jueves, 23 de diciembre de 2010

LA MUJER MODERNA

El carácter de la vida y la preparación de la cultura de la mujer, estaban, según la antigua tradición, inspiradas por el instinto natural que para el gobierno propio de sus obras, le enseñaba la familia, cuando por amor a Cristo no hubiese preferido la virginidad. Retirada de la vida y las profesiones pública?, como flor creciente custodiada y reservada, estaba destinada para una vocación de esposa y madre. Al lado de la madre aprendía los trabajos femeninos, el cuidado y los trabajos de la casa, y participaba en la vigilancia de las hermanitas menores, desarrollando así sus fuerzas y su ingenio e instruyéndose en el arte y en el gobierno del hogar doméstico. Manzoni nos presenta en la figura de Lucía, la expresión literaria más alta y viva, de esta concepción.
Las formas simples y naturales, en las cuales la vida del pueblo se desarrollaba, la íntima y práctica educación religiosa, de que estaba animado el fin del siglo XIX, la costumbre de contraer desde temprana edad matrimonio aún posible en aquellas condiciones sociales y económicas, la prominencia que la familia tenia en el movimiento popular, todo esto y otras circunstancias que con el tiempo han cambiado radicalmente, constituían el principal alimento y sostén, para aquel carácter y aquel modo de cultura de la mujer.
Actualmente al contrario, la antigua figura femenina está en transformación. Vosotros veis a la mujer y sobre todo a la joven, salir de su retiro y entrar en casi todas las profesiones y aun al campo de vida y de acción, exclusivo del hombre.
Inicios de esta revolución, primero tímidos, después más fuertes, se habían venido manifestando desde hacia algún tiempo, causados principalmente por el desarrollo de la industria en el progreso moderno. Pero desde hace algunos años, como un desbordamiento que derrumba los diques, que vence toda resistencia, las filas femeniles, parece que han penetrado en el terreno de la vida del pueblo. Aunque una tal corriente no se ha difundido por igual en todas partes, no es difícil encontrarla en el más remoto pueblo montañés; mientras que en el laberinto de las grandes ciudades, como en las oficinas y en la industria, la antigua costumbre ha debido ceder incondicional-mente ante este movimiento moderno. (1)
* * *
Decimos que para nosotros el problema femenino, sea en total, como en cualquiera de sus múltiples aspectos particulares, consiste todo en la conservación y en el incremento de la dignidad que la mujer ha recibido de Dios. Para nosotros pues, este es un problema no de orden meramente jurídico o económico, pedagógico o biológico, político o democrático, sino que, a pesar de su complejidad gravita todo en torno a la pregunta: ¿Cómo mantener y reforzar la dignidad de la mujer, máxime hoy en las coyunturas en que Dios nos ha puesto? Ver el problema de otra manera, considerarlo unilateralmente bajo cualquiera de los aspectos antes mencionados, sería lo mismo que eludirlo sin ningún provecho para nadie y menos aún para la mujer misma. Separarlo de Dios, del orden sabio del Creador, de su Santísima Voluntad, es desviar el punto esencial del problema, es decir, la verdadera dignidad de la mujer, dignidad que ella tiene de Dios y en Dios.
De esto se deduce que no están en posición de considerar correctamente la cuestión femenina, los sistemas que excluyen de la vida social a Dios y a su ley, y a los preceptos de la religión les conceden un lugar humilde en la vida privada del hombre.
¿En qué consiste pues esta dignidad que la mujer tiene de Dios?
Interrogad a la naturaleza humana, la cual el Señor ha formado, educado, redimido con la Sangre de Cristo.
Con su dignidad personal de hijo de Dios, el hombre y la mujer son absolutamente iguales, al igual que con relación al fin de la vida humana que es la eterna unión con Dios en la felicidad del Cielo. Es gloria de la Iglesia, el haber puesto a la luz y haber honrado esta verdad y el haber liberado a la mujer, de una servidumbre degradante contraria a la naturaleza. Pero el hombre y la mujer no pueden mantener y perfeccionar esta su igual dignidad, sino respetando y poniendo en acción las cualidades particulares que la naturaleza ha dado a uno y a otra, cualidades físicas y espirituales, indestructibles, de las cuales no es posible deshacer el orden, sin que la naturaleza misma venga nuevamente a restablecerlo. Estos caracteres peculiares que distinguen a los dos sexos, se muestran con tanta claridad a los ojos de todos, que solamente una ceguera obstinada o un doctrinalismo no menos funesto que utópico, podrían en el orden social, desconocer o ignorar su valor.
