viernes, 5 de noviembre de 2010

LO QUE, AL FIN, APROBO EL SINODO

(Páginas 222-241)
El Sínodo, como consta por el "Motu Proprio" de Paulo VI es meramente consultivo, como también lo son todos los Concilios, incluso los Ecuménicos, según la institución de Cristo. Sin embargo, al fin del Sínodo, se ha redactado un documento, como si dijéramos un elenco de las decisiones sinodales, como el elenco de los documentos conciliares. No conozco todavía el documento; pero sí los puntos del mismo, que la prensa difundió el jueves 9 de diciembre de 1971. Estas informaciones pueden, alguna vez, torcer el sentido del texto, pero no es muy frecuente, ni muy probable, ya que, en la Oficina de Prensa Vaticana, se reunen todos los representantes de las agencias periodísticas más importantes del mundo entero, y así el fraude intencionado resulta poco menos que imposible. Va de por medio el prestigio de la agencia publicitaria.
No voy a reproducir todo lo que nos ofreció "EL HERALDO", porque ya mucho de esto lo expusimos al reproducir las crónicas y los documentos que ECCLESIA de Madrid nos dio. Tan sólo citaré los puntos principales:
Empieza el documento con una declaración importantísima, que no pocas veces parecen olvidar los eclesiásticos y a la que el mismo Sínodo, tal vez, no tuvo tan en cuenta, ya que los padres sinodales hablaron de economía, políticas con los gobiernos hicieron hacer esta extraña declaración al principio mismo del documento sinodal. De todos modos, hay que tener presente el equívoco permanente de la nueva Iglesia, que dice una cosa, pero hace luego la contraria.
"La misión del sacerdote, como también de la Iglesia, no es de orden político, económico o social, sino religioso". ¿Está claro, Don Sergio; está claro, José Porfirio Miranda y de la Parra; está claro, Srs. Ertze Garamendi, Alvarez Icaza, Alejandro Avilés; está claro, Genarito María? La misión de la Iglesia es exclusivamente religiosa. Pero, lo que viene después ya contradice la anterior afirmación:
"los pueblos en desarrollo deben tomar su futuro en sus manos, mediante una voluntad de promoción. De otra manera corren el peligro de convertirse en una forma de colonialismo y ser víctimas de las fuerzas económicas internacionales".
¡Esto ya es política y alta política; esto es la POPULORUM PROGRESSIO, el marxismo recalentado, como dijeron en Estados Unidos! Como también es política lo que leemos en el número cuarto:
"La Concentración del poder, que consiste en el dominio casi total de la economía y de la investigación de las inversiones, de los fletes marítimos y de los seguros, debe equilibrarse progresivamente".
Yo pregunto honradamente: ¿estaban los padres sinodales preparados para legislar sobre fletes marítimos,, sobre seguros, sobre la economía y las inversiones? Y, si no estaban, quiere decir que fueron víctimas de un truco increíble pues se prestaron a afirmar lo que los "expertos" o la "mafia" opinaban, sin tener ellos la capacidad necesaria para objetar las proposiciones hechas. Más adelante leemos:
"Respecto a la situación de injusticia, que existe en los países del 'tercer mundo', derivada en parte de la dependencia económica a las grandes potencias industriales, el documento 'La Justicia en el Mundo', advierte: "Si las naciones y regiones, en vías de desarrollo no llegan a la liberación, desarrollándose a sí mismas, existe el peligro de que las condiciones de vida, creadas principalmente por el dominio colonial, puedan convertirse en una nueva forma de colonialismo, en el que serán víctimas del juego de las fuerzas económicas internacionales".
"Cuando los pueblos en desarrollo tomen en sus manos el propio futuro, mediante una voluntad de promoción —aunque no alcancen un feliz resultado—, manifestarán auténticamente la personalidad propia". "De esta autodeterminación fundamental pueden brotar los intentos para la integración de los nuevos complejos políticos, que permitan a los mismos pueblos alcanzar el pleno desarrollo. Pueden brotar también las medidas necesarias para superar la inercia que haría vanos tales esfuerzos, o, finalmente, los nuevos sacrificios que el incremento de la planificación exige a aquella generación que desea construir su propio futuro". Y más adelante añade: "Así mismo, la necesidad del incremento de las riquezas, que implica, al mismo tiempo, un progreso social de toda la comunidad, superando los desequilibrios regionales y las islas de prosperidad. . ." Refiriéndose a las injusticias, que existen en el mundo, señala que la acción de la Iglesia debe dirigirse, en primer lugar, hacia aquellos hombres y naciones, que, por diversas formas de opresión y por la índole actual de nuestra sociedad, son víctimas silenciosas de la injusticia, más aún, privados de voz".
