jueves, 30 de diciembre de 2010

Importancia capital del dogma de la maternidad divina

El nombre de "Madre de Dios", en el cual está cifrado no sólo el misterio de la Encarnación, sino todo el Cristianismo, merece ser llamado el "Libro de la Fe".
La Santísima Virgen es Madre de Dios. Este es un dogma fundamental; más aún, es la base del Cristianismo. Lo que dijo el Apóstol de la resurrección de Jesucristo podemos nosotros afirmarlo, con mejor título, si cabe, de la divina maternidad de María: Si María no es Madre de Dios, vana es nuestra fe y nosotros todavía estamos en nuestros pecados, y aquellos que durmieron en Cristo perecieron (1); porque, destruido este dogma, todo vendría a tierra; él es el sostén del edificio de nuestra fe y el eje divino sobre el que gira todo el orden sobrenatural de la gracia y de la gloria. Esta afirmación quizá a primera vista sorprenda; pero con poco que reflexionemos sobre ella, veremos que es expresión exacta de la verdad. Esto es lo que, para gloria eterna de la Madre de Dios Nuestro Señor y Nuestro Dios, vamos a declarar ahora.

I.—Decimos, en primer lugar, que la maternidad divina, considerada directamente en sí misma, contiene toda la substancia del gran misterio de la Encarnación.
Verdad perspicua es esta que textualmente tomamos de las obras de San Juan Damasceno: "Con razón, escribe este insigne doctor, damos a María Santísima el nombre de Madre de Dios, pues basta este título para establecer en toda su integridad el misterio del Verbo hecho carne" (2); y demuestra luego esta afirmación con una inducción de valor indiscutible. El mismo sentir expresaba Efrén, patriarca de Antioquía, cuando decía que para dar una prueba cierta de la sinceridad de la fe es suficiente creer y profesar que la Santísima Virgen es Madre de Dios (3).
Y siendo esto así, ¿a quién puede maravillar que la Iglesia, con sus doctores y con sus concilios, se levantase para aplastar al error que impugnaba este título, como si el Cristianismo entero estuviese en peligro?
Mas, descendiendo a más particulares, demostremos, con la historia del dogma católico en la mano, la importancia fundamental de la divina maternidad de María. En la serie de las herejías que se han levantado contra la Encarnación del Hijo de Dios hecho hombre, distínguense tres grupos principales. Unas impugnaban directamente la humanidad del Salvador; otras combatían su naturaleza divina, y otras, por fin, las últimas en orden de tiempo, tendían a pervertir la noción católica de la unión de las dos naturalezas. Pues bien, ni uno solo de estos errores, tanto en su forma primera como en sus múltiples atenuaciones o modificaciones, deja de trastornar de arriba abajo el dogma de la divina maternidad de María.
Cosa extraña a primera vista y que, sin embargo, se explica por las ideas entonces en boga, sobre todo en Oriente: la impiedad inició sus acometidas impugnando al hombre. Primero negó la humanidad de Jesucristo. Jesucristo, dijo, el Hijo amadísimo del Padre, o no es realmente un hombre, o, por lo menos, no es un hombre perfecto, en todo semejante a nosotros. Aunque Él se dio a sí mismo tantas veces en el Evangelio, y prefiriéndolo a todos los otros, el nombre de Hijo del hombre; aunque lo conservó, no sólo durante su vida mortal (4), sino también en su vida gloriosa (5), la herejía se lo disputó con encarnizamiento sin igual. Vencida en una posición, se atrinchera en otra, no retrocediendo sino palmo a palmo, y jamás confesando su completa derrota.
En el punto de origen hallamos el error de los Gnósticos. Para éstos la materia corporal, obra de un principio malo, según decían, es esencialmente mala como su principio. Por tanto, el ser corporal de Cristo, su carne y su sangre, se reducen a meras apariencias. Los Apóstoles no se engañaban cuando, viéndole caminar sobre las aguas, lo tomaron por un fantasma. Nacimiento, trabajos, dolores, muerte y resurrección de Jesucristo son ilusiones sin realidad, puras visiones de los sentidos. Así discurría Marción, a quien tan duramente flageló en sus escritos Tertuliano, si bien no había sido él el inventor primero de estas teorías destructoras del Cristianismo. Para dar con el origen de esta herejía hay que subir hasta los tiempos apostólicos. San Juan la tenía presente cuando escribió en el primer capítulo de su Evangelio que el Verbo se hizo carne. A ella aludía también. en el principio de su primera epístola: "Lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que nosotros mismos hemos contemplado, lo que nuestras manos han tocado del Verbo de la vida..., eso os anunciamos" (6).