Aún más; los dos sexos, por sus mismas cualidades particulares, están ordenados uno al otro, de tal manera que esta mutua coordinación ejerce su influjo en todas las múltiples manifestaciones de la vida social humana. Nosotros Nos concretaremos a recordar aquí dos, por su importancia especial: el estado matrimonial y el estado del celibato voluntario, según el consejo evangélico.
El fruto de una verdadera comunidad conyugal comprende no solamente a los hijos, cuando Dios los concede, y a los bienes materiales y espirituales que la vida de familia ofrece al género humano. Toda la civilización en cualquiera de sus ramas, los pueblos y la sociedad de los pueblos, la Iglesia misma, en una palabra, todos los verdaderos bienes de la humanidad, reciben los efectos felices cuando la vida conyugal florece en el orden, cuando la juventud se acostumbra a contemplarla, a honrarla y a amarla, como a un ideal santo.
Cuando por el contrario, los dos sexos no son recíprocamente más que objeto de egoísmo y sensualidad; cuando no cooperan de mutuo acuerdo al servicio de la humanidad según los designios de Dios y de la naturaleza; cuando la juventud olvidadiza de su responsabilidad, ligera y frívola en su espíritu y en su conducta, se hace moral y físicamente inapta a la santa vida del matrimonio, entonces el bien común de la sociedad humana, tanto en el orden espiritual como en el temporal, se encuentra comprometido gravemente, y la Iglesia de Dios tiembla, no por su existencia —ella tiene las promesas divinas—, sino por el fruto de su misión entre los hombres.
Pero he aquí que desde hace veinte siglos, en cada generación miles y miles de hombres y de mujeres entre los mejores, renuncian libremente a una familia, a los santos deberes y a los sagrados derechos de la vida matrimonial, para seguir el consejo de Cristo.
¿El bien común del pueblo y el de la Iglesia, no quedan expuestos al peligro?
¡Todo lo contrario! Estos espíritus generosos reconocen la asociación de los dos sexos en el matrimonio, como un bien elevado. Pero se separan de la vida ordinaria, del camino conocido, y en lugar de desertar, se consagran al servicio de la humanidad con completo desprecio de sí y de sus propios intereses, con una acción incomparablemente más amplia, total y universal. Mirad esos hombres y esas mujeres: vedlos dedicados a la oración, a la penitencia; aplicados a la instrucción y a la educación de la juventud y de los ignorantes; inclinados sobre las cabeceras de los enfermos y agonizantes; con el corazón abierto a todas las miserias y a todas las flaquezas, para rehabilitarlas y confortarlas, para sobrellevarlas y santificarlas.
Cuando se piensa en las doncellas y en las mujeres que renuncian voluntariamente al matrimonio, para consagrarse a una vida más elevada, una vida de contemplación, de sacrificio y de caridad, inmediatamente salen a los labios estas palabras: ¡La vocación! Esta es la sola palabra adecuada para tan elevado sentimiento. Esta vocación, este llamado del amor, se hace sentir de las maneras más diversas, porque las modulaciones de la voz divina son infinitamente variadas: invitación irresistible, inspiración afectuosamente insistente, impulso suave. Pero la joven cristiana, que ha escogido el celibato por propio gusto, cree firmemente en la Providencia del Padre Celestial, reconoce en las vicisitudes de la vida, la voz del Maestro; "Magister adest et vocat te": ¡el Maestro está aquí y te llama! Ella contesta; ella renuncia al sueño de su adolescencia y de su juventud; tener un compañero fiel en la vida, constituir una familia y en la imposibilidad del matrimonio, discierne su vocación; entonces, con el corazón abatido pero sumiso, se da a sí misma y se dedica a las nobles y multiformes obras de bien.
En uno y en otro estado el oficio de la mujer aparece trazado con lineamientos, con actitudes, con las facultades peculiares de su sexo. Ella colabora con el hombre, pero de una manera que le es propia, según su tendencia natural. Ahora bien, el oficio de la mujer, su modo, su inclinación innata es la maternidad. Toda mujer está destinada a ser madre; madre en sentido físico de la palabra, o bien en un significado más espiritual y elevado, pero no por esto menos real.
