viernes, 26 de noviembre de 2010

MEDICOS CRISTIANOS Y SANTOS MEDICOS

Tres razones hubo desde el comienzo del Cristianismo para convertir fácilmente a los médicos en cristianos y a muchos cristianos en médicos. El Cristianismo, por su espíritu de caridad, responde al ideal de los hombres que eligen la profesión médica por piedad o que han adquirido esa piedad a la cabecera de los enfermos. El médico, por los recursos que ofrece la piedad para aliviar los sufrimientos humanos, debía atraer los corazones y las almas cristianas. Finalmente, el estudio del organismo humano y de los mecanismos providenciales que concurren a su conservación, levanta —como lo dice Galeno— el espíritu del médico hacia el Todopoderoso, la Suprema Inteligencia y el Infinito Amor, Autor de ese organismo.
Por eso encontramos en el curso de los siglos a numerosos médicos, cuyas virtudes cristianas y los testimonios que Dios ha dado de su santidad han permitido a la Iglesia elevarlos sobre sus altares, y a muchos médicos cuya vida espiritual no sólo estuvo acorde con una actividad científica notable, sino que a menudo estuvo colocada como base de la sed de aprender, del ardor de descubrir, del placer de aliviar. Debemos conocerlos, porque son nuestros guías, nuestros modelos y sobre todo nuestros patronos vivientes en la vida eterna, dispuestos a trabajar con nosotros, si sabemos invocarlos.
Siglo I. — San Lucas, medicorum christianorum princeps et patronus, príncipe y patrono de los médicos cristianos (como lo califica Guillermo del Val, decano de la Facultad de medicina de París en 1542, nació en Antioquía entre el año 17 y el 18 de nuestra era. En esa ciudad plenamente próspera, clasificada inmediatamente después de Roma y Alejandría, florecían escuelas célebres. Según San Jerónimo, Lucas mostróse inclinado a los estudios enciclopédicos de la época y fiel a su castidad. Convertido al Cristianismo, durante o después de la predicación de San Pedro (que tuvo lugar hacia el año 40), se vinculó con San Pablo, con quien le hallamos en misión alrededor del año 48. Es "Lucas el médico muy querido" de quien habla San Pablo en la Epístola a los Colosenses (Col. IV, 14). Lo acompaña en sus viajes apostólicos; con él va a Roma en el año 56; lo acompaña de nuevo en el año 65, y después del martirio de San Pablo en el 67, evangelizó la Grecia y murió a los 75 u 80 años de edad, probablemente martirizado.
Durante el curso de esta carrera apostólica, que él mismo en gran parte nos describió en los Hechos de los Apóstoles, el erudito, cual fue San Lucas, hace el balance de las bases positivas de su enseñanza, como lo explica en el prólogo de su Evangelio:
"Ya que muchos han intentado poner en orden la historia de los hechos que se han cumplido entre nosotros, como nos lo enseñaron los que fueron testigos oculares desde el principio y ministros de la palabra, me ha parecido bien a mí, por haber conocido todas estas cosas desde el principio, escribirte de ellas, mi estimado Teófilo, para que sea real la firmeza de los conocimientos que has recibido." (Lucas, I, 1-4.)
Este Evangelio escrito en griego y de notable estilo literario, ofrece, entre tantas, dos particularidades que debemos recalcar desde el punto de vista médico: en primer lugar, el exacto empleo de los términos de medicina en lugar de la palabra común, lo que revela la educación del autor en la materia; en segundo lugar, la exposición que sólo él nos ofrece de episodios de la infancia de Cristo, que parece haber conocido de labios de la Virgen misma: "Y María —escribe— conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón" (Lucas, II, 19).
Cuando el médico siente repugnancia ante las miserias, las fealdades y las amarguras que halla en su misión de caridad, debe hallar fuerza y recompensa pensando que la Virgen María ha elegido a un médico para confiarle "esas cosas que ella guardaba en su corazón" (Lucas, II, 51). Si se evoca a Mateo el publicano, a Pedro el pescador, a quien se confió en primer lugar el pontificado, a Juan el teólogo, a Pablo el apóstol de fuego, se comprende que Lucas el médico haya gozado el privilegio de recoger los primeros lineamientos de la vida del Niño Dios. La que invoca bajo el nombre de Salus infirmorum (salud de los enfermos) sabía lo que un corazón humano puede comprender en la escuela de la piedad.
San Ursicino fue médico en Ravena y se hizo notar por su caridad para con los pobres. Fue arrestado en el año 67 y condenado a muerte por haber confesado la fe de Cristo. Como manifestara temor al acercarse al suplicio, San Vitaliano que asistía al juez, le gritó: "Ursicino, tú, que por la medicina acostumbras sanar a los demás, cuida de no inferirte tú mismo el golpe de la muerte eterna... Teme perder la palma que el Señor te ha preparado". Este apostrofe levantó el ánimo de Ursicino, pero al delatar la fe de Vitaliano, implicó también el suplicio de este último. Ursicino y Vitaliano fueron en consecuencia los protectores de Ravena.
Santa Zenaida, pariente del apóstol San Pablo, vivía en Tarso y ejercía la medicina. Después de su conversión se retiró a la soledad y vivió hasta su muerte vida de ermitaño.