Los primeros Padres de la Iglesia, Ignacio de Antioquía, Tertuliano, San Ireneo de Lyon, y después, San Agustín, San Epifanio, San Cirilo de Alejandría y otros, lucharon sucesivamente contra un sistema doctrinal que minaba por su base nuestra redención por Cristo. En sus obras pueden leerse los argumentos victoriosos con que aplastaron el error. Pero hay uno que prevalece sobre todos los demás: es el que se apoya en la maternidad de María. En efecto, la Virgen no puede ser madre sin tener un hijo, y la Virgen no tiene un hijo si Jesucristo es un fantasma. ¡Con qué vigor argumenta Tertuliano!: "Marción, con la mira puesta en negar la carne de Cristo, rechazó su nacimiento, y con el designio de negar su nacimiento, rechazó su carne. Nacimiento y carne se dan mutuamente testimonio: no hay nacimiento sin carne, ni carne sin nacimiento" (7).
La carne de Jesucristo, dice a su vez Valentín, no es un fantasma como soñaron los Docetas; pero la naturaleza visible de Cristo no fue formada en el seno de una mujer, sino que, formada de una substancia celeste, más pura y menos indigna de él que nuestra materia, no hizo más que pasar por las entrañas de María, de suerte que ésta no es la tierra virgen en que aquélla germinó, sino el canal que la recibió de lo alto para transmitírnosla. Confesad la maternidad de María, y esta nueva forma de error por sí sola se derrumba, porque para que María sea Madre es necesario que haya concebido la propia substancia, es necesario que dé a luz el hijo que haya llevado en el propio seno.
De la impugnación del cuerpo de Jesucristo la herejía pasó a la impugnación de su alma. Concedido, dijeron los nuevos adversarios de la Encarnación, que la carne de Jesucristo es una carne real como la nuestra, y como la nuestra formada de la substancia materna; pero el alma que la anima, o, por lo menos, la parte espiritual de esta alma, no es como el alma o el espíritu de los otros hombres. El Verbo de Dios vivificó por sí mismo la carne de Cristo, o, por lo menos, cumplió en ella el oficio propio da la inteligencia humana.
Sabido es que el autor de esta herejía, en su forma primitiva, fue Arrio. Esperaba hacer más aceptables sus errores acerca de naturaleza del Verbo convirtiéndolo en principio de las operaciones sensibles en Jesucristo; porque ¿cómo podía ser consubstancial con el Padre aquel que, por su naturaleza superior, pudo sentir hambre, sed, turbación, tristeza: cosas de todo en todo incompatible con la perfección divina? Esta herejía fue mitigada algún tanto por Apolinar, obispo de Laodicea. Este heresiarca, fundándose en la doctrina platónica que distingue en el hombre tres principios: el cuerpo, el alma y el espíritu, veía en Jesucristo tres elementos constitutivos: el cuerpo, el alma y el Verbo, en lugar del espíritu. Apolinar, para suprimir en Jesucristo la mutabilidad de la voluntad, raíz de nuestras imperfecciones físicas y morales, substituyó en Jesucristo, con el Verbo indefectible, el alma racional, que es tan mudable en sus pensamientos y tan propensa al pecado por sus afecciones, aun por las espirituales. A este error añadieron otro, apenas creíble, los Apolinaristas. Mientras los Arríanos hacían al Verbo consubstancial con el alma humana, para los Apolinaristas la carne animada de Jesucristo, gracias a su unión con el Verbo, vino a ser consubstancial con Dios.
