miércoles, 19 de junio de 2013

Basilidianos, Begardos

Basilides o Basilidianos
     A principios del siglo II Basilides de Alejandría aferrado en la filosofía de Platón y de Pitágoras quiso unir sus principios con los dogmas del cristianismo, y formó la secta de los basilidíanos.
     Ocupaba entonces a los filósofos la gran cuestión de saber de dónde procede el mal en el mundo. Para resolverla pensó Platón que el Ser Supremo, infinitamente bueno por naturaleza, no habia criado inmediatamente el mundo por si mismo, sino que dió este encargo a inteligencias inferiores a quienes había dado el ser, y que el mal que se hallaba en él procedía de la torpeza e impotencia de estos espíritus secundarios. Semejante suposición no hacia mas que evadir la dificultad ¿cómo el ser infinitamente bueno, Señor de criar el mundo por sí mismo, encargó esto a artífices cuya torpeza o impotencia debia preveer ?
     No obstante, abrazaron esta hipótesis los primeros heresiarcas, Simón, Menandro, Saturnino, Basilides, y sus secuaces que se tomaron el nombre de gnósticos inteligentes o filósofos; tuvieron la temeridad de formar la genealogía y la historia de estos supuestos espíritus subalternos, y darles nombre, etc.
     Supusieron también que las almas habian existido y pecado antes de unirse a los cuerpos, que Dios para castigarlas las había sometido aquí abajo al imperio de los espíritus inferiores, y que cada uno de estos espíritus gobernaba una nación. Esta era también la idea de Celso, de Juliano, y de la mayor parte de los filósofos eclécticos; sobre esto fundaban la necesidad de tributar culto a dichos espíritus, por cuyo medio pretendían obrar prodigios.
     Según Basilides, el espíritu o el ángel que gobernaba la nación judía, era uno de los mas poderosos; por esto habia obrado tantos milagros en favor suyo, pero como él habia querido por ambicion sujetar a los demás espíritus a su imperio, estos habian inspirado a los pueblos que gobernaban odio contra los judíos. Así las guerras, las desgracias, los reveses de las naciones, eran efecto de la envidia y de las pasiones de los espíritus que gobernaban el mundo.
     Por último, que Dios compadecido habia enviado a su Hijo o inteligencia, bajo el nombre de Jesucristo, para libertar de esta tiranía a los hombres que creyesen en él. Según Basilides, Jesucristo para establecer su fe, realmente habia obrado los milagros que le atribuían los cristianos, pero no tenia mas que un cuerpo fantástico, y las apariencias de hombre; que durante su pasión tomó la figura de Simón Cirineo, y que este le dió la suya: así los judíos crucificaron a Simón en lugar de Cristo que se burló de ellos, y se subió al cielo sin ser conocido de ninguno.
     De esto deducía Basilides que los mártires que sufrían por su religión no morían por Jesucristo, sino por Simón, que era el que habia sido crucificado. Decia también que no era crimen entregarse a los deseos desarreglados de la carne, porque eran inspirados al alma del hombre por los espíritus a cuyo poder la habia Dios sujetado, y estos deseos eran involuntarios. (San Clemente d'Alex. Strom. I. 3, pag. 51, etc.).
     Este heresiarca, preocupado por el pitagorismo y por las supuestas propiedades que Pitágoras atribuia a los números, pensó que la unidad, símbolo del sol, el número 7, relativo a los 7 planetas, y el 365, que expresaba los dias del año o las revoluciones del sol, debían tener propiedades maravillosas, determinar al espíritu gobernador del mundo a obrar prodigios; acerca de esto fundó su confianza en la theurgia, en la magia, y en los talismanes. Sostuvo que el nombre de Abracsas o Abraxas cuyas letras en griego componen el número 365, impreso es una medalla con la figura del sol y algunos otros signos, era un talisman poderosísimo, y aun que este debia ser el nombre de Dios. Consiguientemente, los basilidianos llenaron el mundo de abraxas de todas clases, y el P. Monfaucon ha hecho gravar muchas.