Con este fin. el Creador ha ordenado todo el ser propio de la mujer, verdaderamente tal, y no puede ver y comprender de otra manera, todos los problemas de la vida humana que forman el aspecto de la familia. Por eso, el sentido fino de su dignidad, le hace sentir inquietud, cada vez que el orden social o político amenaza perjudicar su misión maternal, al bien de la familia.
Sin embargo, tales como son actualmente las condiciones sociales y políticas podrían ser aún más inciertas para la santidad del hogar doméstico y por consiguiente para la dignidad de la mujer. Vuestra hora ha sonado, mujeres y jóvenes católicas; la vida pública tiene necesidad de vosotras; a algunas de ellas se puede decir: "Tua res agitur".
Es un hecho innegable, que desde hace tiempo los acontecimientos públicos se han venido desarrollando de una manera desfavorable para el bien real de la familia y de la mujer. Y hacia la mujer se han dirigido varios movimientos políticos, para ganarla a su causa. Cierto sistema totalitario pone ante sus ojos promesas maravillosas; igualdad de derechos con el hombre, protección antes y después de los embarazos; cocinas y otros servicios comunes que la liberan de la carga del cuidado doméstico; guarderías públicas de la infancia y otros instintos, mantenidos y administrados por el Estado y las comunidades, que la eximen de las obligaciones maternales hacia los propios hijos, asistencia gratuita y ayuda en caso de enfermedad.
No se quieren negar las ventajas que pueden obtenerse de una o de otra prestación social, si se aplican en la forma debida. Nosotros mismos hemos observado, en otra ocasión, que por el mismo trabajo e igualdad de rendimiento, a la mujer se le debe la misma remuneración que al hombre. Queda sin embargo, el punto principal y esencial del asunto, al cual nos hemos referido.
¿Se ha mejorado con esto la condición de la mujer? La igualdad de derechos con el hombre, ha sujetado a la mujer a la misma carga y al mismo tiempo de trabajo, y la ha hecho abandonar la casa en donde ella era reina. Se ha mezclado, sin importar su dignidad verdadera y el fundamento sólido de todos sus derechos, es decir, el carácter propio de su ser femenino, y la íntima coordinación de los dos sexos; se ha perdido de vista el fin del Creador, designado para el bien de la sociedad y principalmente de la familia. En las concesiones hechas a la mujer, es fácil deducir antes que el respeto de su dignidad y de su misión, la mira de promover la potencia económica y militar del espíritu totalitario, al cual todo debe estar inexorablemente subordinado.
Por otra parte; ¿puede la mujer esperar su verdadero bienestar en un régimen de capitalismo predominante? Nosotros no creemos necesario describir las consecuencias económicas y sociales que se pueden derivar. Vosotras conocéis los signos característicos y lleváis la carga; aglomeración excesiva de población en las ciudades, incremento progresivo e invasor de las grandes empresas, condición difícil y precaria en las otras industrias que perjudica principalmente la artesanía y aún más a la agricultura; extensión inquietante de los sin trabajo.
Volver a poner en el lugar de honor, la misión de la mujer y de la madre en el hogar doméstico, son las palabras que de todas partes se elevan como un grito de alarma, como si el mundo se mostrase aterrorizado de los frutos de un progreso material y técnico, del cual se había mostrado antes tan orgulloso.
Observemos la realidad de las cosas.
Por ejemplo, la mujer que para aumentar los ingresos del marido, se va también ella a trabajar a la fábrica, dejando durante su ausencia la casa abandonada; y ésta de por sí, tal vez escuálida y angustiosa, se vuelve más miserable por falta de cuidado; los miembros de la familia trabajan cada uno separadamente en los cuatro extremos de la ciudad y a diferentes horas; casi nunca se pueden reunir, ni para comer, ni para reposar de las fatigas de la jornada y mucho menos, para la oración en común. ¿Qué queda de la vida de familia? ¿Qué atractivos puede ofrecer a los hijos?
