jueves, 2 de diciembre de 2010

LA CONVERSION DE LOS JUDÍOS

I
Israel, es un pueblo, que no tiene el esplendor científico de Grecia, ni la suntuosidad babilónica de sus antiguas arquitecturas, ni la pompa funeraria de los faraones egipcios, ni el poder asolador de las legiones imperiales de Roma. Sin embargo, este pueblo ha sido grande en demasía por el espíritu.
Su hermosura, como la de la Hija de Sión, es de adentro. Su fuerza y su esplendor está en su espíritu. Este pueblo tiene la categoría atávica de los pastores, el errabundaje, y la minuciosa sospecha de los viejos guardadores de la ley. Sin embargo, aparentemente. Israel, nunca impuso leyes a los pueblos, ni codificó para el mundo, el tesoro jurídico de los deberes y de los derechos. Su gran Legislador, lleno de esplendores y de grandezas fue Moisés, el egipcio.
El Padre de su fe y de su promesa, fue un caldeo, Abraham, lleno de renuncias y de decisiones formidables.
Este pueblo, como su hermano de continente, el árabe, parece que se ha hecho grande en el destierro.
José en el destierro interpreta los sueños. Daniel, vaticina en la corte babilónica, los destinos de los imperios. Juan en Patmos y los Apóstoles, por las cárceles del imperio diseminados, dan testimonios magníficos de la Divinidad, escribiendo los Evangelios y las Epístolas, culminando en la gran pastoral del martirio. La última página divina que escribieron estos gloriosos judíos en las cuartillas inmaculadas de sus epidermis.
Israel, pues, por ese misterio de no haber recibido, al más grande de los suyos, Jesucristo, marcha imperiosamente por los caminos y por allí dejará rastros de un imperio diezmado. Su peregrinar y su destino, está cifrado en su vocación a Dios. Aún dentro de las persecuciones de los imperios, llámense, egipcios, asirios, romanos, alemanes o rusos, han dado al mundo la lección grandilocuente de subsistir, de dominarlo todo bajo la protección y el silencio, de labrar fortunas, de construir bancas celebérrimas, hacer que todo el mundo claudique con la derrota económica y política, para poner ellos a disposición de los gobiernos, las enormes sumas y los grandes gobernantes, que ellos preparan con la política y la propaganda dirigida.
Lo habéis dominado todo, judíos, en la lejanía del afecto y de las ideas. Hábiles y extremosos, habéis dominado las finanzas, y vuestro pueblo aún enmedio de la diáspora adversa y perseguidora, está hecho de expertos economistas, que hacen bajar a su antojo, la producción de los países exuberantes o poner crisis económicas en los gobiernos, que alardean de dominadores y protectores.
Los pueblos que os invadieron, os encontraron misérrimos y conspiradores, llenos de argucias legales, severos tradicionalistas apegados a la piel de las leyes y de las promesas. Nunca se pudieron explicar, cómo vosotros enriquecidos por las promesas de Dios, fuisteis tan envilecidos para las cosas de la materia. De los pergaminos hechos ciencia en las escuelas rabínicas, y de los doctores y fariseos, que aparentaban la más estricta observancia de los mensajes divinos, os vino esa casta del saber, para manejar según el pulso social de las Naciones, las más grandes rotativas de todas las prensas y todas las agencias de noticias del mundo.
Vieja casta de políticos, mediadores a costa de las cosas de Dios y el bien común, de la miseria humana y de la derrota mundial.
Por el resplandor avaro y macilento del becerro de oro, olvidasteis a Dios. Vuestro pueblo, es capaz de venderlo todo, la primogenitura por un plato de lentejas, los sueños de José, por unas monedas reñidas entre sus hermanos. Pagasteis la divinidad de Cristo, por un puñado de treinta monedas de oro. No os importa vender ni siquiera el alma, después de haber hecho, la compraventa más grande de la historia. La compraventa de Cristo. Desde entonces, nos explicamos todas las derrotas mundiales y todas las traiciones políticas aún a costa de vosotros mismos. Porque lo sabemos por la historia: Si os conviene masacrar a vuestros mismos hermanos de los ghettos, esos pobres judíos, que son la clase ínfima de vuestros sueños dominadores, los sacrificaréis, para levantar una cortina de compasión y escudaros tras ella, para maniobrar después más seguros.