Esa idea del "colonialismo" y el "neo-colonialismo" la tiene muy gravada en su mente y en su paternal corazón el Papa Montini. Esto que aquí dice el documento sinodal no es sino la repetición, el eco de la Populorum Progressio. Para Paulo VI no hay, no puede haber ningún colonialismo justo, benéfico y constructivo. Por eso su conocida aversión hacia España y hacia todo lo que signifique y recuerde la España de la edad de oro, la de los Reyes Católicos, la de Carlos V y Felipe II.
La dependencia económica, en el mundo moderno, no es exclusiva de los países subdesarrollados, sino que, como una tenaza formidable y monstruosa está triturando la economía del mundo entero. Esa tenaza es el instrumento infernal con que manipula el sionismo internacional. ¿No hemos visto flotar el dólar americano, la moneda que parecía más poderosa del mundo, para terminar, al fin, con una devaluación, que está sacudiendo las finanzas internacionales?
"Que tomen en sus manos su propio destino los pueblos subdesarrollados, y, aunque, no alcancen un feliz resultado, manifestarán, al menos, la autenticidad de su propia personalidad". Todo esto es demagogia. Es como poner en manos de niños irresponsables el patrimonio de su casa. Ninguna promoción es auténtica, cuando no se funda en la educación, como advertí en mi anterior libro.
Como era de suponerse, el Sínodo no podía callar en su último documento, dirigido también a los "hombres de buena voluntad", el aspecto internacional y ecuménico de su programa, inspirado, dirigido y definitivamente redactado por el propio Paulo VI. Paulo VI más que católico es intemacionalista:
Recordando el carácter universal del Sínodo, el documento "La Justicia en el Mundo" sugiere que la Declaración de los Derechos del Hombre, hecha por las Naciones Unidas, sea ratificada por todos aquellos gobiernos que no han dado todavía adhesión a tal convención y sea plenamente observada por todos. Así mismo que las Naciones Unidas y las organizaciones internacionales sean apoyadas en cuanto constituyen una primera forma de sistema, capaz de frenar la carrera de armamentos, de disuadir el comercio de ellos, de deponerlos y de solucionar los conflictos por los medios pacíficos de la acción legal, del arbitraje y de los cuerpos internacionales de la policía. Igualmente pide que "sean apoyados los objetivos del Segundo Plan de Desarrollo decenal", que sugiere las transferencia de un determinado porcentaje de la renta anual de las naciones más ricas a las más pobres; la fijación de precios más justos para las materias primas; la apertura del mercado de las naciones más ricas, de un tratamiento preferenáal a exportación de productos de las naciones subdesarrolladas.
Una vez más debo decirlo: es increíble que tal lenguaje y tales ideas aparezcan en un documento eclesiástico, casi, casi diríamos conciliar. Así hablaría Robespierre, pero así nunca han hablado ni Cristo, ni la voz del Magisterio. Pero también estas palabras son una nueva prueba de mi opinión, sobre Juan B. Montini, el actual Pontífice Paulo VI. Aquí ya se perfilan los pasos conducentes al establecimiento de aquel gobierno mundial, sueño dorado de la Sinagoga. Aquí resuenan las palabras de Paulo VI que pone en la ONU las esperanzas de la humanidad; aquí se habla de "Declaración de los Derechos del Hombre", de "organizaciones internacionales" y del "segundo plan decenal y desarrollo". He ahí a la Iglesia montiniana, comprometida, embarcada en esa inmensa aventura, en vez de atender a sus altísimos deberes, a la triple misión pastoral, que le dió el Hijo de Dios vivo. Resueltamente la Iglesia montiniana no es ya la Iglesia fundada por Cristo.
Según el Sínodo Episcopal, la ayuda permanente que las naciones poderosas deben dar a las naciones débiles, ha de ser institucionalizada, por leyes de esa superestructura mundial, a la que estarán sujetas todas las naciones del mundo. Esa ayuda no será, por lo visto, libre, sino obligatoria, sujeta a la inspección fiscal del supergobierno, que tendrá poder y elementos, para hacer cumplir a todo los Estados sus obligaciones. Esta es la planificación del plan judío; esta es una prueba más de que Juan B. Montini está comprometido y actúa de acuerdo con la Sinagoga.

¿QUE ACORDÓ EL SÍNODO SOBRE EL SACERDOCIO?
Como indiqué antes, aunque aparentemente, por ahora, no se aprobó la tesis del celibato opcional, que era la exigencia de la Iglesia de los contestatarios; sin embargo, la puerta quedó abierta, por dos razones: 1°) El hecho mismo de que se haya aceptado, como tema de discusión en el Sínodo, el problema del celibato, sobre el que el Concilio y Paulo VI habían dicho su última palabra, demuestra que existe la posibilidad, en un futuro más o menos próximo, para volver a discutir, según los nuevos "signo de los tiempos", la oportunidad, la conveniencia de abolir la ley del celibato. Es un asunto, por lo visto, no de principios, sino de oportunismo. 2°) La última palabra del Sínodo fue que, aun antes de que la ley se derogue, el Papa puede, por necesidades pastorales, ordenen "hombres casados siempre y cuando sean de edad madura y lleven una vida honesta".