Siglo II. — San Antioco, oriundo de la Mauretania, vivió durante el reinado del emperador Adriano. Muy culto, se había dedicado al estudio de la medicina, que ejercía por espíritu de caridad. Martirizado inútilmente, fue relegado en la isla Sulcitana, cerca de la costa sudoeste de Cerdeña y prosiguió su predicación. Murió hacia el año 120.
Santa Leonilda vivió en la Capadocia, durante el reinado del emperador Marco Aurelio. Se distinguió en la medicina, alcanzando gran fama. Convirtió a sus tres hijas, trillizas: Espeusipa, Eleusipa y Meleusipa; pero denunciadas, madre e hijas debieron soportar el martirio hacia el año 166.
San Medicus ejerció la medicina en Otrícoli en la Umbría y su sabiduría le mereció el aprecio de Marco Aurelio. Alrededor del año 172 fue denunciado como cristiano al gobernador de la ciudad y al rehusarse a abjurar, fue sometido a salvajes suplicios y finalmente decapitado. Su conversión al Cristianismo se debió a un gran milagro operado por la intercesión de San Víctor Damasceno.
San Alejandro era oriundo de Frigia y había estudiado seguramente la medicina en las escuelas griegas. Pasó a residir en Lyón donde se hallaba desde hacía mucho una colonia cristiana procedente de Oriente. Se hizo notar por su celo apostólico y en 177, cuando la persecución de Marco Aurelio, sus exhortaciones a los cristianos encarcelados y procesados lo llevaron a la presencia del gobernador, que le condenó a las fieras.
Los Santos Raven y Rasiphe fueron dos médicos ingleses, sacerdote el primero y diácono el segundo. Desterrados de su país, se establecieron en un desierto en Gales y luego en Macé, en la diócesis de Seez. Pero en seguida acudieron los enfermos; los dos hermanos reanudaron a un tiempo el ejercicio de la medicina y la predicación; las conversiones se multiplicaron. Mas el prefecto de la provincia envió sus satélites, que dieron muerte a ambos.
Siglo III. — San Carpo y San Papilo ejercieron la medicina en Tiatira, en el Asia Menor, bajo el reinado de Decio. Eran oriundos de Pérgamo. El primero fue elegido obispo y el segundo le fue agregado como diácono. Denunciados como cristianos y habiéndose negado a abjurar, a pesar de las torturas, murieron por su fe en el año 251.
En el año 285, bajo Valeriano, San Codrato, médico en Corinto, cristiano dedicado a un ardiente proselitismo, fue martirizado también.
San Taleleo vivía en el Líbano y ejercía la medicina con caridad y desinterés notables. Hacía milagros y convertía a muchos paganos. El prefecto de Edesa lo hizo echar de su país. Refugiado en Cilicia, continuó su ministerio médico y apostólico; soportó el martirio con tal ánimo que muchos de los asistentes se convirtieron. Los milagros obtenidos por su intercesión hicieron famoso su culto en todo el Oriente, donde se le llamó "megalomártir" (gran mártir) y taumaturgo.
En el año 287 tenemos la gran persecución de Diocleciano, que fué funesta para gran número de médicos cristianos. Los más célebres son los Santos Cosme y Damián. Nacidos en Egea en Cilicia, de padres nobles y cristianos, eran de origen árabe. Se cree que eran mellizos y que tenían otros tres hermanos. ¿Hicieron sus estudios médicos en Antioquía, como San Lucas, o en Pérgamo, cuya ilustre escuela se hallaba más cerca de Egea? No se sabe. Lo cierto es que ejercían su profesión en Cilicia con tal desinterés que merecieron el nombre de Anargyros (carentes de plata). Denunciados en 287 al gobernador Lisias como enemigos de las ideas paganas, fueron llevados a su presencia y conminados a sacrificar a los dioses. Al rehusarse, fueron llevados a diversas torturas que resistieron por milagro, proclamando su fidelidad a Cristo. Finalmente, fueron decapitados. Sus cuerpos fueron llevados a Cira, en Siria y allí se edificó una iglesia en su honor, como sabemos por una carta de Teodorato, obispo de esa ciudad en el siglo V. El emperador Justiniano I, durante el siglo VI, sanado milagrosamente por la intercesión de nuestros dos Santos, hizo fortificar y embellecer la ciudad, y restaurar la iglesia que les fuera edificada en Constantinopla. Popularizado por numerosos milagros su culto se difundió rápidamente, y el año 528 el papa San Félix IV hizo construir en el Foro la iglesia de los SS. Cosme y Damián. Finalmente, el Concilio ecuménico de Nicea, en el año 786, fundándose en muchos de sus milagros, reconoció la legitimidad de su culto.
La Iglesia honra a los Santos Cosme y Damián, médicos árabes, el 27 de setiembre y ha inscrito sus nombres en el Canon de la Misa y en las Letanías de los Santos.
La misma persecución de Diocleciano y de Maximiano sacrificó a San Antíoco, que ejercía la medicina en Sebaste, en Armenia y que había sido convertido al Cristianismo por su hermano San Platón; a San Diomedes, médico en Tarso, luego en Nicea de Bitinia; a San Leoncio y a San Carpóforo, de origen árabe, médico en Aquileya, en la Iliria, a San Carponio, médico en Roma, bautizado por San Silvestre antes de llegar a papa, y martirizado en Cupua, donde se había refugiado.