Toda vuestra historia antigua, está basada en la Palabra. Esa Palabra Revelada, que al principio, en los días de pastoreo y del patriarcado fue Promesa; después en los días grandiosos del poder y de la astucia, fue Amenaza, y más tarde, después de la ceguera y de los odios egoístas, fue Castigo.
Podéis contar que subsistís, después que pasaron otros pueblos. Que diseminados por el mundo, sois más fuertes, que los imperios unidos. Cristo, parece que vaticinó vuestra filosofía de acción sobre el mundo: DIVIDE Y VENCERÁS. ..
Y divididos en todos los continentes y en todos los tiempos, habéis vencido. Porque desde hace muchos siglos, sois vosotros los vencedores. Unidos en vuestra tierra, no habéis hecho sino una cosa gigante: Crucificar a Cristo. Y esto fue para medrar vosotros, para construir vuestro reinado social en el mundo. Lo demás ha sido un canto de dolor pobre y una nostalgia por los días grandes que van a venir. . .
Cuando erais piadosos, visteis "en el cielo un solo Dios, en la humanidad un solo hombre y en la tierra un solo Templo".
Ahora que os falta esa piedad, veis en la tierra a un solo dios en un solo templo; el oro de la gran banca judía de Wall Street. Para vosotros, ya no existe el cielo, ni siquiera el hombre cómo símbolo de un destino superior y sobrenatural.
Las sombras augustas de los profetas, que lloraron sobre vuestras plazas y sobre vuestras ruinas, lloraron algo más que por vuestro tiempo y por vuestro crimen. Os habéis hecho daño, amigos. Os habéis oscurecido voluntariamente y a nosotros, auténticos amigos vuestros, nos duele vuestro crimen, y vuestra ceguera.
Presumís de que en vuestros hermanos del mundo, estén los mejores científicos, descubridores de la relatividad y de la energía nuclear. Os orgullecéis de vuestra raza, porque sois los mejores banqueros del mundo; porque vuestros artistas, son el ídolo de las multitudes, que vosotros habéis narcotizado, bajo un aluvión de propaganda; porque vuestros políticos y consejeros, se infiltran en todos los gobiernos. Todo eso es cierto. Pero os falta una cosa: Dios.
Con El, fuisteis maestros de la historia. Vuestro imperio desde entonces fue un imperio de devoción y de alabanzas. Nunca la humanidad fue tan grande, como cuando vuestros labios rezaron, llenos de vértigo y de cortesanía, después del paso del Mar Rojo, después de las lluvias matinales del Maná, después de las batallas de David, de las derrotas de los filisteos por Sansón o del triunfo de Josué cuando paraba el sol y caían las murallas de Jericó. . .
Ni Homero, ni Horacio, ni Milton, ni Lope de Vega, ni Sófocles, ni Shakespeare, fueron tan grandes, como Isaías o David, Jeremías o Salomón, San Juan con su Apocalipsis o San Pablo con sus lirismos y sus pasiones literarias, cristológicas. Vuestra poesía, entonces llegó como la de ningún pueblo, al paraíso de lo sublime.
Vuestras mujeres, tomaron en el auspicio de la sagrada promesa, la categoría de sagradas, cuando en Grecia o en Roma, eran postres refinados y ornamentales, después de los grandes banquetes dionisíacos.
¿No os vamos a mirar con devoción de hermanos? Se lo podéis decir a vuestros detractores y perseguidores. La humanidad desde hace todos los siglos, se ha agitado en torno a un solo hombre. Y ese hombre que es vuestra gloria y la nuestra, no es español, ni norteamericano, ni inglés, ni francés. Ese Hombre, que es Cristo, Dios-Hombre, es solamente Judío, no nacionalizado por nadie, sino soñado por miles de vírgenes romanas, adorado por miles de guerreros europeos, venerado en todos los continentes, llamado en todas las lenguas y bendecido en las sonrisas tibias de millones de infantes cristianizados. Desde las cunas, y las tumbas funerarias, desde los sueños amorosos de las novias desposadas, desde las cárceles y desde los paredones de los ajusticiados, es llamado DIOS y es adorado COMO EL JUDIO SUBLIME, que resume toda la grandeza de David, toda la sabiduría de Salomón y toda la fe y sumisión de Abraham.