A estas consecuencias penosas por la ausencia de la mujer y de la madre en el hogar doméstico, se añade otra aún más deplorable: la que se refiere a la educación de la joven y su preparación a la vida real. Habituada a ver a la madre siempre fuera de casa y la casa tan triste con su abandono, será incapaz de encontrar algún atractivo, ni tendrá ningún gusto por las austeras ocupaciones domésticas, ni sabrá comprender su nobleza y su belleza, ni deseará dedicarse algún día a las ocupaciones de esposa y de madre.
Esto es verdad en todas las escalas sociales, en todas las condiciones de vida. La hija de la mujer mundana, que ve la dirección de la casa abandonada en manos de personas extrañas, y a la madre atareada en ocupaciones frívolas, en diversiones fútiles, querrá seguir su ejemplo, querrá emanciparse lo más pronto posible para "vivir su vida", según la triste expresión. ¿Cómo podría ella concebir el deseo de llegar a ser algún día una verdadera mujer, es decir una ama de casa en una familia feliz, próspera y digna?
En cuanto a las clases trabajadoras, obligadas a ganar el pan de cada día, la mujer, si reflexionase bien, se daría cuenta, cómo la utilidad suplementaria que obtiene trabajando fuera de la casa, es devorada por los otros gastos y muchas veces por gastos ruinosos para la economía familiar. La hija, que también va a trabajar a la fábrica o a la oficina, aturdida por el mundo agitado en que vive, atraída por el oropel de un lujo falso, ávida de placeres desviados que distraen pero que no satisfacen ni reposan; en los salones de "revista" o de baile que pululan en todas partes, a los cuales hasta se les hace propaganda y corrompen a la juventud, se convierte en "mujer de clase", que desprecia las antiguas normas de vida a las cuales llama "octogenarias". ¿Cómo no va a encontrar su humilde morada inhóspita y más tétrica de lo que es en realidad?
Para poder hacerla agradable, para desear establecerse ella misma, debería saber compensar la impresión natural, con la seriedad de la vida intelectual y moral, con el vigor de la educación religiosa y el ideal sobrenatural. ¿Pero, qué formación religiosa ha podido recibir en tales condiciones?
Y esto no es todo. Cuando, con el transcurso de los años, su madre, envejecida antes de tiempo, trabajada y marchita, la verá llegar en la noche a hora tardía, en lugar de recibir de ella una ayuda, un sostén, tendrá que cumplir con los trabajos femeninos y domésticos y aun hacer el oficio de sierva ante la hija incapaz. La suerte del padre tampoco será afortunada, cuando de edad avanzada, las enfermedades, los achaques, la desocupación lo obliguen a depender para su sostenimiento de la buena o mala voluntad de los hijos, la autoridad augusta del padre y de la madre, será desposeída de su majestad.
Ante las teorías y métodos, que por diferentes senderos, apartan a la mujer de su misión y con las lisonjas de una emancipación desenfrenada o en la realidad de una miseria sin esperanza, la despojan de su dignidad personal, de su dignidad de mujer, Nosotros hemos dado el grito de alarma que pide su presencia en el hogar doméstico.
La mujer entretenida fuera de casa, es desviada no solamente de su proclamada emancipación, sino también de las necesidades de la vida y del pan cotidiano. En vano se predicará sobre el retorno de la mujer al hogar, mientras perduren las condiciones que la obligan a permanecer alejada. Así queda manifestado el aspecto primordial de vuestra misión, en la vida social y política, que se abre ante vosotras. Vuestra entrada en la vida pública ha sido muy repentina, debido a los disturbios sociales que estamos presenciando.
¡Pero no importa! Estáis llamadas a tomar partido. ¿Dejaréis a otras, tal vez a aquéllas que han sido las promotoras o cómplices de la ruina del hogar doméstico, el monopolio de la organización social, de la cual la familia es el elemento principal en su unidad económica, jurídica, espiritual y moral?
El destino de la familia, el destino de la convivencia humana, se hallan en juego y en vuestras manos, ¡Tua res agítur! Toda mujer pues, sin excepción tiene el deber, deber estricto de conciencia, de entrar en acción, de no quedar ausente (en las formas y medios concordantes con la condición de cada una) para contener la corriente que amenaza al hogar, para combatir las doctrinas que socavan su fundamento, para preparar, organizar y completar la restauración.