¿Dónde se hallará una refutación clara y breve, pero invencible, de estos monstruos del error? En la maternidad divina de María. Si María es Madre de Dios no en sentido impropio, sino con toda verdad y propiedad, es necesario que ella y su Hijo sean de la misma naturaleza, es decir, usando el término técnico recibido, consubstanciales. Ahora bien, si el hijo es consubstancial a su madre, ha de tener todo lo que constituye la naturaleza humana; no solamente un cuerpo, sino un alma; no solamente un alma que sea principio de vida sensible, sino también un alma espiritual; en una palabra, según la expresión de los Santos Padres y de los Concilios, "un cuerpo vivificado por un alma racional, un cuerpo animado espiritualmente" (8). Tal es el triunfo de la Madre de Dios sobre los enemigos de la humanidad de su Hijo.
Y no fue menos esplendente el que alcanzó sobre los que impugnaron la divinidad de Jesucristo. A juicio de algunos, Jesucristo era hombre y nada más que hombre, si bien investido de una más amplia participación de la virtud divina, pero al fin teniendo nuestra naturaleza y nada más que nuestra naturaleza. Así sentían Pablo de Samosata y sus partidarios. Otros, los Arrianos, llegaban a reconocer en Jesucristo al Verbo de Dios revestido de nuestra carne; pero un Verbo de naturaleza inferior a la del Padre, un Verbo que no era Dios, digámoslo así, más que a medias: anterior y superior a todas las criaturas, pero creado como ellas y que, como ellas, tuvo su principio en el tiempo.
A todos estos herejes condena tan sintética como eficazmente la maternidad de María. ¿Sería Madre de Dios en sentido verdadero y estricto aquella mujer cuyo hijo no fuese Dios, consubstancial con el Padre, y al mismo tiempo participante de la naturaleza de la Madre? Bien podemos concluir, pues, que el dogma de la maternidad divina está unido con nudos indisolubles a estas dos verdades capitales: Jesucristo es hombre perfecto; Jesucristo es Dios perfecto. Quien pretendiere abrir brecha en la una o en la otra de estas dos verdades se estrellará contra la piedra angular del título de Madre de Dios.
Como indicamos más arriba, a estas herejías de los primeros siglos sucedieron otras en el quinto, que, respetando aparentemente las dos naturalezas de Cristo (9), se esforzaron en alterar la noción del vínculo que las une, ya distinguiendo en Jesucristo dos personas con pretexto de conservar la distinción de las dos naturalezas, ya confundiendo las dos naturalezas en una sola con la razón espaciosa de salvaguardar la unidad de persona. El error, aunque bajo formas aparentemente contradictorias, descansaba sobre un mismo supuesto: que la persona y la naturaleza son una misma cosa, y, por consiguiente, que en Jesucristo tantas son las personas cuantas son las naturalezas. De manera que lo que distingue estas dos herejías no es el principio, sino las diversas consecuencias que de él dedujeron.
En Cristo, decía Nestorio, siguiendo a su maestro Teodoro de Mopsuesta, hay dos naturalezas; luego también dos personas; mas de estas dos personas resulta un solo Jesucristo, porque la persona del Verbo se apropió la persona del hombre con estrechísima unión: unión del templo con aquel que lo habita; del instrumento con el obrero que lo mueve; de la esposa con el esposo; del vestido con el cuerpo, cuyas perfecciones moldea y manifiesta, a la par que las vela; del Dios Todopoderoso con el hombre de su diestra, a quien hace partícipe, con medida sin igual, de su gracia, de sus operaciones y de su gloria; pero, con todo, unión que no llega ni puede llegar a la identidad física de la persona, permaneciendo la distinción de las naturalezas (10).
¿Y qué es esta herejía sino la negación formal de la maternidad divina? Decir que hay dos personas en Jesucristo, una nacida del Padre antes de todos los tiempos y otra nacida de la mujer en el curso de los siglos, es o desconocer el valor de las palabras o negar que María sea Madre de Dios. Al contrario, confesada su divina maternidad, por el caso mismo se afirma que el Hijo de María es una sola persona con el Hijo de Dios Padre, el Verbo mismo de Dios.
Así lo entendían tanto los novadores como los católicos, conforme lo hemos visto por la historia del dogma; de ahí que el punto fundamental de la controversia era el título de Madre de Dios. Aceptado este privilegio, acabóse el Nestorianismo y su dualidad de persona. Y ver por qué el santo Concilio de Efeso opuso victoriosamente a la herejía nestoriana el título de Madre de Dios, como el Concilio de Nicea había hecho de la palabra consubstancial una muralla inexpugnable contra la impiedad arriana.