Este Hijo del Hombre, judío, por nacimiento, es la flor y la espuma de la Humanidad. Os podéis enorgullecer de El. Porque todos en el fondo, deseamos imitarle en todas las partes del mundo.
Un día, este Judío crucificado, os llamará desde la Cruz, desde esa geografía del Calvario, donde le habéis dejado para escándalo de vosotros mismos. Os llamará, con esa voz con que llamó a lo mejor de vosotros mismos. . . A Pedro, tras el canto del gallo, a Mateo tras las alcabalas del fisco, a San Pablo tras la persecución y la ira.
Oiréis su voz, aunque no queráis, porque tenéis un destino con Cristo y de El no os escapáis.
No quisisteis oir su voz, ni reconocer su Misión. Sin embargo, vuestra historia es la repetición de su vida...
Nacisteis en el destierro. . . Habéis tenido una vida oculta en la pobreza de vuestros gobernantes. Habéis sido desterrados, por Egipto y por el mundo... Como el Cristo real de vuestra historia y el Cristo Místico del Cristianismo, perseguido en todos los continentes.
Habéis sido crucificados en todas las prisiones de Europa. Y un día reinaréis no sólo bajo esa conspiración judía, que prepara la hora del Anticristo, sino también reinaréis, cuando llegue la hora del Padre, la hora que la mujer ornamento de los cielos y espiga de la tierra, la Virgen María, vaticinó al cantar los misterios magníficos de su Fidelidad y su misericordia.
Entonces, sonará la hora, de vuestra conversión. Y los veinte millones de judíos, que tendrán todas las nacionalidades por el mundo, caminarán desde la tierra lejana, hasta Jerusalén llorando las lágrimas, que no habéis derramado durante muchos siglos y cantando las promesas de vuestros profetas. Los salmos de David, reflorecidos entonces en vuestros labios, tendrán la fragancia del sándalo, que perfuma el hacha de quien lo corta.

II
Entre las profecías oficiales para Israel, Isaías nos pinta en el cuadro del reino, la gran vuelta de los judíos como pueblo reincorporado.
"Y en aquel día, extenderá el Señor nuevamente su mano, para atraer los restos de su pueblo, que quedaren entre los Asirios, y en el Egipto y en Fetros y en Etiopía y en Sennar y en Emath y en las islas del mar.
Y enarbolará un estandarte entre las Naciones y reunirá los fugitivos ele Israel, y recogerá los dispersos de Judá de los cuatro puntos de la tierra.
Y será quitado el cisma de Efraín y serán destruidos los enemigos de Judá. Efraín no tendrá envidia de Judá y Judá no hará la guerra a Efraín". (Is. XI, 10-13).
El paso de la Diáspora a la reunión conglomerada, como nación y como pueblo, empezará bajo el reinado de Cristo en el mundo.
Los cismas y los enemigos desaparecerán, después de la congregación hermanal en Cristo. La vuelta ha de ser lenta pero con cierta alegría por la esclavitud de aquellos, que eran los vencedores. Dios se acuerda de los judíos por los méritos de sus hijos ilustres de antaño:
"Próximo está a llegar, este su tiempo y sus días no serán tan remotos, porque al fin, el Señor tendrá compasión de Jacob y todavía escogerá algunos de Israel y hará que reposen en su nativo suelo. Se juntarán con estos el extranjero, y se incorporará a la casa de Jacob.
Y los pueblos, los hospedarán y los acompañarán a su país; y la casa de Israel los poseerá en la tierra del Señor, para siervos y siervas y quedarán cautivos los que habían1 cautivado y subditos sus opresores". (Is. XIV, 1-2).
A Isaías le sigue obsesionando la vuelta de sus hermanos al reino.
Parece que esto empezará notablemente después de la gran Purgación:
'Y en aquel día, el Señor hará sentir su azote desdei la cuenca del río Eufrates, hasta el torrente de Egipto y vosotros ¡Oh! hijos de Israel, SERÉIS CONGREGADOS UNO A UNO.
Y en aquel día resonará una gran trompeta; y vendrán a la Iglesia los que estaban desterrados en la tierra de los Asirios y los que habían sido arrojados a la tierra, de Egipto y adorarán al Señor en el Monte Santo de Jerusalén" (Is. XXVII, 12).
