sábado, 4 de diciembre de 2010

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO


A) Pauperes evangelizantur
a) Gran parte de los hombres encuentran difícil su salvación por ser pobres
Sin embargo, se puede decir sin temeridad que las condiciones de la vida social y económica son tales, que una gran parte de los hombres encuentran las mayores dificultades para atender a lo único necesario, a la salvación eterna (Pío XI, Quadragesimo Anno, 53).
b) También los agricultores han caído en la pobreza
Añádase el ejército ingente de asalariados del campo, reducidos a las más estrechas condiciones de vida y desesperanzados de poder jamás obtener «participación alguna en la propiedad de la tierra» (cf. León XIII, Rer. Nov.), y, por tanto, sujetos para siempre a la condición de proletarios, si no se aplican remedios oportunos y eficaces (Pío XI, Quadragesimo anno, 26).
c) Caen en tremenda responsabilidad quienes hacen aparecer a la Iglesia como enemiga de los pobres
Es en verdad lamentable, venerables hermanos, que haya habido y aun ahora haya quienes, llamándose católicos, apenas se acuerdan de la sublime ley de la justicia y de la caridad, en virtud de la cual nos está mandado no sólo dar a cada uno lo que le pertenece, sino también socorrer a nuestros hermanos necesitados como a Cristo mismo (Iac. 2) ; ésos, y esto es lo más grave, no temen oprimir a los obreros por espíritu de lucro. Hay además quienes abusan de la misma religión y se cubren con su nombre en sus exacciones injustas, para defenderse de las reclamaciones completamente justas de los obreros. No cesaremos nunca de condenar semejante conducta; esos hombres son la causa de que la Iglesia, inmerecidamente, haya podido tener la apariencia y ser acusada de inclinarse de parte de los ricos, sin conmoverse ante las necesidades y estrecheces de quienes se encontraban como desheredados de su parte de bienestar en esta vida (Pío XI, Quadragesimo anno, 50).
d) Es abusar de los pobres exigirles un trabajo excesivo para aumentar las ganancias
Por lo que toca a la defensa de los bienes corporales y externos, lo primero que hay que hacer es librar a los pobres obreros de la crueldad de los hombres codiciosos, que, a fin de aumentar sus propias ganancias, abusan sin moderación alguna de las personas, como si no fueran personas, sino cosas. Exigir tan grave tarea que con el excesivo trabajo se embote el alma y sucumba al mismo tiempo el cuerpo a la fatiga, ni la justicia ni la humanidad lo consienten (León XIII, Rerum Novarum, 33).
e) E imponerles un salario injusto, aprovechándose de la situación en que se encuentran
Efectivamente, sustentar la vida es deber común a todos y a cada uno, y faltar a este deber es un crimen. De aquí necesariamente nace el derecho de procurarse aquellas cosas que son menester para sustentar la vida, y estas cosas no las hallan los pobres sino ganando un jornal con su trabajo. Luego, aun concediendo que el obrero y su amo libremente convienen en algo y particularmente en la cantidad del salario, queda, sin embargo, siempre una cosa que dimana de la justicia natural, y que es de más peso y anterior a la libre voluntad de los que hacen el contrato, y es ésta: que el salario no debe ser insuficiente para la sustentación de un obrero que sea frugal y de buenas costumbres. Y si acaeciere alguna vez que el obrero, obligado por la necesidad o movido del miedo de un mal mayor, aceptase una condición más dura, y aunque no lo quisiera la tuviere que aceptar por imponérsela absolutamente el amo o el contratista, sería eso hacerle violencia, y contra esta violencia reclama la justicia (León XIII, Rerum Novarum, 33 y 34).
