domingo, 5 de diciembre de 2010

LOS MÁRTIRES DE LA NOBLEZA ROMANA, BAJO DOMICIANO

El año 68, cuatro después del incendio de Roma y de la espantosa carnicería de los cristianos, Nerón, odiado del pueblo, proscrito por el Senado y abandonado de sus últimos adeptos, caía bajo su propio puñal, suicidado en las cercanías de Roma. De la muerte de Nerón al año 95, durante un período de más de veinticinco años, la Iglesia, aun legalmente proscrita, goza de profunda paz. Ni de los efímeros sucesores de Nerón: Galba, Otón y Vitelio, que se debaten entre luchas y asesinatos; ni de los primeros y gloriosos Flavios: Vespasiano, el debelador de los judíos, y su hijo Tito, el conquistador de Jerusalén y destructor de su templo, tuvieron los cristianos que sufrir persecución alguna. De Tito cuenta Sulpicio Severo, tomándolo tal vez de la parte perdida de las Historias de Tácito, que antes del asalto definitivo a Jerusalén tuvo consejo de guerra, y en él fue personalmente de opinión que había ante todo que derribar el templo, a fin de destruir más de raíz la religión de los judíos y de los cristianos; pues estas dos religiones, aunque enemigas una de otra, habían partido de los mismos autores, como quiera que los cristianos procedían de los judíos. Arrancada la raíz, fácil era matar el retoño.
Si este relato es cierto (la duda se impone, pues Josefo atribuye a Tito sentimientos muy diversos), no lo es menos que, tras la victoria, la templanza se impuso a los vencedores, que no intentaron destruir ni el judaismo, que supervivía, como religión, a la derrota nacional, ni el cristianismo, mera fuerza latente que no debía inquietar demasiado a la inmensidad del Imperio.
Domiciano, que el 81 sucede a su hermano Tito en el mando del orbe, no se preocupa tampoco, en sus primeros tiempos, de los cristianos, secta judaica que recogía la hez de la sociedad romana y debió de infundir al sombrío tirano más desprecio que preocupación y miedo. Un día, los delatores le debieron de hablar de los descendientes del más famoso de los reyes de Israel, parientes, a su vez, de Cristo, cuyo reino estaban esperando. El tirano dio orden de que no quedara ninguna con vida, e hizo comparecer ante sí al obispo de Jerusalén y algunos otros cristianos. La historia nos la cuenta el viejo judeo-cristiano Hegesipo, en los términos que siguen, tal como la extractó Eusebio:
"Todavía sobrevivían los nietos de Judas, el llamado hermano, según la carne, del Señor, a los que delataron como descendientes de la familia de David. Un veterano fué encargado de llevarlos a presencia del César Domiciano; temía éste, en efecto, la venida de Cristo, como la había temido Herodes. Preguntó si eran de la familia de David, y ellos respondieron que sí. Entonces les preguntó qué posesiones y qué dinero tenian. A lo que respondieron que entre los dos sólo tenían nueve mil denarios, la mitad de cada uno, y eso no en dinero, sino en valor de un terreno de 34 pletros, de donde sacaban para pagar los tributos y vivir ellos mismos de su propio trabajo.
Luego, dice cómo le mostraron las manos, presentando por testigos de su trabajo la dureza de su cuerpo y los callos que el continuo manejo de la azada había producido en ellas. Preguntados sobre Cristo y su reino—qué era, cuándo y dónde había de aparecer-, le explicaron cómo el reino de Cristo no era mundano ni terreno, sino celestial y angélico, que se daría en la consumación de los tiempos, cuando, viniendo en gloria, juzgará a los vivos y a los muertos y dará a cada uno según sus obras. Ante tales manifestaciones, Domiciano no halló cosa que condenar, sino que los despreció por gentes miserables, y no sólo los puso a ellos en libertad, sino que dio orden de que cesara la persecución contra la Iglesia..." (Eusebio, HE, III, 20, 1-5).