La dimensión del castigo, parece grande, la vuelta de los expatriados, es desde los grandes confines. La alegría bajo las trompetas anuncia un triunfo y conversiones numerosas.
La confianza se impone porque los caminos de Dios han de ser misteriosamente eficaces, para traer al remoto y al perdido desde los quicios del mundo:
"No temas, pues, porque Yo estoy contigo; desde el Oriente conduciré a tus hijos ¡Oh! Jerusalén y desde el Occidente, los congregaré.
Dámelos, diré al Septentrión y al Mediodía. No los retengas: traedme a mis hijos de esos remotos climas, y a mis hijas del cabo del mundo". (Is. XLII, 5, 6).
Isaías prevee remotamente, una cruzada, que traerá por resultado la reunión bajo la patria de Jerusalén, de sus hijos dispersos.
Estos reyes venidos de lejos para la gloria de Dios, tiene el sentido de servicio y de la humildad de Cristo.
Parece vislumbrar el Profeta, que la vuelta hacia Jerusalén de las naciones cristianas para glorificarla como ciudad de Dios, no está muy lejos. Las profecías sobre el Gran Monarca, que partirá hacia la conquista de Jerusalén, parece que tiene resonancias en Isaías:
"Sábete que Yo, extenderé mi mano hacia las Naciones y enarbolaré entre los pueblos, mi estandarte. Y a tus hijos, te los traerán en brazos y en hombros, llevarán a tus hijas.
Y los reyes serán los que te alimenten, y las reinas tus amas de leche. Rostro por tierra te adorarán y besarán el polvo de tus pies y entonces conocerás que Yo Soy el Señor y que no quedarán confundidos los que esperan en Mí". (Is. XLIX, 22...).
El triunfo de Dios sobre Israel será, tan cristiano, que el pueblo de dura cerviz se hará suave como la leche cuajada y llamará a los pueblos, y los pueblos al oír la voz de su conversión, correrán a glorificar bajo sus piedras, la Gloria de Dios:
"He aquí que entonces ¡ Oh! Jerusalén, llamarás al pueblo gentil, que tú no reconocías; y las Naciones que no te conocían correrán a ti por el amor del Señor Dios tuyo, el Santo de Israel que te habrá llenado de gloria". (Is. LV, 5).
Jeremías, vaticina las mismas promesas de la unidad en Cristo, y el glorioso retorno de todos los judíos diseminados por los cabos del mundo.
"Sabed, dice el Señor, que Yo los conduciré a todos de las tierras del Norte y los recogeré de los extremos de la tierra; entre ellos vendrán juntamente el ciego y el cojo, la preñada y la parida; grande será la muchedumbre de los que volverán acá.
Vendrán llorando de gozo y Yo compadecido de ellos, los conduciré a la vuelta, por medio de arroyos de frescas aguas, vía recta y sin ningún tropiezo; porque Padre soy Yo de Israel y Efraín es mi primogénito". (Jer. XXXI, 8-9).
La restauración de los judíos, es tan repetida en las visiones de los profetas, que las numerosas repeticiones que Dios les inspira, hace que la esperanza y la luz vayan juntas a la hora de la dura cerviz y la soberbia ciega. Jeremías no cesa de cantarla:
"Sabed, que Yo, después los reuniré de todas las regiones por donde los habré desparramado en la efusión de mi cólera y de mi grande indignación y los restituiré a este lugar donde los haré morar tranquilamente. Y ellos serán mi pueblo y Yo seré su Dios. Y les daré un mismo corazón y un solo culto; para que me teman todo los días de su vida y sean felices ellos y después de ellos sus hijos. Y sentaré con ellos una eterna alianza, ni cesaré jamas de hacerles bien e infundiré mi temor en su corazón para que no se aparten de Mí. Y mi gozo será el hacerles beneficios y los estableceré en esta tierra deveras, con todo mi corazón y con toda mi alma. Porque esto dice el Señor:
Así como he descargado, sobre este pueblo, todos estos grandes males, del mismo modo, los colmaré a ellos de todos los bienes que les prometo. (Jer. XXXII, 37-42).
