viernes, 12 de noviembre de 2010

LA COLECTIVIZACIÓN AGRÍCOLA

Ya nuestro predecesor Pío XI, de santa memoria, hablando en la Encíclica "Cuadragésimo Anno" de las consecuencias favorables y desfavorables del régimen económico del capitalismo, había puesto su atención sobre los habitantes del campo. El problema no ha perdido nada de su gravedad. Al mismo paso con el influjo sobre el desarrollo general de toda la economía (tal estado de cosas dura aún), este sistema económico debía influir necesariamente sobre las condiciones espirituales, sociales, materiales de las poblaciones rurales. Con mayor razón se puede decir hoy, cuando el destino de la humanidad está en juego: ¿se llegará o no a orientar este influjo de manera que se conserve la vida espiritual, social, económica del mundo rural; a asegurarle sobre la sociedad humana una acción, si no preponderante, cuando menos igual?
¿Podrían tal vez realizarse en este campo, causas y conflictos incurables? Cuando son salvaguardadas las condiciones naturales de la vida humana y de su perfeccionamiento, las divisiones del trabajo y de las habitaciones no pueden acarrear conflictos semejantes. Todo espíritu ecuánime debe reconocer que el sistema económico del capitalismo industrial, ha contribuido a hacer posible y a estimular el progreso de la utilidad agrícola; ha permitido en varias regiones del mundo, elevar a un nivel superior la vida física y espiritual de las poblaciones rurales. No se trata, por consiguiente, de discutir el sistema, aunque el peligro podría derivarse, cuando su influencia tratase de alterar el carácter específico de la vida rural haciéndola parecida a la vida de los centros urbanos e Industriales, haciendo del "campo" como una simple expansión o apéndice de la "ciudad".
Una práctica parecida, y la teoría que la sostiene, es falsa y nociva. Como todos saben, esta teoría ha sido profesada por el marxismo, el cual ha caído en la superstición de la técnicas en el exceso de la industrialización. La "colectivización" del trabajo agrícola como una porción de una oficina; la degradación del campo reducida a simple reserva de mano de obra para la producción industrial: he aquí a donde conduce el marxismo. ¿Y a qué otro lado pueden conducir los principios fundamentales del liberalismo económico, cuando la búsqueda del lucro por parte del capitalismo financiero, grava con todo su peso la vida económica, cuando el desarrollo de la economía nacional es considerado en vista del mercado solamente, como un simple mecanismo de precios? Para las poblaciones rurales sujetas al capitalismo industrial las consecuencias son idénticas: o simple reserva de mano de obra o letargia de una existencia miserable expuesta a las más peligrosas tensiones.
Aun sin ser la única causa del "éxodo" rural que actualmente se deplora dondequiera, la preponderancia dada a los intereses del capitalismo industrial en la producción y distribución de las utilidades, tiene gran parte de culpa. Hablar solamente de "abandono" sería querer disminuir el doloroso fenómeno.
Se debe decir, con plena lealtad "éxodo", para hacer comprender a cualquiera que una evolución unilateral de la economía termina por desmembrar la estructura humana y social de todo el pueblo. Por último, faltando una población rural capaz y trabajadora, la tierra, dejada sin cultivar por incuria, o exhausta por insuficiente aprovechamiento, pierde gradualmente su productividad natural y la misma economía social queda a su vez en una crisis de las más graves. Actualmente se nos ofrecen muchas ocasiones para decidir si se continuará persiguiendo una posibilidad de utilidad unilateral o a orientarla hacia el conjunto de la economía social, que es su fin objetivo. He aquí unos ejemplos: la ayuda prevista para las regiones "atrasadas"; la reforma agraria iniciada felizmente aquí y allá; la emigración e inmigración favorecida por acuerdos internacionales; una mejor reagrupación regional de las economías racionales complementarias; una distribución de las fuerzas productivas en el territorio nacional. Todas estas providencias tienen que tener por fin la conservación dondequiera, del carácter del pueblo del campo, su prestigio, su valor particular en la economía y en la sociedad.
Esto hay que recordar cuando se deploran la falta de voluntad y las discordias entre las relaciones humanas, que derivan de la estructura del trabajo en el mundo de la industria capitalista. Se lamenta que el trabajo haya por así decir "perdido su propia alma", que es el significado personal y social de la vida humana; que el trabajo sofocado por todos lados por un complejo de organizaciones, vea a esta vida humana transformada en un gigantesco autómata del cual los hombres son inconscientes engranajes; que la técnica "estandarizando" todo gesto, contribuya a borrar la individualidad y la personalidad del trabajador.
Es difícil encontrar un remedio universalmente aplicable; pero es también cierto que el trabajo de los agricultores opone a estos desórdenes una poderosa defensa. Pensemos ante todo en la hacienda familiar. La clase rural es tal, que con el conjunto de su carácter social y también con su cooperación económica, constituye así el núcleo de una sana estirpe agrícola. A esto no se le niega utilidad, sino la necesidad de haciendas agrícolas más vastas.
Sin embargo, en contacto permanente con la naturaleza que Dios creó y que gobierna, el trabajador de los campos sabe por experiencia cotidiana que la vida del hombre está en las manos de su autor. Ninguna otra asociación está más adaptada a la vida familiar como unidad espiritual, económica, jurídica y también en lo que concierne a la producción y el consumo. Aunque este trabajo sea muy duro, en él, el hombre sin embargo, se conserva amo de su mundo, trabajando en medio de la comunidad de la familia, de los vecinos y aun en vía subsidiaria de cooperativas económicas varias, porque éstas permanecen verdaderamente y no sólo en la forma, basadas sobre la responsabilidad de todos los participantes. En cuanto a la técnica moderna, que en toda su capacidad se debe actualmente poner al servicio de la hacienda, se adaptará naturalmente a los datos concretos de cada caso particular, dejando intacto el carácter individual del trabajo agrícola.
Lejos de Nosotros, cualquier romanticismo ideal. Con gran paciencia y tacto es necesario conducir el mundo del campo, dentro del camino de la salvación, combatir sus defectos y vencer la fascinación de un mundo que no es el suyo.
También la legislación social moderna, debe ofrecer sus propias ventajas a las poblaciones rurales, pero de un modo conforme a lo específico de su carácter. Antes de todo se da a ellos la responsabilidad de una educación correcta, sabiamente adecuada a sus necesidades y que estimule el perfeccionamiento profesional. Es evidente que no podemos dejar de insistir vigorosamente para que se imparta a las poblaciones rurales una seria formación católica.(1)
El temor de Dios, la Fe en Dios, una Fe viva que encuentra su expresión cotidiana en la oración común de la familia, rigen y guían la vida de los trabajadores de los campos; la Iglesia permanece en el corazón de la localidad lugar sagrado que según las santas tradiciones de los padres, de domingo a domingo reune a los habitantes, para elevar sus ánimos sobre las cosas materiales a las alabanzas y servicio de Dios, para pedir la fuerza de pensar y de vivir cristianamente en todos los días de la semana venidera. (2)

