. Tiene que hacer frente sin temor, a las diversiones, las cuales, como el cine inmoral, transforman el domingo en un día de pecado. Finalmente debe darse el debido descanso, que se convierte en ventaja para la renovación espiritual y adelanto de la vida familiar.

Dios, el nombre de Dios, y el culto de Dios, constituyen "la primera mesa"; la siguiente, los deberes y los derechos de la vida humana abarcan "la segunda mesa" la cual, con la primera forma el decálogo, así como del mismo modo que el amor de Dios, y el amor al prójimo se unen para hacer un amor que solamente de Dios se refleja sobre el prójimo. Más numerosos son los preceptos contenidos en esta "segunda mesa" que merecerían muchas observaciones; pero ¿cómo podremos nosotros omitir recordar las palabras; "non moechaberis"? ¿Es decir demasiado, si hacemos notar que contra tal mandamiento los mismo países, que se alaban como más civilizados, presentan un espectáculo de la más profunda devastación moral, y si agregamos que sus vestigios son todavía visibles en la Ciudad Eterna? Nosotros sabemos bien, que las reformas económicas y sociales influyen eficazmente para salvar el matrimonio y la familia; pero tal salvación, a fin de cuentas, es siempre un deber y un oficio religioso cuyo proceso curativo debe atacar los males desde la raíz. La concesión entera del campo de la vida comprendida en el sexto mandamiento, está infectada de lo que se podría llamar "el matrimonio en película" el cual no es otra cosa sino una irreverente e impúdica muestra de las contaminaciones del matrimonio y de la infidelidad conyugal que hace ver las nupcias, unidas por vínculos morales, solamente como una escena y fuente de placer sensual, y no como una obra de Dios, institución santa, oficio natural y felicidad pura, en el cual el elemento espiritual siempre sobrepasa y domina, y al mismo tiempo el triunfo de un amor fiel hasta la tumba, fiel hasta las puertas de la eternidad.
Hacer revivir estas visiones cristianas en el matrimonio entre fieles ¿no es un deber del cuidador de las almas?
Es necesario que la vida conyugal esté otra vez revestida y rodeada de aquel respeto, del cual la sana e incorrupta naturaleza y las revelaciones la adornaron desde el principio: respeto por la fuerza que Dios ha infundido admirablemente a la naturaleza para suscitar vidas nuevas, para edificar la familia, para la conservación del género humano.
La educación de los jóvenes para la castidad de los pensamientos y de los afectos, para la continencia en el matrimonio, no es la última meta a la cual tiende y mira la pedagogía, sino para demostración de su eficacia, para educar el espíritu contra los peligros que contiene la vida. El joven, que afronta y sostiene victoriosamente la lucha por la pureza, observará también, los otros mandamientos de Dios y será apto para formar una familia según los designios del Creador. ¿Cómo se podría esperar y conservar castidad y felicidad conyugal de un joven que no supo nunca vencerse a sí mismo y dominar sus pasiones, despreciar las malas invitaciones y los malos ejemplos, y que se ha permitido antes de las nupcias toda clase de desórdenes morales?
Si el tutor de almas — que tiene sagrada obligación delante de Dios y de la Iglesia— quiere obtener victorias contra las dos lacras de la familia, el abuso del matrimonio y la violación de la fe conyugal, debe formar e instruir con las luces de la fe una generación que desde los primeros años, haya aprendido a pensar santamente, a vivir castamente y a dominarse a sí misma.
Pensar santamente sobre todo en la mujer. El "matrimonio en película" ha obrado sobre esta materia de la manera más funesta; ha borrado en el hombre el respeto hacia la mujer y en la mujer el respeto de sí misma. Ojalá puedan la educación y el cuidado de las almas conducir las mentes y los corazones al ideal antiguo y puro de la mujer, agregando a la Inmaculada Virgen Madre de Dios, María, la veneración tierna hacia la cual ha sido siempre en todo tiempo la conservación y la salvación del honor femenino.

Debemos agregar una palabra más sobre el Séptimo Mandamiento, en consideración de las condiciones económicas presentes que el torbellino de la guerra ha sacudido tan desastrosamente. Sobre tal argumento hacemos Nuestra severa amonestación de San Pablo: "Nadie sorprenda o haga fraudes en los negocios al propio hermano, porque el Señor hará justicia de todas estas cosas".
Si tal admonición seria oportuna en una vida social normal y tranquila, es pues aún más conveniente y necesaria en las circunstancias confusas y agitadas de la convivencia entre los hombres, por un doble motivo.
Primeramente los tiempos de las sacudidas y de las perturbaciones económicas, como son los presentes, exigen doblemente la observación exacta del Séptimo y del Quinto Mandamiento, concernientes a los bienes y a la vida del prójimo, porque de otra manera, sería muy grande el peligro de que la lealtad y la fidelidad al actuar y tratar recíprocamente, desaparezcan a tal punto que hagan poco menos que imposible e insoportable el vivir civilizadamente. Cuando un dique está amenazado por el impacto de la corriente, no se debe debilitar sino reforzarlo.
En segundo lugar, en la inmensa miseria, en la falta de habitación y de alimentos, en las cuales las atrocidades de la guerra han precipitado a millones de seres humanos, no es de extrañar que la falta de honradez en el manejo de los negocios, el temerario y perverso aprovechamiento de las dificultades presentes y particularmente la imposición de precios exorbitantes y el acaparamiento ilícito de las cosas necesarias a la vida, se conviertan más fácilmente que en una época quieta y pacífica, en ultraje a la comunidad del pueblo y violaciones de la justicia, que atacan a Dios.
Todos ven y comprenden como es necesario prevenir tentaciones semejantes y vigilarse a si mismo, no solamente con una sobriedad consciente en las relaciones de lo mío y de lo tuyo, sino también con un sentido vivo e imperturbable y una generosa mano para todo aquello a que se inclina la caridad cristiana y que pide la justicia social.
De las obras de misericordia: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, alojar al peregrino, visitar a los enfermos y encarcelados, ¡oh, cómo todos estos dolores y afanes de la realidad actual resuenan en este momento en nuestros oídos! ¿no dependen, según la solemne aseveración de Cristo, en el juicio final la bendición o la maldición, el gozo o el dolor, parea toda la eternidad? Sí: a la gloria o a la infelicidad eterna, lleva el descuido del ejercicio de la misericordia: y lo mismo creemos poder afirmar en lo que se refiere a las obras cumplidas u omitidas por la justicia social.
Pío XII

Alocución a los Ejercitantes. 23 de febrero de 1944.

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