     Algunos cristianos poco instruidos se dejaron seducir por estos desvarios, e hicieron también unos abraxas en honor de Jesucristo; los Padres de la Iglesia se levantaron contra esta superstición.
     Basilides enseñaba también la metempsycosís como Pitágoras, y negaba la resurrección de la carne. Compuso un Evangelio falso, o mejor dicho un largo comentario sobre los Evangelios, puesto que Eusebio nos dice que escribió 24 libros sobre los Evangelios, y que forjó profecías con el nombre de barrabas y de barcoph; y suponía dos almas diferentes en el hombre.
     Sobre esta exposición que hemos compendiado cuanto nos ha sido posible, tenemos que hacer reflexiones importantes. Las herejías antiguas han sido la obra de los filósofos, y el efecto de su terquedad en querer conciliar los dogmas del cristianismo con sus varios sistemas, cuando por el contrario la filosofía debia haber sido corregida ó ilustrada con las luces de la revelación. La fuente de la mayor parte de los errores antiguos ha sido la célebre cuestión del origen del mal, y aun hoy dia es el fundamento de diversos sistemas de incredulidad, y es imposible darle una solucion satisfactoria, si no se adoptan los principios de la teología cristiana. Los heresiareas mas antiguos no se atrevieron a disputar la verdad de la historia evangélica, de las acciones y milagros de Jesucristo; porque ellos han procurado acomodarlos con su sistema, sin embargo era bien reciente la fecha de estos hechos, para haber podido probar con certeza su verdad o falsedad. Algunos incrédulos modernos han acusado a San Clemente de Alejandría y a los demás antiguos Padres el atribuir falsamente a los gnósticos una moral y una conducta detestables; pero esta moral se derivaba evidentemente de sus principios, y es imposible que estos razonadores no se hayan apercibido de ello. Se renovó por las sectas fanáticas del siglo XIV, y en ellas se han visto renacer los mismos desórdenes.
     Beausobre, que ha tenido por punto capital el justificar a los herejes y contradecir a los Padres de la Iglesia, ha disertado largamente sobre los Basilidianos, (Hist. del Maniq. t. 2, l. 4). Dice que en general respecto a las herejías antiguas, no se debe fiar mucho en los Padres de la Iglesia, que la mayor parte no han hablado de ellas mas que por oidas, que no convienen en sus narraciones, y que han exagerado los errores de los sectarios. Para que esta réplica tenga un viso de justicia, era necesario empezar probando que todos los sectarios de Basilides enseñaron constantemente la misma doctrina que él, y que ninguno de ellos pasó mas allá. Pero ¿en qué secta de herejes ha sucedido esto? Es muy posible que los basilidianos, que fueron conocidos de San Ireneo en el Asia Menor y de Tertuliano en Africa, no siguiesen absolutamente las mismas opiniones que aquellos cuyas obras habia leído San Clemente de Alejandría en Egipto: puede haber variedad, y aun oposicion en las narraciones de estos Padres, sin que haya motivo para acusarlos de ignorancia, de preocupación, ó de infidelidad. Hé aquí lo que un historiador juicioso no hubiera dejado de notar. Mosheim es culpable de la misma injusticia. (Hist. Cristian, siglo II, § 46 y siguientes).
     También es muy mal método, para justificar un hereje, el pretender que no ha podido enseñar tal error porque ha defendido otra opinion que no conviene con él. Está bastante probado que tanto la doctrina de los antiguos herejes como la de los modernos es un tejido de contradicciones, y que ordinariamente todos raciocinan muy mal.
    Tampoco es muy cierto, según la común creencia de los basilidianos, que el ángel ó espíritu que había criado el mundo fuese un ser bueno que tuviese intención de agradar al Dios Supremo, y de obrar el bien; porque según la confesion del mismo Beausobre, otros herejes sostenían que el Criador, ó, mejor dicho, el formador del mundo era un ser malo.