Casi superfluo parece decir en qué consistió el Monofisismo y cuál fue su origen. En el alzamiento universal del pueblo cristiano contra el Nestorianismo, un monje de Constantinopla, Eutiques, queriendo descargar los últimos golpes contra la herejía nestoriana, dio en el extremo opuesto y a él se aferró con ignorante terquedad. Dejemos a un lado la exposición de los desvarios del obstinado anciano y de las modificaciones que después sufrió su herejía para que pareciese menos absurda y un tanto soportable. Lo que interesa hacer constar es que en el fondo de todos los desvarios y modificaciones subsistía el error primordial, que consistía en poner en Jesucristo una sola naturaleza juntamente con la persona única.
A este error fundamental la Iglesia opuso una vez más la divina maternidad de María y con el mismo éxito de siempre. Proclamando que la Virgen es Madre de Dios, afirmaba a la vez que su Hijo es verdaderamente Dios; consubstancial con María en cuanto a la humanidad; consubstancial con el Padre en cuanto a la divinidad. Ahora bien, admitida la unidad de naturaleza, ya se produzca la unidad por absorción, ya se produzca por mezcla o composición, Jesucristo no sería lo uno y lo otro; o, digámoslo, no sería ni lo uno ni lo otro, pues ni tendría la naturaleza divina ni la naturaleza humana, sino otra incomprensible naturaleza resultante de la inconcebible combinación y mezcla de la divina y de la humana.
El nombre de Madre de Dios no podía aplastar al Nestorianismo y al Monofisismo sin herir de muerte, por anticipado, a otras herejías que se refieren a aquéllas como a su principio y raíz. Aludimos al Monotelismo y al Adopcianismo. El segundo nació en España, y substancialmente no era sino una variante de la herejía nestoriana. Distinguía en Jesucristo dos hijos de Dios: uno, Hijo del Padre por naturaleza, y otro, por simple adopción. El Monotelismo tuvo su cuna en Oriente; no reconocía en Jesucristo nada más que un orden de voluntades y de operaciones. Esto era, como se ve, o dividir las personas o confundir las naturalezas: dividir las personas al distinguir los hijos, y confundir las naturalezas al no distinguir las actividades propias de cada una. Y era también, por necesaria consecuencia, negar que María es, en sentido propio, Madre de Dios.
A estos errores capitales sobre la Encarnación se añadieron otros en tiempos no tan antiguos. Si fuese posible recorrerlos uno por uno, veríamos cómo la maternidad divina es siempre el argumento decisivo contra las novedades, sea cual fuere la máscara con que se cubran. Veámoslo, por vía de ejemplo, en los Socinianos y en los apasionados adversarios que tuvo la devoción al Corazón Sacratísimo de Jesucristo.
Según los Socinianos, Jesucristo no ofreció a la divina justicia una satisfacción propiamente dicha y sobreabundante, como era menester para reconciliar el cielo con la tierra. Si murió por nuestros pecados, si nos mereció la gracia de la justificación, fue únicamente en sentido impropio, en cuanto se nos ofreció como maestro y modelo que con su doctrina y ejemplos nos ayuda poderosamente a practicar la virtud (11). Preguntadles por qué no creen al Salvador bastante poderoso para pagar el precio de la redención del mundo, y os contestarán que Jesucristo es, en verdad, el mayor de los enviados de Dios, el Mesías por excelencia, pero que no es el Hijo de Dios por naturaleza ni Dios como su Padre; de ahí que no pudiera ofrecer la satisfacción suficiente para reparar el agravio hecho a Dios por los crímenes de los hombres. Que es como decir: porque María no dio a luz más que un hombre, porque no es la Madre de Dios.
Y los enemigos del Sagrado Corazón de Jesús, ¿qué pretendían? Que no se debe ni se puede honrar al Corazón Divino con culto de latría, porque no es Dios, sino criatura de Dios. Y, llevados de su odio ciego, llegaron a lanzar la acusación de Nestorianismo contra los piadosos adoradores del Corazón Sacratísimo. Contra estos enemigos de la verdad también se levanta el dogma de la maternidad divina, como se levantó contra tantos otros novadores. El Corazón viviente de nuestro Salvador, que no querían adorar, es el Corazón del mismo Dios, porque es el Corazón de Jesús, nacido de la Virgen Madre de Dios.