f) La injusta organización capitalista del trabajo degrada a la persona
En verdad, el ánimo se horroriza al ponderar los gravísimos peligros a que están expuestos en las fábricas modernas la moralidad de los obreros (principalmente jóvenes) y el pudor de las doncellas y demás mujeres, al pensar cuan frecuentemente el régimen moderno del trabajo y principalmente las irracionales condiciones de habitación crean obstáculos a la unión e intimidad de la vida familiar, al recordar tantos y tan grandes impedimentos que se oponen a la santificación de las fiestas, al considerar cómo se debilita umversalmente el sentido verdaderamente cristiano, que aun a hombres indoctos y rudos enseñaba a elevarse a tan altos ideales, suplantado hoy por el único afán de procurarse por cualquier medio el sustento cotidiano. Así, el trabajo corporal, que estaba destinado por Dios, aun después del pecado original, a labrar el bienestar material y espiritual del hombre, se convierte a cada paso en instrumento de perversión; la materia inerte sale de la fábrica ennoblecida, mientras los hombres en ella se corrompen y degradan (Pío XI, Quadragesimo anno, 54).
g) Punto neurálgico del problema social es la cuestión obrera
¿Quién no ve que la cuestión obrera, por la dificultad y variedad de los problemas que entraña y por el amplio número de miembros a que afecta, es tal y de tal necesidad e importancia, que merece un cuidado más atento, avizor y atinado? Cuestión delicada como ninguna; punto neurálgico, por decirlo así, del cuerpo social, pero algunas veces también terreno movedizo y traidor abierto a fáciles ilusiones y vanas e inactuales esperanzas para quien no tenga ante los ojos de su inteligencia y a los impulsos de su corazón la doctrina de justicia, de equidad, de amor, de recíproca consideración y convivencia que inculcan la ley de Dios y la voz de la Iglesia (Pío XII, A los trabajadores italianos en el patio de Belvedere del Vaticano, 13 de julio de 1943).
h) La Acción Católica no puede dejar de preocuparse de las clases humildes
La Acción Católica no puede dejar de preocuparse de las clases más humildes y necesitadas, de los obreros, de los campesinos, de los emigrados (Pío XI, Canto al Episcopado de Méjico, 28 de marzo de 1937).
i) Hay que ver en los pobres al mismo Jesucristo
Deseamos, pues, venerables hermanos, que sea más y más explicado, de palabra y por escrito, este divino precepto, precioso distintivo dejado por Cristo a sus verdaderos discípulos; este precepto que nos enseña a ver en los que sufren a Jesús mismo y nos obliga a amar a nuestros hermanos como el divino Salvador nos ha amado, es decir, hasta el sacrificio de nosotros mismos, y, si es necesario, aun de la propia vida (Pío XI, Divini Redemptoris, 47).

B) Euntes renuntiate Ioanni, quae audistis et vidistis
a) A Jesucristo se le descubre por las obras de sus testimonios vivos
Hoy, más que nunca, lo mismo que en los primeros tiempos de su existencia, la Iglesia tiene necesidad sobre todo de testigos, más que de apologistas; de testigos que, con su vida, hagan resplandecer el verdadero rostro de Jesucristo y de la Iglesia ante los ojos del mundo paganizado que les rodea (Pío XII, Radiomensaje al Congreso Eucaristico Nacional de Francia, 4 de julio de 1947: «Ecclesia», n. 69, de 1947).
b) A los falsos redentores también se les descubre por sus obras
La Iglesia, guarda y maestra de la verdad, al afirmar y propugnar valientemente los derechos del pueblo trabajador, luchando contra el error en diversas ocasiones, ha tenido que dar la voz de alerta contra el peligro de dejarse ilusionar por el espejismo de especiosas y vanas teorías y visiones de bienestar futuro, y por los engañosos alicientes e incitaciones de falsos maestros de bienestar social, que llaman al mal bien y que jactándose de ser amigos del pueblo no toleran entre el capital y el trabajo, entre patronos y obreros, los mutuos acuerdos que mantienen y promueven la concordia social para el progreso y la utilidad de todos. A estos amigos del pueblo les habéis oído ya en la plaza, en los círculos, en los congresos; habéis leído sus promesas en hojas volantes, los habéis escuchado en sus cantos y en sus himnos; pero ¿cuándo los hechos han respondido a sus palabras o las realidades han sonreído a las esperanzas? Engaños y desilusiones es lo que han probado y prueban los individuos y los pueblos que le prestaron fe y los siguieron por caminos que, lejos de mejorar, empeoran y agravan las condiciones de vida y de adelanto material y moral. Esos falsos pastores hacen creer que la salvación debe venir de una renovación que transforme la consistencia social, que revista carácter nacional (Pío XII, Discurso a los obreros de Italia).
