miércoles, 22 de diciembre de 2010

MARTIRIO DE SAN SIMEÓN, OBISPO DE JERUSALEN (AÑO 101)


Tras la muerte de Santiago el Menor, primer obispo de Jerusalén, el año 62, y la toma de la ciudad y quema del templo que se siguió años más tarde (el 70), después de larga guerra y espantoso sitio, "es tradición que los Apóstoles y discípulos del Señor que aún sobrevivían, se juntaron de todas partes a una con los parientes del Señor según la carne (de los que por aquel entonces sobrevivían aún muchos) y deliberaron, unidos todos, sobre quién fuera digno de suceder a Santiago, y todos unánimemente tuvieron por digno a Simeón, hijo de Clopás, de quien hace mención el Evangelio, primo que era, según se dice, del Salvador, pues en efecto cuenta Hegesipo que Clopás era hermano de José."
De esta leyenda recogida por Eusebio (HE, III, 11), sólo podemos retener el dato cierto de que San Simeón, pariente del Señor, sucedió a Santiago en el gobierno de la comunidad de Jerusalén, y aún conviene notar que ésta, tras la ruina del año 70, era sólo un solar en que acampaba una legión romana (la Legio X Fretensis), y la antigua comunidad, obedeciendo a celeste aviso dado a sus dirigentes, se había retirado, antes del sitio, a Pella, ciudad pagana situada en los dominios de Agripa II, fiel al Imperio y benévolo con los cristianos. A la verdad, nada se sabe de la existencia, oscura, sin duda, del grupo de judeocristianos evadidos de Jerusalén ni de su obispo Simeón hasta los días de Trajano en que sufre el martirio. El gran movimiento de expansión de la Iglesia de la gentilidad los ha desbordado totalmente. La Iglesia-madre de Jerusalén, a la que miró siempre Pablo con un sentimiento mezcla de reverencia y de inquietud, se había ya convertido en un recuerdo y no iba a ser del oscuro rincón trasjordánico de Pella de donde partieran las grandes directrices de la vida de la Iglesia universal. De ahí, en verdad, lo inconsistente e inasible de la figura de este viejo Simeón, de quien sólo conocemos el martirio. Sin embargo, Hegesipo, el historiador judeo-cristiano que nos lo cuenta, sin duda, pensaba en la Iglesia regida por el sucesor de Santiago cuando escribía estas bellas palabras, guardadas por Eusebio:
"Narrando el mismo historiador (Hegesipo) los sucesos de aquellos tiempos, añade que hasta entonces la Iglesia permanecía virgen, limpia e incorrupta, pues estaban aún en oscura sombra, como escondidos en sus madrigueras, los que pudieran intentar—si alguno había—corromper la sana regla de la predicación del Salvador. Mas cuando el sacro coro de los Apóstoles hubo terminado por diversos modos su vida y pasó la generación de quienes tuvieron la suerte de oír con sus propios oídos la divina Sabiduría, entonces fue cuando tuvo principio el ataque del impío error, por obra del engaño de los que propalaron doctrinas extrañas, los cuales, no sobreviviendo ya ninguno de los Apóstoles, intentaron, en adelante ya a cara descubierta, oponer a la predicación de la verdad la de su mal llamada ciencia" (HE, III, 32, 7).
Su martirio lo cuenta Eusebio, tomándolo del mismo Hegesipo.

