miércoles, 17 de noviembre de 2010

Por estímulos camina el hombre

MEDIOS PARA FORTALECER EL CARÁCTER Agentes externos

La alabanza fiel
     El hombre en ese complejo de actividades y pasividades humanas, necesita frenos y estímulos que moderen y regulen los déficits y superávits de su naturaleza. Toda exuberancia ha de ser terraplenada, y todo defecto elevado a su nivel natural. El alma necesita atractivos para ponerse en actividad, y repulsivos para enderezarse de sus desviaciones.
     La emulación es un antídoto de la pereza, y un impulso para la acción.
     La alabanza es uno de los medios principales para la emulación.       
      Es el premio de la virtud que nos impulsa al bien.
     Es la aprobación de la buena acción: su consecuencia justa.
     Pero no por eso hemos de considerarla como un objetivo que hemos de conseguir, sino como una ayuda que nos lleva a la virtud.
     La esperanza de la corona da alientos para correr por los caminos del bien, y la alabanza es sólo el resplandor de la corona. No busquemos el resplandor en lugar del oro que resplandece.
     Posee un poder formativo en cuanto que es estímulo de la voluntad. Un estímulo en categoría de ayuda, y la ayuda sólo es un medio para llegar al fin. El corazón no se ha de poner en la ayuda, sino en aquello para lo que se nos concede la ayuda: mi formación.
     Si suena en nuestros oídos la sincera alabanza, nos hemos de animar en el camino, y no detenernos para oírla: sería como los cantos de sirena que entretenían y devoraban a los antiguos navegantes, impidiéndoles llegar a su puerto.
     Es un estímulo del que no siempre hemos de necesitar. El que no puede prescindir de estímulos para el desarrollo de su actividad está enfermo: café para levantarse, jerez para conversar, cerveza para sufrir con calma.
     Un muchacho que sólo se pone en actividad mediante halagos y elogios, es un joven de alma enclenque, como un cuerpo débil que necesita específicos para vivir. Hay otro estimulante más íntimo: cumplir el deber impuesto por Dios.
     Dice San Pablo: «Muy poco me importa que me juzguéis... cada uno será alabado y juzgado de Dios según merezca.»
     Vivir sólo a impulso de la alabanza es tan perjudicial como vivir sólo de la bebida. Es una egolatría en perjuicio de los derechos de Dios.
     Jesús condena a los que obran el bien sólo para ser vistos de los hombres.
     Desear la alabanza rebaja los verdaderos méritos, y el aprecio de los hombres: Cicerón era buen orador, pero su debilidad sin disimulo por la lisonja, desdibuja su personalidad. Ante estos hombres brota una sonrisa compasiva.
     La alabanza se ha de posponer siempre al bien como una consecuencia accidental.
     Sin ella hemos de seguir nuestro camino, con más méritos que con ella. Porque es triste que con la alabanza hayamos ya recibido la recompensa.
     La verdadera alabanza es un premio que entra en el plan de Dios, es una aprobación que nos ha de servir sólo de directriz para una vida más recta.
     El rey Federico de Prusia hacía gala de incredulidad. En cierta ocasión preguntó al príncipe Carlos:
     — ¿Creéis en Jesucristo?
     —Tan seguro estoy de su divinidad —contestó el príncipe— como que ahora estoy hablando con vos.
     El rey, sorprendido y mortificado, admiró luego su franqueza.
     Por la tarde un anciano e ilustre general se encontró con el príncipe, y dándole un abrazo le dijo:
     —Bendito sea Dios, que he vivido lo bastante para ver a un hombre, que ha tenido valor para confesar a Cristo.
     Y el príncipe recordaba luego después: las alabanzas de aquel gran general me infundieron alientos, y fueron los mejores recuerdos de mi vida. 

La alabanza medida
     La alabanza oportuna y medida, más que un halago es un estímulo a veces hasta necesario...
     Pero nunca hemos de apoyarnos en ella, y hay que saber discernirla. Las alabanzas son como los licores: buenos en pequeñas dosis, pero en cantidades abusivas enajenan el sentido. Han de ser filtradas por manos expertas. Ser alabado del que merece ser alabado: porque si el necio aplaude...
     Si lo bueno se alabara más y mejor, haciendo una justicia anticipada a la de Dios, abundarían más las buenas obras.
     Al que practica el bien, hay que demostrarle que no está solo.
     Aunque uno sea humilde, necesita una cierta dosis de alabanzas, para aquellas obras que él cree laudables.
     Una palabra de alabanza dicha a tiempo, es de una eficacia alentadora. Medida no fomenta la vanidad, y es un orientación para la vida.
     Dicen los Proverbios: «Como la manzana de oro en canastillo de plata, así es la buena palabra dicha a tiempo.»
     Pero sin adulación: Briante, uno de los siete Sabios de Grecia, dijo: «El animal más feroz entre los animales domésticos, es el adulador.» 

Mirando a los otros
     Para estimular tu voluntad no te consideres solo en el camino. Por él van competidores que persiguen el mismo objetivo, en menoscabo de tus intereses. Si duermes te encontrarás con las manos vacías. Ver cómo marchan los demás, es uno de los medios más eficaces para conseguir el perfeccionamiento del hombre.
     Su bondad consiste en empujarnos para hacer las cosas mejor.
     El caballo de carrera, si no es para superar a su competidor, no se esfuerza.
El ciclista en las «vueltas» atormenta sus músculos, y agota su organismo, para poner su fama sobre la fama de los demás.
No es raro que un adolescente no estudie, cuando en clase no tiene un contrincante. Ante la falta de estímulos se contenta con un buen pasar y no culminará su camino. Será un ser con movimiento retardado, hasta que llegue la parálisis definitiva.
     El Duque de Windsor, durante una temporada rey de Inglaterra, escribe en su diario, «La educación de un Príncipe», hablando de sí: «Nunca conocí el estímulo de la competencia hasta que tuve casi trece años, y estaba en la Escuela Naval. Y aunque, sin duda, su ausencia hizo mi niñez mucho más agradable, aquellos años de formación, estuvieron desprovistos de los repentinos impulsos creadores, y elevados intereses que son normalmente inspirados por las asociaciones competitivas de los muchachos.»
     El mundo busca hombres vivientes que pongan las cosas en marcha.
     Como la piedra buena para edificar nunca queda abandonada, o como el diamante se descubre por su brillo entre el cuarzo, así el hombre de estímulos es descubierto y utilizado.
     No se puede aspirar a éxitos fáciles. Sed luchador, porque tendrás rivales que vencer, no con recomendaciones, sino con tu valía.
     La visión objetiva de un porvenir nada fácil ante el valor de los demás, tiene grandes ventajas: estimula y pone en juego todas las energías de tu ser.
     La oposición templa el carácter para la lucha, como el viento contrario obliga al águila a remontarse.
     La dificultad hace desenterrar grandes energías, como la competición comercial mejora la calidad de los géneros. 

Lucha lealmente
     Sea, pues, el primer consejo en esta lucha, la nobleza. No conviertas al competidor en enemigo. Aprende en las competiciones a ser sólo émulo de tu compañero, no adversario.
     Para ello hay que tener pecho ancho y epidermis dura, porque muchos no lucharán con limpieza.
     No pocos rivales son envidiosos, soplones y detractores. Vuela sobre ellos sin hundirte, como el pájaro sobre un terreno pantanoso.
El aceite, aun en el agua agitada, sale a la superficie. Así también el éxito verdadero en las competiciones poco limpias.
     Dios también en esta vida termina haciendo justicia.
     Es preferible sufrir un desaguisado, y esperar que Dios haga brotar la luz del verdadero mérito, a ponerme a la altura de competidores innobles. 

Lo bueno tiene su precio
     El ser humano, por el mero hecho de ser humano, recibe un impulso hacia la acción, ante el estímulo del premio.
     Es un móvil aceptable, justo, y muchas veces hasta necesario, ya que Dios mismo nos lo pone como aliciente.
     Pero no siempre lo hemos de buscar como un salario obligatorio, sino como un don voluntario que puede no llegar.
     El premio pierde su eficacia si se concede con demasiada frecuencia, y por eso nosotros debemos ser los primeros en no exigirlo.
     En este mundo no corresponde un premio a cada buena acción. El que así piense se llevará muchos desengaños, porque verá muchas y muy buenas obras sin recompensa, y ante las injusticias su alma se verá invadida por la decepción, y el alma decepcionada es la que cambia de camino. En un mundo de prueba el éxito no sigue a cada obra buena. Tampoco ha llegado el éxito definitivo de Cristo y de su obra.
     Si miras siempre al premio crearás en ti un corazón mercantil que busca siempre el precio material del bien. Para ti no existirá el ideal, eres persona para poco. 

Lo injusto pide justicia
     Por estímulo no se entiende sólo el aliciente, sino todo impulso que me vuelva al buen camino. Este oficio lo puede muy bien cumplir un serio temor a un mal: el castigo.
     El temor es un saludable despertador de mi conciencia, ante una ley que es necesario cumplir.
     Ten una convicción: con tus faltas has contraído unas deudas que es necesario pagar. La medida es la vara de la que habla el Espíritu Santo, al recomendar la terapéutica del castigo.
     El castigo no es un combate en el que hay vencedores y vencidos, es la restauración de un orden. Como la aplicación de la cirugía no es martirio chino, sino búsqueda de un equilibrio de energías.
     Si con el castigo te entregas a la reflexión, será una victoria tuya, en lugar de una derrota.
     Una lógica sana ha de anidar en tu alma: ley cumplida, recompensa; ley quebrantada, castigo Inexorable. Esta lógica se apodera de las inteligencias de los niños apenas sin entendimiento. En las primeras fases de la edad, el ser humano es semejante a los Irracionales. No se puede razonar con una manada de cachorrillos. No conocen las cualidades de bondad y malicia, pero la elocuencia de un apropiado castigo, evita loe malos hábitos, cuando inconscientemente las primeras raíces comienzan a hundirse en su tierra blanda.
     Lo desagradable del castigo no les hace gracia, y se dan a evitar sus causas. 

Soporta las consecuencias de tu mala acción
     El castigo, cuando se merece, se ha de soportar son hombría, y cuando no se merece, también, como los héroes una pena de muerte que no dice con sus méritos.
     No acudas a las lágrimas o a las excusas para evitarlo. Sufre las consecuencias de tu mala acción.
     La causa del castigo no es amor propio de educador, ni siquiera lo desagradable de tu conducta, ni es una venganza por una ofensa inferida a los mayores, sino un ordenamiento de las cosas puestas fuera de su sitio.
     Si alguna vez sale a flote la pasión indignada de tu educador, y se excede en el castigo, piensa que tú has removido los bajos fondos de su persona. Sufre las consecuencias y escarmienta. También puedes atraer hacia ti su decidido afecto, con tu conducta buena. Hay que estar a las duras y a las maduras.
     Peor que un castigo, es dejarte en el mal camino.
     El medio más apto que encontró un tirano para vengarse de su enemigo, fue dejar al hijo de éste con todas sus perversas inclinaciones. Ante las malas acciones del hijo, el padre se recome, sobre todo cuando el mal no tiene remedio.
     El castigo es el grito de deber despreciado que Dios nos impuso; es un freno para el futuro, y una liberación de la culpabilidad.
     La culpabilidad es como un quiste, que hay que arrancar con el dolor de la carne donde se ha enraizado.
     Cumplido el castigo, se deja el papel en blanco para el futuro. Arrancado el quiste, sólo hay que dejar la carne cicatrizar.
     Si no comprendes que el castigo sea una justicia, es porque no ves la injusticia de tus acciones, y por eso es necesario que sientas sobre tus espaldas las consecuencias de tu proceder. Si no comprendes la razón del dolor para arrancar una infección de tu cuerpo, es porque no te das cuenta de la gravedad de tu enfermedad, y sus inevitables consecuencias.
     El educador ha cumplido con un deber desagradable a sus sentimientos humanos y a su vocación. Como el médico de nobles sentimientos opera sobre el cuerpo de un amigo. 

Es un medio de recuperación
     El castigo, aunque no lo parezca, es un acto de confianza en ti. Se abriga la esperanza de que puedas llegar a ser mejor.
     A los que se les considera incorregibles se les abandona. Al enfermo desahuciado, no se le pone remedio alguno. Es más, se le consiente algunos gustos nocivos.
     Al ser castigado te debes de alegrar de no haber pasado a la categoría de los incorregibles. Como se tranquiliza el enfermo, cuando ve que los médicos tienen fe en los remedios que le aplican.
     Si el enfermo no escoge las medicinas, tampoco tú puedes escoger el remedio de tus males.
     El castigo no puede ser la causa de perder la confianza en el educador, como el enfermo no la pierde en el médico porque le prescribe remedios dolorosos y amargos.
     El castigo no es sólo un escarmiento, es un apoyo a tu corazón de ser racional, para el futuro.
     En la Edad Media se castigaba y ejecutaba después de un juicio con todos sus protocolos jurídicos, a los animales que habían, digámoslo así, cometido alguna tropelía. Se castigaba lo inculpable.
     En ti los castigos tienen otro carácter. Son una voz de alerta para despertar la conciencia, con las consecuencias desagradables que trae consigo toda acción mala. Es un despertar los sentimientos de responsabilidad, y el respeto a las obligaciones que nos ligan con los demás.
     Esta pedagogía del castigo rectamente entendida, es una derivación de la pedagogía de Dios, a quien nadie puede negar sentimientos tan paternales como rectos: «Quien bien ama, bien castiga», dice la Escritura.
     En la educación hay que estimular y cohibir, porque hay impulsos buenos y malos.
     La Iglesia hace sentir al delincuente, aun arrepentido, las consecuencias de su pecado. Algunos santos, movidos de la caridad, tuvieron mano de hierro con los protervos.
     Así lo exige la reparación de la justicia, como la enfermedad exige la medicina, como la infección los antibióticos.
     La virtud es el resultado de un vicio castigado y dominado. Cada pecado capital, tiene como antítesis una virtud. Contra soberbia humildad. Y la humildad es el resultado de una cresta cortada con sangre, porque la humildad sólo se consigue con el acto humillante. Contra pereza diligencia. Y esta virtud sólo se posee, violentando la inercia ante el trabajo.
     Lo que crece silvestre y torcido, hay que podarlo y rectificarlo. Sobre la cicatriz crece la virtud. Cualquier tierra puede ser un jardín. 

El castigo frecuente deforma
     El castigo es una ayuda, pero una ayuda de excepción. El ambiente que forma, no es el clima más apto para la formación.
     Donde la voluntad no se desenvuelve con rectitud y espontaneidad, no hay adquisición de buenas costumbres.
     «En estado de sitio, decía Cavour, cualquier asno puede gobernar.»
     Gobernar sí, formar no.
     Porque lo formativo es hacer lo difícil rectamente sin coacción.
     Los niños más castigados son los menos aptos para ser los hombres mejores. Son los que no saben resistir al dolor y al placer presente por iniciativa propia.
     La mala conducta es la causa que la miel se convierta en hiel; que llegues a ser por miedo al castigo un disimulador, un resentido morboso que busca el desquite en nuevas faltas, por el sadismo de molestar. El sedimento amargo del castigo posado en tu corazón, hace que aun aquello que es agradable y atractivo, sea para ti repulsivo y antipático.
     El bien hecho por la fuerza no tiene ni el mérito moral ante Dios, ni el mérito de la obra acabada ante los hombres.
     La rebeldía provoca el estado de «sitio» en el que la convivencia entre gobernantes y gobernados, no es natural ni humana. Se vive mirándose con las armas en la mano.
     La posición de tus educadores es como quien cultiva plantas de mucho valer, que han de dar frutos eternos. Para ello ponen en práctica el consejo de San Pedro: «Arrancar, destruir, plantar y edificar.» Operaciones que llevan consigo violencia, por amor a la misma planta.
     Tu honor humillado es un ataque a tu personalidad incipiente.
     Quizá aguantes con entereza un fuerte dolor de muelas, o un rudo golpe en el juego, pero la humillación deja en tu alma en carne viva. Hay heridas enconadas que nunca se cierran.
     En el amaestramiento de los animales salvajes, se ha desechado el látigo con buen resultado. ¿Eres tú menos que ellos? Tú tienes conciencia del bien y del mal, de los premios y castigos de transcendencia eterna.
     Un sentimiento de disgusto debe apartarte de aquel mal, fuente principal del castigo.
     El castigo es un mal, aceptable sólo en cuanto que evita un mal mayor: la acción inmoral. 

Es sólo un ayuda
     El escozor en la carne de tu alma, y no el dolor sobre tu cuerpo, es quien principalmente ha de actuar en la enmienda.
     Vale más lo que nace de dentro, que lo que se impone de fuera. Porque si el castigo es sólo despertador de la conciencia, no te levantarás ni te ausentarás de tu mala conducta, si tú no quieres.
     La ayuda externa, para que sea fuerza, ha de ir unida a tu energía interna: la chispa sin gasolina no pone al motor en marcha.
     No podemos poner en tela de juicio la sentencia del Espíritu Santo: «El palo y la corrección hacen bueno.» Y da la razón el mismo libro sagrado: «La locura va aneja al corazón del niño, y la vara de la disciplina lo aleja de ella.» «El que economiza la vara, odia a su hijo; pero el que le ama, le castiga desde pequeño.»
     El muchacho ha de sentir más necesidad de estímulos nobles, que de castigos. Los unos y los otros están en tu mano.
     Cuando San Francisco de Sales tenía cuatro años, jugando en el castillo de su padre, vio un hermoso cordón trenzado con hilos de color en el chaleco de uno de los obreros, que se despojó de él para trabajar. El niño cogió el cordón, y el obrero, al echarlo de menos, lo comunicó a toda la gente, que con el padre del niño a la cabeza buscó al delincuente. El niño, viendo toda aquella agitación, confesó su culpa.
     El padre sin contemplaciones le aplicó la vara, y le advirtió que si la paliza no era mayor, se debía a que el hurto era el primero. Y porque supo recibir el castigo, fue también el último. 

Peligros del castigo
     El alma que se acostumbra a la vara, se hace insensible como la mano encallecida al hastil de la herramienta. El castigo te produce alergia y empeora tu situación.
     Se puede establecer esta proporción: «Si el estímulo del castigo aumenta en progresión geométrica, la sensación sólo aumenta en progresión aritmética.»
     Esta afirmación si no es exacta, porque las frases morales es difícil que lo sean, está muy cerca de la verdad. Entonces hay que acudir a los estímulos duros y frecuentes, que tienen tanto de molestos como de poco eficaces. Porque si has perdido la sensibilidad, han perdido la eficacia.
     Te acostumbras al castigo como te acostumbras al ruido: al principio es corriente que cualquier sonido te espante el sueño, pero luego te sucede como al molinero: si la rueda del molino paralizada no produce ruido, se despierta sobresaltado.
     Hay muchachos que se adaptan de tal manera al castigo, y a vivir en esta anormalidad, que los llegan a echar de menos y hacen por merecerlos.
     Son los jefes de los débiles, de los sin nombre, los insociables del mañana, como son los inadaptables de hoy.
     Su conciencia y sus sentimientos se han desviado, y encuentran una satisfacción sádica en el castigo.
     Para echar a andar esperan el reactivo del golpe, como el burro viejo de las viejas norias: el palo era el único despertador de sus energías agonizantes.
     Entonces creas a tus educadores un problema semejante al que originan a los directores de prisiones los delincuentes degradados. Se busca la forma para que estos malhechores continúen en las cárceles, a fin de que no cometan nuevas fechorías.
     El castigo hace llegar a ser toro resabiado y bravo.
     Por todo ello debes decidirte a evitarlos, porque si un cuerpo enfermo se opera varias veces, termina por morir.
     Si das lugar a que se pretenda quebrantar tu rebeldía a fuerza de castigos, sufrirás el efecto de hacerte terco y esterilizar tu ser.
     Esfuérzate en esos momentos alborotados a superarte a ti mismo.
     Las abejas, cuando hace mucho viento, toman una piedrecita entre sus patas que les sirva como lastre para no ser arrastradas.
     Esto ha de ser para ti un castigo: lastre que te impida llegar a donde en estado normal quisieras no haber llegado.

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