De esta forma el pueblo elegido después de probar la vara de hierro del destierro y la ignominia de los pueblos, Dios acordándose de sus promesas y de la fe gloriosa de los hijos de Israel de otros días, volverá a tomar como una madre a su hijo, entre sus brazos según la célebre profecía de la Virgen Santísima en el "Magnificat".
El Magnificat, es el primer canto de acción de gracias sobre los siglos en alabanza a aquella hora, cuando los soberbios y los ciegos de Israel, se vuelvan como corderos y niños a los brazos de Dios.
Las caricias llenas de prodigios sobre este pueblo, han de ser tales, que los hombres peregrinarán a Israel para ver la fe de los convertidos. El hijo pródigo por antonomasia, de Dios, es el pueblo de Israel. A la hora de la vuelta, los ángeles desde el cielo y los justos desde la tierra, cantarán las grandes maravillas del pueblo de las promesas. Las grandes figuras patriarcales, las sombras de los grandes caudillos y de los solemnes jueces, las tribus sacerdotales y las grandes vocaciones a los claustros, florecerán en esta tierra compitiendo con los mejores días del reino y con todos los pueblos.
Este pueblo judío, que resume la persecución histórica de muchos pueblos, errante y perseguido, no ha dejado de subsistir. Otros pueblos con sus costumbres han sido absorbidos por las culturas y los modos de las naciones. Los judíos han sido fieles a su promesa y a su culto. No han sido extinguidos aún después de las purgas numerosas de la Gestapo, y de las grandes fosas de Rusia. Dispersados, sí; pero no destruidos. Ellos cumplirán aquella misteriosa promesa de Cristo: "Y TU, CAMINARAS ERRANTE, HASTA QUE YO VUELVA".
Y cuando El vuelva, volverán también todos los judíos con la gloria de la redención entre sus ojos.

III
La profecía de Daniel, en que se asegura la presencia belicosa de San Miguel Arcángel, parece cumplirse en el tiempo, con la de San Metodio.
Las profecías oficiosas de signo particular, que algunos santos han dejado en vida o en sus escritos, nos ofrecen las mismas notas, más concretas y definidas sobre la conversión de los judíos.
Primeramente nos indica la célebre profecía de San Metodio, la invasión y la conquista de Israel por el gran Monarca:
"Contra los moradores de la tierra prometida, bajará luego, con la espada, un hijo del rey, y llenos de espanto, vendrán a ser con sus mujeres y con sus hijos, muertos o presos. El rey de los romanos les impondrá un yugo siete veces más pesado, que el que ellos hubieren impuesto a los otros, y serán obligados a servir a aquellos de quienes querían ser servidos.
Después de una semana de tiempos, siete años, de haberse tomado la ciudad de Joppe, el Señor enviará contra ellos a Uno de los príncipes de la celestial milicia, y serán por él heridos. Después de este suceso, bajará a Jerusalén el rey de los romanos y permanecerá ahí una semana y media de tiempos, esto es, diez años y medio. Cumplidos estos aparecerá el hijo de perdición, el Anticristo".
La profecía del Venerable Bernardino de Bustis, encaja en el mismo suceso, en los tiempos del gran Monarca. Este Monarca que será coronado en Roma, por el Papa, con la corona de espinas en honor a Cristo, es también el que conquistará Jerusalén:
"Este rey, recuperará la Tierra Santa y por fin le pondrá la corona de su Imperio, sobre el sepulcro del Señor".
El suceso de la muerte del gran Monarca, en Jerusalén, hace suponer que por cierto tiempo, ha de tener ahí su sede. Entonces, es cuando el esplendor de Jerusalén ha de ser luz de muchas Naciones. San Metodio nos dice también la misma predicción de la muerte del rey, sobre el Calvario:
"Manifestado que se haya el hijo de perdición, el Rey de los Romanos, subirá al Gólgota, en donde fue levantado el árbol de la Cruz, en el cual murió por nosotros el Salvador Jesús. Se quitará la corona de la cabeza y la depondrá sobre la cruz, extendiendo sus manos al cielo, y consignará el Reino de los Cristianos a Dios Padre. La corona del reino de los romanos, será transportada enseguida, junto con la Cruz, al Cielo, porque en ella estuvo pendiente, Nuestro Señor Jesucristo, por la salud de todos. Esta será la Cruz que aparecerá delante de El, en su venida, para la confusión de los infieles. Elevadas al cielo, la Cruz y la corona, morirá luego, dicho Rey".