San Pantaleón, especialmente venerado en Oriente, bajo el nombre de "Pantaleeimon" (Todo misericordioso), fue alumno de un célebre médico de Nicomedia, en Bitinia, Eufrosino; y su ciencia medica le mereció la estimación del emperador Maximiano. Mas, convertido al Cristianismo y dotado del poder de curar a los enfermos con la sola intervención del nombre de Cristo, libertó a sus esclavos, distribuyó sus bienes a los pobres y se entregó a obras de caridad. Denunciado el emperador hacia el año 303, fue entregado al verdugo. Innumerables milagros confirman su culto.
Siglo IV. — En el año 304 murieron mártires: San Orestes, médico en Tirana de la Capadocia; San Zenobio, hábil médico de Sidón en la Fenicia, cuyas virtudes le valieron la ordenación sacerdotal; San Zenobio, médico y taumaturgo en Egea, donde fue obispo, y finalmente San Casiano, médico y obispo de Todi, en la Umbría.
San Eusebio, hijo de un médico de Cosignana en la Magna Grecia, siguió la profesión del padre. Pasó a Roma, fué elevado al sacerdocio y en el año 308 recibió la consagración episcopal. Gobernó la Iglesia durante el cautiverio del papa Marcelo I y después de su muerte le sucedió (en abril o mayo del año 310); mas el hereje Heraclio obtuvo del emperador Majencio su destierro en Sicilia, donde falleció el 26 de setiembre de 310. Su sepulcro fué descubierto en las catacumbas de San Calixto en 1856 por De Rossi.
San Ciro, médico de Alejandría, fue martirizado en 311; San Julián, médico de Emesia en Fenicia fué crucificado el año siguiente; San Blas, médico y luego obispo de Sebaste en Armenia, fué torturado en 316. La curación que hiciera San Blas en la prisión, de un niño que había deglutido una espina de pescado, hace invocar a este Santo para las enfermedades de garganta, y Ecio, célebre médico de Alejandría (Siglo VI), aconseja en uno de sus libros recurrir a San Blas contra los cuerpos extraños localizados en la garganta.
San Teodoto (muerto en 334), médico y obispo de Laodicea, fue levemente sospechoso de arrianismo. San Juliano, médico en Chipre, debió a su homónimo, el emperador Juliano el Apóstata, el ser decapitado hacia el año 361. San Cesario, hijo de San Gregorio Nacianceno el Teólogo, y de Santa Gorgonia, hizo sus estudios de medicina en Alejandría. Primer médico de Juliano el Apóstata, que le conservó en su corte a pesar de su negativa de apostatar, fue colmado de honores por los emperadores Joviano y Valente, pero se hizo notar sobre todo por su fe y por su caridad en el ejercicio de su profesión. Murió en el año 369, cuando estaba aprestándose a retirarse del mundo, para consagrarse únicamente al servicio de Dios.
San Juvenal, médico en Cartago y sacerdote, fue nombrado obispo de Narni, en la Umbría, por el papa San Dámaso (369). Su piedad y sus milagros le permitieron llevar al Cristianismo a la mayoría de los habitantes de su ciudad, todavía paganos. San Basilio estudió medicina en Atenas y en sus homilías sobre el hombre y en su Hexameron se hallan las pruebas de su educación médica.
En esa época hallamos a un médico, Nemesio, filósofo convertido al cristianismo, que llegó a ser obispo de Emesia en la Fenicia, y nos ha dejado un Libro de la naturaleza humana, que se encuentra en la Biblioteca de los Padres: se ha exagerado su importancia desde el punto de vista anatómico y fisiológico.
Siglo V. — Santa Nicerata, nacida de familia rica en Nicomedia, pasó a Constantinopla, donde se dedicó al estudio de la medicina y en ella se destacó: lo hizo para cumplir mejor el ministerio de la caridad a la que se había consagrado. Se cree que curó a San Juan Crisóstomo de una enfermedad gástrica. Murió hacia el año 404.
San Liberato, médico en Cartago, y San Emiliano, también médico, fueron martirizados en 484 durante la persecución desencadenada por Hunerico, rey de los Vándalos y fiel al arrianismo.
En una época indeterminada, pero verosímilmente durante los primeros siglos, hallamos los nombres de Santa Sofía, médico que pereció "por la espada" y San Pablo, médico, honrado por los griegos y muerto en la cárcel.
En el siglo VI hallamos a San Sansón, que consagró su fortuna a los pobres y su ciencia y sus cuidados a los enfermos. A raíz de haber curado al emperador Justiniano, no aceptó como recompensa más que un hospital construido cerca de la iglesia de Santa Sofía, donde continuó su misión de caridad. Fue elevado al sacerdocio y murió en 531. En el mismo siglo vemos a un médico, San Pablo, instalarse en Mérida y conquistar tanta popularidad y estimación, que fue elegido obispo de la ciudad. Durante su episcopado, la esposa de un senador de la ciudad, encinta, recibió un violento golpe que implicaba la muerte del niño, y ella misma se hallaba en gran peligro. Los médicos la desahuciaron; el senador fue a solicitar del obispo sus cuidados para la mujer y San Pablo, acorazado en su carácter sacerdotal, aceptó sólo de aconsejar a los médicos. Finalmente, vencido por las solicitudes del senador y de los familiares del mismo, consintió en intervenir él mismo y con una incisión logró extraer por fragmentos el feto ya putrefacto. La enferma se curó.