De este relato, nos interesa destacar el desprecio que al tirano infundían tan míseras gentes y sus fantásticas esperanzas. No valía la pena seguir ensañándose con ellos. Otra cosa debió de ocurrir cuando, el año 95, le llega la denuncia de que su mismo primo hermano Flavio Clemente era "ateo" y vivía "al modo judaico". Flavio Clemente era cónsul aquel mismo año 95. Su mujer, Flavia Domitila, y otra sobrina, también Domitila de nombre, eran culpables de los mismos crímenes. Que el ateísmo y costumbres judaicas, de que aquí habla Dión Casio, el historiador que cuenta la muerte de Flavio Clemente, haya de entenderse sencillamente del cristianismo de esta rama de la ilustre familia Flavia, es cosa que no admite duda. Los cristianos, sin religión ligada a una ciudad o nación, sin templos ni imágenes, sin sacrificio y culto conocido, eran, para el sentir antiguo, auténticos "ateos", hombres sin dioses. Como se sabe, la acusación de ateísmo se repite entre el vulgo a lo largo de todo el siglo II, y los apologistas se esfuerzan en refutarla. Recordemos siquiera el texto de San Justino:
"De ahí que somos llamados ateos; y respecto a esos que son tenidos por dioses, confesamos ser ateos, pero no respecto al verdaderísimo Dios y Padre de la justicia y la templanza y de las demás virtudes, Dios sin mezcla de maldad..." (Apol. I, 6, 1.)
En cuanto a las costumbres judías, en un historiador que sistemáticamente evita nombrar a los cristianos, no puede tampoco significar otra cosa que la propia vida cristiana del cónsul Flavio Clemente y de su esposa, Flavia Domitila.
Como signo de cristianismo hay que interpretar también la nota con que marca Suetonio a Flavio Clemente, al llamarle hombre "de misérrica inercia". La inercia, la abstención, el retraimiento era la actitud casi forzosa de un cristiano dentro de un mundo saturado de idolatría. La religión, en Roma como en Grecia, precisamente por tener tan poca o ninguna interioridad, penetraba toda la vida exterior de modo que los modernos no imaginan suficientemente. Para un cristiano que ocupara un alto cargo como el que desempeñó Flavio Clemente, el conflicto íntimo tenía que surgir a cada momento.
Eusebio nos revela el nombre de otra víctima de la persecución de Domiciano, perteneciente también a la familia Flavia: la sobrina de Flavio Clemente, hija de una hermana y llamada también, como su esposa, Flavia Domitila. Esta fué desterrada a la isla Poncia.
La saña de Domiciano apuntó a otra víctima ilustre de la aristocracia romana, también, a lo que parece, convertida al cristianismo: M. Acilio Glabrión, cónsul que fué con Trajano el año 91. El hecho es que el más antiguo cementerio cristiano, es decir, destinado al uso exclusivo y colectivo de los miembros de la cristiandad romana, fue una propiedad de los Acilios sobre la vía Salaria.
A decir verdad, los motivos de la persecución de Domiciano no aparecen muy claros. El agotamiento del tesoro, que trajeron consigo las grandes obras de embellecimiento de Roma, determinaron al emperador a la más rigurosa exacción del didracma que los judíos pagaban, desde Vespasiano, a Júpiter Capitolino, precio de su libertad: vectigalis libertas, que dice Tertuliano (Apol. XVIII). Mas ¿qué tendría esto que ver con los miembros de la nobleza romana pasados al cristianismo? Habrá, pues, que pensar que el ateísmo y costumbres judaicas fueron tomados por el tirano como pretexto para deshacerse de hombres que le estorbaban, envolviéndolos, como dice Suetonio, en la vaga y terrible acusación de molitores rerum novarum, lo que ahora diríamos "sospechosos contra el régimen". No es buena, dijo Homero, la soberanía de muchos; pero, sin duda, la de uno solo, si degenera en tiranía, es infinitamente peor.
Como quiera que ello sea, he aquí los textos que relatan estos ilustres martirios. Todos ellos, como nota Eusebio, de autores paganos.