Esta conquista de Israel y del Oriente, parece que va a ser una cruzada con todo el entusiasmo apostólico de reconquistar todo para Cristo. Santa Brígida la gran princesa sueca, nos lo profetiza:
"Este gran Monarca vencerá maravillosamente con el signo de la Cruz y será el que ha de destruir la secta de Mahoma y restituirá el templo de Santa Sofía".
Más claramente nos lo anuncia el Beato Nicolás Factor.
La cruzada está definida en la gran intervención del Pontífice y del gran Monarca. Dice así:
"Este nuevo Pontífice volverá a la Iglesia a su antiguo esplendor y reducirá a los herejes y en reduciéndolos se juntará con el Rey, en quien estará la gracia de Dios, y los dos, tomarán todos los tesoros de la Iglesia y hechos moneda levantarán gente del cristianismo y con poderoso ejército marchará hacia la conquista de Jerusalén".
La conversión parcial empezará por aquellos días. Santa Ildegarda nos lo profetiza:
"Los judíos se unirán también a los cristianos, reconociendo con alegría, la venida de aquél que habían negado hasta entonces.
Los judíos y los herejes, no pondrán límites a sus transportes, exclamando al fin: Ha llegado la hora de nuestra justificación; las ligaduras del error, han caído de nuestros pies; hemos arrojado lejos la carga tan pesada y tan larga de la prevaricación. La muchedumbre de fieles aumentará notablemente con el gran número de paganos atraídos por tanto esplendor y abundancia. Dirigiéndose a los judíos y a los herejes todavía endurecidos, les dirán: "Lo que vosotros llamáis vuestra gloria, vendrá a ser vuestra muerte eterna. Y aquél a quien honráis como vuestro jefe, perecerá delante de vosotros, en medio del más espantoso horror y el más peligroso para vosotros. En ese día, os rendiréis a nuestro llamamiento bajo los rayos de María, Estrella del Mar".
Ana María Taigi, nos había profetizado también la conversión del pueblo de Israel, después de la gran purgación :
"Naciones enteras volverán a la unidad de la iglesia y JUDÍOS, mahometanos y paganos, se convertirán a la fe de Cristo".
Santa Ildegarda, está viendo proféticamente, que la plenitud de los que han de llamarse hijos de Dios se ha de completar, al fin de los días. La increpación de unos mismos judíos contra otros para que se conviertan, nos aclara que no todos se convertirán en estos días de paz, sino sólo algunos:
"La cabeza no debe estar sin cuerpo y sin miembros. La cabeza de la Iglesia, es el hijo de Dios. El cuerpo y los miembros son la Iglesia, al último grado de plenitud. Ella lo conseguirá cuando el número de los escogidos sea completo, lo que tendrá lugar en los últimos días.
Después de la triste derrota del Hijo de Perdición, la Esposa de Mi Hijo, que es la Iglesia, brillará con una gloria sin igual, y las víctimas del error, se apresurarán a volver al reino".
En la Abadía de Benedictinos de Disentís, se encuentra la Gran Profecía venerable sobre Helvecig, dentro del reinado de Cristo. Al final encontramos la misma idea de cruzada y de conversión sobre el pueblo judío:
"En aquel tiempo será destruido el Imperio Romano, una nación se apoderará de Jerusalén y se enarbolará allí el estandarte de la Cruz; se propagará la religión católica en todas las naciones de Asia".
De los célebres vaticinios del Padre Souffraud, entresacamos aquellos sobre Israel:
"Después de la crisis, se celebrará un concilio general. En seguida no habrá ya sino un solo rebaño y un solo pastor, porque todos los infieles y herejes, MAS NO LOS JUDÍOS, CUYA MASA NO SE CONVERTIRÁ HASTA DESPUÉS DE LA MUERTE DE LA BESTIA, entrarán en la Iglesia latina, y conservarán este triunfo hasta la persecución del Anticristo".

IV
La teología de la obcecación judía, es algo más que misteriosa. San Pablo, en la Epístola a los Romanos, nos descubre la envoltura de la predestinación de los pueblos:
"Más esto supuesto, pregunto, ¿los judíos están caídos para no levantarse jamás? ¡No!, por cierto. Pero su caída ha venido a ser una ocasión para los gentiles a fin de que el ejemplo de los gentiles les excite la emulación para imitar su fe" (XI, 8).