En el siglo VII, Teófilo Protospatario, anatomista griego, llegó a ser clásico en las escuelas de la Edad Media, antes de la introducción de los autores árabes. Compuso cinco libros sobre la estructura del cuerpo humano, en los que agrega muchas cosas originales a los conocimientos de los que le precedieron. Si comparamos este hecho con la habilidad operatoria de San Pablo de Mérida, vemos que los médicos griegos cristianos debían seguir las tradiciones anatómicas de Herófiles, de Erasístrato, etc., y que sin duda alguna ellos fueron los que llevaron a Occidente la costumbre de las disecciones. La religión de Teófilo, además, no era extraña a su ciencia: antes de hablar de la estructura del pulmón, invoca a Jesucristo, único Dios verdadero, que todo lo ha hecho y sin el cual nada es posible hacer. En el libro IV, capítulo XVI, hablando del ojo, luz del organismo, dice "como habla en los Santos Evangelios, Jesucristo, nuestro Dios verdadero".
En la misma época, San Isidoro, obispo de Sevilla y Doctor de la iglesia, se halla en primera fila en todas las ciencias. Su obra De Etymologis es una verdadera enciclopedia, cuyo cuarto libro está enteramente dedicado a la medicina (patología y terapéutica), mientras el onceno describe la anatomía humana y concluye con un estudio sobre los monstruos.
Aarón, sacerdote y médico de Alejandría, bajo el título de Pandectas, compuso en lengua siria una vasta recopilación de autores griegos, que fue traducida al árabe en 683. El sirio era más familiar que el griego para los árabes. Aarón y otros autores sirios fueron así los iniciadores de los árabes en la medicina helénica y se afirma que Aarón fue el primero que describió La viruela.
El siglo IX nos ofrece dos médicos monjes: el Bienaventurado Iso (871), que ejercía la medicina y enseñaba en el monasterio de San Gall y luego en el de Granval, en la diócesis le Basilea; y San Bertario, abad de Monte Casino, médico muy notable y profesor de medicina en el famoso monasterio. Desgraciadamente se perdieron dos tratados de medicina que había compuesto. Fue asesinado con sus compañeros en 884 por los Sarracenos.
El siglo XI elevó seis médicos al honor de los altares: el Bienaventurado Volfiero, o Gofiero, floreció en Tonerre, en el monasterio de Moustier-Saint-Jean. Llamado al monasterio de San Germán de Auxerre, donde se había desatado una epidemia, pereció por contagio en pocos días, en 1018. San Fulberto enseñó contemporáneamente teología y medicina, en las escuelas de la iglesia de Chartres. Fue el maestro de los dos célebres médicos de su siglo, Juan, médico del rey Enrique I, y Gomberto. Se conservan muchas cartas suyas dirigidas a enfermos; nombrado obispo de Chartres, hizo construir la famosa catedral. San Alfano estudió la medicina en Monte Casino, donde fue monje; fue llamado a curar al papa Víctor II; consagrado arzobispo de Salerno por el papa Esteban IX (1057), se hallaba en relación con los profesores de la escuela de esa ciudad y Constantino el Africano le dedicó un tratado De stomachi affectionibus (Sobre enfermedades gástricas), que había compuesto por su indicación. San Guillermo Firmato, nacido en Tours y miembro del Capítulo de San Venancio, se consagró al estudio y al ejercicio de la medicina, luego haciendo voto de pobreza absoluta, se retiró en soledad cerca de Mortain. Murió hacia 1090; su santidad se manifestó en vida y después de su muerte, por numerosos milagros. San Guillermo (muerto en 1091), abad de Hirschau, perteneciente a la familia de los duques de Baviera, era docto en todas las ciencias conocidas en su época y sobre todo en medicina. San Agapito (falleció en 1095) era monje y médico en el monasterio de Pieczarcy, cerca de Kiev, en Rusia.
En el siglo XII el Bienaventurado Alquerio (muerto en 1169) fue monje y médico en Citeaux. Los príncipes y señores de la región le llamaban a menudo por su habilidad.
Santa Hildegarda (fallecida en 1179), abadesa de Rupersberg, es famosa por sus relaciones con muchos sabios, con los grandes personajes de su tiempo, y por la frecuencia de sus visiones.
"Santa Hildegarda —dice el Dr. Reuss— supera en mucho a todas las monjas que durante la Edad Media ejercieron la medicina o escribieron sobre esta ciencia. Por otra parte, como muchos de nuestros santos colegas, había recibido del Señor un don tan grande de sanar a los demás, que —como dicen sus historiadores Godefrido y Teoderico— casi ningún enfermo que se acercaba a ella, se alejaba sin haber sido instantáneamente curado. Una de sus obras, en parte física, en parte médica, De natura hominis, elementorum diversarumque creaturarum, (De la naturaleza del hombre, de los elementos y de las distintas criaturas) contiene la exposición de los secretos de la naturaleza que ella recibió de un espíritu profético... Es notable cómo ella describe allí muchas cosas desconocidas a los escritores de su tiempo y que luego fueron presentadas como novedades por autores más recientes. Su Líber divinorum operum simplicis hominis (Libro de las obras divinas del hombre simple), encierra curiosos pormenores sobre la naturaleza del hombre y sus enfermedades. Su tratado Physica, sive sutilitatum diversarum naturarum creaturarum libri novem(Fisica, o nueve libros sobre sutilidades de las varias naturalezas de las criaturas) contiene numerosas nociones médicas. En Copenhague se conserva su Líber compositae medicinae, de aegritudinum causis, signis atque curis." (Libro de la medicina compuesta, y de las causas, los síntomas y los tratamientos de las enfermedades).