A este motivo impelente para la mujer católica, para entrar en la vida que hoy se abre a su laboriosidad, se puede agregar otro: su dignidad de mujer. Ella tiene que competir con el hombre para el bien de la civilización, en la cual está igual a él en dignidad. Cada uno de los dos sexos debe tomar la parte que le está destinada según su naturaleza, sus caracteres, sus aptitudes físicas, intelectuales y morales. Ambos tienen el derecho y el deber de colaborar al bien total de la sociedad, de la patria. Pero está claro que si el hombre está por su temperamento más llevado a tratar los asuntos exteriores y negocios públicos, la mujer tiene, generalmente hablando, mayor perspicacia y mucho más finura, para resolver los delicados problemas de la vida doméstica y familiar, base de toda vida social; lo cual no impide que algunas den muestras de gran pericia, en cualquier campo de las actividades públicas.
Todo esto es un asunto no tanto de atribuciones distintas, sino de modo de juzgar y de llegar a aplicaciones concretas y prácticas. Tomemos por caso los derechos civiles que son para ambos los mismos. Pero ¡con qué mayor discernimiento y eficacia serían utilizados, si el hombre y la mujer llegaran a integrarse mutuamente! La sensibilidad y la finura, propias de la mujer, que podrían desviarla en el sentido de sus impresiones y que podrían acarrear perjuicios a la claridad de las miras, a la serenidad de las decisiones, y a la previsión de las consecuencias remotas, son por el contrario ayuda preciosa para poner a la luz las exigencias, las aspiraciones y los peligros de orden doméstico, asistencial y religioso.
La actividad femenina, se desenvuelve en gran parte en los trabajos y en las ocupaciones domésticas, que contribuyen, más de lo que se podría pensar, a los verdaderos intereses de la comunidad social. Pero estos intereses exigen además una élite de mujeres, que dispongan de mayor tiempo, para poderse dedicar a ellos más directa y completamente.
¿Cuáles podrían ser pues, estas mujeres, sino especialmente (no intentamos decir: exclusivamente) aquellas a las cuales Nosotros aludíamos. Aquéllas a las cuales circunstancias imperiosas, han dictado la misteriosa vocación, aquéllas, a las cuales los acontecimientos han empujado a una soledad, que no estaba en su pensamiento, ni en sus aspiraciones y que parecían estar condenadas a una vida egoísta, inútil y sin un fin? He aquí que actualmente su misión se manifiesta múltiple, militante y todas sus energías, eximidas del cuidado de una familia y de la educación de los hijos, la ponen en condiciones de cumplirla.
Hasta ahora algunas de aquellas mujeres se dedicaban con celo, a las obras de la parroquia; otras, con miras más amplias, se consagraban a una laboriosidad moral y social de gran importancia. Su número, por causa de la guerra y de las calamidades que han seguido, se ha aumentado considerablemente; muchos hombres valerosos cayeron durante la horrible guerra, otros regresaron enfermos; tantas mujeres jóvenes esperaron en vano el regreso del esposo, y en su demora solitaria vieron la nueva aurora. Pero al mismo tiempo, las necesidades creadas por la entrada de la mujer en la vida civil y política, pidieron su ayuda. ¿No es tal vez una extraña coincidencia o una disposición de la Providencia Divina?
El campo de acción que se ofrece a la mujer de hoy es muy amplio y puede ser según las aptitudes y el carácter de cada una, intelectual o prácticamente activo. Estudiar y exponer la posición y el oficio de la mujer en la sociedad, sus derechos y sus deberes, hacerse educadora y guía de las propias hermanas, disipar los prejuicios, aclarar las confusiones, explicar y difundir la doctrina de la Iglesia para evitar más eficazmente el error, la ilusión y la mentira; para combatir más ventajosamente la táctica de los adversarios del dogma y de la moral católica; trabajo inmenso y de necesidad inmediata, sin el cual todo el celo del apostolado no obtendría más que precarios resultados.
Esta parte directa, esta colaboración efectiva a la actividad social y política, no altera en nada el carácter propio de la acción normal de la mujer.