Este pueblo elegido, ha sido el culpable de la muerte de Cristo, Por su obcecación y por su sacrilego crimen, ha cerrado sus ojos a la verdad. Esto es cierto, con todo el rigor histórico y teológico. Pero este pueblo, ha servido a la humanidad. Toda su tragedia ha sido un testimonio del cumplimiento de las profecías de ayer y de hoy. Sin quererlo, los judíos caminando, odiados, por todo el mundo, han dado testimonio ciegamente de El.
El maná de su fe y de su tradición, llena de promesas, ha pasado a toda la humanidad. Su mesa ha quedado pobre. Su bocado de Dios ha pasado a otras mesas y a otras bocas gentílicas. Su pobreza ha enriquecido a otros cuerpos. ¿No es esto, un servicio misterioso? ¿No nos ha servido a nosotros, los hijos de los gentiles, para nuestra gloria? ¿No nos hicieron un servicio, con su crimen y su soberbia?
Dios en sus juicios soberanos y trinitarios, tendrá que cosechar méritos entre los justos de las iglesias, que no son de Israel, para que en el orden equitativo, paguemos el precio de nuestra fe a aquellos, que son de Cristo, nuestros patriarcas y nuestros antecesores.
Ellos, a cuenta de muchas tragedias y destierros trajeron sobre el mundo el advenimiento de Cristo. Nosotros con nuestras tragedias y nuestros destierros de unos y de otros, tendremos que llevárselo a ellos. La gloria, pues no la tiene nadie. Nosotros no la tenemos pues en los judíos hemos sido incorporados a Cristo. El mérito de ellos, se obscureció con la muerte de Cristo en el Calvario. Nadie se gloríe, pues, sino en Cristo.
"Si su delito ha venido a ser la riqueza del mundo y el menoscabo de ellos la riqueza de las Naciones, cuánto más lo será su PLENITUD O FUTURA RESTAURACIÓN. (XIII, 12).
El misterio se profundiza para la pobre mente humana. La pobreza que tienen de Dios, enriqueció a las Naciones, pero la conversión de Israel, será la salvación de todos los pueblos. ¿Cómo será esto?
Yo me imagino que todas las promesas hechas por Dios a los Patriarcas, y todas las promesas y bendiciones de los Patriarcas, sobre sus descendientes, han estado germinando en la tierra oscura, bajo ese bautismo y ese crisma de los destierros y de los crímenes, hasta el de Cristo, bajo las lluvias de las persecuciones y de los oprobios, germinando en el surco de Dios, siglo a siglo, para reunirlas todas en la cosecha triunfal a la hora de la recolección final. La plenitud de aquellas bendiciones ha venido a dar toda la pompa y la gloria prometida.
''Porque los dones y la vocación son inmutables" dice San Pablo. Los elegidos son elegidos para siempre. No interesa cómo empiezan los hombres, ni siquiera cómo continúan su camino, sino cómo acaban siendo. Y los elegidos, como las primicias de la humanidad, ya puedan descarriarse; acabarán predestinados ante los llamados y ante los adictos.
El mérito no es de los hombres, sino la gloria está en la promesa misteriosa de Dios a sus santos precristianos.
"Porque si las primicias de los judíos son santas, esto es, los patriarcas, lo es también la masa o el cuerpo de la nación, y si es santa la raíz, también las ramas son santas". (Ir. II, 16).
San Pablo nos presenta una profundidad teológica en este versículo. Llama a la masa de la nación santa, esa masa que en definitiva marcha marcada con la recriminación y con el estigma. No sólo son santos los Patriarcas sino también los hijos todos, de esos patriarcas. ¿Si son santas, cómo ajusticiaron a Cristo? No sabían lo que hacían, dirían recordando las palabras de Cristo en la Cruz. ¿Y aún siguen siendo Santos?
Los que se levantan, es que han caído con Cristo. Nadie puede llegar hacia el camino, si el camino no estaba antes en él. Da miedo pensar, que para ajusticiar al Santo, tuvo que hacerlo un pueblo Santo y no un pueblo bárbaro.
¿Hay, en esta idea, también, una predestinación? Debe ser muy terriblemente dulce, dejarse matar por la mano amiga predestinada. Y más misteriosamente dulce, caer con Cristo y a causa de Cristo. Yo he llegado a pensar, que sólo los que caen con Cristo saben levantarse, porque, en cierta forma, esa caída estaba condicionada para un nuevo acercamiento y un nuevo ingerto más fructífero y sazonado.
La poda a la que hace alusión Cristo, en la parábola de los Sarmientos, tiene una aplicación a Israel, remota, pero luminosa. Este pueblo que tenía toda la savia de la tradición, de la Promesa y de la Encarnación, necesitaba una inmensa poda de siglos para resurgirlo lozano y luminoso ante las glorias de los huertos futuros. ¿Hasta cuándo durará esta poda de Israel?
"Hasta que la plenitud de los gentiles haya entrado en la Iglesia. ENTONCES SE SALVARA TODO ISRAEL, según está escrito: Saldrá de Sión el Salvador que desterrará de Jacob la impiedad". "Entonces tendrá efecto la alianza, que he hecho después de haber borrado Yo sus pecados". (II, 25, 27).
Por estas palabras proféticas de San Pablo, los comentaristas concluyen, la conversión de Israel, después de los demás pueblos. Esta conversión parece que ocurrirá plenamente después de la muerte del Anticristo, según la profecía de Daniel:
"Y en aquel tiempo, se levantará Miguel, príncipe grande, que es el defensor de los hijos de tu pueblo; porque vendrá un tiempo tal, cual nunca se ha visto, desde que comenzaron a existir las naciones hasta aquel día. Y, en aquel tiempo, TU PUEBLO SERA SALVO, lo será todo aquél que se hallare escrito en el libro". (Daniel XII, 1).
El tiempo en que pone Daniel, esta aparición de San Miguel, dando la batalla al dragón, es el último, en la aparición del Anticristo.
Daniel habla del cumplimiento de estos portentos, precisamente cuando le revelan en aquellos días de "Un tiempo y dos tiempos y en la mitad de un tiempo" es decir, los tres años y medio, que San Juan profetiza para el reinado del Anticristo. Por lo tanto, será después de la muerte del Anticristo.
¿SE CONVERTIRÁ TODO ISRAEL? San Pablo hablando de todo el cuerpo o masa del pueblo, la llama santa, por sus raíces, por sus ramas, por su cuerpo o masa. La teología de San Pablo, pues, estriba en la salvación de todo el pueblo: "ENTONCES SE SALVARA TODO ISRAEL".
Muchos han creído, que la totalidad ha de entenderse físicamente. Pero la profecía, comparada con la de Daniel, nos dice que la totalidad ha de ser "MORAL", es decir la mayoría del pueblo de Israel.
"Y EN AQUEL TIEMPO TU PUEBLO SERA SALVADO. LO SERA TODO AQUEL QUE SE HALLARE EN EL LIBRO DE LA VIDA".
Por lo tanto, la luz llegará copiosa para todos, pero el libre albedrío tendrá misteriosamente sus fronteras y sus elecciones, aún para el mal.
Para entonces el canto profético de Jeremías tendrá realización perfecta:
"He aquí que Yo cerraré sus llagas y les volveré la salud y remediaré sus males y les haré gozar de la paz y de la verdad de mis promesas, conforme ellos han pedido.
Y haré que vuelvan los cautivos de Jerusalén y los restituiré a su primitivo estado.
Y los purificaré de todas las iniquidades con que pecaron contra Mí y les perdonaré todos los pecados con que me ofendieron y me despreciaron. Lo cual hará que todas las Naciones de la tierra a cuya noticia lleguen todos los beneficios que les habré hecho, celebrarán, con gozo, mi Santo Nombre y me alabarán con voces de júbilo, y quedarán llenas de asombro y de un saludable temor, a vista de tantos bienes y de la suma paz que Yo les Concederé". (Jeremías XXXIII, 6, 9).
Con esta perspectiva de la reconciliación, la Iglesia, después de la muerte del Anticristo, llenará las trojes y las cosechas, sazonadas en plenitud, de todos los hijos destinados al cielo. Después el mundo, se recogerá como un pergamino y los cielos darán paso al Dios de las Justicias.

Ricardo Rasines Uriarte
1960... Y EL FIN DEL MUNDO
1959

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