El siglo XIII pone en evidencia el espíritu de piedad de los médicos portugueses. El Bienaventurado Pedro (muerto en 1262), médico famoso, se retiró al monasterio de los Hermanos Predicadores de Santarem. Allí curaba a los enfermos y pasaba casi todas las noches orando.
Tan a menudo era arrebatado en éxtasis, que sus hermanos le denominaron el Padre extático. En su convento estuvo en contacto con el Bienaventurado Gil de Santarem (muerto en 1265), quien comenzó sus estudios médicos en Coimbra, luego por curiosidad y ambición fue a concluirlos en París, donde recibió el título de doctor. Tocado por la gracia, abandonó la existencia desordenada que llevaba, entró en la Orden de Santo Domingo y, después de una vida de apostolado, falleció en olor de santidad en el convento de Santarem. Pedro Hispano o Pedro de Portugal, nacido en Lisboa hacia 1220, hizo brillantemente sus estudios en Montpellier y París; fue el primer médico de Gregorio, arzobispo de Braga, cardenal obispo de Frascati y finalmente proclamado papa con el nombre de Juan XXI (fallecido en 1277). Se conservan muchas obras médicas suyas, en forma de manuscritos.
Finalmente, San Alberto Magno (1206-1278), ilustró la medicina católica en ese siglo. Además de un libro De medicina, que no ha sido editado pero que varios autores le atribuyen, se hallan abordadas en sus obras cuestiones que interesan más o menos a la medicina, tratadas con espíritu poderoso e innovador: De vegetabilibus, De animalibus, De nutrimento, De somno, De respiratione, De formatione hominis in útero, De juventute, De morte et vita, etc. Este gran santo y gran sabio recomienda siempre la ciencia como condición de todo progreso en el conocimiento de Dios (P. Delorme).
El siglo XIV no presenta a nuestra veneración más que el Bienaventurado Raimundo Lulio, llamado el Doctor iluminado. Apasionado por las ciencias, dejó tratados sobre los argumentos más diversos; siete están consagrados a la medicina. Entró a los 40 años de edad en la Tercera Orden de San Francisco y se consagró a la evangelización de los infieles y fue lapidado por los habitantes de Bougie (1315).
Guido de Chauliac, médico y capellán comensal de los pontífices Clemente VI y Urbano V, es considerado como el renovador de la cirugía y su "Cirugía Magna" fue obra clásica hasta el siglo XVII.
En el siglo XV el Bienaventurado Bartolomé (muerto en 1458), médico del rey de Aragón, entró en el monasterio de Santa María de Poblet, en Cataluña, aceptando el cargo de abad sólo por intervención del papa Eugenio IV. El Beato Antonio de Aquileya (1424-1494) aprendió la medicina y la cirugía en la Universidad de Padua. Exhortaba a sus enfermos a cuidar tanto el alma como el cuerpo y muchos se hicieron religiosos por su consejo. El mismo se hizo ermitaño de San Agustín. Cuando se desencadenó la peste de 1479, desplegó un celo admirable, espiritual y médico. Su muerte en 1494 fue acompañada por varios prodigios, uno de los cuales prorrogó la inhumación. Su cuerpo quedó intacto por más de un siglo; colocado luego en una caja de cristal, en la que no apareció rastro alguno de corrupción, se perdió a raíz del temblor de tierra de 1713, que destruyó la iglesia en que se conservaba. El Bienaventurado Marco de Montegallo estudió en Bolonia y fue médico y doctor en medicina en esa ciudad. Después de haber ejercido su arte, entró en los Frailes Menores de la Observancia de Fabriano, mientras su esposa se retiraba en el monasterio de las Clarisas de Ascoli. Durante cuarenta años más viajó por Italia predicando la caridad; murió en 1497, el día por él preanunciado.
El siglo XVI cuenta con cuatro médicos canonizados. San Antonio María Zacarías (1503-1539), de piedad ejemplar desde la infancia, estudió en Pavía filosofía, y medicina en Padua.
Doctor en 1524 volvió a Cremona para ejercer allí su arte, pero en seguida la abandona y se hace eclesiástico. Fundó la Orden de los Clérigos regulares de San Pablo o Barnabitas, y para las mujeres la de las Angélicas de San Pablo. Honrado desde su muerte con culto público, fué beatificado oficialmente en 1890 y canonizado siete años más tarde. San Felipe Benizi (1533-1585) estudió medicina en París y en Padua. Ejerció en Florencia, luego entró en la Orden de los Servitas (Siervos de María), que difundió en Francia, Alemania y Países Bajos. Milagros asombrosos ilustraron su vida y se renovaron sobre su sepulcro. San Francisco de Мeako y San Joaquín Saccachibara fueron dos médicos japoneses convertidos al Cristianismo: fueron martirizados y crucificados en 1597 en Nangasaki. Durante dos meses sus cuerpos quedaron suspendidos en sus cruces, emitiendo un perfume celestial, el rostro resplandeciente y respetados por las aves de rapiña. Beatificados en 1627, fueron canonizados en 1862 por el papa Pío IX.