El segundo punto que se discutió en el Sínodo y sobre el cual los padres sinodales dejaron consignada su última palabra, fue sobre la actividad social, política, incluso militar de los nuevos ministros del Evangelio. Citemos las palabras del documento final, dado a conocer por la prensa de México:
"Asumir una función directiva y "militar" activamente en un partido político, es algo que debe excluir cualquier presbítero, a no ser que, en circunstancias concretas y excepcionales, lo exija realmente el bien de la comunidad, obteniendo el consentimiento del obispo, consultando al Consejo Presbiterial y —si el caso lo requiere —también a la Conferencia Episcopal.
"Por tanto, la participación, en actividades seculares de los hombres no puede fijarse de ningún modo como fin principal, ni puede bastar para establecer toda la responsabilidad específica de los presbíteros; sin embargo, están obligados a adoptar una línea clara de acción, cuando se trata de defender los derechos humanos, de promover íntegramente a la persona y de trabajar por la causa de la paz".
Una vez más estamos en la dialéctica, en el sí, pero no característico de la nueva Iglesia montiniana. De suyo, la acción directiva y "militar", activa en un partido político es ajena a la institución divina de nuestro sacerdocio; pero —siempre el pero— "en circunstancias concretas y excepcionales", cuando "lo exija realmente el bien de la comunidad", con el "consentimiento del obispo", "con consulta previa del Consejo Presbiterio!" y, si es necesario, de la Conferencia Episcopal, entonces el presbítero puede convertirse en un "activista", en un organizador, en un caudillo, en un nuevo Hidalgo, que defienda la causa de los pobres con el fusil en la mano.
En todo caso —y en esto no hay disculpas ni excepciones— todos los sacerdotes, todos los clérigos están siempre obligados a luchar por "los derechos del hombre" —¡poco importan los derechos de Dios!— por la promoción integral de la persona humana y por la causa de la paz. Y esto se concluyó en un sínodo de obispos católicos, presidido por el Papa Montini.
Hay un punto particular que, como ya antes hice mención, es característico de la Iglesia del postconcilio. Me refiero a la "Pobreza", la santa pobreza, nuestra madre la santa pobreza, como diría San Ignacio, en las Constituciones. La actual Iglesia es la Iglesia de los pobres. "Nuestra fe, dice el Sínodo, en perfecta armonía con el Concilio, nos exige cierta moderación en el uso de las cosas (de los bienes de este mundo), y la Iglesia está obligada a vivir y administrar sus propios bienes, de tal manera que el Evangelio sea anunciado a los pobres. Si, por el contrario, la Iglesia aparece como uno de los ricos y poderosos de este mundo, su credibilidad queda menguada".
No voy a detenerme en estudiar todos los aspectos que tiene, según el Concilio Vaticano II, según el antiguo Derecho Canónico, según la tradicional jurisprudencia de Id li|li id, el problema de la "pobreza", que ahora parece significar no ya un "consejo evangélico", ni un estado de perfección cristiana, no una ascesis de la Iglesia, sino casi diriamos una condición, sine qua non, para entrar en el Reino de los Cielos. Queda un aspecto particular, del que ya hable en "la Nueva lglesia Montiniana" y también en el libro que escribí para refutar a José Porfirio Miranda y de la Parra, S.J., en su libro sensacional "MARX Y LA BIBLIA", sobre el cual sí voy a hacer un comentario. Se insiste a los obispos y sacerdotes que deben aparentar pobreza —esto es lo importante: no tanto el ser cuanto el aparecer pobres. Pero, no veo muy coherente con esta demanda o con esta exigencia de la nueva Iglesia el que los obispos o los eclesiásticos despojen a los templos de lo que no pertenece a ellos, de lo que son ellos meros administradores o depositarios. Era ridículo, era intolerable la pretensión del Episcopado y de los eclesiásticos de Bolivia, que pretendían vender todos los tesoros de los templos, para aliviar la pobreza del pueblo. De haberlo hecho, además de no remediar de una manera estable, la pobreza de los menesterosos, no hubieran resuelto la crisis mundial, que la mafia ha provocado, con fines tenebrosos. Y, por otra parte, el despojo inaudito de esos bienes separados sería un abuso, que las generaciones presentes y venideras condenarían, sin duda alguna.
¿Es compatible con la "pobreza" la ostentación de la Iglesia postconciliar, el derroche espectacular que Paulo VI ha hecho de diez millones de dólares (no flotantes, no devaluados), para edificar su nuevo edificio de audiencias públicas, cuando existen la plaza de San Pedro, la Basílica Vaticana y los extensos salones, que, con tal fin ocuparon los predecesores del Papa Montini?