c) Hoy los amargos frutos nacidos de haberse apartado del Cristianismo son su mejor apología
Las angustias presentes son la apología más impresionante del Cristianismo, tal que no puede haber mayor. De la gigantesca vorágine de errores y movimientos anticristianos se han cosechado frutos tan amargos, que constituyen una condenación cuya eficacia supera a toda refutación teórica (Pío XII, Summi Pontificatus, 12).
d) El comunismo, consecuencia de la descristianización obrera
Para explicar cómo ha conseguido el comunismo que las masas obreras lo hayan aceptado sin examen, conviene recordar que éstas estaban ya preparadas por el abandono religioso y moral en que las había dejado la economía liberal. Con los turnos de trabajo, incluso el domingo, no se les daba tiempo ni siquiera para satisfacer los más graves deberes religiosos de los días festivos; no se pensaba en construir iglesias junto a fábricas, ni en facilitar el trabajo al sacerdote; al contrario, se continuaba promoviendo positivamente el laicismo. Ahora, pues, se recogen los frutos de errores tantas veces denunciados por nuestros predecesores y por Nos mismo, y no hay que maravillarse de que en un mundo tan hondamente descristianizado se desborde el error comunista (Pío XI, Divini Redemptoris, 16).
e) Es preciso que Cristo aparezca de nuevo en todas partes
Mas para ello ha de revolucionarse espiritualmente el mundo, se ha de ir a la restauración del reino de Cristo en la familia, en la escuela, en las instituciones públicas y en todos los aspectos de la vida social (Pío XII, Discurso a los Hombres de Acción Católica Italiana, 7 de septiembre de 1947).
f) sólo una gran caridad y una profunda fe en dios pueden dar base a la sociedad en ruinas
Tomad como lema para el futuro las palabras sublimes de San Juan: Dios es caridad (1 lo. IV,16). Entonces ciertamente la obra de destrucción que dejaron tras de sí los años pasados, la miseria y el empobrecimiento que crearon, la enemistad y el odio que acumularon, todo esto lo vencerán sólo los hombres que crean firme e indestructiblemente en la benevolencia y en el amor de Dios y que vivan ellos mismos llenos de este amor divino. Esta es la caridad que todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera (1 Cor. XIII,7); que prepara a los mayores sacrificios, que está siempre dispuesta a renunciar, a ayudar, a perdonar. Esta caridad es la que afirma las familias y asegura la paz conyugal. Prepara el pensamiento y dispone para los avances de la justicia social, que si siempre han tenido validez, hoy oprimen con angustiosa urgencia. Las comunidades y los estados pueden parecer haber afirmado los fundamentos del mundo; si no les han puesto como cimiento la fe en Dios y no dirigen la tarea hombres de profundo amor a Dios, les amenaza con interna necesidad la ruina (Pío XII, Radiomensaje a los fieles de Berlín: «Ecclesia», n. 420, 30 de julio de 1949, p. 5).