No podríamos dejar la historia del siglo XVI sin citar a Ambrosio Paré. Sin duda, fue protestante durante gran parte de su vida, pero su inhumación con gran pompa en la misma iglesia de Saint André-des-Arts demuestra que ya no lo era al final de su vida, y toda su obra atestigua una espiritualidad íntegramente católica. En ella agradece a Dios el haberlo llamado a la profesión médica: "Las leyes de la Medicina Sagrada no están sujetas a las de los Reyes y otros Señores, ni a prescripciones de tiempo, por su origen de Dios, a quien ruego quiera bendecir esta mi obra, para que sea glorificado eternamente..." Si se logra alguna curación notable, hay que atribuirla al Señor, "considerando y sabiendo que todo el bien viene de El". El cirujano debe vendar el cuerpo de los heridos y también su alma y "si no hay ni sacerdotes ni otros miembros de la Iglesia en el momento de la muerte de los pobres apestados, es necesario consolarlos en el instante fatal, mostrando y declarando que las causas y las raíces de la enfermedad provienen de sus pecados y que para tener paz es necesario que sea aplacada la ira de Dios y que el Señor favorezca la remisión de esos pecados". En su "Memoria", en contestación a los ataques de la Facultad, declara que los Santos "no nos envían seguramente enfermedades, y yo reconozco que las enviadas a los hombres por el justo juicio de Dios, se curan por su intercesión". Finalmente hallamos este testimonio interesante: "Por lo que se refiere a las escrófulas, está averiguado y es notorio que los Reyes de Francia tienen poder para curarlas, lo que he visto infinidad de veces y no lo he incluido en mi libro por ser notorio. Podría probar con el testimonio de mucha gente honesta de esta ciudad qué autoridad atribuyo a este don de gracia concedido a los Reyes de Francia, por bondad de Dios, habiéndolas reservado a ellos y prestado todo su favor para reducirlas, viendo que de otro modo con los remedios humanos no se podían dominar".
En el siglo XVII, el Bienaventurado Juan Juvenal Ancina (1545-1604) hizo sus estudios en Montpellier, Mondoví y Padua. Fue nombrado profesor en una cátedra de medicina de la Universidad de Turín. Siguió al embajador Federico Madrucci a Roma, como médico, y allí conoció a San Felipe Neri. Dejó el mundo y entró en el Oratorio y fue nombrado obispo de Saluzzo. San Francisco de Sales, con quien estaba en estrecha relación, hizo un magnífico elogio de sus cualidades y virtudes. El Bienaventurado Gabriel de la Magdalena (1632), médico, se hizo franciscano; en 1612 fue al Japón; durante veinte años hizo un apostolado feliz y después de largo martirio fue quemado vivo en Nangasaki. El Bienaventurado Martín de Porres (1589-1639) se hizo dominico; extraordinariamente dedicado a los enfermos e indigentes, Dios premió su caridad con los dones sobrenaturales más eminentes, y numerosos milagros proclaman su virtud.
No podríamos dejar de citar a Nicolás Stenon (1638-1686), nacido en Copenhague; comenzó sus estudios de medicina y especialmente de anatomía en esa ciudad y luego los continuó en Amsterdam, Leyden y París. Se sabe que descubrió el canal que lleva su nombre, en las glándulas salivares, las glándulas lacrimales y otras particularidades anatómicas. Además creó de sana planta la ciencia geológica, que no existía antes de sus trabajos. En 1667 se convirtió al catolicismo, a raíz de una verdadera iluminación interior. Después de algunos años de vida y de gloria científica, se decidió a abrazar las Ordenes, para consagrarse por entero al apostolado. Realizó numerosas conversiones, especialmente la del anatomista flamenco Tilman Trutroin. Nombrado obispo de Titiópolis, luego vicario apostólico de la Alemania septentrional y de los países del norte, llevó una vida muy austera de piedad y apostolado, y murió como un santo. Su compatriota, Santiago Benigno Winslow (1669-1760) fué convertido por Bossuet, a quien dedicó su tesis de licenciado. Hamón, el solitario de Port-Royal fué tal vez un místico, en todo caso un gran meditativo, ejemplo cabal de vida interior y de caridad.
En el siglo XVIII la medicina católica debe un homenaje particular a Próspero Lambertini, que llegó a ser Papa Benedicto XIV (1675). Si no fué realmente un médico, estudió sin embargo la medicina con mucha exactitud. Su gran obra De Servorum Dei beatificatione et Beatorum canonizatione (Sobre beatificación de los siervos de Dios y canonización de los Beatos — 1734) codifica sobre los cimientos médicos más sólidos las reglas de examen y de crítica de las curaciones milagrosas.
Fue además amigo de Lancisi y tenía en particular estima al ilustre Morgagni.