"Oh, insensatos —podemos decirles, con San Atanasio—, ¿por qué no consideráis bien que una es la adoración que se debe al cuerpo creado de Nuestro Señor y otro el honor que corresponde a la criatura? Porque aquél es el cuerpo del Verbo increado, y el Verbo de quien es el cuerpo es lo que adoráis. Es, pues, muy justo tributar a este cuerpo la misma adoración que a la divinidad, porque pertenece en propiedad a la persona del Verbo, y el Verbo es Dios" (12). Substituid la palabra cuerpo por la palabra corazón y tendréis en este apostrofe del insigne doctor la apología más completa de nuestra hermosa y queridísima devoción. ¿Quién, pues, no adorará al Corazón de Jesús? Quien, separando en Jesucristo al hombre, de Dios, haga de su carne y de su corazón la carne y el corazón de una persona creada; en otras palabras, aquel que no crea que la Santísima Virgen María es Madre de Dios.
Por tanto, para concluir, todas las herejías capitales sobre la Encarnación del Verbo de Dios y todos los errores relacionados n las mismas, tienen en María su condenación breve, clara y substancial, y saludarla con el nombre de Madre de Dios es profesar cierta e íntegramente el misterio de la Redención (13). Con toda razón un antiguo panegirista de la Madre de Dios la saludaba con estas hermosas palabras: "Te saludo, libro incomprensible, que has dado a leer al mundo el Verbo Hijo del Padre" (14).

II. — Añadamos, en segundo lugar, que el dogma de la maternidad de María sirve también de sostén a nuestra fe respecto de los otros misterios.
Lo primero, este dogma implica la noción más clara y precisa del misterio inescrutable de la Trinidad. Unidad de naturaleza, distinción de personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo; ved aquí, en cuanto a la substancia, lo que debemos creer acerca de este misterio. Ya en los principios del siglo III se levantaron herejes que confundían las personas. Para Sabelio, su capitán, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola hipóstasis, la misma en los tres, que recibe distintos nombres según los distintos oficios que llena: Padre, en cuanto Creador; Hijo, en cuanto Redentor; Espíritu Santo, en cuanto. Santificador. De igual forma, un mismo hombre puede ser a la vez padre, emperador y conquistador y protector de las letras, pudiendo ser saludado con estos diversos títulos.
Otros creyeron que no podían conservar la distinción de personas sin multiplicar las naturalezas, ya sea conservando la igualdad de perfección entre ellas, ya sea introduciendo la desigualdad de las esencias (15). En una palabra, para tener tres personas pretendieron hacer tres dioses.
¿Cómo combatiremos victoriosamente esta herejía en sus dos formas? Oponiéndole una vez más, como siempre, la divina maternidad de la bienaventurada Virgen. Para que María sea madre del Hijo, sin ser Madre del Padre o del Espíritu Santo, es necesario que el uno no sea el otro, y para que sea verdaderamente Madre de Dios, no es menos necesario que el Hijo posea idénticamente la naturaleza del Padre, porque es propio de la divinidad ser singularmente única. ¿Objetáis que esto no prueba en favor del Espíritu Santo ni la identidad de naturaleza ni la distinción en cuanto a la hipóstasis? Os responderemos mostrándoos el Evangelio; tomad y leed el texto mismo en que a la bienaventurada Virgen se anuncia el misterio de su maternidad, "El Espíritu Santo descenderá sobre Ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra; y por esto el Santo que nacerá de Ti se llamará el Hijo de Dios" (16). ¿Pueden leerse estas líneas sin representarnos al Espíritu Santo tal cual nos lo presenta el dogma católico, es, a saber, distinto del Padre y del Hijo, pero igual y consubstancial al uno y al otro? Y hasta llegar a este pasaje de la Escritura divina, ¿hemos encontrado una manifestación tan clara y tan viva de la santa e indivisible Trinidad?