Antes de terminar mis comentarios sobre el Sínodo. Creo oportuno, para proyectar nueva luz sobre la situación de la Iglesia, reproducir aquí tres cartas de tres distintos sacerdotes franceses, que, como yo, están sintiendo en carne viva, la tragedia espantosa de las reformas postconciliares. La primera es del Abbé J. de Bailliencourt, publicada en "Temoins de la Foi" y reproducida en el boletín parroquial de la Iglesia de St. Cyr-du-Roceray, Francia, el 3 de octubre de 1971. La segunda del Abbé Noel Barbara, uno de los sacerdotes mos valerosos, más sinceros y más activos de la defensa de la Iglesia Católica, en estos tiempos de opostasía, de herejía y de confusión y cobardía; y, finalmente, la última es "UNA CARTA ABIERTA" a Paulo VI, publicada en Roma, el 30 de junio de 1970, por el Abbé J.P. Rayssiguier. Son tres documentos, que deben conocerse, que no deben perderse, que serán un testimonio para el futuro de que las Puertas del Infierno no han prevalecido en contra de la Iglesia fundada por Cristo y que, incorrupta, en su fe, en su doctrina, en sus ritos sagrados ha llegado a nosotros desde los tiempos apostólicos, como una prueba viviente del Poder infinito del Señor.

EL ABBE J. DE BAILLIENCOURT
RECHAZA VALIENTEMENTE LA NUEVA RELIGIÓN.

La primera carta, que vamos a reproducir es la despedida, el "supremum vale" de un párroco joven a los feligreses de su Parroquia. Es un grito doloroso de un santo y digno sacerdote, que intimado por la presión de su Prelado, no duda en sacrificar todo por Cristo, por su Iglesia y por las almas. Esta carta debería ser leída por tantos "buenos sacerdotes", que, por cobardía se han sumado incondicionalmente a la subversión, aceptando, a disgusto, las reformas, que han ¡do transformando nuestra fe, en una nueva mentalidad, que es un cambio completo de nuestro credo católico, apostólico y romano. Ahora las aguas del Rhin han invadido y dominado al Tiber. "Hermanos muy queridos:
"Un ultimátum me fue impuesto, el viernes pasado 17, de septiembre de 1971, por Monseñor el Obispo: 'Ud debe aceptar o rechazar la Nueva Religión'. Al fin me vi obligado a tomar una decisión.
"Por lo tanto,
"Para poder permanecer fiel a la fe de mi bautismo, "Para permanecer fiel a los votos y compromisos de mi sacerdocio,
"Para permanecer fiel a la Eterna Iglesia de Dios,
"Para permanecer fiel al compromiso sagrado, establecido entre mí y cada uno de vosotros, desde el día en que llegué a tomar posesión de mi Parroquia.
"Para poder rehusar hacer ninguna concesión (porquo no hay concesiones posibles en el plan de la fe),
"Viéndome forzado, acorralado,
"Estoy obligado y constreñido, contra toda mi voluntad, a retirarme y renunciar a mis deberes sacerdotales en esta Iglesia.
"Tal vez, no podáis vosotros comprender ahora, de una manera perfecta y completa las razones gravísimas que tuve para tomar esta decisión; pero algún día, estoy seguro, comprenderéis de pronto todo. . . pero, entonces será ya muy tarde. Un día Jesús lloró sobre Jerusalén y dijo estas palabras memorables: '¡Ah si en este día conocieras también tú lo que sería para tu paz! Pero ahora está escondido a tus ojos. Porque vendrán días sobre tí, y tus enemigos te circunvalarán con vallado, y te cercarán en derredor y te estrecharán de todas partes, derribarán por tierra a ti, y a tus hijos dentro de tí, y no dejarán de tí piedra sobre piedra, porque no conociste el tiempo en que has sido visitada". (Luc. XIX, 42-44).
Durante los cuatro últimos años, las cosas marchaban bien entre vosotros y yo, en esta Iglesia. Hemos conocido la verdadera felicidad, que sólo Dios puede darnos. Sin embargo, ha llegado la hora terrible; yo sabía hace ya unos tres años, que tenía que llegar. Yo lo preveía y lo esperaba con sobresalto. Recordad, cuando yo, citando a San Lucas os decía: "pero, antes de que estas cosas sucedan, echarán sobre vosotros sus manos y os perseguirán, y os echarán de los templos, y os encarcelarán, y seréis conducidos ante los reyes y los presidentes, por mi causa. Y todo esto os sucederá para que deis testimonio de Mí". (Luc. XXI, 12ss.)
"Y para dar testimonio a Dios, para ser "testigo de la fe", yo tengo el deber de sacrificar todo, al separarme de mis deberes sagrados de pastor de vuestras almas. Esta es la causa por la cual yo tengo que permanecer fiel y me veo obligado a abandonar esta querida parroquia de St. Cyr-du-Ronceroy.