Recordemos de paso a Senac, primer médico de Luis XV, que abjuró el protestantismo y se hizo jesuíta. Su Tratado sobre la estructura cardíaca fue muy apreciado. Finalmente Juan Baseilhac (1703-1781), religioso fuldense con el nombre de Juan de San Cosme, conocido por la abreviación "Hermano Cosme", figura en el fresco de la Facultad de Medicina de París entre los cincuenta y seis protagonistas de la medicina desde Hipócrates a Claude Bernard. Hábil litotomista, sacó del olvido la operación hipogástrica, inventada en 1560 por Franco, reguló su técnica y demostró su superioridad.
El siglo XIX se abre con el piadoso conjunto de Laénnec y sus amigos. Renato Laennec (1781-1826), quien por su espíritu de observación, su empleo coordinado y crítico de la clínica y de la anatomía patológica, es —como dice Letulle— "el fundador genial de la medicina moderna", acostumbraba comentar un texto del Evangelio en la Congregación del Padre Delpuits, ir en peregrinación al santuario de los Santos Cosme y Damián a Luzarches, proveer de socorros espirituales a sus enfermos moribundos y él mismo, en fin, pisar el umbral de la vida eterna con la serena preparación de los socorros litúrgicos. G. L. Bayle (1774-1816), autor de notables trabajos sobre tuberculosis, "fue uno de los modelos más acabados del filósofo cristiano: todos sus pensamientos, todos sus actos fueron inspirados por sus convicciones religiosas... Su vida fue una abnegación completa y una ocupación continua de lo que pudiera ser útil a los demás". M. R. Buisson, colaborador de Bicha), preparó una Fisiología cristiana; G. B. de Remur, J. B. Mansuy, P. Amoldo d' Argenteuil abandonaron la medicina para entrar en las Ordenes. Recamier (1774-1852), el promotor de los baños fríos en las pirexias y especialmente en la fiebre tifoidea, el inventor de la histerectomía vaginal, del curetaje uterino, de la apertura de los abscesos pélvicos, etc., el inventor finalmente de numerosos instrumentos y aparatos, fue un ejemplo de piedad, y frecuentó regularmente la Santa Comunión. Juan Cruveilhier (1791-1874), el ilustre anátomo-patólogo, acostumbrado a la Misa cotidiana, pudo —como dice el P. Grousset— "ofrecer a sus enfermos terrenales las consolaciones de la religión".

Durante este siglo, algunos médicos atestiguaron con su sangre su fe en Cristo: fueron los Venerables Antonio Quinh-Nam, médico de la Cochinchina, y Simón Hay-Hoa, médico anamita, martirizados en 1840, cuya causa de beatificación se inició en 1843.
La figura del cirujano Morlanne (1772-1862) honra también a la medicina católica. Interrumpidos por la Revolución sus estudios eclesiásticos, se consagró a la cirugía y a la obstetricia. Para asegurar a las parturientas cuidados adecuados, juntamente con todas las garantías de abnegación y moralidad, fundó la Congregación de las Hermanas de la Caridad Maternal de Metz, y después de toda una vida de caridad, se apagó a los ochenta años de edad, "pobre como los pobres que socorrió".
El doctor Santiago D. Laval (1803-1864), después de algunos años de ejercicio de la medicina, entró en el seminario de San Sulpicio en 1835; durante veintitrés años se dedicó al apostolado entre los negros de la Isla Mauricio. Se calcula que convirtió al catolicismo 67.000 indígenas. Después de su muerte numerosas gracias y grandes milagros se obtuvieron por su intercesión. Su proceso de beatificación se inició en 1918.
Finalmente vemos iniciarse el siglo XX con la hermosa figura del doctor Camilo Ferón (1831-1908), quien fue con su cuñado Filiberto Vrau el iniciador de la creación de la Universidad católica de Lila y, especialmente, de la Facultad de Medicina y de los Hospitales y obras que la rodean. Fué fundador de la Asociación médica de San Lucas, San Cosme y San Damián, y el sostén de la Oficina de Comprobaciones de Lourdes.
Dos médicos italianos, el doctor José Moscati, profesor de la Universidad de Napóles, notable por sus trabajos científicos y su piedad, y el doctor Ludovico Necchi, verdadera alma de apóstol, fallecido en 1930, son objeto de las investigaciones canónicas para su eventual elevación a los altares.
De esta manera ha continuado por el espacio de casi veinte siglos, sin interrupción, la íntima unión de la ciencia médica y de la Fe. Médicos que la Fe llevó hasta el martirio, santificando su ciencia; médicos cuya ciencia ilustre glorificó el Homenaje al Hijo del Carpintero de Nazaret, todos han sido fieles a Dios, autor de toda ciencia y de toda caridad.
Oración de Guillermo del Val. Guillermo del Val, decano de la Facultad de Medicina de París en 1640 y en 1641, introdujo en las escuelas de medicina la costumbre de recitar cada sábado las letanías de la Santa Virgen y las de los Santos y Santas que ejercieron la medicina.