Todos los privilegios de María, según veremos después, son como las alhajas con que el Eterno Padre se ha complacido en adornar a la madre de su Hijo, son como otras tantas perfecciones que guardan con la maternidad divina idéntica relación que las propias naturalezas con la substancia de la que dimanan. Estudiado desde este punto de vista el título de Madre de Dios, ¡cuántas otras verdades nos recuerda! En la concepción inmaculada de la inmaculada Madre de Jesús podemos contemplar la caída original, la ley de muerte que pesa sobre los hombres desde el primer instante de su existencia, la necesidad de la redención por medio de la sangre del Salvador, el valor de la gracia que transforma a los pecadores en justos; a los hijos de ira, en hijos adoptivos de Dios; es decir, que se halla en aquel dogma la refutación completa del antiguo Pelagianismo y del Naturalismo moderno. Y nada nos da a entender la hermosura celestial de la virginidad, como María llevando en su seno virginal al hijo virgen que concibió por obra de solo el Espíritu Santo. De la misma manera, nada sensibiliza tanto el amor de Dios para con los hombres y sus inefables misericordias. Y si miramos a la Madre de Dios, que también es nuestra Madre, subiendo a los cielos en su gloriosa Asunción, ¿no vemos en ella la prueba inconcusa de que un día también los muertos saldrán de sus sepulcros para volver a la vida?
Y si consideramos el fin por el cual esta Virgen llegó a ser madre, ¿cuántos otros misterios de nuestra fe se descubren ante nuestros ojos! La misma Iglesia, la esposa de Cristo, tiene en la maternidad de María el dechado y la confirmación de su propia maternidad, porque, conforme nos enseñan los Santos Padres, la Iglesia fué hecha a imagen de la Virgen Madre, de suerte que para tener concepto adecuado de ella, es necesario contemplarla en la Madre de Dios (17).
Más aún: la maternidad divina de María es la refutación de los errores que especialmente se han suscitado contra sus privilegios, ya para disminuirlos, ya para exagerarlos. En el discurso de esta obra veremos cómo las más hermosas prerrogativas de la bienaventurada Virgen fluyen de su maternidad. Su Concepción inmaculada, su virginidad sin mancha, su pureza de alma, nunca empuñada por la más mínima falta, su Asunción corporal, en una palabra, todos sus tesoros de gracia y de gloria hincan sus raíces en la maternidad divina, de tal forma que ésta es a un mismo tiempo principio y salvaguardia de todas las prerrogativas de María.
De igual manera la maternidad divina derribó también las impiedades de un culto que en cierto sentido tendía a igualar a María con Dios. Según el testimonio de San Epifanio, había en su tiempo una secta, nacida en la Tracia y entonces todavía viviente en la Arabia, que tributaba a María el más divino de todos los homenajes, el sacrificio. Este nuevo culto tenía a mujeres por sacerdotisas. El santo se levanta con vehemencia contra tan singular forma de adoración, y lo que de ella dice prueba manifiestamente cuan calumniosas serán las acusaciones de idolatría que, andando los siglos, lanzarán los protestantes contra los honores que los católicos rinden a la Virgen bienaventurada (18). Pues bien, basta la maternidad divina para echar por tierra la herejía de los colyridianos, herejía eminentemente sacrilega, porque María no sería Madre de Dios si no fuese, como nosotros, criatura de Dios. En efecto, Jesucristo no pudo recibir de María nada más que la naturaleza humana, pues la divinidad por la que es Hijo de Dios la tiene eternamente recibida del Padre. Por tanto, si la Virgen es Madre de Dios, es porque comunica al Verbo la humanidad por la que es hombre, y, consiguientemente, ella es consubstancial con él en cuanto a la naturaleza humana. De donde se infiere que el culto que tributamos a María, lejos de estar manchado por error idolátrico, es precisamente la profesión expresa de su pura humanidad.