"No os hagáis ilusiones, hermanos queridísimos; mañana tendréis también vosotros que dar este testimonio; tendréis que escoger entre la religión de siempre, la de veinte siglos, la de vuestro bautismo. . .; tendréis que escoger la fe eternamente verdadera y la asi llamada Iglesia y religión de 1971. Esta será la elección que tendréis que hacer mañana o al día siguiente; y vuestra elección significará el futuro eterno de vuestras almas, porque esa elección está indefectiblemente unida a Dios o a la apostasía.
"Por todos lados me han sugerido y me han urgido a que me comprometiese; ¡ah, esa gente no sabe lo que me pedía! No hay compromiso posible cuando se trata de la fe.
Una pequeña concesión nos lleva a otra, y este es el camino por donde el alma es seducida a perder la gracia.
"No es un conflicto de deberes, en el que se puede hacer una elección, sino se trata de tomar una decisión, extremadamente grave, que nace de una obligación sagrada que nos impone el "NO" de nuestra lealtad a Dios sobre todas las cosas.
"Esta resistencia cristiana es reverencial, pero firme; está; mandada por la fidelidad completa a la Eterna Iglesia Católica y Romana y por el rechazo y la negación a todo lo que es equívoco, que tiene o puede tener un doble sentido y que pueda llevarnos a la herejía. . . así como hay tantas cosas en la nueva religión de hoy.
"El obispo, entre otras cosas me ha pedido el que yo renuncie a la Misa Católica, la Misa de San Pío V, la Santa Misa de tradición inmemorial, confiada por el Concilio de Trento, en cuya fe la sucesión apostólica me formó y me ordenó. La así llamada 'nueva misa', que pretende destruir la Misa Católica, se aparta y desvía de una manera clara e impresionante de la doctrina del Concilio de Trento, como lo advirtieron los Cardenales Ottaviani y Bacci. ¿Por qué los protestantes están ahora tan dispuestos a aceptar esta nueva misa?
"Una simple honradez, mi honor sacerdotal me imponen el deber y la obligación de permanecer fiel, especialmente en materias de sagrada gravedad. Por consiguiente: yo no puedo tener la desvergüenza de 'traficar' o de entrar en componendas en esta materia de esta Misa Católica, la que yo he celebrado desde el día de mi ordenación, al recibir este poder divino. No puedo ya callar, cuando la conciencia me exige hablar. Estoy obligado a preservar intacto, hasta el momento de mi muerte, este Depósito infinitamente precioso, que es la Misa Católica, verdadera, sin ambigüedades o equívocos. Esta es la prueba suprema de mi fidelidad y de mi amor, que debo yo dar a Dios y a los hombres, a vosotros especialmente; y es en esto especialmente en lo que yo sere juzgado en el Ultimo Día, como lo serán los otros sacerdotes, a quienes se les confió el mismo depósito Sagrado.)
"No; no me comprometeré ni evadiré las consecuencías. Para salvar mi fe, para defenderla, rechazo cualquier hipoteca o compromiso, cualquier equívoco, cualquier concesión, porque entre la autoridad de Dios y la de los hombres resueltamente quiero hacer la voluntad santísima de Dios, en materias de esta "nueva religión". Porque esta 'nueva religión', esta "nueva misa" no se conforma ya objetivamente a la fe de veinte siglos, a la fe todos los Papas y de todos los Concilios que han sido infalibles. Yo antepongo a Dios, antes que a los hombres. Por esto debo adherirme a la pureza de la fe, sobre todas y ante todas las cosas, a los ojos de Dios.
"Esos cuatro años, que he pasado entre vosotros han sido para mí como un pequeño paraíso. Vosotros me habéis dado muchas alegrías, de muchas maneras y en muchas ocasiones. Hice lo que mejor que pude; procuré estar siempre a vuestro servicio, porque quise participar en todas vuestras tristezas y en todas vuestras alegrías. Quise estar cerca de vosotros para ayudaros y para sosteneros.
"Es, por esto, que, con un corazón despedazado, me veo hoy obligado, contra mi voluntad, a tomar esta decisión, que he tomado sólo por el deber supremo hacia Dios de mi conciencia. Así que ya sabéis: no os abandono con un corazón despreocupado. Ya sabéis que el buen pastor debe dar la vida por sus ovejas.
"Sí, me alejo de vosotros, pero no os abandonaré. Yo os guardaré a todos en mi leal afecto. Yo vendré a visitaros cuantas veces pueda. En muchos aspectos yo seguiré siendo vuestro padre y yo sentiré en mi conciencia las obligaciones de un padre hacia vosotros. Continuaré sosteniéndoos, de más de cerca o de más lejos, en medio del desorden, que pronto os va a conturbar, en medio de las persecuciones, que ahora empezarán a venir sobre vosotros, por vuestra fe leal. Y, mientras tanto, yo espero volver un día a vosotros, para ser de nuevo vuestro pastor, luego que haya pasado la tormenta.