g) El ejemplo tiene verdadera fuerza apologética
Demuestren los obreros católicos, con su ejemplo, con sus palabras, a estos hermanos extraviados que la Iglesia es una tierna madre para todos aquellos que trabajan y sufren, y que jamás ha faltado ni faltará a su sagrado deber materno de defender a sus hijos. Si esta misión que ellos deben cumplir en las minas, en las fábricas, en los talleres, dondequiera que se trabaja, requiere, a veces, grandes sacrificios, recuerden que el Salvador del mundo ha dado no sólo el ejemplo del trabajo, sino también el del sacrificio (Pío XI, Divini Redemptoris, 70).
h) Con él por delante se derribarán las trabas del respeto humano
¡Oh, el ejemplo, y, ante todo, el ejemplo de la dignidad cristiana! Aquí se impone el deber. Apena el alma ver cómo de ordinario no es tanto el número de elementos malos, que hacen muchas veces malsano y pernicioso el campo del trabajo profesional, cuanto más bien el respeto humano (Pío XII, A los Hombres de Acción Católica, 20 de noviembre de 1942).
i) Se trata de obrar la palabra y no sólo escucharla
Esta es, venerables hermanos, la doctrina de la Iglesia, la única que, como en todos los demás campos, también en el terreno social puede traer verdadera luz y ser la salvación frente a la ideología comunista. Pero es preciso que esta doctrina se realice en la práctica de la vida, conforme al aviso del apóstol Santiago (Iac. 1,22): Sed... obradores de la palabra, y no os contentéis sólo con oiría, que os engañaría; por esto, lo que más urge al presente es aplicar con energía los oportunos remedios para oponerse eficazmente a la amenazadora catástrofe que se va preparando (Pío XI, Divini Redemptoris, 39).

C) Quid existís in desertum videre? Arundinem vento agitatam?
a) Hoy no bastan los hombres a medias
El tiempo presente exige católicos sin miedo, para los que resulte la cosa más natural del mundo la abierta confesión de su fe con las palabras, con las obras, siempre que lo pidan la ley de Dios y el sentimiento del honor cristiano. Verdaderos hombres, hombres íntegros, firmes e intrépidos. Hoy el mismo mundo desecha y rechaza y pisotea a los que no lo son, a los que lo son solamente a medias (Pío XII, Discurso a las Congregaciones Marianas, 21 enero 1945).
b) Ante la corrupción es necesaria mayor vigilancia y defensa
Quien pertenece a la milicia de Cristo, sea eclesiástico o seglar, ¿no debería sentirse espoleado e incitado a mayor vigilancia, a defensa más decidida, cuando ve crecer cada vez más los escuadrones de los enemigos de Cristo, cuando se da cuenta que los portavoces de tales tendencias, renegando o despreciando en la práctica las verdades vivificadoras y los valores encerrados en la fe en Dios y en Cristo, rompen sacrilegamente las tablas de los mandamientos de Dios, para sustituirlas con tablas y normas de las que está desterrada sustancia ética de la revelación del Sinaí, el espíritu del ¡ermón de la Montaña y de la cruz? (Pío XII, Summi Pontificatus, n. 2).
c) Ante el peligro es preciso actuar
La persistencia de un estado general, que no dudamos en llamar explosivo a cada instante, y cuyo origen debe buscarse en la tibieza religiosa de tantos, en el bajo nivel moral de la vida pública y privada, en la sistemática obra de intoxicación llevada a cabo en las almas sencillas, a las que se propina el veneno después de haberles narcotizado, por decirlo así, el sentido de la verdadera libertad, no puede dejar a los buenos inmóviles en el mismo surco, contemplando con los brazos cruzados un porvenir arrollador (Pío XII, Exhortación pontificia a las fieles de Roma, lo de febrero de 1952, il. 4: «Ecclesia», n. 553, 16 de febrero de 1952, p. 5).
d) Con valentía Para preservar al mundo de la ruina
Y ciertamente, hoy más que nunca hacen falta valientes soldados de Cristo, que con todas sus fuerzas trabajen para preservar la familia humana de la ruina espantosa en que caería si el desprecio de las doctrinas del Evangelio dejara triunfar un estado de cosas que pisotea las leyes de la naturaleza no menos que las de Dios (Pío XI, Quadragesimo Armo, n. 58).