Y aquí nos viene a la memoria un texto de nuestra sagrada Liturgia: "Alégrate —canta la Iglesia—, oh Virgen, porque Tú sola has exterminado del mundo entero todas las herejías" (19). Lo ha hecho y lo hace todavía de muchas maneras. Por ella los campeones de la fe reciben la seguridad en la ciencia y la intrepidez con que la defienden; ella fué en los días de su vida mortal maestra de la divina sabiduría y más de una vez los mismos apóstoles bebieron de las enseñanzas que brotaban de su corazón y de sus labios (20). Pero lo que principalmente le asegura la victoria universal sobre los monstruos del error, es que Ella derramó sobre el mundo la Luz eterna, Jesucristo Nuestro Señor (21), y es que María; con toda verdad puede decirse, que, en su mismo título de Madre de Dios, lleva la refutación de todas las herejías. Por este título se verifica la sentencia dada desde el principio contra el seductor del género humano: Ipsa canteret caput tuum. La Madre de Dios pone su pie sobre la cabeza del error y lo aplasta. En vano el error intenta replegarse y escapar con mil subterfugios: esfuerzos impotentes, inútiles, que no pueden librarlo del implacable aplastamiento (22).
El dogma de la maternidad divina es, respecto del dogma de la Encarnación, lo que el de la Encarnación es respecto del de la santa y adorable Trinidad: lo encierra, y, por consiguiente, encierra el Cristianismo entero. San Pablo, escribiendo a los fieles de Corinto, les decía que no quería saber sino a Jesucristo, y a Jesucristo crucificado (23).
No tenemos nosotros por qué buscar curiosamente las razones que movieron al Apóstol a expresarse de esta forma; oficio es ése de los exégetas. Lo que sí nos consta es que San Pablo, aunque no tuviera realmente otra ciencia, érale suficiente la ciencia de Cristo crucificado para ser el Apóstol de las naciones. Y es que todos nuestros misterios se refieren a Cristo muriendo en la cruz para la salvación del mundo, y por Él se entienden y explican. Ahora bien, lo que es lícito, lo que es razonable afirmar del conocimiento de Jesucristo crucificado, ¿será temeridad afirmarlo del conocimiento de la excelsa Madre de Dios? No, responderá de cierto quien nos haya seguido en el estudio de las relaciones esenciales entre los principales dogmas católicos y el título de Madre de Dios; no, responderá, aun con más seguridad, quien sepa meditar todas las grandezas y todos los privilegios que este nombre augustísimo pide y dentro de sí encierra. Así, pues, repudiar el nombre de Madre de Dios sería rechazar todo el Cristianismo, del cual es compendio, símbolo y paladión.

J. B. Terrien S.J.
LA MADRE DE DIOS...
NOTAS
(1)1 Cor. XV, 17, 18.
(2) S. Joan Damasc, De Fide orthod., L. III, c. 12, P. G. XCIV, 1029.
(3) Ephraem Theopolit., Apud Photium, cod. 228, P. G. CIII, 968.
(4) Matth., VIII. 12, X, 33; XII, 32; Marc, II, 10; VIII, 31; Luc, VI, 5; IX, 22; Joan, I, 51; III. 13, etc.
(5) Apoc, I, 13; XIV, 14.
(6) I Juan I,1.
(7) Tertuliano De Carne Christi, c. I, P. L. II, 754.
(8) Cf. S. Sophron. et S. Joan, Damasc, pp. 25, 26. "Corpus habens animam intellectualem... carnem cui inest anima rationalis". S. Cyrill. Alex., In Declarat. et Apol. Äthan., I. P. G. LXXVI, 296 et 320—El Concilio de Letrán (649) dijo igualmente de Cristo que debía venir "cum asumpta ab eo atque animata intellectualiter carne ejus". Can. 2. Enchirid. Denzinger, n. 203.
(9) Decimos "aparentemente" porque el Eutiquianismo, en realidad, aun bajo su forma más moderada, no admitía nada más que una naturaleza.
(10) Los teólogos andan divididos acerca de si Nestorio defendía que esa unión se efectuó desde la Concepción de Nuestro Señor o sólo después. La verdad se halla entre las dos opiniones extremas: según Nestorio, la unión se efectuó desde el principio, pero fue creciendo y perfeccionandose al paso que crecían los méritos del Hijo de María. De esta manera pueden conciliarce varios textos contradictorios, en apariencia, de Nestorio.
(11) Socin. De Christo Servat., L. I, 1.
(12) S. Athan., C. Apollin., L. 1, n. 6, P. G. XXVI, 1101.
(13) Viene muy a cuento de estas consideraciones una reflexión bien digna de notarse, que tomamos de la carta que el sabio Newman, después cardenal, escribió al doctor Pusey acerca del culto de la Santísima Virgen en la iglesia católica. Los protestantes pretenden que el culto tan particular que nosotros tributamos a la Madre de Dios necesariamente ha de eclipsar a su Hijo, nuestro Señor. El ilustre príncipe de la Iglesia pide en primer lugar que se pruebe el hecho; después vuelve la acusación contra sus autores: "Hay otro hecho enteramente opuesto y que, en mi entender, es harto elocuente. Si tendemos la mirada por Europa, ¿qué es lo que vemos? En resumen, los países y los pueblos que han perdido la fe en la divinidad de Cristo son precisamente los que han abandonado la devoción de su Madre. Por el contrario, aquellos que se han aventajado en su devoción a María, han conservado su ortodoxia. Comparad, por ejemplo, dos griegos con los calvinistas, Francia con Alemania del Norte, o bien los católicos con los protestantes de Irlanda.... En la Iglesia católica, María muéstrase siempre, no como la rival, sino como la servidora de su Hijo; como lo protegió en su infancia, así lo ha protegido en toda la historia de la religión. Hay una verdad histórica evidente en estas palabras del doctor Faber que citáis para condenarlas: "Donde Jesús no está en la luz, es porque María está en la sombra." Traduction de G. du Pré de Saint-Maur, París (Douniol, 1866), páginas 106-108.
En el mismo lugar se lee esta nota: "De este punto he hablado más largamente en mi ensayo acerca del Desarrollo de la Doctrina, página 438. "Es presentar una objeción sin valor decir que entre estas dos devociones (a Nuestro Señor y a María) nuestra flaqueza natural nos llevará siempre a dejar la una por la otra, la devoción hacia Dios por la devoción hacia la criatura, porque, lo repito, hay que ver si realmente es así; ésta es una cuestión de hecho. Además, es necesario averiguar si la devoción protestante hacia Nuestro Señor ha sido nunca verdaderamente adoración o si no ha sido, antes bien, una devoción como la Que ofrecemos a un ser humano perfecto..." De manera que siempre y en todas partes la maternidad divina de María se levanta como antemural de la verdadera doctrina y de la verdadera fe en el Hijo.
(14) Existimatus Epiphan., De laudibus S. M. Deiparae, P. G. XLIII, 496.
(15) Todos estos errores tienen en el fondo la misma fuente y proceden del mismo supuesto, como ya hemos advertido: naturaleza y persona son idénticamente una misma cosa. Por tanto, en Dios el número de personas habría de ser igual al de naturalezas, y recíprocamente.
(16) Luc, I, 86.
(17) Lo demostraremos en la segunda parte de esta obra.
(18) S. Epiphan., De Haeres., Haeres., 78, n. 23, sq. Haeres., 79, n. 1, sq. P. G. XLH, 736, 740, etc. (19) In festis B. V. M. per annum_ j antiph. III Noct. Cf. S. Bernard., Serm. de 12
(20) Sudr., De myster, vitae Christi, D. 19, S. I.
(21) Lumen aeternum mundo efJudit, Jesum Christum, Dominum nostrum, Praefat in minia U. M. V.
(22) "Unius ille stultus et totius stulititiae princeps... sub Mariae pedibus conculeatus et ■ ni nlus, miseram patitur servitutem. Nimirum ipsa est quondam a Deo promissa mulier (Oll., Ill, 15) serpentis antiqui caput virtutis pede contritura: cujus plane calcaneo in multis
itiia insidiatus est, sed sine causa. Soia enim contrivit universam haereticam pravitatem. nnn de substantia carnis suae Christus edidisse dogmatizabat ; alius parvulum non pepe-rlwio ned reperisse sibilabat; alius, vel post partum, viro coenitam fuisse blasphemabat ; alius I rem audire non sustinens, magnum illud nomen Theotocos impiisime sugillabat. Sed Hunt insidiatores, conculcati supplantatores, confutati derogatores, et beatam earn ■nines generationes. Denique, et continue per Herodem draco insidiatus est parienti, ut '"in excipiens filium devoraret, quod inimicitiae essent inter semen mulieris et draconis." "uni., Serm. de 12 Praerog. B. M. V., n. 4, P. L. CLXXXIII, 431
(23) I Cor., II, 2.

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