lunes, 29 de noviembre de 2010

CONCIENCIA Y EDUCACIÓN

Contenido y fin de la educación en el orden natural, es el desarrollo del niño para que llegue a ser un hombre completo: contenido y fin de la educación cristiana es la formación del nuevo ser humano vuelto a nacer por el bautismo, como perfecto cristiano.
Nos proponemos ahora llamar la atención sobre un elemento que siendo la base de la educación, especialmente cristiana, les parece a algunos a primera vista completamente extraño. Quisiéramos hablar de esto que es lo que hay de más profundo e intrínseco en el hombre: la conciencia. Tenemos indicios de que algunas corrientes del pesamiento moderno comienzan a alterar el concepto y a impugnar el valor. Trataremos pues de la conciencia como objeto de la educación.
La conciencia es como el núcleo más íntimo y secreto del hombre. Ahí, él se refugia con sus facultades espirituales en absoluta soledad, solo con sí mismo —o mejor solo con Dios- cuya voz, la conciencia hace oír. Ahí, él se determina por el bien o por el mal; ahí él escoge entre el camino de la victoria o de la derrota. Aunque quisiese sacudírsela de encima, el hombre no tendría éxito nunca; con ella, que apruebe o que condene, recorrerá todo el camino de la vida, e igualmente con ella, testimonio verdadero e incorruptible, se presentará ante el juicio de Dios. La conciencia es por consiguiente, por decirlo así, una imagen un tanto anticuada, un santuario, en el cual todos deben inclinarse, aun cuando se trate del niño, el padre o la madre. Sólo el sacerdote entra ahí como un cuidador de almas y como un ministro del sacramento de la penitencia; ni por esto, la conciencia deja de ser un celoso santuario, del cual Dios mismo quiere custodiar el secreto, con el más sagrado silencio.
¿En qué sentido pues se puede hablar de la educación de la conciencia?
Es necesario referirse a algunos conceptos fundamentales de la doctrina católica, para comprendei bien que la conciencia puede y debe ser educada.
El Divino Salvador ha dado al hombre, ignorante y débil, su verdad y su gracia, la verdad para indicarle la vida que conduce a la meta; la gracia para conferirle la fuerza de poderla alcanzar.
Recorrer este camino, significa en la práctica, aceptar y querer los mandamientos de Cristo y conformar a ellos la vida ya sea en actos particulares, internos o externos, que la voluntad libre y humana escoge y fija. Ahora bien, ¿cuál es la facultad espiritual, que en los casos particulares se agrega a la misma voluntad, para que escoga y determine los actos que están conformes con la voluntad, sino la conciencia? Ella es pues, eco fiel, reflejo nítido de la norma divina de las acciones humanas. Así que la expresión, como "el juicio de la conciencia cristiana", o la otra "juzgar según la conciencia cristiana", tienen ese significado.
La norma de la última decisión personal para una acción moral está tomada de la palabra y de la voluntad de Cristo. El es, en efecto, camino, verdad y vida, no sólo para todos los hombres tomados en conjunto, sino para cada uno; y tal es para el hombre maduro, y tal para el niño y el joven.
De esto se deduce que formar la conciencia cristiana de un niño o de un joven consiste en iluminar sus mentes sobre la voluntad de Cristo, sobre su ley y sobre su vida y además en influir sobre su espíritu, en cuanto se puede desde el interior, a fin de inducirlo a la libre y constante ejecución de la voluntad Divina. Este es el más alto fin de la educación.
Pero; ¿en dónde encontrarán los educadores y los educados, con facilidad y certidumbre, la ley moral cristiana? En la Ley del Creador, impresa en el corazón de cada uno y en la revelación, de la verdad y de los preceptos enseñados por el Divino Maestro.
Ambas, sea la ley escrita en el corazón o sea la ley natural, sea la verdad y los preceptos de la revelación sobrenatural, que el Redentor Jesús ha puesto como tesoro moral de la humanidad en las manes de su Iglesia, y a la Iglesia, a fin de que ella los predique a todas las criaturas, los lustre y transmita intactos de cualquier contaminación de error, de una a otra generación.
Contra esta doctrina, indiscutible durante largos siglos, emergen dificultades y objeciones que es necesario aclarar.
Así como en la doctrina dogmática, así también en el orden natural moral católico, se quisiera instituir una revisión radical, para deducir una nueva valuación.