Cualesquiera que puedan ser la rectitud de las intenciones y la dignidad de la conducta alabadas de muchos productores agrícolas, no es menos cierto que es necesaria hoy una gran firmeza de principios y energía de voluntad, para resistir la diabólica tentación de la ganancia fácil, que especula deslealmente sobre la necesidad del prójimo, más bien que ganar la vida con el sudor de la frente.
Aun este defecto proviene de los padres que demasiado pronto aplicaron a los hijos al trabajo y descuidaron su educación y formación espiritual; o bien la falta de la necesaria instrucción escolar, y sobre todo profesional.
Ningún prejuicio más erróneo, que creer que el cultivador de los campos no tiene necesidad de una serie y adecuada cultura, para cumplir durante el año su obra infinitamente variada, de cada una de las estaciones. El pecado, ciertamente ha hecho penoso el trabajo de la tierra, pero no lo ha introducido él mismo, en el mundo. Antes del pecado, Dios había dado al hombre la tierra para que la cultivase como la ocupación más bella y más honorable en el orden natural. Continuando la obra del pecado de nuestros primeros padres, los pecados actuales de toda la humanidad, han hecho siempre aumentar más la maldición sobre la tierra. Atacados sucesivamente en todos los desastres, diluvios, cataclismos telúricos miasmas, guerras devastadoras, el suelo desierto en algunas partes estériles, malsano y luego mecanismos mortales que espían insidiosamente a sus víctimas, se ha rehusado a entregar espontáneamente al hombre sus tesoros. La tierra es la gran herida, la gran enferma. Inclinando sobre ella no como esclavo bajo la daga, sino como el clínico sobre el lecho del paciente, el cultivador prodiga sus cuidados con amor. Pero el amor, aunque tan necesario, no basta. Para conocer la naturaleza y por así decir el temperamento de su pedazo de tierra, tal vez tan diferente del de aquel inmediatamente vecino; para descubrir los gérmenes que lo atacan, los roedores que tratan de excavarlo, las plagas que tratan de devorar su fruto, los insectos que tratan de infectar sus mieses, para encontrar los elementos que le faltan, para escoger los cultivos sucesivos que lo enriquecerán en su mismo reposo, por éstas y otras tantas cosas son necesarios vastos y variados conocimientos. (3)


1 Discurso a los cultivadores dirigidos, 2 de julio de 1951 (traducido del francés).
2 Discurso a los Agricultores y Trabajadores Agrícolas. 15 de noviembre de 1946.
3 Discurso a los Agricultores y Trabajadores Agrícolas. 15 de noviembre de 1946.

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