     Desde el momento que se supone la eternidad de la materia no se trata ya de creación propiamente dicha. Tenemos la desgracia de no ver como Beausobre un grande esfuerzo de la imaginación en el sistema de Basilides para explicar los males del mundo sin ofender las perfecciones del Dios supremo; los ignorantes, que atribuyen al demonio todo lo malo que les sucede, no hacen un grande esfuerzo de imaginación. Por poco que se reflexione, se concibe que Dios, aunque infinitamente poderoso y bueno, no ha podido hacer nada que no fuese limitado,y por consiguiente imperfecto y sujeto a defectos; y que la suposición de los dos principios no resuelve absolutamente la dificultad.
     Mucho menos acusaremos a los Padres de haber inventado una fábula al decir, siguiendo la idea de los basilidianos, que Jesús antes de ser crucificado cambió su cuerpo por el de Simón Cirineo, y que este habia ocupado su lugar; muchos de ellos han sido por otra parle demasiado ridículos para imaginar este absurdo, aunque quizá Basilides no lo hubiese dicho jamás, y que haya pensado de muy diverso modo.
     No se halla mejor probado el que los basilidíanos nunca han deprimido el martirio; Beausobre no los disculpa sino por conjeturas, y por via de consecuencia, género de apología que no puede prevalecer contra testimonie expresos.
     No rehusa tampoco el absolverlos del crimen de magia, porque estos herejes tenia confianza en el poder de los pretendidos genios ó espíritus esparcidos en la naturaleza; no se halla muy contento con probar qu nunca recurrieron a los que ellos suponía malos y malhechores, sino a los que creía incapaces de hacer mal. Una de estas mala prácticas conduce infaliblemente a la otra. Por la misma razón no confesaremos que lo Padres han calumniado a los basilidianos cuando los han acusado de una moral detestable con respecto a la impureza, y de una conducta arreglada y conforme con ella; si en todas las sectas ha habido algunos hombres que han conservado el pudor natural; la virtud, también ha habido otros que han llevado las consecuencias de sus errores hasta donde podian llegar, y que no se han avergonzado de practicarlas. Es muy natural que se haya tenido por espíritu general de secta una conducta que era común entre sus miembros. Mosheim, menos preocupado que Beausobre, confiesa que una gran parte de los gnósticos deducían de sus principios una moral práctica muy licenciosa. (Hist. crist profrg. c. 36).
     Mas de una vez nos veremos precisados a repetir estas mismas reflexiones con respecto a las herejías antiguas ó modernas; porque muchos de los protestantes que han hablado de esto lo han hecho con la misma prevencion que Beausobre. Lo mas singular es que estos críticos quieren que miremos su preocupación como una prueba de imparcialidad.

Begardos
     secta de falsos espirituales ó de falsos devotos, que apareció en Italia, en Francia y Alemania, hacia el fin del siglo XIII, y principio del XIV. Antes de este tiempo los albigenses y los valdenses se distinguieron por un exterior sencillo, mortificado y devoto; muchos renunciaban sus bienes, se dedicaban a la oracion y aá la lectura de la Sagrada Escritura, y hacian profesión de seguir los consejos evangélicos. Esta regularidad, verdadera ó aparente, comparada con la vida licenciosa de la mayor parte de los católicos y de una parte del clero, contribuyó mucho a los progresos de la herejía y al descrédito de la fe católica. Muchas personas, alentadas por esta desgracia, conocieron la necesidad de reformar las costumbres, y de observar una conducta mas conforme a las máximas del Evangelio. Esto dió origen a la multitud de órdenes religiosas y de congregaciones que se vieron florecer en la época de que hablamos. Una vez encaminados los ánimos por esta senda, hubieran ido muy allá, si el concilio de Letran, celebrado el año 1215, no hubiera prohibido establecer nuevas órdenes religiosas, no fuese que su demasiada variedad introdujese en la Iglesia la confusion. Muchos seglares, sin tomar el hábito religioso, formaron asociaciones piadosas , y se unieron para dedicarse a ejercicios devotos; mas por falta de instrucción y de luces, muchos dieron en ilusiones, y por un exceso de piedad cayeron en otro de libertinaje. Tales fueron los llamados begardos, frerotes, fraticelos, dulcinistas, apostólicos, ele : estas sectas no tenían ninguna relación entre si; en nada se parecían, sino en el modo con que todas se habían extraviado de su origen.
     Es necesario distinguir muchas clases de begardos. Los primeros fueron unos franciscanos austeros, llamados los espirituales, que se preciaban de observar en todo su rigor la regla de San Francisco, de no poseer nada propio ni en común, de vivir de limosnas, y de estar cubiertos de andrajos, etc. Habiéndose separado de su orden y negado la obediencia a sus superiores, fueron condenados como cismáticos por Bonifacio VIII hácia el año 1300. Entonces estos rebelados empezaron a declamar contra el papa y contra los obispos; anunciaron la próxima reforma de la Iglesia, por los verdaderos discípulos de San Francisco; adoptaron los desvarios del abad Joaquín, etc. Atrajeron a su partido bastantes hermanos legos de la orden tercera de San Francisco, llamados fratricelos ó pequeños hermanos, en Italia bizochi, ó alforjeros, en Francia beguinos, en los Países Bajos y en Alemania, begardos; de aquí es que todos estos nombres se aplicaron a la secta en general; com o todos los innovadores, alucinaron por su exterior mortificado, e hicieron prosélitos.
     A principios del siglo XIV existían muchos en Alemania, en las orillas del Rhin, y sobre todo en Colonia: y como su fanatismo iba todos los dias en aumento, sus errores se redujeron a ocho puntos principales. Pretendían que el hombre puede llegar en esta vida a tal grado de perfección, que se haga impecable, y no pueda recibir aumento de gracia. Los que han llegado a este grado no tienen necesidad de orar ni de ayunar; sus sentidos están de tal modo sujetos a la razón que pueden conceder al cuerpo todo lo que pida. Llegados al estado de libertad no necesitan obedecer ni observar los preceptos de la Iglesia. El hombre puede conseguir en esta vida la bienaventuranza perfecta, y poseer el mismo grado de perfección que tendrá en la otra. Toda criatura inteligente es naturalmente bienaventurada, y no necesita la luz de gloria para ver y poseer a Dios. La práctica de las virtudes es para las almas imperfectas; las que han alcanzado la perfección están dispensadas de su observancia. Un solo ósculo de una mujer es pecado mortal; pero no lo es el comercio carnal con ella cuando ha habido tentacion. Durante la elevación del cuerpo de Jesucristo, los que son perfectos no están obligados a levantarse, ni a tributarle ningún respeto; seria un acto de imperfección el distraerse de la contemplación para pensar en la Eucaristía ó en la pasión de Jesucristo.
     Estos errores fueron condenados en el concilio general de Viena celebrado en el pontificado de Clemente V, el año 1311; pero esta condenación no acabó enteramente con el error ni con los desórdenes que le siguieron: aun subsistía en el siglo XV. Sus secuaces se llamaban entonces los hermanos y las hermanas del libre espíritu; se les llamaba en Alemania begardos y schewestriones, traducción del latín sororius, en Bohemia pigardos ó Picardos ; en Francia picardos y turlupinos. Ya entonces habían perdido toda la vergüenza, decian que no se ha llegado al estado de libertad y de perfección hasta que pueda verse sin emocion el cuerpo desnudo de una persona de sexo diferente; de consiguiente se desnudaban en sus asambleas, y esto les valió el nombre de Adamitas. Ziska, general de los hussitas, exterminó muchos en el año 1421. Algunos han dado por error el nombre hermanos Picardos a los hussitas mas estas dos sectas nada tenian de común.
     Los sectarios de Molinos renovaron en el siglo XVII parte de los errores de los begardos. Esto basta para convencernos de que los antiguos Padres de la Iglesia no se engañaron cuando atribuyeron los mismos extravíos y las mismas torpezas a los gnósticos. Los hombres se parecen en siglos diferentes, y las mismas pasiones producen los mismos efectos. (Hist. de la Igl. Galic. I. 36, año 1311).

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