El paso primordial, o por decir mejor, el primer fin del edificio de las normas morales cristianas, debería ser el de unirla —como se pretende— a la vigilancia augusta de la autoridad de la Iglesia, para que liberada de las sutilezas sofisticadas del método casuístico, la moral sea conducida a su forma original y entregada simplemente a la inteligencia y determinación de la conciencia individual.
Cualquiera puede ver a que funestas consecuencias conduciría un cambio de fundamentos de la educación.
Omitiendo de revelar la manifiesta inexperiencia y falta de juicio de quienes sostienen opiniones semejantes, se ayudará a poner en evidencia el vicio central de "esta nueva moral". Esta al someter todo criterio ético a la conciencia individual, cerrada celosamente en sí misma y arbitro absoluto en sus determinaciones, en lugar de aligerar y despejar el camino, lo alejaría del verdadero camino que es Cristto.
El Divino Redentor ha consignado su revelación de la cual son parte esencial las obligaciones morales, no sólo a los hombres particulares, sino también a su Iglesia, a la cual ha dado la misión de conducirlos para que acepten fielmente aquel sagrado depósito.
Igualmente, la Divina asistencia, ordenada para preservar la revelación de errores y deformaciones, ha sido prometida a la Iglesia y no a los individuos. La sabia Providencia, también ella, para que la Iglesia, organismo viviente, pueda así con seguridad y agilidad, para iluminar y profundizar las verdades morales, o bien aplicarlas manteniendo intacta la substancia, a las condiciones variables de los lugares y de los tiempos.
¿Cómo es pues posible conciliar la disposición del Salvador que comisionó a la Iglesia como guardiana del patrimonio moral cristiano, con una autonomía individualista de la conciencia?
Esta, sustraída a su clima natural, no puede producir más que frutos venenosos, los cuales se reconocerán comparando solamente, las características de la conducta y de la perfección cristiana, cuya excelencia está probada por las obras incomparables de los Santos.
La "nueva moral" afirma que la Iglesia, antes que fomentar la Ley de la Libertad humana y del amor, hace lo contrario y educa casi exclusivamente y con excesiva rigidez sobre la firmeza y la intransigencia de las leyes morales cristianas, recurrienda aún a aquello: "Estáis obligados", "no está permitido", que tienen demasiado sabor de pedantería degradante.
Al contrario, la Iglesia quiere —y lo pone a la luz expresamente, cuando se trata de formar las conciencias— que el cristiano sea introducido en las riquezas infinitas de la gracia, de un modo persuasivo como si se sintiese inclinado a penetrarlas profundamente.
La Iglesia, sin embargo, no puede substraerse a la necesidad de amonestar y enterar a los fieles que estas riquezas no pueden ser adquiridas y conservadas sino por medio de precisas obligaciones morales.
Una conducta diferente, terminaría por hacer olvidar un principio preponderante sobre el cual Jesús siempre ha insistido. En efecto, El ha enseñado que para entrar en el Reino de los Cielos, no basta decir "Señor, Señor", sino que se tiene que hacer la voluntad del Padre Celestial. El ha hablado de la "puerta estrecha" y del "angosto camino" que conduce a la vida y ha agregado: "Esforzaos por entrar por la puerta estrecha, porque muchos, os digo, tratarán de entrar pero no podrán." El ha puesto como piedra de comparación y signo definitivo del amor hacia sí, la observación de los mandamientos. Igualmente al joven rico que le pregunta, le dice: "Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos" y a la pregunta "¿Cuáles?" contesta: "No matar, no cometer adulterio, no robar, no cometer falsos testimonios, honrar al padre y madre y al prójimo como a ti mismo".
El ha puesto como condiciones al que quiere imitarlo, la renuncia a sí mismo y cargar cada día la cruz. El exige que el hombre esté pronto a dejar por El y por su causa, cuanto tiene de más amado, como al padre, la madre, los hijos y al fin como último bien, la vida propia. Porque El agreqa: "A vos os digo amigos míos; no temáis a los que matan el cuerpo, y que por consiguiente no os pueden hacer más. Yo os enseñaré a quién debéis temer: temed a Aquél que después de la vida tiene el poder de enviaros al infierno".
Así hablaba Jesucristo, el Divino Pedagogo, que sabe penetrar en las almas y atraerlas a su amor con las perfecciones infinitas de su Corazón, "bonitate et amore plenum".
Tomando pues, como norma rígida, las palabras de Cristo, ¿no se debería decir que la Iglesia de hoy, está inclinada más bien a la condescendencia, que a la severidad? De manera que la acusación de dureza oprimente de la "nueva moral", ataca en realidad no la Iglesia, sino la misma persona de Cristo.