Martirio de San Simeón.
(Eus., HE, III, 32, 1-6).
"Después de Nerón y Domiciano, en tiempo de Trajano, en cuya época nos ocupamos ahora, es tradición que la persecución levantada contra nosotros fue sólo parcial y por ciudades, debida a tumultos populares. En ella hemos recibido por tradición haber terminado por el martirio su vida San Simeón, de quien ya contamos (III, 11) cómo fue constituido segundo obispo de Jerusalén. De ello es testigo Hegesipo, el mismo cuyas palabras hemos citado diversas veces. Hablando, en efecto, Hegesipo de ciertos herejes, prosigue diciendo que, acusado por ellos Simeón, fué durante varios días atormentado como cristiano de diversos modos, hasta el punto de admirarse sobremanera el mismo juez y los que le rodeaban, y, por fin, terminó de modo semejante al Señor en su Pasión. Pero nada mejor que escuchar al propio historiador, que cuenta esto mismo por estas literales palabras:
"Algunos de estos herejes acusaron, en efecto, a Simeón, hijo de Clopás, como de la familia de David y cristiano, y así sufrió el martirio, siendo de ciento veinte años de edad, bajo el emperador Trajano y el procónsul Ático."
Cuenta el mismo historiador que como por entonces se hicieran pesquisas sobre los descendientes de la tribu real de los judíos, se dio el caso de ser prendidos, como pertenecientes a ella, los mismos acusadores de Simeón. Fundándonos en lo largo de su vida y en el hecho de mencionar el Evangelio a María, esposa de Clopás, de quien anteriormente dijimos ser hijo Simeón, pudiera calcularse que fue éste de los que personalmente vieron y oyeron al Señor.
El mismo escritor cuenta, después de relatar el testimonio que dieron de la fe de Cristo bajo Domiciano, cómo sobrevivieron, hasta el Imperio de Trajano, otros descendientes de uno de los llamados hermanos del Señor, por nombre Judas, y escribe así:
"Vuelven, pues, y presiden a toda la Iglesia, como mártires que habían sido y como descendientes del Señor, y, restituida a toda la Iglesia una profunda paz, sobrevivieron hasta Trajano César. Bajo el imperio de éste, el primo del Señor, el ya mentado Simeón, hijo de Clopás, calumniado por los herejes, fue igualmente acusado por el mismo motivo ante el procónsul Ático. Y atormentado durante varios días, sufrió el martirio con tal entereza que todos, y señaladamente el procónsul, no cabían de pasmo ante el hecho de que así sufriera un anciano de ciento veinte años. Por fin, le mandó crucificar."

EL RESCRIPTO DE ADRIANO SOBRE LOS CRISTIANOS
El 11 de agosto del año 117 moría Trajano en Selinonte, tras la brillante expedición de Oriente, con el dolor de no haber podido seguir más que en parte las huellas del Magno Alejandro. Adriano, de origen también hispánico, no hereda su genio guerrero y ordena la retirada a los antiguos límites del Imperio, abandonando el sueño de dominación en Oriente, acariciado por Trajano, el último conquistador de gran estilo que produjo Roma.
Adriano, el graeculus ligero y escéptico, explorador de toda curiosidad, viajero incansable por todo lo ancho y largo del Imperio, enamorado de Grecia y amigo del Oriente, no podía ser, y no fue, en efecto, un perseguidor fanático del cristianismo. Conoce a los cristianos, siquiera sus ideas sobre ellos sean tan absolutamente superficiales como las que delata su carta sobre el Egipto, escrita al cónsul Serviano, casado con una hermana de él, y que vale la pena reproducir íntegramente:
"Adriano Augusto a Serviano, cónsul, salud:
"El Egipto que tú me alababas, Serviano carísimo, me he dado cuenta que es todo él ligero, oscilante y revoloteador a todo cambio de rumor. Allí los que dan culto a Serapis, no por eso dejan de ser cristianos, y los que se dicen obispos de Cristo son devotos de Serapis. Ño hay allí presidente de sinagoga judaica, no hay samaritano, no hay presbítero de los cristianos, que no sea juntamente astrólogo, que no sea arúspice, que no sea maestro de gimnasia". El mismo patriarca, cuando viene a Egipto, es por unos obligado a adorar a Serapis, por otros a Cristo. Es casta de hombres sediciosísima, vanísima, injuriosísima; su ciudad, opulenta, rica, fecunda, en la que nadie vive ocioso. Unos soplan el vidrio, otros fabrican papel, todos, a la verdad, parecen ser tejedores, o, por lo menos, tienen algún arte o profesión. Tienen su ocupación los gotosos, la tienen los mutilados, tienen su quehacer los ciegos, ni los mismos tullidos de las manos viven entre ellos ociosos. Para ellos, el único Dios es el dinero. A éste adoran los cristianos, a éste los judíos, a éste todo linaje de gentes. ¡Y ojalá fuera la ciudad más morigerada, pues sería ciertamente digna, por su fecundidad y su grandeza, de ser cabeza de todo el Egipto! A ella he hecho todo género de concesiones. Les he devuelto sus antiguos privilegios y les he añadido otros nuevos en medida tal que, al menos en mi presencia, no pudieron menos de darme las gracias. Luego, apenas salí de allí, hablaron muy mal de mi hijo Vero, y creo estarás enterado de lo que han dicho de Antínoo. Sólo les deseo que se coman allí ellos sus gallinas. Cómo las fecundan, me lo callo por vergüenza. Te mando copas tornasoladas, que me ofreció el sacerdote del templo, dedicadas personalmente a ti y a mi hermana. Las puedes usar en los convites de los días de fiesta; pero ten cuidado no las maneje mucho nuestro Africanito."

