sábado, 15 de junio de 2013

Nuestros hermanos y hermanas

     Sí; si Dios te ha dado la dicha de tener hermanos y hermanas, ámalos con el mismo amor que te amas a ti mismo; porque, ¿dónde encontrarás un prójimo mis cercano?
     La misma sangre corre por vuestras venas; habéis nacido bajo el mismo techo, habéis dormido en la misma cuna; habéis succionado la misma leche; habéis crecido juntos.
     Salisteis del mismo seno, lleváis el mismo nombre o apellido, tenéis el mismo hogar, los mismos recuerdos, los mismos intereses, la misma vida.
     Tu carne es hermana de su carne, tu alma es hermana de su alma, y el lazo que une a los unos y a los otros es el más sagrado y el más sólido de todos los lazos.
     Tu hermano, después de tu padre, debe ser tu primer amigo, y tu hermana, después de tu madre, la más amada de todas las mujeres.
     Nada de esos celos y envidias que proceden de un sentimiento odioso; nada de oposiciones que engendran tan a menudo demasiadas y prolongadas malas inteligencias; nada de esos procederes de déspota que revelan la tara del orgullo y egoísmo de un mal corazón.
     Haz lo posible, lo imposible para que una más dulce paz reine entre vosotros. Si es preciso ceder, cede; si es preciso humillarte, humíllate. El amor entre hermanos y hermanas vale todos los sacrificios.
     Que tu afecto para ellos se alce hasta el sacrificio más entero, más completo.
     Regocíjate con sus alegrías; toma tu parte en sus tristezas; consuélalos en sus penas; ven en su ayuda en sus congojas vuela en su socorro al primer llamado.
     Nada es tan bueno, nada tan fecundo en alegría, como la intimidad entre hermanos y hermanas; y lo repito: el espíritu de familia es uno de los más grandes bienes de la vida.

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