miércoles, 26 de junio de 2013

Primavera en otoño.

     Me los encontraba muchas veces en la calle formando una pareja asaz simpática. El abuelo, de casi ochenta años, caminaba apoyado en el brazo de su nieta en todo el esplendor de sus dieciocho abriles.
     Los achaques del anciano, arteriosclerótico, de facciones aleladas, torpe para caminar, arrastrando ruidosamente los pies, hacían contraste con la juventud exuberante de la muchachita, de rostro agradable, ágil, ligera, pletórica de vida.
     El gesto de él era siempre de disgusto y malestar; el de ella, de bondad y dulzura; jamás se apartaba de sus labios la sonrisa.
     Algunas veces el viejecito hacía sus rabietas, pronunciando palabras duras y golpeando fuertemente el suelo con el bastón. La nieta, sin dejar de sonreír, le decía con mimo no sé qué cosas de maravilloso efecto sedante. El abuelito hacía un gesto de resignación y se dejaba arrastrar hacia donde la chiquilla quería.
     Me han contado que en casa, el anciano solía ponerse furioso; sus rabietas eran más fuertes que en la calle; golpeaba la mesa, tiraba las cosas, decía frases muy desagradables. Entonces la nieta le abrazaba, le cubría de besos y le decía mil ternezas, que tenían la virtud de disipar la tempestad, restablecer la calma y hasta dibujar en las facciones inexpresivas el arco iris de una sonrisa.
     La primavera había vencido al otoño.
     Podríamos comparar estas situaciones, con el veranillo de San Martín, que, entre los fríos novembrinos, filtra la luminosidad, un tanto velada, de los días primaverales, y hace brillar una serena alegría antes que la nieve sepulte la vida de la Naturaleza.
     ¡Bella obra de caridad! Consolar al triste, y, a la vez, dar de comer al hambriento y de beber al sediento Porque estas dos últimas cosas, juntamente con la primera, hacía la nieta de mi historia.
     Los ancianos tienen muy agudizado el hambre de cariño y la sed de atenciones.
     Fueron primeros planos que la edad ha ido retirando de la esceña y recluyendo en un rincón; y en él añoran lo pasado. Recuerdan con fruición su buena época, cuando figuraban y todos contaban con ellos, disponían y mandaban y les obedecían. Les buscaban, les adulaban, se curvaban ante ellos. Ahora pasan por su lado sin fijarse; como si no existiesen.
     Pero antes no fué así. En aquellos tiempos...
     Aquellos tiempos eran otros. Entonces sí que se divertían, ahora no saben divertirse... ¡Y qué elegancia la de entonces! ¡ Qué gusto había para todo!...
     —Cuando yo terminé la carrera... Me acuerdo como si fuese ahora; tu abuela... Pero ¡qué guapa era tu abuela! parece que la estoy viendo con aquel vestido de cuerpo ajustado y larga falda de cola, y con aquel sombrero de anchas alas y la sombrilla de alto puño.
     —Pero, abuelito—interrumpe, malhumorada, la nieta—, no cuentes cosas tan aburridas.
     Y en la pieza de al lado, otras nietas comentan:
     —Ya está el disco de siempre—y gritando más—: ¡Abuelo!, cambia de disco, que ya nos lo sabemos
     El pobre viejo se hunde en su poltrona; gruñe un poquito; y allí, en el interior, su alma se hunde en la tristeza más que su cuerpo en la butaca.
     ¡Pobre viejo! ¿Qué cuesta escucharle el relato monótono y resobado de sus recuerdos?
     — ¡Cuenta, abuelo, cuenta! Vive de nuevo los tiempos pasados, cuando con tu uniforme de húsar de la Princesa enamoraste a mi abuela; cuando ganaste en la guerra la primera medalla que honró tu pecho. Cuando la vida te sonreía... Sonríele tú ahora.
     ¿Te acuerdas de aquel día de desfile ante el rey...? Me lo tienes contado muchas veces; pero cuéntamelo; es muy famoso.
     ¿Y cuando ibas a los toros y te entusiasmabas con Machaquito? Aquella discusión con un partidario de Frascuelo tuvo gracia...
     Aunque para cosa de gracia, cuando hiciste de don Hilario en La verbena de la Paloma...
     Y el abuelo sonríe, charla, se anima, parece que se quita años; hasta intenta tararear un vals de su época que tú le has sugerido
     ¡Qué poco cuesta hacer feliz a un viejo! Un poco de paciencia, un poquito de mimo y cariño; mucho cariño.
     Su corazón, frío por los años, necesita calor. ¡Ha sufrido tantos fracasos y tantas contrariedades! El pesimismo crespona su vejez. Luz. luz de alegría, de optimismo, calor de amor. Ambas cosas las posees tú. Dáselas.
     Pasas por su lado y le haces un mimo: llegas adonde él está y le saludas con un beso; le sientes cerca y le dices algo agradable; y el infeliz se siente feliz. Se olvida un poco de su ocaso para dejarse iluminar con tu amanecer.
     Sentada en su butaca, sin gusto para nada, entre sus libros viejos, sus gafas y sus labores de sabor antiguo, tu abuelita te mira con sus ojos cegatos, buscando tu cariño. ¡Y qué rico le sabe cuando se lo das! ¡Y cómo se amarga la pobre cuando se lo desdeñas!
     Tiene muchas rarezas tu abuelita, como también tu abuelito. Lo extraño sería que no las tuviesen. Son la consecuencia de los años que, a medida que pasan, van dejando en el alma posos de extravagancias.
     Ahora las tienen ellos porque son viejos; dentro de unos años las tendrás tú, porque serás vieja. Entonces querrás que tus nietos te atiendan y te rodeen de afectos y cuidados. Hazlo tú con tus abuelos.
     ¿Te has fijado cómo aman los corazones de los viejos? Son más tiernos y delicados; por eso mismo son más susceptibles. Obsérvales y verás cómo sus ojos apagados brillan de ilusión cuando te miran. Te quieren mucho, y si tú les quieres, sienten fundirse el hielo de los años y que su corazón se reanima.
     Bienaventurada la nieta que satisface el hambre de cariño y la sed de atenciones de sus abuelitos; no quedará sin premio por parte de Dios.

Emilio Enciso Viana
LA MUCHACHA EN EL HOGAR

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