Por otra parte, el siglo II representa la consolidación de la que pudiéramos llamar leyenda negra cristiana, que se inició ya en los tiempos de Nerón. Tácito habla del general aborrecimiento de que eran objeto los cristianos entre el vulgo romano a causa de sus infamias (flagitia) ; Plinio da por supuesto que al nombre de cristiano puedan ir juntos crímenes o actos vergonzosos (flagitia); Suetonio califica la nueva religión como "superstición nueva y maléfica". Si así hablan y escriben hombres superiores, piénsese lo que pasaría por la imaginación del vulgo grosero, donde toda abominación tiene su asiento. Se sabía que los cristianos tenían reuniones nocturnas; quizá también que en ellas se practicaba el beso litúrgico, signo de la fraternidad y amor de los primitivos creyentes ("saludaos mutuamente en ósculo santo", dice San Pablo a los corintios); algún rumor pudo llegar a la calle del misterio de la Eucaristía, en que se decía comer la carne y beber la sangre de Jesús. La fantasía pagana tomó pie de esos ritos, costumbres o misterios cristianos para forjar las imaginaciones más abominables e imputar a los cristianos crímenes e infamias tales, cuales no sabemos—dirán los redactores de la carta de Lión y Viena hacia el 177—puedan cometerse entre hombres. Los apologistas, de San Justino a Tertuliano o Minucio Félix, hacen objeto no secundario de sus escritos de defensa de sus hermanos la refutación de estas calumnias populares. Quedó reproducido ya el cuadro que de ellas se traza en el Octavio por mano del pagano Cecilio. Huelga añadir testimonios de los otros apologistas. Tertuliano nos los daría a manos llenas.
Estas calumnias, este cúmulo de aberraciones que saturaban el aire mismo del siglo II y se extendían por todos los ámbitos del Imperio, de oriente a occidente, eran materia inflamable sobre la que bastaba una chispa para hacer estallar todo un incendio de persecución. Esta chispa podía ser una de tantas calamidades como devastaban al Imperio. Los cristianos tenían la culpa de todas.
"Si el Tíber sube hasta las murallas, si el Nilo no inunda los campos, si el cielo se queda inmoble, si hay hambre o peste, al punto resuenan gritos de: "¡Los cristianos al león!".
Ciertamente, no todos daban crédito a tan burdas calumnias. No la creyó aquel filósofo samaritano que paseaba bajo su pallium la inquietud religiosa por las calles de Efeso hacia el 130; las tenía por absurdas el mismo judío Trifón; no las tiene en cuenta Celso, encarnizado enemigo de los cristianos. Tampoco hay que pensar que todos los representantes del poder—sí, ciertamente algunos—se dejasen arrastrar por la grita del populacho que reclamaba la muerte de los "ateos" y los señalaba como víctima propiciatoria ante cualquier pública calamidad. Trajano, ante la consulta de Plinio, había fijado la norma de la autoridad en su conducta con los cristianos: Conquirendi non sunt; si deferantur et arguantur, puniendi sunt. Mas otro noble espíritu romano, muy superior al mismo Plinio en su sentido de la justicia, Q. Licinio Silvano Graniano, procónsul de Asia en 123-124, debió de sentir la insuficiencia o, digámoslo sin rodeos, la iniquidad de semejante norma, que dejaba a gentes inculpables a merced del flujo y reflujo de las pasiones populares o de los particulares rencores. Graniano consultó al emperador, y éste no creyó debía asunto tal quedar sin respuesta, la que ya no llegó a Graniano, sino a su sucesor en el gobierno, Cayo Minucio Fundano. Su texto se transcribe más adelante.
Ninguna razón seria y decisiva se ha logrado aducir para impugnar este rescripto de Adriano, cuyo alcance, sin embargo, fue de antiguo desmesuradamente estimado. Digamos lealmente que una lectura algo ligera da la impresión, en su parte realmente dispositiva, de que los cristianos estuvieran en pie de igualdad con otro cualquier subdito del Imperio ante tribunal romano: sólo si se demuestra que han delinquido contra las leyes, se los debe castigar. ¿Qué más pedían los apologistas en sus alegatos, y señaladamente San Justino, que transcribió al fin de su Apología el texto mismo del rescripto? Pero las leyes de que aquí se trata son justamente las vigentes contra los cristianos. Ni el institutum Neronianum, el terrible christiani non sint, ni su interpretación oficial por Trajano, quedan en modo alguno abolidos, y se los ve vivir en lo que resta del siglo II. En realidad, el