miércoles, 1 de diciembre de 2010

Los excesivos gastos en galas y trajes profanos pierden las casas y familias, y aun las almas.

Por uno de sus profetas dice Dios nuestro Señor, que hará visita rigurosa sobre todos aquellos que visten de vestiduras preciosas y peregrinas: Visitabo super omnes,qui induti sunt veste peregrina (Sab., I, 8). En esta visita misteriosa examinará el Altísimo si las galas son excesivas al estado de quien las lleva, y si son profanas y escandalosas.
De un infeliz que se vestía de rica púrpura, nos consta que está sepultado en el infierno; porque teniendo para tantas galas, era impío y tirano con los pobres, negándoles una triste limosna, que a él no le haría ninguna falta (Luc., XVI, 19).
No negamos que la vestidura decente da testimonio de la persona que la lleva; porque así lo dice el Espíritu Santo: Amictus corporis et ingressus hominis, enuntiant de illo (Eccl., XIX, 27). Por lo cual es conveniente que cada uno se vista según su estado, sin gastar mas de lo que tiene, evitando profanidades.
Lo que decimos es, que los extremos se han de evitar; de tal manera, que ni el demasiado desprecio envilezca la calidad de la persona, ni el exceso en la profanidad escandalice al pueblo, y destruya su casa, gastando en galas excesivas mas de lo que pide la razón. Esta es doctrina de san Agustín.
Lo que nos previene el Espíritu Santo es, que ninguno se glorie jamas en su vestidura exterior, ni se ensoberbezca en el día de su buena fortuna (Eccli., XI, 4) ; porque todas las prosperidades terrenas han de tener fin, y se ha de llegar el día de la estrecha cuenta, siendo juzgada la criatura, no por su aparato exterior, sino por los afectos de su corazón.
En este dia formidable, dice Isaías profeta, examinará el Señor lo mas oculto, y desnudará la pared de sus adornos, y el muro de su faz exterior, y entonces se verá claramente el quebranto ó firmeza que cada uno tiene. En esto quiere, decir el profeta de Dios, que todas las cosas ocultas se revelarán, y aparererá claramente lo que cada uno es en la verdad.
Entonces se verá sin rebozo si la vestidura del hombre excede a su estado y a su caudal; porque ya nos dice el santo Job, que los gigantes gimen debajo de las aguas, y no los sentimos : Gemunt gigantes sub aquis, etc.
Muchos hombres infelices parecen a los gigantes que se llevan en las procesiones del Corpus, los cuales en lo exterior aparecen con grande fausto, y en lo interior son un vanistorio y armazón miserable, dentro del cual hallaremos un pobrecillo, que va sudando y reventando, porque lleva sobre sus hombros toda aquella máquina profana.
Esto mismo sucede a muchos hombres profanos, que con sus preciosas vestiduras parecen unos gigantes en la prosperidad y riquezas; pero en lo interior van afligidos y consumidos, porque no llega su brazo a tanto fausto; y Dios sabe si bajo aquellas vestiduras tan preciosas llevan la camisa hecha pedazos, ó no la llevan: Homo solum videt quae, patent, etc. (I Reg., X, 7).
De estos miserables hombres se puede decir lo que escribe el profeta Isaías, que arrastran la iniquidad con las cintas y atavíos de vanidad: Trahunt iniquitatem in funiculis vanitatis; desventurados de ellos, que aun en esta vida pagan su pecado; bien que no lo acaban de pagar, porque siempre se quedan con él, y no aciertan el camino de su remedio.
Examinará el justo Juez su interior y su exterior a buenas luces, con que todo se hará patente, como dice el profeta Sofonías: Scrutabor Jerusalem in lucernis: y se verá sin engaño, si los gastos en galas y profanidades son perniciosos, y si exceden a las conveniencias temporales, y estado de quién las usa; y si los dineros que se gastan en ellas hacen falta para pagar las deudas legítimas de la casa.
Entonces se cumplirá la profecia de Isaías, que dice: vendrá el dia tremendo en que se descubra todo lo que en este mundo se oculta, y se hará patente toda la casa interior del hombre desventurado, que siendo nada, quiere paecer algo; y siendo pobre, quiere parecer rico; y siendo de humilde jerarquía, quiere subir en un instante a la mas alta clase de los poderosos, y rozar galas como ellos.
La vestidura del rey ha de ser mas preciosa y distinta de la de los vasallos; y esto es muy conforme a la divina Escritura: porque del impío rey Acab se dice, que para entrar en una batalla peligrosa se mudó la vestidura regia, a fin de no ser conocido, pero como ninguno se puede esconder de los ojos de Dios, no le aprovechó la mutación del vestido.
Aun en los príncipes y reyes conviene sean decentemente preciosas las vestiduras, y no profanas, como lo dio a entender el Señor al insigne emperador Heráclio, cuando subia al monte Calvario la cruz de Cristo, y no pudo moverse con ella hasta que se quitó las galas con que estaba vestido, y se puso otras vestiduras mas humildes; como se dice en las Lecciones historiales de la Iglesia católica en la fiesta solemne de la Exaltación de la Cruz.
Si esto sucede con un rey tan poderoso, y con un emperador del mundo, que el cielo le reforma la preciosidad de sus vestiduras; ¿qué dirán los hombres de mas inferior estado, que tal vez dejan de pagar lo que deben de justicia, por no faltar a la profanidad de sus galas? Sobre este punto hay imponderable trabajo en este mundo maligno, y no se halla camino para poner a los hombres en razón y conciencia; porque en ellos se verifica lo que dice el santo profeta, que no quieren entender la ventad, por no obrar bien (Psalm., XXXV, 4).
Son semejantes a aquella pomposa higuera, a quien el Señor echó su maldición, y luego se secó de tal modo, que ya no aprovechaba sino para el fuego; y la causa de toda esta desventura fue, que no tenia fruto, sino follaje pomposo: Nihil invenit Dominus, nisi folia tantum (Matth., XXI, 19). Así están muchos hombres vanos vestidos de púrpura y preciosidades, y no hay en ellos mas de la que se ve.
Los hombres se envejecerán como sus vestiduras; y solo permanecerá el que da la nieve según la lana, como lo dice el profeta rey (Psalm., CI, 27) ; y a la sepultura no llevarán sino lo peor que les quieran poner para mortaja. Esto es la verdad, y todo lo demás es vanidad de vanidades.
Aquellos escribas y fariseos vanísimos, que querían andar en la ciudad de Jerusalen con estolas y vestiduras preciosas, y que los saludasen en las plazas públicas, y asentarse los primeros en las cátedras de la sinagoga, eran tales en sus perversas costumbres, que el Señor predicaba se guardasen de ellos, y decía tendrían mas prolijo y rigoroso juicio, en el cual serian reprobadas sus vanidades, por mas que afectasen la devoción en sus obras exteriores, porque al Señor no se le puede ocultar la malicia del corazón. (Marc., XII, 38 et seq.)
Esta nimia solicitud de los mortales en buscar preciosas vestiduras confunde el Señor con el eficaz argumento de la divina providencia, que a cada uno le da lo que le conviene , si sabe esperar en su Criador; el cual sabe adornar a una flor del campo contales colores, que ni Salomón en toda su gloria se vistió como una de ellas, según se dice en el santo evangelio (Matth., VI, 28).
En todo conviene que sea pública la modestia del hombre: Modestia vestra nota sit ómnibus hominibus, dice el apóstol (Philip., IV, 5): mas principalmente en la vestidura se ha de conocer esta deseada modestia, no saliendo cada uno de su estado y jerarquía; porque el Señor ha puesto el orden debido en todas las cosas, distinguiéndolas hasta en lo exterior unas de otras, como dice el mismo santo.
El fin de la modestia del hombre ha de ser el temor santo de Dios, dice el Sabio en sus proverbios, y a este santo temor están ofrecidas las riquezas, la gloria y la vida; no solo la eterna, sí también la temporal; porque solos aquellos que proporcionan su gasto con la hacienda de su casa, sin olvidar a los pobres de Cristo, son los que viven con pacifica quietud y verdadero consuelo.
El insigne Capitan general Joab se hizo una vestidura decente, de tal manera que le dejase expedito para pelear. Y siendo milicia toda nuestra vida mortal, como dice el santo Job, conviene que la vestidura de cada uno sea proporcionada, y no sea mayor, ni mas larga que la medida de su cuerpo y estado; porque si fuere excesiva a su persona, no saldra vencedor en la milicia espiritual de su alma, sino que sera vencido de sus pasiones desordenadas, con mucho peligro de su salvación eterna.
El marido y la mujer han de ser iguales en la decencia de su vestiduras; porque asi les enseñó Dios nuestro Señor desde el principio del mundo, haciéndoles de una misma tela los vestidos a Adan у Eva, primero de hojas, y después de pieles (Gen., III, 7 et 21). Estas fueron las preciosas galas de nuestros primeros padres, y para saciar la vanidad de sus hijos apenas se hallan telas de oro y plata en todo el mundo.
El apóstol san Pablo dice, que el varón prudente conceda a su mujer, conforme a sus conveniencias temporales, todo el ornato que no se opone, ni sale de los límites de la cristiana honestidad (ITimot., II, 9); porque es justo se le conceda todo lo lícito y honesto a quien se le niega todo lo profano y escandaloso.
El príncipe de los apóstoles san Pedro dice, que las antiguas mujeres santas se adornaban conforme a la voluntad de sus maridos, pero sin escándalo de sus prójimos; y esta regla se debe tener presente, para que ni los maridos gasten en las galas de sus mujeres mas de lo justo, ni las mujeres pidan los adornos que no fueren de mucha decencia, honestidad y buen ejemplo del pueblo.
El apóstol de las gentes pide racional sabiduría en los varones, para que compadeciéndose de sus mujeres, como de vasos mas enfermos y flacos, las den todo aquel honor que las pueden dar sin escándalo; porque no conviene darles motivo de desconsuelo en todo cuanto se las pueda conceder sin defecto, siendo la estimación de su mujer la misma suya propia (I Cor., VII, 3).
El mismo apóstol vuelve a decir que las mujeres se adornen con decencia, honor y sobriedad, evitando los extremos viciosos del desprecio y la profanidad; de tal manera, que sus adornos sean decentes, mas no profanos ni escandalosos, ni rocen galas de oro, plata, ó margaritas preciosas; porque esto contradice a la humildad, moderación y modestia cristiana. Véanse las palabras formales del sagrado texto (I Tim., II, 9).
La misma prohibición se hallará expresamente en la primera carta del príncipe de los apóstoles san Pedro, donde claramente dice, que las vestiduras de las mujeres cristianas no se compongan con la preciosidad del oro; porque el espíritu interior de su corazón virtuoso no se contradiga con el ornato profano. (I Pet., III, 3 et seq.)
Verdad es que deben distinguirse los dias y funciones para el uso discreto de las galas, observando siempre no excedan la honestidad y estado de quien las lleva; porque la hermosa Judith (de quien ya hicimos mención en otro capítulo) sacó sus galas cuando convino para el servicio de Dios, y el Señor aumentó su hermosura; porque como dice el sagrado texto, no se adornó con motivo de liviandad y lujuria, sino porque la función así lo pedia.
De lo que han de tener grande cuidado las señoras mujeres honestas, es de cubrir su cara y sus ojos, para que no ofendan ni escandalicen a sus prójimos; y en esto también se han de desvelar sus maridos, para que a sus esposas no les falte el velo decente de su cara. Así lo hizo el patriarca Abrahan con su amada esposa, para que con honestidad y virtud saliese de su casa (Gen., XX, 16 et seq.)
Así también la prudente Rebeca se hizo mas estimable, porque viendo de lejos a un hombre, no obstante que se hallaba fuera del pueblo, se puso luego el velo de su rostro, y por esta laudable honestidad fué celebrada; y el Altísimo la dio grandes conveniencias temporales (Gen., XXIV, 63).
No lo hizo así la impía y escandalosa Jezabel, sino que pintó sus ojos con artificio, y adornó su cabeza; mas presto pereció, y acabó su vida infeliz entre las uñas de los caballos, como dice la divina Escritura (IV Reg., IX, 30).
Las profanidades de las mujeres en sus galas están ásperamente reprendidas en muchos lugares de la divina Escritura, y frecuentemente las reprenden los santos padres de la Iglesia católica, porque son causa de muchísimos pecados en el pueblo cristiano. Luego que Tamar se dejó ver con demasiados adornos, entró la sospecha de ser mujer mala, como se dice en el sagrado libro del Génesis. Por lo cual, désengañense las señoras, que aunque no tengan mal intento en su corazón, se hacen escandalosas con sus galas profanas, y pecan en el escándalo, aunque no deseen pecar con su cuerpo.
El vestirse la mujer con vestiduras de hombre, y el hombre con vestiduras de mujer, es cosa abominable, y Dios lo tenía prohibido en su ley antigua (Deut., XXII, 5); pero de este desorden no es necesario hablar mas largamente, porque por si mismo manifiesta su feísima indecencia.
Las galas profanas son el asunto principal de este capitulo, y las que destruyen las casas y las familias, y pierden las almas: y aunque son reprensibles en hombres y mujeres, mas peligro llevan en estas que en aquellos; porque según dice el Espiritu Santo, son muchos los hombres que
perecieron por los adornos, afeites y galas profanas de las mujeres : Averte oculos tuos a muliere compta (Eccl., IX, 8).
El Sabio dice, que la mujer muy adornada es lazo del lemonio, preparado para cazar las almas. Y el angélico doctor dice sobre el mismo texto, que el adorno profano de la mujer es provocativo de lascivias y lujurias; porque se enciende el fuego de la concupiscencia con los profanos adornos, en los cuales cada cinta es un lazo (Aug. Doct. 2, 2, art. 2).
Aquellas señoras que molestan a sus maridos para que les compren galas al uso, y conocen que por este gasto superfluo se dejan de pagar las deudas legítimas de la casa, desengañense, que viven en continuo pecado mortal; y que sus galas son aquella vestidura maldita, teñida en sangre de pobres, de quien dice Isaías profeta será quemada: Vestimentum mixtum sanguine erit incombustionem, et cibus ignis (IX, 5).
Ni satisface lo que dicen las señoras, que sus maridos gastan con mucho gusto en comprarlas las galas que ellas piden; porque si saben que por este gasto superfluo se han de dejar de pagar las deudas forzosas de la casa, pecan mortalmente, y no se las puede absolver si no quieren enmendarse, como dice san Bernardino de Sena en el sermón apostólico que escribió contra las vanidades.
Ni tampoco basta digan las señoras, que llevan sus galas profanas por complacer a sus maridos, y no con mal fin; porque siendo cristianas, ya deben saber que no han de complacer a su marido en lo que ofenden a Dios, y escandalizan a su prójimo, Por lo cual dijo el príncipe de los apóstoles, que conviene agradar y obedecer a Dios mas que a los hombres (Act., V, 29).
Tampoco satisface lo que dicen algunas señoras, que su intención no es de escandalizar a nadie. Porque si en la verdad las galas son profanas, y dejan descubiertos sus pechos, ó los afeites de su cara son extremados, poco ó nada las aprovechara en el juicio de Dios el decir que no tuvieron mala intención, como dice san Antonino de Florencia escribiendo escolásticamente de esta materia.
Cuando la señora lleva la intención de provocar a lujurias y torpezas, entonces, sin duda ni opinión, peca mortalmente. Pero debe advertirse que, según dice el angélico maestro, no solo peca por la mala intención, sino también porque sus galas profanas son provocativas; por lo cual pecaría aun sin la mala intención que dice (Ag. Doct. 2, 2. q. 169, art. 2).
Aun dice mas el doctor máximo san Jerónimo, que si una mujer se adorna profanamente con exceso, aunque ninguno se escandalice, padecerá riguroso juicio; porque si nadie se escandalizó, no faltó por ella. Esta es la razón del santo : Quid venenum attulit, si fuisset qui biberet.
San Bernardino de Sena dice horrores de las mujeres profanas en sus vestiduras y galas , y con expresión habla del abuso de las colas, con que inútilmente se arruinan y se pierden muchas casas con un gasto tan superfino, que solo sirve de escobar las calles, y recoger inmundicias. Sin duda en tiempo del glorioso santo habia llegado esta profanidad a ser muy escandalosa; porque juzgó pecaban mortalmcnte todas las mujeres que las llevaban, y los que no lo impedían, debiéndolo impedir : véase el sermón del santo. (S. Ber., Serm. XLIV de Vanit.)
Y en el concilio Mediolanense, en que asistieron muchos obispos, prelados, y grandes teólogos, presidiendo san Carlos Borromeo, se decretó que a las tales mujeres profanas no se las absolviese, si no querían reformar su escandalosa profanidad.
Lo mismo mandó a sus religiosos el celoso patriarca san Ignacio de Loyola en una carta que escribió en el año 1553 a 29 de junio a los padres de su colegio de la Compañía de Valencia, de la cual hacen mención algunos graves autores.
La misma constitución tenia hecha nuestra religión seráfica en el capítulo general de Roma, celebrado el año de 1506, donde expresamente se les mando a los padres confesores, que no absolviesen a las mujeres profanas y escandalosas, si no querian reformar sus galas.
La ilustrada santa Brigida, en una de sus celestiales revelaciones dice, que tres personas reales fueron presentadas en el divino juicio, y salió la una condenada; y respondiendo que había obrado con consejo de hombres teólogos y doctos, se le respondió, que no debia fiar tanto del parecer de los hombres tan dependientes (Apud Mar. in selector. tr.1, q. 4, n 19) por lo cual las señoras profanas no fien tanto que hallen quien las absuelva, porque deben atender y entender, que el Altísimo Dios, que las ha de juzgar, no puede sen engañado.
La misma Santa refiere, le dijo el Señor, que avisase a la reina de Chipre, para que se quitara sus adornos superfluos, y cubriese con decencia sus pechos, no obstante que era costumbre de la tierra ese modo de traje, porque con él se hacia odiosa a su Dios y Señor.
De esta doctrina celestial se deduce, que las personas temerosas de Dios no han de regularse por el uso de la tierra, si este es escandaloso y profano; porque el llevarlo y continuarlo, no es uso lícito, sino abuso pernicioso, el cual es origen de la pérdida de muchísimas almas: y la costumbre no hace lícito lo que es perjudicial y escandaloso, como dicen comunmente los teólogos y doctores bien fundados (Suar., 1. VII, de Leg., c. 13).
La pérdida general de España, dice un historiador, se originó de haber visto el rey don Rodrigo desabrochado el pecho de la hija del conde don Julián. Sobre este mismo asunto hay ejemplos que causan asombro; y por evitar prolijidad los omitimos en este capitulo (Mar., 1. VI, Híst., c. 21).
El apóstol de Valencia san Vicente Ferrer dice, se condenan muchas mujeres por sus profanos ornamentos, aunque en su corazón sean castas, porque se les imputan los pecados que se originan de sus escandalosas profanidades; y no se las admite la excusa de que no llevan mala intención.
Del mismo sentir son san Juán Crisóstomo, y el gran doctor de la Iglesia san Agustin, los cuales expresamente dicen, que no excusa la intención, si lo que se obra es malo. Las palabras de san Agustín son estas : non solum appetere, sed etiam appeti velle, criminosum est. Peccant ergo moraliter, quamvis non habeant voluntatem consentiendi illis, qui eas concupiscunt.
Consideremos este capítulo con el caso notable que refieren nuestros anales seráficos, y es, que confesando un religioso a una señora, y diciéndola, que sus adornos y profanidades no eran del gusto de Dios, respondió la señora, que bien sabia su divina Majestad, que en sus galas no llegaba mal fin, sí solo el bien parecer; y añadió, diciendo : Si algo de lo que llevo es del gusto del demonio, le doy licencia pura que aquí en presencia de todos me lo quite; y al punto apareció un feo demonio, y alargando la mano delante de todos, dijo : Todo esto que lleva esta mujer es mió, y asi me lo llevo, como lo hizo, dejando escarmentada y llena do horror a la señora.
Y porque muchas veces sucede que los ilustrísimos señores obispos, con celo santo del bien de sus almas, suelen publicar censuras y excomuniones para que las señoras se quiten algunos adornos escandalosos, y no faltan hombres bárbaros que ponen en cuestión si obligan ó no los tales mandatos y censuras, prevenimos y exhortamos por las llagas de nuestro Señor Jesucristo, que no se oigan ni se atiendan, ni menos se sigan semejantes errores; porque esta fue la herejía del maldito Lutero que perdió tantas ciudades y provincias, poniendo mácula en los mandatos y censuras de los prelados.

R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA
1866

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