e) Con fortaleza que sostenga a los pusilánimes
Consciente de la tenebrosa audacia del mal, que cunde en la vida presente, el verdadero discípulo de Cristo se siente dispuesto a tener mayor vigilancia sobre sus propios hermanos. Seguro como está de la promesa de Dios y del triunfo final de Cristo sobre los enemigos, se siente interiormente robustecido contra las desilusiones y fracasos, derrotas y humillaciones, y puede comunicar la misma confianza a todos aquellos a quienes se acerca en su misión apostólica; convirtiéndose de tal modo en baluarte espiritual, mientras da aliento y ejemplo a los que se sienten tentados a ceder y a desanimarse frente al número y a la potencia de los adversarios (Pío XII, Alocución al Sacro colegio Cardenalicio en la vigilia de Navidad de 1940).
í) Incluso en la vida pública, a pesar de tantas dificultades
Que no se apague o debilite entre vosotros la voz insistente de los Pontífices, de las encíclicas sociales, que magistralmente enseñan, a los que creen en la regeneración sobrenatural de la humanidad, el deber moral de cooperar al ordenamiento de la sociedad, y en modo especial de la vida económica, impulsando la actividad de aquellos que participan de tal vida, no menos que el Estado mismo. ¿No es esto un sagrado deber de todo cristiano? No os espanten, amados hijos, las dificultades extrínsecas, ni os desaniméis por los obstáculos provenientes del creciente paganismo de la vida pública (Pío XII, Discurso de Pentecostés del año 1941).
g) Este carácter varonil tiene su origen en la fe
De una fe viva en un Dios personal y trascendente brota un claro y fuerte vigor moral, que informa todo el curso de la vida. Porque la fe no es solamente una virtud, sino la fuerza divina por la cual entran en el santuario del alma todas las virtudes y se forma aquel carácter fuerte y tenaz que no vacila en las pruebas de la razón y de la justicia, Esto es siempre verdad, pero tiene que brillar mucho más cuando, tanto al hombre de Estado cuanto al último de los ciudadanos, se exige el máximo de valor y de energía para reconstruir una nueva Europa y un mundo nuevo sobre las ruinas que el conflicto mundial ha acumulado con su violencia, con el odio y con la división de los espíritus (Pío XII, Mensaje de Navidad de 1941. n. 28).
h) Exige nuestra colaboración a la obra de la gracia
No os dejéis engañar por los fabricantes de errores o de teorías malsanas, tristes corrientes enderezadas, no a intensificar, sino más bien a desvirtuar y corromper la vida religiosa; corrientes que pretenden que, pues la redención pertenece al orden de la gracia sobrenatural y es, por consiguiente, obra exclusiva de Dios, no necesita de nuestra cooperación sobre la tierra (Pío XII. Discurso de Pentecostés de 1941).
i) Y se constituye por la constancia en seguir los eternos principios de la justicia
El verdadero cristiano, fruto de la educación cristiana, es el hombre sobrenatural, que piensa, juzga y obra constante y coherentemente según la recta razón, iluminada por la luz sobrenatural de los ejemplos y de la doctrina de Cristo, o, por decirlo con el lenguaje ahora en uso, el verdadero y cumplido hombre de carácter. Pues no constituye cualquiera coherencia y tenacidad de conducta, según principios subjetivos, el verdadero carácter, sino solamente la constancia! en seguir los principios eternos de la justicia, como lo reconoce hasta el poeta pagano cuando alaba inseparablemente «al hombre justo y constante en su propósito» (Horat., Od., 1. 3, od. 3, v. 1), y, por otra parte, no puede existir completa justicia sino dando a Dios lo que se debe a Dios, como lo hace el verdadero cristiano (Pío XI. Divini illius Magistri, n. 59).

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