rescripto, que no responde del todo a la generosa protesta del procónsul Graniano, está redactado, no en favor de los cristianos, sino de los que no lo son, y éstos son loa innoxii nomines (versión rufiniana), que no deben ser perturbados por la malicia de los sicofantas. Sin embargo, ni los cristianos mismos, de suyo culpables ante la ley por el mero hecho de serlo, podían ser llevados al suplicio por meras peticiones sin pruebas al canto o por griterías populares. No era mucho aplicar a los cristianos el derecho común; mas tal se había puesto de denso el ambiente de odio y calumnia contra ellos, que todavía se le podían dar gracias al emperador. Los apologistas no vacilan en apelar al rescripto de Adriano como favorable a los cristianos. San Justino, que escribe hacia el 160 su Apología a Antonino Pío, sucesor de Adriano, copia el original latino al final de su obra, con esta introducción:
"Pudiéramos también exigiros que mandéis celebrar los juicios sobre los cristianos conforme a nuestra petición, fundándonos en la carta del máximo y gloriosisimo emperador Adriano, padre vuestro; sin embargo, no os hemos hecho nuestra súplica y dirigido nuestra exposición porque Adriano lo juzgara así, sino porque estamos persuadidos de la justicia de nuestra petición. Con todo, adjunta hemos puesto copia de la carta de Adriano, para que veaís cómo también en este punto dijimos la verdad. Y la copia original dice así..." (Apol. I 68).
Otro glorioso apologista, Melitón de Sardes, una de las estrellas de Asia (HE, V, 24, 5), se dirige hacia el año 172 a Marco Aurelio y le recuerda el rescripto de Adriano a Minucio Fundano. Tertuliano, si no menciona el rescripto, tampoco pone a Adriano entre los perseguidores de la Iglesia, sino entre aquellos emperadores que sabían de lo humano y de lo divino y no urgieron el cumplimiento de las leyes de excepción contra los cristianos. ¿Y quién sabe si este espíritu leve e inquieto, explorador de toda curiosidad, que pudo oír en la propia Atenas la elegante y férvida Apología de Cuadrato que nos ha llegado bajo el nombre de Discurso a Diogneto; quién sabe si esta alma vágula, tras mariposear por todas las iniciaciones, no quiso en algún momento acercarse también a la luz del Evangelio y a la persona dulce de Jesús? Sea de ello lo que se fuere, hay que citar un extraño testimonio de Elio Lampridio, uno de los escritores de la Historia Augusta, que dice así:
"Si estaba en Roma (Alejandro Severo), cada siete días subía al Capitolio y frecuentaba los templos. Tuvo intención de levantar uno a Cristo y ponerle en el número de los dioses. Pensamiento que se dice tuvo también Adriano, quien había mandado construir en todas las ciudades templos sin simulacros. Estos templos, aun hoy día, por no tener númenes a quienes estén consagrados, se llaman de Adriano, quien se decía que justamente para este fin los mandaba construir. Mas, por lo que a Alejandro Severo se refiere, le disuadieron de su idea los sacerdotes, según los cuales, de haberla llevado a cabo, se hubieran hecho todos cristianos y quedarían los templos desiertos".
Eusebio (Chron. ad olimp. 226) da la siguiente noticia sobre Q Licino Silvano Graniano y el contenido de su consulta al Rmperador:
Et Serenius Granius, vir opprime nobilis, litteras ad imperatorem mittit iniquum esse dicens clamoribus valgi innocentium nominimi sunguinem concedi et sine ullo crimine nominis tantum et sectae reos fieri.

Rescripto de Adriano.
"A Minucio Fundano: Recibí una carta que me fue escrita por Serenio Graniano, varón clarísimo, a quien tú has sucedido. No me parece, pues, que el asunto deba dejarse sin aclaración, para que ni se perturben los hombres ni se dé facilidad a los delatores para sus fechorías. Así, pues, si los provincianos son capaces de sostener abiertamente su demanda contra los cristianos, de suerte que respondan de ella ante tu tribunal, a este procedimiento han de atenerse y no a meras peticiones ni a griterías. Mucho más conveniente es, en efecto, que si alguno intenta una acusación, entiendas tú en el asunto.

En conclusión, si alguno acusa a los cristianos y demuestra que obran en algo contra las leyes, determina la pena conforme a la gravedad del delito. Mas ¡por Hércules!, si la acusación es calumniosa, castígalo con mayor severidad y ten buen cuidado que no quede impune."

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