"Por último, deseo pediros perdón a todos y cada uno de vosotros, por mis frecuentes deficiencias, por mis incomprensiones, por mis favoritismos. Yo pido perdón a los que sin intención, haya tal vez guiado mal o a quienes inconscientemente haya herido de algún modo. El sacerdote, como humano, no siempre puede controlar la humana flaqueza de su propio carácter. Que Dios os bendiga a todos para siempre.
Vuestro Pastor
Abbé J. de Bailliencourt.

He aquí una carta, que hace llorar. He aquí viviente la tragedia de tantos sacerdotes, que nos negamos a seguir el camino de la subversión, de la herejía y de la apostasía. Nos atacan furiosos nuestros enemigos, los que están comprometidos los que han ya claudicado, los que no oyen ya la voz de su conciencia y piensan, por lo mismo, que los demás estamos en su propio caso. Después de leer esta carta ¿se puede todavía pensar que es un capricho, una desobediencia, una intolerable soberbia la que nos impulsa a muchos sacerdotes a negarnos a obedecer, en punto tan grave, como es la Santa Misa, a las órdenes de los hombres, que han adulterado substancialmente el centro vital de nuestra vida religiosa?
Estamos marginados; lo sabemos. Nos amenazan con las censuras canónicas más graves, como si estuviera en sus manos el uso de esas penas, que presuponen, para poder ser legítimamente impuestas, un delito y una obstinación en el delito. Hemos llegado al tiempo de las catacumbas. Nos amenaza, tal vez, la misma muerte, pero, cuando el hombre pierde el miedo a la muerte, el hombre con la gracia de Dios se hace invencible.
El P. Bailliencourt es un ¡oven sacerdote; tiene, tan sólo, unos 35 años. Algunos progresistas piensan que solamente los viejos estamos en las trincheras de la resistencia. Por eso, nos aborrecen a los viejos; les estorbamos. Quisieran que pronto nos muriéramos, no para ocupar nuestros puestos, que hace tiempo, con la ley de la edad, con la nueva política, con la promoción absurda de la juventud para ocupar los puestos de mando, que nosotros hemos abandonado para soportar el "ghetto" de la injusticia, de la ingratitud, de los desprecios de esos nuevos apóstoles de la justicia social en el mundo y en la Iglesia, sino para infiltrar sin resistencias el veneno del "progresismo' en las almas redimidas por la Sangre de Cristo. Pero, como ven, también en nuestras filas hay muchos jóvenes, valientes, convencidos y conscientes de la misión tan grande, que les espera, cuando lleguen los tiempos de la reconstrucción. Como también, por desgracia, hay viejos, que por no perder su posición, por evitarse problemas, por seguir la corriente, no sólo no oponen resistencias, sino que voluntariamente se entregan a superar, si es posible, las exigencias de la subversión. Evidentemente que la responsabilidad de estos viejos traidores es, ante Dios, ante la conciencia, ante la historia, mucho más grave, que la de esos jóvenes engañados, intoxicados por los nuevos principios de la teología del "aggiornamento", del "ecumenismo" y del "diálogo".

CARTA ABIERTA DEL ABBE NOEL BARBARA a todos los buenos sacerdotes, que han aceptado el Novus Ordo Missae.
Esta carta no la dirijo a los sacerdotes progresistas, los que han aceptado ya las herejías reinantes, los que a ciencia y conciencia trabajan por la destrucción de la Iglesia, a los "contestatarios"; la dirijo, más bien, a los sacerdotes buenos y dignos, que con repugnancia han aceptado el "Novus Ordo Missae" y me permito dirigirla nominalmente,
A V.R. Dom Prou, Reverendísimo Abad de Solesmes la más importante abadía benedictina de Francia, que es el sucesor de Dom Delatte y Dom Guéranger, defensores de la fe y restauradores de la santa Liturgia.
Al Canónigo Etienne Catta, Profesor de la Facultad católica de Angers, Fundador del "Opus Sacerdotale", que congregó a tantos millares de buenos sacerdotes de Francia.
Al Abbé André Richard de "L'Homme Nouveau" y de "L'Armée Bleue", que los buenos católicos creen poder seguir con toda confianza.
A Dom Gérd Lafond, Fundador y animador de la "Orden de Caballeros de Ntra. Señora", cuyo fin principal es la defensa de la fe y no de la gente que está en posición de comando.
Al por tantos títulos benemérito Abbé George de Nantes, Director de la "Contra Reforma", cuya influencia usa para hacer a los buenos católicos, que creen en él, aceptar la misa reformada.
A tantos y tantos sacerdotes, de vida ejemplar, de celo apostólico, de buena fe y de buena voluntad, que viven engañados.
Vosotros sois, queridos hermanos en el sacerdocio, los que habéis logrado vencer en la conciencia católica de los fieles, con vuestro ejemplo, con vuestra aparente conformidad, con vuestra influencia determinante, quizá también con vuestra predicación y con vuestras críticas a los sacerdotes que han resistido a esta subversión en la Iglesia de Dios; vosotros sois los mejores auxiliares de la subversión, instalada en la Iglesia de Dios; vosotros sois los mejores auxiliares, los que habéis ayudado con más eficacia a esta "autodemolición" de la fe, de la moral, de la liturgia y de la misma disciplina católica.
Me explicaré: Por subversión instalada en la Iglesia, yo entiendo la herejía que se ha hecho eficaz, victoriosa, que se ha impuesto en los fieles católicos. Siempre ha habido en la Iglesia, ciertamente, herejías. San Pablo mismo nos habla de estas divisiones y de los efectos funestos que ellas tienen. Pero siempre también las herejías habían sido vencidas, al menos dentro de la Iglesia, que las rechazaba inexorablemente como lo hace todo cuerpo sano con los cuerpos extraños, que no puede asimilar.
El neo-modernismo ha tomado del marxismo su ideologia y, sobre todo, su "práctica"; de esta manera la herejía se ha convertido en una "herejía eficaz", contagiosa. Instalada en el seno mismo de la Iglesia. Sin negar aparentemente ningún dogma, los niega todos, los corroe todos, imponiendo en todas partes sus novedades.
"Hazlo. . . y se hará". Se nos sugiere primero, se nos impone después; y todos aceptamos. Si no queremos ser como esos ídolos, de los cuales el profeta se burlaba: "oculos habent ef non videbunt", tienen ojos, pero nunca verán, tenemos que ver, tenemos que darnos cuenta de que, en todas partes se instala, en la práctica, una nueva religión.
"Destruid la Misa", dijo un especialista en la subversión, MARTIN LUTERO, y "destruiréis todo el catolicismo". Por eso, la causa principal, que agrava y acelera la auto-destrucción de la Iglesia está en la destrucción "de facto'" (de hecho) de la Misa católica, por la "práctica", es decir, por la sustitución atentatoria del Novus Ordo Missae (de la nueva Misa) al "Santo Canon" "tan depurado de todo error que no hay en él nada que no respire una santidad y una piedad extrema y que no eleve hacia Dios los espíritus de los que lo ofrecen". (Concilio de Trento).
Pues bien, —es necesario que nuestros fieles católicos se den cuenta que para esta obra nefasta, para esta empresa diabólica de destrucción de la Santa Misa, la subversión reinante no ha podido tener mejores colaboradores que a los sacerdotes buenos, entre los cuales, tal vez, ocupéis un lugar prominente, que hace recaer una mayor responsabilidad en vosotros.
Esta acusación es grave; pero, por desgracia, es verdadera. Para probarla, permitidme citar un texto del Papa Pío XII, que vosotros, sin duda, conocéis. Está tomado de una alocución a la Juventud Femenina de la Acción Católica de Roma, miembros de la Cruzada por la pureza". (22 de mayo 1941):
"... Un buen número de mujeres creyentes, e incluso piadosas,..., al aceptar seguir alguna moda atrevida, derrumban, con su ejemplo, las últimas vacilaciones, que habían retenido a muchas de sus hermanas lejos de esas modas, que podrán convertirse para ellas en una causa de ruina espiritual. Mientras que ciertos vestidos provocadores sean el triste privilegio de mujeres de reputación dudosa y como la señal para que ellas sean reconocidas, las demás no se atreverán a aceptarlos. Pero el día en que estas modas se sigan por personas sobre las que no hay sospecha, nadie vacilará ya en seguir la corriente, una corriente que las arrastrará, tal vez, a las caídas más insospechadas y dolorosos".
DEL MISMO MODO:
—aceptando vosotros con tanta docilidad la celebración de los Santos Misterios, según el "Novus Ordo Missae", que, en el mejor de los casos, es EQUIVOCO y, por lo mismo, gravemente injurioso para Dios.
—resignándoos pasivamente, (algunos con disgusto, pero, no por eso menos eficazmente) a abandonar este Santo Canon, "tan depurado de todo error, como lo ha afirmado el Santo Concilio de Trento, que no hay nada en él que no respire una santidad y piedad extrema y que no eleve hacia Dios los espíritus de los que lo ofrecen".
—queriendo tan sólo salvar la validez, sin poner atención al ultraje que indudablemente se hace a Dios por este nuevo ORDO MISSAE.
Vosotros, a quienes los fieles, con razón, miraban como a buenos sacerdotes, habéis hecho caer, con vuestro ejemplo las últimas resistencias, que pudieran haber opuesto vuestros hermanos en el sacerdocio, a los que el instinto de la fe de los fieles miraba, tal vez, como sospechosos, o, por lo menos, poco edificantes; y vuestro ejemplo, sacerdotes buenos, ha hecho aceptar a los sacerdotes menos buenos y a los mismos fieles esas novedades que huelen a herejía y que pueden convertirse para ellos y para todos los fieles en una verdadera ruina espiritual.
Si este rito sólo hubiera sido adoptado por "los contéstarios", por los sacerdotes del "diálogo" o por los "progresistas" de toda índole, no se hubiera impuesto en la Iglesia, y, como las herejías de antaño, este Ordo Missae equívoco, no hubiera durado mucho tiempo.
Pero desde que el Novus Ordo Missae fue adoptado por los sacerdotes, a los que los fieles todos creían intachables; desde que los buenos sacerdotes, de los que sois parte, habéis aceptado celebrar la nueva misa, negándoos a ver su equívoco, y la injuria que se hace a Dios (aun suponiendo que fuera válido), desde que os negasteis a estudiar a fondo este gravísimo problema, con el pretexto de una obediencia a los superiores, que no es excusa, la "masa" de nuestros hermanos en el sacerdocio y de los fieles católicos ya no opusieron la resistencia que se debía y la multitud siguió a los sacerdotes, a quienes seguía con fe.
De esta manera, en la empresa satánica de la auto-demolición de la Iglesia, que la "mafia" progresista hace con velocidad vertiginosa, vosotros, los buenos sacerdotes, con vuestra influencia, con vuestro ejemplo y, tal vez, con vuestros sofismas, de los que no estáis ni podéis estar convencidos, habéis sido y seguís siendo los mejores auxiliares de la subversión instalada en la Iglesia de Cristo.
Amados hermanos en el sacerdocio, conocéis muy bien el antiguo probervio: "errare humanum est, perseverare tantum diabolicum", es propio de los hombres errar; pero perseverar en el error, eso es diabólico. Debéis, pues, reflexionar y volver atrás.
Lo debéis a vuestros predecesores, que os han transmitido el "Ordo Tradicional", "compuesto con las palabra mismas que el Señor usó en la Ultima Cena, con las tradiciones apostólicas y con las piadosas instrucciones de ios Santos Pontífices". (Concilio de Trento).
Lo debéis a nuestros fieles, a los buenos católicos, "los pequeñuelos, del Evangelio, que os pidieron pan y les disteis un "escorpión".
Lo debéis, sobre todo, a Jesucristo N.S., el que nos ha "preferido" y "escogido", para hacernos sus amigos, sus íntimos amigos. "In finem dilexit eos; hasta el fin nos amó, hasta abandonar totalmente a nuestra libertad la transubstanciación del pan y del vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.
En tiempos anteriores —bien lo sabéis— nuestros padres en la fe han dado su vida para defender, no sólo la persona misma de Nuestro Señor, sino, como añadidura piadosa, las representaciones, las imágenes sagradas, que de El se hacían o las imágenes de Su Santísima Madre y sus santos.
En la actual persecución, no son las imágenes o alguna representación del Señor las que defendemos, sino al mismo Señor Nuestro Jesucristo, que en la Misa, Sacerdote y Víctima, se inmola por nuestros pecados en el altar de una manera incruenta, pero real y verdaderamente, como nos enseña el Concilio de Trento. Defendamos la Misa y defenderemos todo el catolicismo, porque, si los enemigos llegasen a triunfar en esta lucha, si llegasen a eliminar la Misa de siempre, el catolicismo habría sido vencido.
Ante lo que se arriesga en la lucha, que nos han impuesto, ¿qué pueden valer nuestras razones más legítimas? Nuestra situación, nuestra tranquilidad, nuestro prestigio, nuestra subsistencia, nuestra vida misma, e incluso, sí, incluso el mismo bien que por las almas podamos hacer: nada de esto vale ni significa en comparación de la Iglesia, de Cristo Nuestro Redentor.
Y, sobre todo, debemos pensar que, ante el Tribunal de Dios,ninguna excusa podremos presentar, que justifique esa aparente obediencia en la cual algunos quieren justificarse. Sabemos muy bien que nunca un abuso de autoridad ha tenido el poder de ligar las conciencias ante Dios y que siempre será verdadera la respuesta de San Pedro ante las autoridades religiosas de su tiempo: "ES NECESARIO OBEDECER A DIOS ANTES QUE A LOS HOMBRES"...
...Venerables y queridos hermanos en el sacerdocio de Cristo, no queráis ver en esta carta ninguna malévola intención; ved tan sólo el deseo de haceros comprender y tomar conciencia como ahora dicen, en presencia de Dios y de la Iglesia, de vuestra responsabilidad personal, a fin de que, reaccionando sacerdotalmente, emprendáis la defensa de la Santa Misa que nos están robando.
Viernes Primero de Noviembre 1971.
Noel Barbara, Prêtre catholique.

Notas:

El Novus Ordo Missae no es obligatorio, a pesar de que se había dicho que lo sería el 1° de noviembre. Los documentos romanos de su promulgación están viciados en la forma, y su validez está ciertamente comprometida. Esto debe consolarnos, porque nos demuestra la voluntad de la Iglesia, santa e inmaculada, de impedir la promulgación auténtica de una decisión aparente tan grave y tan precipitada.

Pbro. Joaquín Sáenz y Arriaga
¿CISMA O FE?

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