En honor de éstos compuso la siguiente oración:
Oración a los Santos y Santas que han honrado el ejercicio de la medicina y la práctica de la caridad cristiana con los enfermos:
¡Oh, todos vosotros, Santos y Santas de Dios, que habéis llegado a la fama por la práctica de la medicina y vuestros cuidados caritativos en pro de los pobres enfermos; vosotros, a quienes la Iglesia católica honra y venera por esta razón; vos, sobre todos, San Lucas, Evangelista de Nuestro Señor Jesucristo, patrono de los médicos cristianos y primero entre ellos, y vosotros, santos médicos ilustres, Cosme, Damián, Pantaleón, Ursicino, Ciro de Alejandría, Cosario de Bizancio, Codrato de Corinto, Eusebio de Grecia, Antíoco de Sebaste, Cenobio de Egea; vosotras también, piadosas y santas consoladoras de los enfermos, que habéis cuidado sus males ejerciendo el arte médico, Teodosia, mártir célebre y madre de San Procopio mártir, Nicerata de Constantinopla, Hildegarda, virgen de Maguncia, Francisca Romana, vosotras todas que os habéis señalado por vuestra caridad para con los pobres enfermos, y la gloria de vuestros milagros, interceded por nosotros ante Aquel en cuya fe y amor habéis vivido y por amor del cual habéis ejercido la medicina, para que nosotros también, inspirándonos en vuestros ejemplos, fieles a ese ideal de santidad cristiana y de caridad para los pobres enfermos, pasemos nuestra vida en la práctica de la piedad y la paciencia, para merecer la recompensa mejor y más gloriosa, la de la felicidad eterna, por la bondad infinita de Nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina en los siglos de los siglos. Amén.
Letanías de los santos médicos
Señor, tened piedad de nosotros. Cristo, tened piedad de nosotros. Señor, tened piedad de nosotros. Cristo, óyenos. Cristo, escúchanos.
Dios, Padre nuestro Omnipotente, eterna salud de los creyentes, tened piedad de nosotros.
Jesús, que pasasteis haciendo el bien, cuidando y sanando, fuente de vida, tened piedad de nosotros.
Espíritu vivificador, ciencia y prudencia de los médicos, tened piedad de nosotros.
Trinidad Santa, que sois un solo Dios, tened piedad de nosotros.
Santa María, salud de los enfermos, rogad por nosotros.
San halad Arcángel, rogad por nosotros.
San Lucas, rogad por nosotros.
Santos Cosme y Damián, rogad por nosotros.
Santos Carpo y Papilo, rogad por nosotros.
San Blas, rogad por nosotros.
San Casiano, rogad por nosotros.
San Zenobio de Egea, rogad por nosotros.
San Ursicino, rogad por nosotros.
San Antíoco de Sulcitana, rogad por nosotros.
San Médico, rogad por nosotros.
San Alejandro, rogad por nosotros.
San Codfato, rogad por nosotros.
San Taleleo, rogad por nosotros.
San Ciro, rogad por nosotros.
San Antioco de Sebaste, rogad por nosotros.
San Pantaleón, rogad por nosotros.
San Diomedes, rogad por nosotros.
Santos León y Carpóforo, rogad por nosotros.
San Carponio, rogad por nosotros.
San Orestes, rogad por nosotros.
San Cenobio de Antioquía, rogad por nosotros.
San Julián de Emesia, rogad por nosotros.
San Pablo de Grecia, rogad por nosotros.
San Julián de Chipre, rogad por nosotros.
San Raven y San Rasife, rogad por nosotros.
San Liberato, rogad por nosotros.
San Emiliano, rogad por nosotros.
San Bertario, rogad por nosotros.
San Francisco de Meako, rogad por nosotros.
San Joaquín Saccachibara, rogad por nosotros.
Bienaventurado Gabriel de la Magdalena, rogad por nosotros
San Eusebio, rogad por nosotros.
San Pablo de Mérida, rogad por nosotros.
San Juvenal, rogad por nosotros.
San Fulberto, rogad por nosotros.
San Cosario, rogad por nosotros.
San Sansón, rogad por nosotros.
San Agapito, rogad por nosotros.
San Guillermo Firmato, rogad por nosotros.
San Felipe Benizi, rogad por nosotros.
Bienaventurado Vulferio, rogad por nosotros.
Bienaventurado Alquerio, rogad por nosotros.
Bienaventurado Gil de Santarem, rogad por nosotros.
San Alberto Magno, rogad por nosotros.
Bienaventurado Antonio de Aquileya, rogad por nosotros.
Bienaventurado Marcos de Montegallo, rogad por nosotros.
San Antonio María Zacarías, rogad por nosotros.
Bienaventurado Juan Juvenal Ancina, rogad por nosotros.
Bienaventurado Martín de Porres, rogad por nosotros.
Santa Zenaida, rogad por nosotros.
Santa Leonilda, rogad por nosotros.
Santa Sofía, rogad por nosotros.
Santa Nicerata, rogad por nosotros.
Santa Hildegarda, rogad por nosotros.
Vosotros todos, Santos Médicos, rogad por nosotros.
Cordero de Dios, que quitáis los pecados del mundo, , Señor.
Cordero de Dios, que quitáis los pecados i Señor.
Cordero de Dios, que quitáis los pecados , Señor. Cristo, óyenos. Cristo, escúchanos. Santos Médicos, rogad por nosotros.
Para que seamos dignos de las promesas de Jesucristo
perdonad del mundo, perdonad del mundo, perdonad
Oración
Preservad, os rogamos, Señor, por la intercesión de la Beata Virgen María y de los Santos Médicos, nuestra familia de toda adversidad, y, puesto que ella se Os somete sin reserva, libradla en vuestra bondad de las acechanzas de sus enemigos. Os lo pedimos por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.
Dr. Henri Bon
MEDICINA CATÓLICA
1935

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