Martirio de los Flabios y de Glabrión, bajo Domiciano.
I. Relato de Dión Casio (+ 230) (Historia Romana, 67, 14).
En este tiempo, se empedró el camino que va de Sinuesa a Puzzoli. En el mismo año (95), Domiciano hizo degollar, entre otros, a Flavio Clemente, en su mismo consulado, no obstante ser primo suyo, y a la mujer de éste, Flavia Domitila, también pariente suya. A los dos se los acusaba de ateísmo, crimen por el que fueron también condenados otros muchos que se habían pasado a las costumbres judaicas. De ellos, unos murieron; a otros se les confiscaron sus bienes; en cuanto a Domitila, fue desterrada a la isla Pandataria. A Glabrión, que había ejercido la magistratura junto con Trajano, le mandó matar, acusado, entre otras cosas, de lo mismo que el resto de las víctimas, y particularmente el de que combatía con las fieras. A propósito de lo cual, una de las causas por que estaba Domiciano más irritado por envidia, contra él fue que, llamándole a Albano, durante su consulado, a las Juvenales, le forzó el emperador a que matara a un gran león. Y Glabrión, no sólo no recibió daño alguno de la fiera, sino que con certerísimos golpes dio cuenta de ella."
II. Relato de Suetonio (h. 120) (Vitae Caesarum, Dom., 10, 2 y 15, 1).
"Domiciano mandó matar a muchos senadores, entre los que había algunos consulares. De ellos, a Cívica Cereal, procónsul del Asia; a Salvidieno Orfito y Acilio Glabrión, que estaba desterrado, los acusó de supuestas conjuras contra el régimen; a los otros los ejecutó por la más ligera causa.
Por fin, de repente y por levísima sospecha, poco menos que en su mismo consulado, hizo matar a Flavio Clemente, primo suyo, cuyos hijos, a la sazón pequeños, públicamente destinados para sucederle en el Imperio, y a quienes, cambiado su antiguo nombre, había llamado, al uno, Vespasiano, y al otro, Domiciano. Este crimen fue el que más aceleró su ruina."
III. Relato de Eusebio (НЕ, III, 18, 4).
"Por este tiempo, la doctrina de nuestra fe despedía tan grande resplandor, que aun escritores alejados de nuestra palabra no vacilaron en relatar en sus historias la persecución de Domiciano y los martirios a que dio lugar. Y hasta indicaron con toda precisión el tiempo de ella, contando cómo en el año quintodécimo de su imperio, Flavia Domitila, hija de una hermana de Flavio Clemente, uno de los cónsules entonces de Roma, fué relegada con otros muchísimos a la isla de Poncia, por su testimonio de Cristo."
"Escribe Brutio que muchísimos cristianos sufrieron el martirio bajo Domiciano; entre ellos Flavia Domitila, sobrina, por parte de hermana, de Flavio Clemente, por haber atestiguado ser cristiana."
IV. San Jerónimo (Epist. 108, ad Eustochium, 7).
"Pasó (Sania Paula, camino de Roma a Belén) por la isla Pontia, a la que en otro tiempo hizo famosa el deshierro, bajo el emperador Domiciano, de la más noble de las mujeres, Flavia Domitila, relegada allí por la confesión del nombre de Cristo, y viendo las celdillas en que aquélla había sufrido un largo martirio, sentía nacerle alas de fe y deseaba ya ver a Jerusalén y los santos lugares."

* En definitiva, como se ve, esta segunda Flavia Domitila no es conocida más que por el testimonio de Eusebio y el del San Jerónimo, que depende de Eusebio. "Es, pues, posible que se haya operado un desdoblamiento legendario en la tradición; según eso, no habría habido mas que una Flavia Domitila, víctima de la persecución de Domiciano, la esposa de Clemente, que fue desterrada a una de las dos islas mediterránea señaladas como residencia a los personajes imperiales condenados a la deportación."
Daniel Ruiz Bueno
ACTA DE LOS MARTIRES

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