Conscientemente penetrados del derecho y del deber de la Sede Apostólica de intervenir cuando hay necesidad, de una manera autoritaria en los asuntos morales. Nosotros declaramos a los educadores y a la juventud: El mandamiento divino de la pureza del alma y del cuerpo, vale sin disminución, también para la juventud moderna.
También ella tiene la obligación moral, y ayudada de la gracia, la posibilidad moral de conservarse pura. Rechacemos pues, como errónea, la afirmación de aquéllos que consideran inevitables las caídas durante los años de la pubertad, las cuales no merecerían así, que se les hiciera caso, como si no fueran gran cosa, no pecado grave, porque ordinariamente, ellos dicen, la pasión escoge la libertad necesaria a fin de que un acto sea moralmente imputable.
Al contrario, es una norma obligatoria y sabia, que el educador, sin descuidar de presentar a los jóvenes los nobles premios de la pureza a modo de convencimiento, para amarla y desearla por si misma, inculque el mandamiento como tal, con toda la gravedad y seriedad de una orden divina Asi el educador patrocinará a los jóvenes para evitar las ocasiones próximas, los confortará en la lucha de la cual no ocultará la dureza, los inducirá a abrazar valerosamente los sacrificios que la virtud exige, y los exhortará a preservar y a no caer en el peligro de deponer las armas y sucumbir sin resistencia a costumbres perversas.
Aún más en el campo de la conducta privada, hay muchos actualmente, que quisieran excluir el dominio de la ley moral, de la vida pública, económica y social, de las acciones de los poderes públicos en el exterior y en el interior, en la paz y en la guerra, como si Dios no tuviese nada que decir.
La emanicipación de las actividades humanas externas, como las ciencias, la política y el arte, de la moral, queda tal vez motivado en sentido filosófico, por la autonomía en su campo, para gobernarse exclusivamente según leyes propias, aunque se admita que éstas colinden ordinariamente con las leyes morales. Si se toma el arte como ejemplo, al cual se niega no sólo dependencia, sino también toda relación con la moral, diciendo "El arte es solo arte, no es moral ni cualquier otra cosa", debe regirse por consiguiente con las leyes de la estética, las cuales, si son verdaderamente tales, no se doblegarán para servir a la concupiscencia. De igual modo, se piensa que la política y la economía no tienen necesidad de tomar consejo de otras ciencias, ni siquiera de la ética, sino que guiadas por sus leyes, son por esto mismo, buenas y justas.
Como se ve, es un modo sutil de substraer las conciencias al imperio de las leyes morales. En verdad no se puede negar que tales autonomías sean justas en cuanto muestran el método propio de cada una de sus actividades y los límites que separan sus diversas formas de una manera teórica; pero la separación de método no debe significar, que el hombre de ciencia, el artista, el político, estén libres de solicitudes morales, en el ejercicio de su actividad, especialmente si tienen relaciones inmediatas con el campo ético, como el arte, la política y la economía. La separación neta y teórica no tiene ningún sentido en la vida, que es siempre una síntesis, porque el sujeto único de toda clase de actividad es el mismo hombre cuyos actos libres y conscientes no pueden escapar a la valuación moral.
Si seguimos observando el problema con una mirada amplia y práctica, que tal vez falta aún a filósofos insignes, estas distinciones y autonomías son la cara de una naturaleza humana decaída y no apta para ser presentada como leyes del arte, de la política y de la economía, lo que por el contrario sería muy cómodo para la concupiscencia, el egoísmo y la lascivia. Así la autonomía teórica de la moral, se convierte en la práctica en rebelión hacia la moral, y se despedaza la armonía innata de las conciencias y de las artes, que los filósofos de esta escuela encuentran, pero llaman casual, siendo esencial, considerada desde el sujeto, que es el hombre y desde su Creador, Dios.
Nosotros no hemos cesado de insistir sobre el principio de que el orden querido por Dios abarca la vida interna sin excluir la vida pública en todas sus manifestaciones, persuadidos de que en esto no hay ninguna restricción de la verdadera libertad humana, ni ninguna intromisión en el campo del Estado, sino una seguridad contra errores y abusos los cuales la moral cristiana si es aplicada correctamente, puede proteger.
Estas verdades deben ser enseñadas a los jóvenes e introducidas en sus conciencias, por quienes, en la casa o en la escuela, tienen la obligación de atender a su educación, poniendo así la semilla de un futuro mejor. (1)
PÍO XII
1.- Radiomensaje en el "Día de la Familia", 24 de marzo de 1952.

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