Asociada al hombre en el campo de las instituciones civiles, ella se aplicará especialmente a las materias que exigen tacto, delicadeza, instinto materno, antes que rigidez administrativa. ¿Quién mejor que ella puede comprender lo que requieren la dignidad de la mujer, la integridad y el honor de las jóvenes, la protección y la educación del niño? En todos estos argumentos, ¡cuántos problemas requieren la atención y la acción de los gobernantes y de los legisladores! Solamente la mujer sabrá, por ejemplo, atemperar con la bondad, sin detrimento de la eficacia, la represión del libertinaje; ella solamente podrá encontrar los caminos para salvar de la humillación y elevar a la honestidad de la virtud, a la jovencita abandonada moralmente; ella solamente podrá hacer fructuosa la obra del patronato y de la rehabilitación de expresidiarios o de las jóvenes caídas; ella solamente, hará salir de su corazón el eco del grito de las madres, a las cuales un Estado totalitario, cualquiera que sea su nombre, quisiera arrancarles la educación de sus hijos.
De esta manera, queda trazado el programa de los deberes de la mujer, cuyo objeto práctico es doble: su preparación y formación a la vida social y política y el desarrollo y realización de esta vida social y política, en el campo privado y público.
Está claro que el oficio de la mujer, bajo este aspecto, no se improvisa. El instinto materno es en ella un instinto humano, determinado por la naturaleza solamente para sus aplicaciones particulares.
Esto viene directo de una voluntad libre, guiada a su vez por el intelecto. De ahí, su valor moral y su dignidad, pero también su imperfección que tiene necesidad de ser compensada y recatada con la educación.
La educación femenina de la joven y no menos la de la mujer adulta, es una condición necesaria de su preparación y de su formación, a una vida digna de ella. El ideal sería evidentemente que esta educación pudiese arrancar desde la infancia, desde la intimidad del hogar cristiano, y bajo el influjo de la madre.
Desgraciadamente este caso no es siempre posible. Sin embargo se puede suplir a esta falta, procurando a la joven, que por necesidad debe trabajar, una de esas ocupaciones que son un adiestramiento para la vida a la cual está destinada. A este fin tienden las escuelas de economía doméstica, que tratan de hacer de la niña y de la joven de hoy, una mujer y una madre de mañana.
¡Cuan dignas de elogio y de impulsarlas, son estas instituciones! Son una de las formas en las cuales, se puede ejercitar ampliamente vuestro sentimiento y vuestro celo materno; una de las más encarecidas, porque el bien que se hace se propaga al infinito, cuando las alumnas están en posición de hacer en la familia, o en el exterior, el bien que vosotros les habéis hecho. ¡Qué decir de todas las demás obras, con las cuales venis en ayuda de las madres de familia, tanto para su formación intelectual y religiosa, como en las circunstancias dolorosas o difíciles de la vida!
Pero en la acción social y política, mucho depende de la legislación del Estado y de la Administración de las comunidades. Es por esto que el voto electoral es en las manos de la mujer católica, un medio importante para cumplir su riguroso deber de conciencia, máxime en los tiempos presentes. El Estado y la política, tienen propiamente el oficio de asegurar a la familia de cualquier clase, las condiciones necesarias a fin de que puedan existir y desarrollarse como unidad económica, jurídica y social.
Entonces la familia, será verdaderamente la célula vital de los hombres, que procuran honradamente su bien terrenal y eterno.
Todo esto lo comprende la verdadera mujer. Lo que ella no entiende, ni se puede entender, es que por política, se mire a la dominación de una clase sobre otra, a la extensión del imperio económico o nacional, sea cual fuere el motivo con que se excuse. Porque ella sabe que una tal política, abre camino a la guerra civil abierta u oculta, a la carga constante de impuestos de armamento y al peligro de la guerra; ella conoce por experiencia, que de cualquier modo la política va en daño de la familia, la cual deberá pagar caro con sus bienes y con su sangre. Por lo cual, ninguna mujer sabia es favorable de una politica de lucha de clases o de guerra.
Su camino a la urna electoral es un camino de paz. Por consiguiente, por el bien de la familia, la mujer rehusará el voto a cualquier tendencia, de cualquier parte que venga, que trate de subordinar la paz interna y externa del pueblo, a ansías egoístas de dominio.

S.S. Pío XII

notas:
1.- Discurso a las Juventudes Femeninas de Acción Católica, 24 de septiembre de 1943.
2.- Discurso a las mujeres de Acción Católica, 21 de octubre de 1945.

No hay comentarios: