miércoles, 8 de diciembre de 2010

No vives solo

MEDIOS PARA FORTALECER EL CARÁCTER
Agentes externos

La unión es imprescindible
La solidaridad no es más que el amor al prójimo considerado como miembro de la colectividad, que Dios ha creado para que sirva de apoyo al hombre en la consecución de sus fines y necesidades.
Es sentirse parte de un todo del que por naturaleza no se puede prescindir. Es verse enlazado y encadenado a los demás, como piedras del mismo edificio, cuyo aglutinante es el amor, piedras que si bien tienen su singularidad, no pueden prescindir de las demás en orden a formar un conjunto, para el que fueron talladas.
Un hombre con toda su individualidad, no puede independizarse de los demás hombres en orden a formar una sociedad. Dios lo hizo social, y no se puede cambiar la naturaleza creada por Dios.
No puedo ser indiferente a los que me rodean, y si éstos no sienten el calor de mi corazón, es porque en él no hay fuego.
No podemos ser de esos seres que no saben servir al prójimo. Hay que saber ir al paso de los otros, y ajustarse a ellos como el avión a las circustancias atmosféricas. Si no sabemos caminar al ritmo de los demás, las distancias entre nosotros serán cada vez mayores, y en esta medida será muy difícil oírnos. Emparejados será posible el abordaje en las ideas y en el amor.

Todos para todos
El primer medio para conseguir esta solidaridad, es la renuncia a nosotros mismos, en aras de los demás. «El que renuncia a su vida la ganará.»
La frase del Señor tiene un sentido sobrenatural, pero también conserva un sentido paralelo en el orden natural de las cosas. El que renuncia a su propia ventaja en favor del prójimo, sentirá sobre sí el influjo de sus propias acciones. Como en una estancia de cristal, los rayos de sol reflejados sobre las otras paredes, vuelven a ser recibidos por las mismas que los transmitieron, aumentando recíprocamente los beneficios de luz y calor.
El que continuamente se busca a sí mismo, se encuentra con su propia soledad; se ve aislado y sin conductos por donde recibir la savia vital del cuerpo social.
La ley del hombre es vivir en sociedad. Para cumplir esta ley ha de amar a la sociedad. Cuanto más te alejes de ella, tanto más te alejarás de ti mismo, porque ella es el aliento de tu vida. Vivir en sociedad, no es vivir entre los hombres, sino vivir con los hombres. No vivir tu vida, sino vivir nuestra vida. La mano no vive su vida, sino la vida del cuerpo. Tu valoración está en la plena identificación con la sociedad, y esta identificación será tanto mayor, cuantos más lazos te unan a los otros. Los lazos más fuertes son el renunciamiento y el sacrificio.
Te encontrarás en los demás, como cualquier miembro se encuentra en todos los miembros del cuerpo: todos para todos.
Si un miembro se busca a si mismo, prescindiendo de los demás, perderá su vida: la fuerza del brazo sin la vista, es una vitalidad ciega e inútil, y la vista sin la actividad del brazo es un foco de luz en el desierto; a nadie alumbra, es un deseo paralizado.
Somos colaboradores en una empresa común: tu trabajo se funde con los otros. Tu actividad es algo indiviso respecto al grupo inmediato que te rodea, como la actividad de tu grupo, tampoco se puede separar del resto de la humanidad. Sin este apoyo por parte de los demás, tu actividad se desarrollaría en el vacio, sería la nada. Eres una parte tangible y alícuota de lo universal o de un entero. Ni los grandes hombres hubieran sido capaces de hacer algo con solo sus medios.
Tus desaciertos, en la medida de tu influencia, desconciertan y malean la totalidad, como la mejoran tus positivas aportaciones.
Para sentirte solidario, piensa que a pesar de ser una singularidad personal, ni puede ni tiene razón de ser tu existencia al margen de los otros.
Esencialmente Dios te hizo para sí, pero formando parte de un todo al que ordenó para sí. Como el hombre labra una piedra, a fin de que forme parte de una casa, que construye para sí. La piedra no sirve a su señor independientemente.
Es la ley de la sociedad: todas tus actividades para ti solo te sobran, y te hacen falta las ajenas, como al ojo no le hace falta la luz si no es para iluminar y orientar a todo el cuerpo, y el ojo para tener vida, necesita la cooperación de todo el cuerpo. ¿Tus actividades, qué valen sin la cooperación de los demás?
Si un miembro no trabaja por el resto de los demás miembros, no puede exigirle su sangre.

Renunciarse es ventajoso
M. Agripa persuadió a la plebe romana retirada en el Aventino, que volviera al servicio de los patricios con estas razones: Un día los miembros del cuerpo se conjuraron contra el estómago, y no quisieron servirle. El estómago languideció, pero los miembros restantes también se encontraron más débiles, hasta el punto casi de perecer.
Sea tu mentalidad la del miembro de un cuerpo cuya cabeza es Cristo. Alegrémonos del éxito de los demás como si fueran propios, y roguemos para que el esfuerzo de los otros se vea coronado con el fruto. Una buena cosecha beneficia a todos.
No puedes exigir a los demás el sacrificio que tú les niegas.
Las antipatías que causas en los otros con tus egoísmos, te producen más perjuicios que las molestias voluntarias que te tomes en su favor.
El egoísmo da frutos amargos, sentimientos de tristeza ante el triunfo de los otros. Hace creerse abandonado si hay otros corazones que atraen la atención del amigo.
Ruggero Bacon escribe: «El egoísta prende fuego a la casa de su vecino, aunque sólo sea para hacerse una tortilla.»
Para estos individuos, el prójimo es siempre el señor «yo». Su afecto siempre es interesado.
Es más bestia que humano: «El perro faldero, sospecha que todo el mundo conspira para cogerle el sitio» (Togore).
En particular somos muy poca cosa, pero formamos parte de un gran todo. El modo práctico de entrar en esta formación es evitar todo cuanto pueda sembrar el malestar, y fomentar cuanto contribuya el bienestar.
«El que procura el bien común, procura el propio bien», dice Santo Tomás.
El bien individual a la larga no existe sin el bien común. Los que atentan contra el bien común, lo hacen contra el propio.
El bien viene del bien. El pan cuotidiano, viene de la cosecha nacida del esfuerzo de todos.
«No mereció nacer, el que sólo nació para sí.» Hasta Cristo nació para los hombres.
La adolescencia y la juventud, son las horas más aptas para matar el egoísmo en aras del bien común. El que ahora no sabe hacerlo, mañana le faltará a su carácter algo esencial: saber vivir con los demás.
El egoísmo seca la fuente de los ideales más nobles, y los defectos crecen porque nos paramos al sol de nuestro propio interés. Cuando el sol del ideal está bajo y en un horizonte tan lejano, se alarga y deforma nuestra figura, creyéndonos más grandes e importantes de lo que somos.
Tu trabajo y actividad han de rebasar tu propia persona, para penetrar en el círculo de los que te rodean. El trabajo es uno de los mayores aglutinantes de la sociedad, puesto que es o debe ser la expresión del amor y abnegación por los otros.
Por lo tanto, si quieres cumplir con tu fin esencial de hombre, no podrás hacerlo fuera de tu órbita de armonía y compenetración con los otros a costa de tu propio egoísmo.

Nos encontramos en Dios
Donde haya una comunidad auténtica recibirá la influencia de las riquezas de Dios. La Comunidad Cristiana, por estar enraizada en Dios, tiene manifestaciones más íntimas y perdurables. El amor a Dios se manifiesta en sacrificios en favor de los hombres. Todos nos encontramos mutuamente en nuestro camino hacia Dios.
Entre Dios, mi prójimo y mi persona, se establece una corriente triangular de amor, cuyo fluido es idéntico. Si se rompe en cualquier vértice, mi corazón morirá solitario.
No hay nada que una más a los hombres que la fe religiosa. No podemos considerarnos una familia, a pesar de nuestra semejanza, sin encontrarnos en Dios como Padre común. El que rompa este hecho natural, rompe la esencia de la sociedad. Puedes sentir cierto afecto de camarada hacia tu prójimo, pero todos estos vínculos se desatan si las manos de Dios no los mantiene unidos, porque El fue quien los ató. En Dios, única fuente de amistad, se reafirma la vida.
El encuentro con Dios dentro de la sociedad cristiana, te saca del anonimato de la vida amorfa, al mismo tiempo que encuentras en Dios a todos tus semejantes. Estos encuentros no son postizos, como nacidos de acontecimientos circustanciales, geográficos, o de intereses materiales, sino como algo inherente a la naturaleza.
Dios te llama por tu propio nombre de entre la multitud de tus hermanos. Dios se manifiesta personalmente al individuo por medio de la fe, aunque la Revelación haya sido hecha a la Comunidad. Dios llama al hombre a la comunidad para salvarlo en ella.
Estar compacto en una sociedad de espíritu y carácter cristiano, te librará de esa multitud sin nombre y amorfa con espíritu de masa.
Para unirse bajo el signo del Cristianismo, no hace falta constituir nuevas sociedades, aunque sean recomendables núcleos de intensificación espiritual, sino concebir en cristiano la organización en que me muevo.
La Religión mira al individuo y a la sociedad. En ella aprenderás a preocuparte no sólo por tu porvenir y tu salvación, sino por el porvenir y la salvación de los hombres. Ser en esta vida y en la otra un miembro del Reino de Dios. El que se preocupa de la propia salvación, junto con la de sus hermanos, une con el bienestar del prójimo su propio bienestar. El Reino de Dios no ha de venir a «», sino a «nosotros».
Jesús vino a salvar a los hombres. No entrarán en su red, sino los que encuentre unidos en el amor.

Comunidad y personalidad
Los cristianos vemos en el hombre, más que al miembro de la comunidad, al hijo de Dios, metido en una sociedad. Ello nos da unión y respeto mutuo.
Este origen común es la causa de nuestras aspiraciones comunes y particulares hacia Dios, nuestra última y suprema felicidad. El mismo Padre común nos unifica. «Dios quiere a los que se aman entre si.»
La aspiración a este objetivo común nos mantiene unidos en los medios; y este espíritu religioso es más fuerte que el espíritu de casta, y que todos los antagonismos sociales.
Las prácticas religiosas no son, por lo tanto, un asunto privativo del individuo, sino un elemento que nos asocia íntimamente, más que cualquiera otra fiesta o manifestación social.
La enseñanza de San Pablo sobre la igualdad de los hombres, es la que ha de transformar la sociedad humana. Las primeras comunidades cristianas surgieron al conjuro de su doctrina sobre la caridad, y del origen y destino común de los hombres. Ante este espíritu de unión aparecía absurda la clasificación de los hombres en categorías sociales. El templo era el único lugar donde no había sitio propio, ni liturgia diferente para libres y esclavos. La diferenciación de clases ha ido aumentando o disminuyendo, según que aumentase o disminuyese el espíritu cristiano en la sociedad.
En la religión es donde el hombre se encuentra más libre de postizos sociales, y con sus cualidades personales más realzadas.
Las ideas y prácticas comunes en la religión, no anulan la personalidad, sino que la unen a los demás. Todo acto de religión es social e individual al mismo tiempo. Tengo que salvar mi alma, pero dentro del Reino de Dios. Esta preocupación es una levadura que fermenta la masa.
Lo que da más valor al individuo es la comunicación con Dios en el cumplimiento voluntario de su doctrina en la comunidad. Las creencias religiosas le dan la responsabilidad de los propios actos. Desligado de Dios se hunde en el anonimato y en la intranscendencia.
El hombre no puede alcanzar la perfección sin una relación vital con el prójimo en la sociedad, y esta relación no puede ser la lucha y el predominio del más fuerte, sino la unión de todos.
Encontrarnos en la religión es del máximo interés social, porque aprovechándonos individualmente, y ayudándonos unos a otros, encontraremos la redención de todos.
«Ser para Dios y luchar para el prójimo, constituyen fundamentalmente la vida cristiana.»

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